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Autor: PABLO FELIPE PÉREZ GOYRY   


©Pablo Felipe Pérez Goyry

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20 de abril de 2011

El País del Sagrado Corazón - Por: Sergio Esteban Vélez Peláez

El País del Sagrado Corazón

Por: Sergio Esteban Vélez Peláez
Sergio Esteban Vélez Peláez

Durante la Guerra de los Mil Días, el entonces obispo de Pasto, Ezequiel Moreno (hoy canonizado) dedicó sus homilías a atacar al Partido Liberal, al cual consideraba “anti-cristiano” y alentó a los fieles católicos a “defender su religión con rémingtons y machetes”.

Durante los 45 años de la “Hegemonía Conservadora”, el Arzobispo de Bogotá tenía una influencia arrolladora y determinante a la hora de “ungir” al candidato del conservatismo, quien, indefectiblemente, sería electo Presidente de la República.

Algunos otros obispos sobresalientes, siempre alineados con el Partido Conservador, azuzaron al pueblo a “aniquilar” a los liberales.

Siguiendo esa línea, el célebre obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel Builes, llegó hasta el extremo de prohibir a sus sacerdotes absolver los pecados de los liberales.

En 1931 (meses después de cuando, por un error estratégico de Monseñor Ismael Perdomo, el conservatismo perdió el poder), Monseñor Builes, furibundo, escribiría en una pastoral: “Que el liberalismo ya no es pecado, se viene diciendo últimamente con grande insistencia. [...] Nada más erróneo, pues lo que es esencialmente malo jamás dejará de serlo”. Según esto, las doctrinas de Galileo, que fueron condenadas como “malas y heréticas” por la Iglesia Católica de su época (hasta el punto de que casi lo queman vivo, lo hicieron retractarse y, aún después de haberlo humillado lo dejaron prisionero de por vida), hoy en día seguirían siendo teorías de herejía y pecado, pues “lo que es esencialmente malo jamás dejará de serlo”.

En esta Semana Santa, el episcopado colombiano se ha unido para que en las multitudinarias celebraciones de cada una de las parroquias del país sean proclamadas prédicas en contra del derecho de los homosexuales a ser padres.

En el país donde vivo, Canadá, la Iglesia Católica gozó hasta hace cincuenta años de gran influencia en las decisiones gubernamentales que se tomaban en la provincia del Quebec, cuya población estaba constituida por una inmensa mayoría francófona (católica, sumida en la miseria y con familias de decenas de hijos) y una minoría anglófona (no católica, de alto nivel económico y con menos hijos).

Retablo Iglesia Notre Dam de Montreal-Canadá

Esta situación comenzó a cambiar en 1960, cuando, gracias a la llamada “Revolución Tranquila”, el pueblo francófono se dio cuenta de que, para lograr una reforma sustancial, tenía que dejar de obedecer al clero, aplicar la planificación familiar (por más que la condenaran los religiosos) y utilizar el derecho al voto para elegir a líderes que impulsaran la educación en las clases más pobres y llevaran a la sociedad hacia la equidad.

Hoy, en el Quebec, los templos están vacíos. Las diócesis han tenido que vender muchos de ellos, porque no tienen dinero para pagar la calefacción. Muchos se han convertido en bibliotecas, teatros ¡y hasta en restaurantes y discotecas! Los obispos perdieron su influencia.

Mientras tanto, el Estado se ha dedicado a exaltar al ser humano en su dignidad de ente “a imagen y semejanza de Dios”, pero con un enfoque muy distinto al de la Iglesia: la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad y el castigo a la discriminación por raza o sexo se han convertido en la política que más enorgullece a este país. Los canadienses francófonos se convirtieron en uno de los pueblos mejor educados del mundo y desde hace decenios dejaron de ser pobres. A todas las personas se les garantiza la protección de los derechos fundamentales y un nivel de vida digno. La corrupción administrativa es mínima. En el rarísimo caso de que se presente un homicidio, los medios se ocupan del tema con la seriedad necesaria y le hacen seguimiento durante meses... y, por supuesto, se halla al culpable y este es condenado con todo rigor. Uno puede salir a la calle a cualquier hora, sin temor a ser atracado, secuestrado o asesinado... y, en las ciudades más pequeñas (incluyendo algunos barrios de metrópolis como Montreal), la gente no cierra con llave las casas ni los autos. ¡Ah! y ¡no es raro encontrar en las calles parejas del mismo sexo que pasean, muy normalmente, con sus hijos adoptados!

¿La “Sodoma y Gomorra” Canadá debería seguir el ejemplo de la bendecida y piadosa Colombia?
Foto: Internet

16 de marzo de 2011

Alain Simard y sus festivales - Por Sergio Esteban Vélez Peláes

Alain Simard y sus festivales

Por Sergio Esteban Vélez Peláes

Alain Simard

Desde que estoy fuera del país, he tenido la oportunidad de conocer el trabajo de algunos de los principales humanistas y gestores culturales del Canadá. Y uno de los perfiles que más han llamado mi atención y admiración ha sido el de Alain Simard, quien ha logrado convertirse en un símbolo vivo de la revitalización cultural de Montreal y de la propulsión de la imagen de esta ciudad como urbe de festivales y de pasión por el arte. Como sé que su nombre no es muy conocido en nuestro país, me parece oportuno dedicarle mi columna de hoy.

Podríamos decir que la primera etapa de importancia en la labor inefable de este forjador de utopías comenzó en 1977, cuando, de la mano de Denyse McCann y André Ménard, fundó el Équipe Spectra. A través de esta entidad, materializaría, tres años más tarde, el sueño de que Montreal tuviera un Festival de Jazz. En ese momento, Simard no imaginaba que ese incipiente evento llegaría a ser el festival más importante del mundo en su categoría y todo un emblema de Montreal.

En un comienzo, talvez lo más difícil para la consolidación de este proyecto era la consecución de los recursos financieros necesarios. Pero la elocuencia del discurso de Simard fue más que suficiente, y poco después ya contaba con el respaldo de distinguidos organismos que le apostaron a los loables objetivos culturales de este gestor. Con su inherente constancia y creyendo solamente en excelencia, Simard logró ganarles la pelea a aquellos que consideraban que el Estado no debía “despilfarrar” fondos en temas “no prioritarios” como los culturales. Dispuso entonces de un torrente de creatividad y procedió a realizar programas especiales con artistas de la más alta calidad y reputación, en escenarios diversos e inusitados, para acercar el Jazz (y todas sus variantes) al público masivo, de todas las edades y clases sociales. Y su iniciativa regeneradora dio más frutos de los esperados, pues, gracias a esta labor, consiguió multiplicar el presupuesto del festival y aumentar contundentemente las estadísticas del público asistente a los actos y conciertos de este certamen (¡hoy congrega anualmente a más de dos millones y medio de espectadores!).

Al convertir en una empresa sólida y rentable aquel proyecto suyo en el cual pocos habían creído en un comienzo, la comunidad principió a reconocerlo como un líder corajudo capaz de desarrollar las más inteligentes estrategias “salvadoras” ante panoramas “nublados”.

Teniendo en cuenta el éxito de su iniciativa de fundar un festival de Jazz de talla universal, Simard se sintió con fuerzas suficientes para crear y sacar adelante otros dos festivales de la más alta categoría: el de las Francofolies y el de Montréal en Lumière. A través del primero (cuya primera edición se realizó en 1989), se ha consagrado al fomento de la canción en lengua francesa, con excelente respuesta de los espectadores (aproximadamente un millón, el año pasado). Y el segundo, creado en el 2000, es un evento dedicado a la promoción de casi todas las artes (música, artes plásticas, danza, teatro, artes circenses...) en la época del año en que el invierno azota con más rudeza a Montreal.

Alain Simard, por medio sus festivales, ha conseguido mejor que nadie exaltar y divulgar el precioso patrimonio urbanístico de Montreal, una de las más bellas capitales de Norteamérica.

Hoy, gracias a él, el movimiento económico de su ciudad se eleva significativamente tres veces año ¡gracias a la cultura!

Su visión y su liderazgo demostrados hicieron que su nombre comenzara a hacerse visible en el plano nacional y a figurar, desde su juventud, en las más selectas listas de promotores de la cultura en el Canadá.

Por todo esto, Simard ha sido condecorado por el gobierno de Francia como Caballero de la Orden de las Arte y las Letras y fue escogido por el diario The Gazette como uno de los montrealeses más eminentes del milenio. No nos cabría mencionar las decenas de premios y reconocimientos que ha merecido.

Estoy seguro de que un estudio más acucioso de sus ejecutorias bien podría contribuir para que algunos de nuestros principales eventos culturales adquieran mayor vigor y proyección.
Foto: Internet


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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