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23 de junio de 2010
Los gitanos y la Diosa Madre - Por Paulo Coelho
16 de mayo de 2010
Veinte años después: Ave Fénix - Por Paulo Coelho
Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
Recorriendo el Camino de Santiago veinte años después de la peregrinación que dio origen a mi primer libro, paro en Villafranca del Bierzo. Allí, una de las figuras más emblemáticas del recorrido, Jesús Jato, construyó un refugio para peregrinos. Vinieron las gentes de la aldea, y pensando que Jato era un brujo, incendiaron el lugar. Él no se dejó intimidar y, junto a Mari Carmen, su mujer, volvió a empezar desde el principio. Al lugar le cambiaron entonces el nombre y lo llamaron Ave Fénix, el pájaro que renace de sus cenizas.
Jato es bien conocido por preparar la “queimada”, un tipo de bebida alcohólica de origen celta, que se bebe en una especie de ritual, también celta. En esta fría noche de primavera, se encuentran en el Ave Fénix una canadiense, dos italianos, tres españoles y una australiana.
Y Jato les cuenta a todos algo que me ocurrió a mí en 1986, y que no me atreví a incluir en el libro El peregrino de Compostela (Diario de un mago)convencido de que los lectores no se lo creerían.
-Un cura local pasó por aquí, avisando que un peregrino había pasado por Villafranca esa mañana y no había llegado a Cebreiro (la etapa siguiente), por lo que no cabía duda de que debía de encontrarse perdido por el bosque – dijo Jato -. Fui a buscarlo, y conseguí encontrarlo dos horas más tarde, durmiendo en una caverna. Era Paulo. Cuando lo desperté, él se quejó: “¿Es que no voy a poder dormir ni siquiera una hora en este camino?”. Le expliqué que no dormía hace apenas una hora, sino que llevaba allí más de un día.
Lo recuerdo como si hubiese ocurrido hoy: me sentía cansado y deprimido, decidí parar un poco, descubrí la caverna, me tumbé en el suelo. Cuando abrí los ojos y vi a este sujeto, estaba seguro de que tan sólo habían pasado algunos minutos, porque ni siquiera había cambiado de posición. Nunca he llegado a entender exactamente cómo ocurrió tal cosa, y tampoco le busco explicaciones: he aprendido a convivir con el misterio.
Todos bebemos la “queimada”, acompañando a Jato en sus “¡uuuh!” mientras él pronuncia los versos ancestrales. Al final, la canadiense se me acerca.
-No soy el tipo de persona que anda a la búsqueda de tumbas de santos, ríos sagrados, lugares milagrosos o apariciones. Para mí, peregrinar es celebrar. Tanto mi padre como mi madre murieron jóvenes, de paro cardíaco, y tal vez yo tenga propensión a lo mismo.
»Por lo tanto, como tal vez parta pronto de esta vida, necesito conocer el mundo al máximo, y obtener toda la alegría que merezco.
»Cuando murió mi madre, yo me prometí a mi misma alegrarme siempre que saliera el sol cada mañana. Mirar hacia el futuro, pero nunca sacrificar el presente por esta razón. Cuando el amor se cruzase en mi camino, aceptarlo siempre. Vivir cada minuto, jamás dejar para más tarde algo que pudiera alegrarme.
Me acuerdo de 1986, cuando yo también lo dejé todo para realizar este recorrido que acabaría cambiándome la vida. En aquella época, mucha gente me criticó, pensado que era una locura. Tan sólo mi mujer me brindó el apoyo necesario. Me dice la canadiense que había ocurrido lo mismo con ella, y me entrega un texto que lleva consigo:
-Es parte del discurso que el presidente norteamericano Theodore Roosevelt pronunció en la Sorbona de París el 23 de abril de 1910.
Leo lo que está escrito en el papel:
El crítico no aporta absolutamente nada: todo lo que hace es apuntar con dedo acusador en cuanto el fuerte se tropieza y cae, o cuando comete un error mientras está trabajando en algo. El verdadero mérito lo tiene quien está en la arena, con la cara sucia de polvo, sudor y sangre, luchando con arrojo.
El verdadero mérito lo tiene el que se equivoca, el que falla, pero que poco a poco va dando en el clavo, porque no hay esfuerzo sin error. Éste conoce el gran entusiasmo, la gran devoción, y está empleando su energía en algo que merece la pena. Éste es el verdadero hombre, que en la mejor de las hipótesis conocerá la victoria y la conquista, y que, en la peor, caerá. Pero hasta en su caída será grande, porque vivió con valentía, y estuvo por encima de aquellas almas mezquinas que nunca conocieron ni victorias ni derrotas.
La concha como símbolo
El día en que el barco con los restos mortales de Tiago llegaba a Galicia, una fuerte tempestad amenazaba con aplastarlo contra las rocas de la costa.
Un hombre que pasaba por allí, al ver aquello, entra en el mar con su caballo para intentar ayudar a los navegantes. No obstante, también él se convierte en víctima de la furia de los elementos, y empieza a ahogarse. Pensando que todo está perdido, pide a los cielos piedad para su alma.
En ese momento, la tempestad se calma, y tanto el barco como el caballero son gentilmente conducidos hasta una playa. Allí, los discípulos Atanasio y Teodoro se dan cuenta de que el caballo está cubierto de cierto tipo de conchas, conocidas también como “vieiras”.
En homenaje al heroico gesto, esta concha pasa a ser el símbolo del Camino, y se puede encontrar en muchos edificios a lo largo de la ruta, y en los puentes, y en los monumentos, pero, sobre todo, en las mochilas de los peregrinos.
Intentando engañar al destino
En su camino hacia Galicia, durante la Reconquista (guerras religiosas que concluyeron con la expulsión de los árabes de la Península Ibérica), el emperador Carlo Magno se enfrenta a las tropas de un traidor en las proximidades de Monjardín. Antes de la batalla, reza a Santiago, que le revela el nombre de 140 soldados que van a morir en la batalla. Carlo Magno deja a estos hombres en el campamento, y marcha a la lucha.
Al final de esa tarde, victorioso y sin ni una sola baja en su ejército, regresa y descubre que el campamento ha sido incendiado, y que los 140 hombres están muertos.
El Pórtico de la Gloria
Al llegar a Santiago de Compostela, el caminante debe seguir una serie de rituales, entre ellos, apoyar la mano en un bellísimo pórtico situado en la entrada principal de la iglesia. Cuenta la leyenda que dicha obra de arte fue encargada por el rey Fernando II, en 1187, a un artesano encargado que se llamaba Mateus.
Durante años, él trabajó el mármol, esculpiendo incluso su propia figura, de rodillas, en la parte trasera de la columna central.
Cuando Mateus concluyó su obra, los habitantes de la ciudad decidieron perforarle los ojos, para que nunca pudiese repetir semejante maravilla en ningún otro lugar del mundo.
11 de mayo de 2010
Responsabilidad y riesgo - Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
La raíz latina de la palabra “responsabilidad” desvela su significado: capacidad de responder, de reaccionar.
Un guerrero responsable fue capaz de observar y de practicar. Fue, incluso, capaz de ser “irresponsable”: alguna vez se dejó llevar por los acontecimientos, sin reaccionar.
Pero aprendió las lecciones. Adoptó una actitud, escuchó un consejo, tuvo la humildad de aceptar ayuda.
Un guerrero responsable no es el que se pone sobre los hombros el peso del mundo; es aquel que consigue enfrentar los desafíos de cada día.
Por supuesto, a veces le entra miedo cuando tiene que tomar una decisión importante.
-Esto es demasiado grande para ti- dice un amigo.
-Adelante, sé valiente – dice otro.
Y sus dudas aumentan.
Tras algunos días de angustia, él se recoge en un rincón de su tienda, donde suele sentarse para meditar y orar. Se ve a sí mismo en el futuro. Ve a las personas que saldrán beneficiadas o perjudicadas por su actitud. No quiere causar sufrimientos inútiles, pero tampoco quiere abandonar el camino.
El guerrero entonces deja que la decisión se manifieste. Si hay que decir que sí, lo dirá con valentía. Si hay que decir que no, no será cobarde para hacerlo. Cuando el guerrero asume una responsabilidad, mantiene su palabra.
Los que prometen y no cumplen, pierden su amor propio, tienen vergüenza de sus propios actos. La vida de estas personas consiste en huir. Gastan mucha más energía deshonrando la palabra que la que el guerrero de la luz emplea para cumplir sus compromisos.
A veces, él también asume una responsabilidad tonta, que le dará perjuicios. No vuelve a repetirlo, pero, de todas maneras, honra su palabra y paga el precio de su precipitación.
Claro que termina escuchando opiniones que le son contrarias. Pero, antes de prestar oídos a cualquier cosa, procura informarse de si quien da estas opiniones realizó alguna vez un trabajo mejor que el suyo. Generalmente, los que critican nunca vivieron su propio sueño; sólo los vencedores son tolerantes y generosos.
¿Por qué critican?
Porque, a cada paso al frente que el guerrero dio, esta persona se quedó rezagado un paso más. Para ella resulta duro aceptar que alguien está alcanzando todo lo que ella creía inalcanzable.
Eso no quiere decir que el guerrero no dé pasos en falso: va a equivocarse muchas veces, pero eso no tiene mayor importancia. Equivocarse forma parte del camino, corregir el error forma parte de su responsabilidad.
Para equivocarse menos, el guerrero descansa de vez en cuando, y se alegra con las cosas sencillas de la vida. sabe que las cuerdas que están permanentemente tensas se acaban desafinando. Que los caballos que no paran de saltar obstáculos, acaban rompiéndose una pata. Que los arcos que se curvan a diario, terminan por no lanzar las flechas con la misma fuerza.
Sobre el arrepentimiento sincero
Un profesor solía agredir al monje Chu Lai, pues no creía en nada de lo que éste decía. Sin embargo, la mujer del profesor era seguidora de Chu Lai, y le exigió a su marido que fuese a pedirle disculpas al sabio.
Disgustado, pero sin valor para contrariar a su mujer, el hombre se acercó hasta el templo y murmuró algunas palabras de arrepentimiento.
-Yo no te perdono – dijo Chu Lai – Vuelve a tu trabajo.
La mujer se quedó horrorizada.
-Mi marido se humilló, y usted, que se dice sabio, ¡no fue generoso!
Respondió Chu Lai:
-Dentro de mi alma no hay ningún rencor. Pero, si él no está arrepentido, es preferible que reconozca que me tiene rabia. Si yo hubiese aceptado su perdón, estaríamos creando una falsa situación de armonía, lo que aumentaría más aún la rabia de su marido.
Cambiando de actitud
-Durante el periodo de un año, paga una moneda al que te ofenda – le dijo el abad a un joven que quería seguir el camino espiritual.
A lo largo de los doce meses siguientes, el muchacho pagaba una moneda siempre que alguien lo ofendía. Cuando el año terminó, regresó junto al abad para preguntarle cuál debería ser el próximo paso.
-Ve a la ciudad a comprarme comida.
Nada más salir el muchacho, el abad se disfrazó de mendigo y se situó en la puerta de la ciudad. Cuando el muchacho se aproximó, empezó a insultarlo.
-¡Qué bien! – comentó el joven -. Durante todo un año tuve que pagar, ¡y ahora me pueden ofender gratis, sin gastar nada!
Al oír esto, el abad se quitó el disfraz.
-El que no se toma los insultos en serio, está en el camino de la sabiduría.
16 de marzo de 2010
Rompe este vaso

Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
El vino a él le hacía las cosas más fáciles. También a mí.
-¿Por qué has parado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?
-Quiero hablar de otro tipo de amor – insistió -. El que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.
Lo tomé de las manos. El podría conocer los grandes misterios de la Diosa, pero sobre el amor sabía lo mismo que yo. Por mucho que hubiese viajado.
Y tendría que pagar un precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.
Permanecimos durante mucho tiempo de manos dadas. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor nos pone delante como pruebas que hay que superar. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que estuvimos separados, los años en el monasterio en busca de un lugar en el que estas cosas no sucedieran.
Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado este momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el peinado que yo tendría y el color de la ropa que llevaría. Yo quería decir que sí, que él sería bienvenido, que mi corazón había vencido la batalla. Quería decirle cuánto lo quería, cuánto lo deseaba en ese momento.
Pero me mantuve en silencio. Presencié, como si fuese un sueño, su lucha interior. Vi que tenía frente a él mi “no”, el miedo de perderme, las duras palabras que escuchó en momentos semejantes a éste – porque todos pasamos por esto, y vamos acumulando cicatrices.
Sus ojos empezaron a brillar. Yo sabía que él estaba superando todas aquellas barreras.
Entonces solté una de las manos, agarré un vaso y lo puse al borde de la mesa.
-Se va a caer – dijo él.
-Exacto. Quiero que tú lo tires.
-¿Que rompa un vaso?
Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente pequeño, pero que ponía en juego miedos que nunca llegaremos a comprender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato – cuando todos nosotros ya hemos hecho esto sin querer alguna vez en la vida?
-¿Romper un vaso? – repitió – Pero, ¿por qué?
-Puedo darte algunas explicaciones – le respondí -. Pero, en realidad, es romperlo por romperlo.
-¿Por ti?
-Claro que no.
Él miraba al vaso de vidrio al borde de la mesa, preocupado con que se cayese.
“Es un rito de pasaje, como dices tú mismo”, tuve ganas de decir. “Se trata de lo prohibido. Los vasos no se rompen a propósito. Cuando estamos en restaurantes, o en nuestra propia casa, tenemos cuidado para que los vasos no estén situados al borde de la mesa. Nuestro universo nos exige que seamos cuidadosos para que los vasos no se caigan al suelo.
No obstante – seguí pensando – cuando los rompemos sin querer, vemos que la cosa no era tan grave como pensábamos. El camarero nos dice “No pasa nada”, y nunca en mi vida he visto que se incluyese un vaso roto en la cuenta de un restaurante. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hace ningún daño ni a nosotros, ni al restaurante, ni al prójimo.
Le di un topetazo a la mesa. El vaso se balanceó, pero no cayó.
-¡Cuidado! – dijo él instintivamente.
-Rompe el vaso – insistí.
Rompe el vaso – me decía a mí misma – pues es un gesto simbólico. Intenta comprender que yo he roto dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y que me alegro de haberlo hecho. Vuelve la vista hacia tu propia lucha interior, y rompe este vaso.
Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a los hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin conocer el destino.
Rompe este vaso, por favor – y libéranos de todos estos conceptos malditos, de esta manía que se tiene de explicarlo todo y sólo hacer lo que los demás aprueban.
-Rompe este vaso – le pedí una vez más.
Él fijó sus ojos en los míos. Después, lentamente, deslizó su mano por el tablero de la mesa, hasta tocarlo. Con un movimiento rápido, lo empujó al suelo.
El ruido de cristales rotos llamó la atención de todo el mundo. En lugar de disimular pidiendo disculpas, me miraba sonriendo – y yo le devolvía la sonrisa.
-¡No pasa nada! – gritó el joven camarero.
Pero él no le escuchó. Se había levantado, me había agarrado por los cabellos, y me estaba besando.
Yo también le agarré los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí su lengua moviéndose dentro de mi boca. Era un beso que llevaba mucho tiempo esperando, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando aún no comprendíamos el significado del amor. Un beso que estuvo flotando en el aire mientras crecíamos, que viajó por el mundo a través de los recuerdos de una medalla, que se mantuvo escondido detrás de las pilas de libros de las oposiciones.
Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso se encontraban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.
Yo lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en el bar, al vernos, pensarían estar delante de un beso más. No sabían que en aquel minuto de beso se concentraba la trayectoria de mi vida, de la vida de él, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.
En aquel minuto de beso se juntaban todos los momentos de alegría que había vivido hasta entonces.
Fotografía: Internet
7 de febrero de 2010
Comprendiendo al enemigo - Paulo Coelho

Por Paulo Coelho
Guerreo de la Luz
El enemigo externo
El lector Murali, de la India, cuenta la historia de una niña que resolvió subir a lo alto de una montaña para visitar a su abuela. Llovía a cántaros, soplaba un viento helador, y los truenos retumbaban constantemente.
Cuando estaba a punto de llegar a su destino, sintió que algo le rozaba los pies. Miró hacia abajo, y vio que era una serpiente.
- Me estoy muriendo – le dijo la serpiente -. Hace mucho frío y no hay nada que comer en esta montaña. Por favor, ¡protégeme! Ponme bajo tu abrigo, salva mi vida, y me convertiré en tu mejor amiga.
A pesar de la tempestad, la niña se detuvo y comenzó a reflexionar. Observó la piel dorada y verde de la serpiente, y se dijo a sí misma que nunca había visto nada tan hermoso. Pensó en la envidia que les entraría a sus amigos de clase al aparecer con una serpiente que la defendería de toda amenaza. Finalmente, dijo:
-Está bien. Voy a salvarte, porque todos los seres vivos merecen cariño.
La serpiente se hizo así amiga de la niña, asustando en el colegio a las personas agresivas, y haciéndole compañía en los días solitarios. Hasta que cierta noche, mientras la niña estaba haciendo los deberes de casa, sintió un dolor agudo en el pie derecho. Al mirar hacia abajo, descubrió a la serpiente, que la había mordido.
-¡Eres venenosa! – gritó - ¡Voy a morir en seguida!
La serpiente nada dijo.
- ¿Por qué me has hecho esto? ¡Yo te salvé la vida!
- Ese día, cuando te agachaste para salvarme, sabías que yo era una serpiente, ¿o no? Y, lentamente, se alejó arrastrándose.
El enemigo interno
Nasrudin vio a un hombre sentado a la orilla de un camino, con aire de absoluta desolación.
-¿Qué es lo que le preocupa? – quiso saber.
- Amigo mío, no encuentro nada interesante en esta vida. Tengo suficiente dinero como para no tener que trabajar, y estaba viajando para ver si encontraba alguna cosa curiosa en este mundo. Sin embargo, todas las personas que me he ido encontrando no me han enseñado nada nuevo, logrando que mi apatía se hiciera incluso más aguda.
»En fin: puedo decir sin ningún miedo que, a pesar de todo lo que he hecho, no he conseguido encontrar la paz que buscaba.
En ese mismo instante, Nasrudin agarró la maleta del hombre y salió corriendo por el camino. Como conocía la región, rápidamente consiguió distanciarse cortando por algunos atajos a través de los campos y las colinas.
Cuando se alejó lo suficiente, dejó otra vez la maleta en mitad del camino por donde el viajero acabaría pasando, y se escondió detrás de una roca. Media hora después apareció el hombre, que se sentía más miserable que nunca por haberse cruzado con aquel ladrón.
Nada más divisar la maleta, corrió hasta ella y la abrió, sin aliento. Al comprobar que su contenido estaba intacto, miró al cielo lleno de alegría, y le dio gracias al Señor por estar vivo.
“Algunas personas sólo entienden el sabor de la felicidad cuando consiguen perderla”, pensó Nasrudin, espiando la escena.
12 de diciembre de 2009
Jung y las cuatro máscaras - Paulo Coelho

Carl Gustav Jung, uno de los fundadores del moderno psicoanálisis, solía decir que todos nosotros bebemos de una misma fuente. Lo explicaba mediante toda una teoría que se remontaba al trabajo de los antiguos alquimistas, que denominaban a esta fuente el “alma del mundo” (Anima Mundi).
Según esta teoría, durante toda nuestra vida intentamos ser individuos únicos e independientes, pero una parte de nuestra memoria la compartimos con toda la humanidad. No importa a qué credo o a qué cultura se pertenezca: todos buscan el ideal de la belleza, de la danza, de la divinidad, de la música.
La sociedad, sin embargo, se encarga de concretar cómo estos ideales van a manifestarse en la realidad diaria. Por ejemplo, hoy en día el ideal de belleza consiste en estar delgada, mientras que hace miles de años las imágenes de las diosas eran gordas. Lo mismo ocurre con la felicidad: hay una serie de requisitos que, de no cumplirse, no nos permiten aceptar conscientemente el hecho de que tal vez ya somos felices. Tales requisitos no son absolutos, y cambian de generación en generación.
Jung solía clasificar el progreso individual en cuatro etapas: la primera era la Persona – máscara que usamos todos los días, fingiendo lo que somos. Pensamos que el mundo depende de nosotros, que somos excelentes padres y que nuestros hijos no nos comprenden, que los jefes son injustos, que el sueño de todo ser humano es parar de trabajar para siempre y pasarse la vida entera viajando. Algunas personas procuran entender qué es lo que no encaja, y acaban pasando a la siguiente fase: la Sombra.
La Sombra es nuestro lado negro, que dicta cómo debemos actuar y comportarnos. Cuando intentamos librarnos de la Persona, encendemos una luz dentro de nosotros, y logramos ver las telas de araña, la cobardía, la mezquindad. La Sombra está allí para impedir nuestro progreso – y generalmente lo consigue, pues nos damos la vuelta y corremos a ser quienes éramos antes de empezar a dudar. No obstante, algunos superan este enfrentamiento con sus telas de araña diciéndose: “Es verdad que tengo algunos defectos, pero soy digno, y quiero seguir adelante”.
En ese momento, la Sombra desaparece, y entramos en contacto con el Alma.
Jung no entiende por Alma nada relacionado con la religión. Se refiere a un regreso al Alma del Mundo, la fuente del conocimiento. Los instintos comienzan a agudizarse, las emociones se tornan radicales, las señales que envía la vida son más importantes que la lógica, la percepción de la realidad se vuelve menos rígida. Comenzamos a entrar en contacto con realidades a las que no estábamos acostumbrados, empezamos a reaccionar de una manera que nos resulta inesperada a nosotros mismos.
Y descubrimos que, si conseguimos canalizar todo este chorro de energía continua, vamos a organizarlo en un centro muy sólido, al que Jung llama “el Viejo Sabio” para los hombres, o “la Gran Madre”, en el caso de las mujeres.
Permitir esta manifestación es algo peligroso. Generalmente, quien llega a ese punto tiene tendencia a considerarse santo, domador de espíritus, o profeta.
No sólo las personas usan estas cuatro máscaras: también las sociedades. La sociedad occidental tiene una determinada Persona, ideas que nos guían y que parecen verdades absolutas.
Pero las cosas cambian. En su intento de adaptarse a los cambios, vemos las grandes manifestaciones de las masas, en las que la energía colectiva puede ser manipulada tanto para el bien como para el mal (Sombra). De repente, por alguna razón, la Persona o Sombra ya no terminan de satisfacer, y llega el momento de dar un salto, y comienzan a surgir nuevos valores (inmersión en el Alma).
Y al final de este proceso, para que estos nuevos valores se afiancen, la raza humana entera comienza a captar de nuevo el lenguaje de las señales (el Viejo Sabio).
Es justamente eso lo que estamos viviendo ahora. Puede prolongarse cien o doscientos años, pero todo está cambiando... para bien.
26 de noviembre de 2009
La conversación con el demonio - Paulo Coelho

Por Paulo Coelho.
Guerrero de la Luz.
El hombre mira el atardecer desde una bonita playa, junto a su mujer, en algún momento de sus merecidas vacaciones. Todo parece perfectamente en su sitio, y de repente, del fondo de su corazón, surge una voz simpática, amigable, pero con una pregunta difícil:
-¿Estás contento?
-Sí, sí que lo estoy –responde.
-Entonces mira detenidamente a tu alrededor.
-¿Quién eres tú?
-Soy el demonio. Y tú no puedes estar contento, pues sabes que, más tarde o más temprano, la tragedia puede irrumpir y desequilibrar tu mundo. Extiende tu mirada en torno, cuidadosamente, y entiende que la virtud es apenas uno de los lados del terror.
Y el demonio comienza a mostrar todo lo que está ocurriendo en la playa: El excelente padre de familia que en estos momentos está recogiendo los bártulos y vistiendo a los niños, al que le gustaría tener una aventura con su secretaria, pero no se atreve por miedo a la reacción de su mujer.
La mujer, a la que le gustaría trabajar y ser independiente, pero no se atreve por miedo a la reacción del marido.
Los niños, que se portan bien... por miedo a los castigos.
La jovencita que lee un libro, sola, en un chiringuito, fingiendo displicencia, cuando en lo más hondo está aterrorizada con la posibilidad de no encontrar nunca al amor de su vida.
El chico que juega a las palas, y está también aterrado por la presión de tener que satisfacer las expectativas de sus padres.
El viejo que no fuma ni bebe afirmando que así se siente con más energía para todo, cuando lo que sucede en realidad es que el terror a la muerte le susurra constantemente cosas al oído, como el viento.
La pareja que pasa corriendo, salpicando en el agua de la orilla, la sonrisa en los labios, y su terror encerrado bajo siete llaves, terror de hacerse viejos, de perder el atractivo, de depender de los otros.
El hombre que para su lancha a la vista de todos y saluda con la mano, sonriendo, muy moreno, carcomido por el miedo de perder su dinero en cualquier momento.
El dueño del hotel que sale a saludar a sus huéspedes cuando por fin el sol se esconde, procurando dejarlos a todos contentos y animados, apretando al máximo a sus contables, no obstante, por el terror que le aprieta el alma, pues sabe que, por más honesto que sea, los funcionarios del gobierno siempre acaban descubriendo los errores de la contabilidad.
Terror en cada una de esas personas de la bonita playa, en un atardecer de dejar con la boca abierta. Terror de quedarse solo, terror de la oscuridad que puebla la imaginación de demonios, terror de hacer cualquier cosa que se salga de las buenas costumbres, terror del juicio de Dios, terror de los comentarios de los hombres, terror de la justicia que castiga cualquier falta, terror de la injusticia que deja a los culpables en libertad para hacer más daño, terror de arriesgarse y perder, terror de ganar y tener que convivir con la envidia, terror de amar y ser rechazado, terror de pedir un aumento, de aceptar una invitación, de ir a lugares desconocidos, de no conseguir hablar en una lengua extranjera, de no ser capaz de impresionar a los demás, de hacerse viejo, de morir, de que sus defectos llamen la atención, de que sus virtudes no llamen la atención, de pasar desapercibido al no llamar l! a atención ni por sus defectos ni por sus cualidades.
-Espero que esto te haya dado algún consuelo. Al fin y al cabo, ahora sabes que no eres el único que tiene miedo.
-Por favor, no te vayas sin escuchar lo que tengo que decir –respondió el hombre. –Tenemos una facilidad asombrosa para detectar dolores, remordimientos, heridas... o terror, que es lo que a ti te gusta. Pero hace tiempo mi padre me contó la historia de un manzano que estaba tan cargado de manzanas, que no conseguía dejar que sus ramas cantasen con el viento. Alguien que pasaba por allí le preguntó por qué no intentaba llamar la atención como hacía el resto de los árboles. “Mis frutos son mi mejor propaganda”, respondió el manzano.
»Es verdad que no me diferencio gran cosa de los demás, y que mi corazón también alberga muchos miedos. Pero, a pesar de todo, los frutos de mi vida hablan por mí, y aunque un día pueda suceder una tragedia, sé que no he dejado correr mi vida sin arriesgar.
Y el demonio, decepcionado, se marchó a intentar asustar a algún otro más débil.
2 de noviembre de 2009
Por qué dejar al hombre para el sexto día - Paulo Coelho
Paulo CoelhoUn grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día.
-Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación– dijo uno.
-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros –sostenía otro.
En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión:
-Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?
-Es muy sencillo –comentó el sabio. –Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.
28 de octubre de 2009
Conviviendo con los demás I - Paulo Coelho
Continúe en el desierto
-¿Por qué vive usted en el desierto?
-Porque no consigo ser lo que deseo. Cuando empiezo a ser yo mismo, las personas me tratan con falsa reverencia. Cuando soy verdadero en lo que concierne a mi fe, entonces las mismas personas empiezan a desconfiar. Todos se creen más santos que yo, pero se fingen pecadores por miedo a insultar mi soledad. Procuran mostrar continuamente que me consideran un santo, y de esta manera se transforman en emisarios del demonio, tentándome con el Orgullo.
-Su problema no es intentar ser quien realmente es, sino aceptar a los demás como son. Y si va a continuar actuando así, lo mejor será que continúe en el desierto –dijo el caballero, alejándose.
3 de septiembre de 2009
Paulo Coelho: La montaña mágica...
Por Paulo CoelhoGuerreo de la Luz
Creo que una de las más bellas regiones del mundo es el Languedoc, una parte de los Pirineos que se encuentra al sudoeste de Francia. He estado allí algunas veces, y me han impresionado sus valles, montañas, vegetación y ríos. Sin embargo, como el ser humano es absolutamente imprevisible, fue precisamente en este magnífico lugar donde nació la primera gran “herejía” europea: el catarismo.
Se han escrito muchos libros sobre el tema. No obstante, se puede resumir la filosofía cátara en una frase muy sencilla: el Universo fue creado por el demonio. Toda esta belleza aparente es una obra diabólica.
Según la enciclopedia, los cátaros creían en la existencia de dos dioses, un dios del bien (Dios) y otro del mal (Satán), que había creado el mundo material. Eso les llevó a hacer votos de castidad, pues se negaban a procrear y dar más adeptos al diablo. Se llamaban a sí mismos “perfectos,” y estaban dispuestos al martirio para probar la importancia de su creencia.
El final simbólico del movimiento, que desencadenó las primeras cruzadas de las que se tiene noticia, tuvo lugar el día 15 de marzo de 1244 en la fortaleza de Montségur: después de un prolongado asedio, durante el cual se les dio a elegir entre la conversión al catolicismo o la muerte, aproximadamente 250 “perfectos”, hombres, mujeres y niños, bajaron la montaña cantando y se tiraron a las llamas de la hoguera encendida con esa finalidad.
Durante mucho tiempo me interesé por el catarismo. En 1989 conocí a Brida O’Fern (más tarde, personaje de uno de mis libros), que había sido cátara en una encarnación anterior. A comienzos de aquel mismo año había conocido a Mónica Antunes, en aquella época sólo amiga mía, y hoy todavía amiga mía y agente literaria.
Como yo necesitaba, por razones espirituales, hacer el camino cátaro (una ruta que une los castillos/fortalezas de los “perfectos”), la invité a tomar parte en un trecho del recorrido.
Mónica y yo llegamos al pie de la montaña de Montségur en una tarde de agosto: habíamos planeado subirla al día siguiente. Después de comer fuimos a charlar al lugar donde se había encendido la hoguera, casi 800 años antes (indicado por un insignificante monumento). El cielo estaba encapotado, con nubes tan bajas que ni siquiera podíamos ver las ruinas en lo alto del gigantesco peñasco. Para provocar a Mónica, dije que tal vez sería interesante subir aquella misma noche. Ella respondió que no, y yo me sentí aliviado: ¿y si hubiera dicho que sí?
En ese momento, para un coche, de la misma marca y color que el mío. Sale de él un irlandés y pregunta, como si fuéramos de la región, por dónde se puede subir a la roca. Le sugiero que lo haga con nosotros al día siguiente, pero él está decidido a subir esa misma noche: quiere ver la salida del sol allá en la cima, dice que tal vez él también fue cátaro en una vida anterior. ¿Podríamos prestarle una linterna?
Y todo parece encajar: Brida, la obligación de hacer el camino cátaro, la broma minutos antes con Mónica, y ahora aquel hombre allí, con un coche igual al mío. Es una señal. Voy al hotel de la aldea donde estamos hospedados y consigo una linterna, la única que hay.
Mónica parece asustada, pero yo le digo que debemos seguir adelante. Señales, son las señales, le digo. El recién llegado pregunta dónde está el camino. No importa, respondo, basta con subir. El camino es ir hacia la cima.
Y durante un tiempo que no consigo recordar, los tres escalamos por la noche una montaña que no conocemos, y donde la nieve sólo nos permite ver unos palmos delante de nosotros. Finalmente, atravesamos las nubes, el cielo se llena de estrellas, hay luna llena, y, delante de nosotros, la puerta de la fortaleza de Montségur.
Entramos, contemplamos las ruinas. Admiro la belleza del firmamento, me pregunto cómo llegamos allí sin ningún percance, pero pienso que es mejor dejarse de preguntas y tan sólo admirar el milagro. Los cátaros contemplaban este mismo cielo, y aun así pensaban que todas estas estrellas eran obra del demonio. Jamás entenderé a los cátaros, por mucho que respete la integridad con la que se entregaban a su fe.
Volví a Montségur y subí la montaña en otras ocasiones, pero nunca más conseguí encontrar el camino que tomamos aquella noche de agosto de 1989.
Los misterios existen.
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Pablo Felipe Pérez GoyryFreelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst | |||||||||||||||||||||
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