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8 de marzo de 2012
12 de septiembre de 2011
Reflexión: ‘La perspectiva visual y la intelectual...’
16 de junio de 2011
Luna roja - Por: Odette Alonso
Luna roja
9 de junio de 2011
Teoría de los Sentimientos Morales - Por: Adam Smith
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| Adam Smith |
2 de junio de 2010
La indolencia es un mal de gobierno, no de pueblos - Por Lic. Amelia M. Doval
16 de febrero de 2010
Circunstancias y sabiduría... - Por: Pablo Felipe Pérez Goyry
Circunstancias y sabiduría... - Por: Pablo Felipe Pérez Goyry
2 de noviembre de 2009
Por qué dejar al hombre para el sexto día - Paulo Coelho
Paulo CoelhoUn grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día.
-Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación– dijo uno.
-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros –sostenía otro.
En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión:
-Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?
-Es muy sencillo –comentó el sabio. –Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.
15 de octubre de 2009
Problemas de comunicación - Paulo Coelho
Por Paulo Coelho.Guerrero de la Luz
Frente a la catedral
Me estaba sintiendo muy solo en plena ciudad de Nueva York, a la salida de una misa en la catedral de Saint Patrick, cuando, de repente, se me acercó un brasileño:
- Tengo una gran necesidad de hablar con usted – me dijo.
Me entusiasmé tanto con el encuentro, que comencé a hablar de todo lo que me parecía importante: de magia, de bendiciones divinas, de amor. Él lo escuchó todo en silencio, me dio las gracias, y se fue.
En lugar de alegría, yo sentí entonces una soledad aún mayor que la de antes. Sólo más tarde me daría cuenta de que, llevado por el entusiasmo, no le había prestado la debida atención al deseo de aquel brasileño:
El de hablar conmigo.
En realidad todas mis palabras se perdieron en el aire, pues no era eso lo que el Universo quería entonces de mí. Yo habría resultado mucho más útil si me hubiera parado a escuchar lo que él tenía que contarme.
¿A quién queremos?
Ya de niños, nos preguntan: ¿Quieres a papá? ¿Quieres a la tía? ¿Quieres a tu profesor?
Nadie nos pregunta: ¿Tú te quieres a ti mismo?
Y terminamos gastando gran parte de nuestra vida y de nuestra energía en intentar agradar a los demás. Pero, ¿y qué hay de nosotros? El jesuita Anthony Mello cuenta una genial historia sobre este asunto.
Una mujer y su hijo se encuentran en una cafetería. Tras escuchar el pedido de la madre, la camarera se dirige al niño:
-¿Y tú qué vas a querer?
-Un perrito caliente.
-De eso nada – salta la madre – Lo que él quiere es un filete de ternera con guarnición de verduras.
La camarera, ignorando el comentario, le pregunta al chico:
-¿Lo quieres con mostaza o con kétchup?
-Con los dos – responde el chico.
Y a continuación se vuelve hacia la madre, todo sorprendido:
-¡Mamá! ¡ELLA CREE QUE SOY DE VERDAD!
Nadie se lo cree
Cuenta la leyenda que, justo después de su Iluminación, Buda decidió pasear por los campos. En el camino se cruzó con un labrador, que se quedó impresionado con la luz que emanaba del maestro.
-Amigo, ¿quién eres tú? – preguntó el labrador – Pues tengo la sensación de estar delante de un ángel, o de un Dios.
-No soy ni lo uno ni lo otro – respondió Buda.
-¿Acaso eres entonces un poderoso hechicero?
-No, tampoco.
-En ese caso, ¿qué es lo que te hace tan diferente de los demás hasta el punto de que un simple campesino como yo pueda sentirlo?
-Soy apenas alguien que despertó a la vida. Nada más. Pero le digo esto a todo el mundo, y nadie se lo cree.
El paraguas
Como ordena la tradición, antes de entrar en la casa del maestro zen, el discípulo dejó junto a la puerta sus zapatos y su paraguas.
-He visto por la ventana que estabas llegando – comentó el maestro - ¿Has dejado los zapatos a la derecha o a la izquierda del paraguas?
-No tengo ni la menor idea. Pero, ¿qué importancia tiene? ¡Yo estaba pensando en el secreto del Zen!
-Si no le prestas atención a la vida, nunca aprenderás nada. Comunícate con la vida, dale a cada segundo la atención que merece; éste es el único secreto del Zen.
3 de septiembre de 2009
Paulo Coelho: La montaña mágica...
Por Paulo CoelhoGuerreo de la Luz
Creo que una de las más bellas regiones del mundo es el Languedoc, una parte de los Pirineos que se encuentra al sudoeste de Francia. He estado allí algunas veces, y me han impresionado sus valles, montañas, vegetación y ríos. Sin embargo, como el ser humano es absolutamente imprevisible, fue precisamente en este magnífico lugar donde nació la primera gran “herejía” europea: el catarismo.
Se han escrito muchos libros sobre el tema. No obstante, se puede resumir la filosofía cátara en una frase muy sencilla: el Universo fue creado por el demonio. Toda esta belleza aparente es una obra diabólica.
Según la enciclopedia, los cátaros creían en la existencia de dos dioses, un dios del bien (Dios) y otro del mal (Satán), que había creado el mundo material. Eso les llevó a hacer votos de castidad, pues se negaban a procrear y dar más adeptos al diablo. Se llamaban a sí mismos “perfectos,” y estaban dispuestos al martirio para probar la importancia de su creencia.
El final simbólico del movimiento, que desencadenó las primeras cruzadas de las que se tiene noticia, tuvo lugar el día 15 de marzo de 1244 en la fortaleza de Montségur: después de un prolongado asedio, durante el cual se les dio a elegir entre la conversión al catolicismo o la muerte, aproximadamente 250 “perfectos”, hombres, mujeres y niños, bajaron la montaña cantando y se tiraron a las llamas de la hoguera encendida con esa finalidad.
Durante mucho tiempo me interesé por el catarismo. En 1989 conocí a Brida O’Fern (más tarde, personaje de uno de mis libros), que había sido cátara en una encarnación anterior. A comienzos de aquel mismo año había conocido a Mónica Antunes, en aquella época sólo amiga mía, y hoy todavía amiga mía y agente literaria.
Como yo necesitaba, por razones espirituales, hacer el camino cátaro (una ruta que une los castillos/fortalezas de los “perfectos”), la invité a tomar parte en un trecho del recorrido.
Mónica y yo llegamos al pie de la montaña de Montségur en una tarde de agosto: habíamos planeado subirla al día siguiente. Después de comer fuimos a charlar al lugar donde se había encendido la hoguera, casi 800 años antes (indicado por un insignificante monumento). El cielo estaba encapotado, con nubes tan bajas que ni siquiera podíamos ver las ruinas en lo alto del gigantesco peñasco. Para provocar a Mónica, dije que tal vez sería interesante subir aquella misma noche. Ella respondió que no, y yo me sentí aliviado: ¿y si hubiera dicho que sí?
En ese momento, para un coche, de la misma marca y color que el mío. Sale de él un irlandés y pregunta, como si fuéramos de la región, por dónde se puede subir a la roca. Le sugiero que lo haga con nosotros al día siguiente, pero él está decidido a subir esa misma noche: quiere ver la salida del sol allá en la cima, dice que tal vez él también fue cátaro en una vida anterior. ¿Podríamos prestarle una linterna?
Y todo parece encajar: Brida, la obligación de hacer el camino cátaro, la broma minutos antes con Mónica, y ahora aquel hombre allí, con un coche igual al mío. Es una señal. Voy al hotel de la aldea donde estamos hospedados y consigo una linterna, la única que hay.
Mónica parece asustada, pero yo le digo que debemos seguir adelante. Señales, son las señales, le digo. El recién llegado pregunta dónde está el camino. No importa, respondo, basta con subir. El camino es ir hacia la cima.
Y durante un tiempo que no consigo recordar, los tres escalamos por la noche una montaña que no conocemos, y donde la nieve sólo nos permite ver unos palmos delante de nosotros. Finalmente, atravesamos las nubes, el cielo se llena de estrellas, hay luna llena, y, delante de nosotros, la puerta de la fortaleza de Montségur.
Entramos, contemplamos las ruinas. Admiro la belleza del firmamento, me pregunto cómo llegamos allí sin ningún percance, pero pienso que es mejor dejarse de preguntas y tan sólo admirar el milagro. Los cátaros contemplaban este mismo cielo, y aun así pensaban que todas estas estrellas eran obra del demonio. Jamás entenderé a los cátaros, por mucho que respete la integridad con la que se entregaban a su fe.
Volví a Montségur y subí la montaña en otras ocasiones, pero nunca más conseguí encontrar el camino que tomamos aquella noche de agosto de 1989.
Los misterios existen.
Nota: Con esta edición, cumplimos ocho años ininterrumpidos de “Guerrero de la Luz Online”. Quiero agradecer el apoyo de las más de 150.000 personas suscritas regularmente a estas publicaciones, y a las más de 4.000.000 que, durante todo este periodo, visitaron estas páginas en Internet / Paulo Coelho.
Pablo Felipe Pérez GoyryFreelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst | |||||||||||||||||||||
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