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Autor: PABLO FELIPE PÉREZ GOYRY   


©Pablo Felipe Pérez Goyry

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12 de septiembre de 2011

Reflexión: ‘La perspectiva visual y la intelectual...’

Reflexión: ‘La perspectiva visual y la intelectual...’

“La verdad, lo real, el universo, la vida —como queráis amarlo— se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve

16 de junio de 2011

Luna roja - Por: Odette Alonso


Luna roja

Por: Odette Alonso

Al anochecer del sábado 19 de marzo subí a la azotea del edificio donde vivo con una emoción parecida a la que me hacía trepar al tanque de agua de mi casa de Santiago. Habían anunciado que aquella noche podríamos ver la Luna más grande y más brillante de las últimas dos décadas. De modo que subí la escalerilla metálica —incomodísima— que llevan al punto más alto de la construcción y salté una verja con la destreza de quien, de pronto, volviera a tener 12 años.

Lo que vi en el horizonte me encogió el pecho como a la boca el primer bocado del marañón. Era una luna opaca, de color anaranjado cenizo, que daba miedo. La sonrisa se me borró y tuve que sentarme en un muro de cemento que sobresalía del techo. Atónita la miraba cuando las lágrimas empezaron a llenarme los ojos. Lo que sentía no puedo ni quiero describirlo, era una impresión extraña que días más tarde expliqué como “memorias de dolor”, pero que en ese momento me hizo temer los augurios más desafortunados. Al punto que le dije —ya saben que hablo con todo lo existente porque para mí todo tiene vida—: “Bueno, Selene, que sea como tenga que ser… aquí estoy para lo que me corresponda”.

Imaginé a medio mundo arrobado, inocente, observando con admiración en ese mismo instante al astro madre y recibiendo de él toda aquella energía negativa. “¡Pobre humanidad!”, pensé. Tendríamos que saber —alguien tendría que decirnos o decirle a los medios que nos dijeran— que esa Luna no es buena. Que no es la Luna alcahueta de los enamorados, ni el paño de lágrimas de los poetas, ni el queso Gruyère de la fábula infantil.

En este mundo contemporáneo —al que algunos llaman “vida moderna”—, tan urbano y escolarizado, la denostación a la sabiduría elemental y el deterioro de las religiones originarias —y las institucionalizadas—, nos han conducido a una crisis generalizada de la fe. En ese proceso, el ser humano ha ido perdiendo su conexión primaria con el planeta. Durante los siglos más recientes, el apego a lo natural fue considerado símbolo de oscurantismo, decadencia y superstición, contrario a la aparente contundencia de las explicaciones científicas. Muchos sentenciaron como ignorancia —muchos aún lo hacen— los conocimientos empíricos de los viejos y los brujos, y se les ha sometido a todo tipo de desprestigio y escarnio consuetudinarios, como si la ciencia no fuera una modalidad de la magia y viceversa.

En los últimos tiempos, con el auge de la ecología y todo el asunto del cambio climático, cunde una tendencia cursilona que considera a la Naturaleza como víctima, como una pobre madre que siendo la dadora incondicional de todos los bienes sólo recibe nuestro abuso, desidia e ingratitud. Abundan quienes la miran con lástima, como si no fueran también, planeta y Universo, los causantes de indecibles desastres desde que el mundo tiene memoria, ésa que está tatuada en el mapa genético de cada uno de nosotros, tanto de los que dicen “ver para creer” como de los que dicen “creer para ver”. Y así, entre persecución y bobería hemos acabado por perder la capacidad que tenían nuestros antepasados para discernir, leer e interpretar las señales que la Naturaleza nos envía.

Anoche, cuando iba subiendo las escaleras del metro en Ciudad Universitaria, vi la Luna, llenísima, como una sombra mate sostenida en el cielo a un ángulo de unos treinta grados. Podía confundírsele con una nube cualquiera. Cuando salí del metro en Etiopía, donde debía estar sólo había oscuridad. No sé si eran nubes o el eclipse porque quité la mirada y apuré el paso. No quería que esa energía me bañara. O pretendía que, al menos, fuera la menor cantidad de tiempo posible. Cuando llegué a la casa, a pesar del calor, no abrí las ventanas.

Pero eso no evitó que su cara anaranjada me observara desde el cabezal de Google y desde las fotografías que colman hoy los diarios y los sitios digitales de todo el mundo. Como si no fuera suficientemente elocuente su apariencia, se llama Luna de sangre a esa bola roja que tantos admiraron ayer porque, a fuerza de oírlo, suponen que todo lo natural es bello. Y sí lo es, por supuesto, miren esa foto. Aterradoramente bella.
Foto: Parque del Ajedrez

9 de junio de 2011

Teoría de los Sentimientos Morales - Por: Adam Smith


Teoría de los Sentimientos Morales

La Teoría de los sentimientos morales es una obra de Filosofía moral o Ética publicada por Adam Smith en 1759. Los principios que en ella expone suponen la base filosófica sobre la cual se asienta su obra económica.

Adam Smith
Pretende explicar el funcionamiento de la vida moral del hombre con un principio simple de armonía y de finalidad: un Ser grande, benévolo y omnisciente se determina por sus propias perfecciones a mantener en el Universo y en todo tiempo “la mayor cantidad posible de felicidad”. Este Ser ha puesto en el hombre una guía infalible que lo dirige al bien y a la felicidad, y esta guía es la simpatía. La simpatía es el don de vernos a nosotros mismos como los demás nos ven: es la capacidad de convertirnos en espectadores imparciales de nosotros mismos y de aprobar o desaprobar nuestra conducta según sintamos que los demás simpatizan o no con ella. “Cuando examino mi conducta y quiero juzgarla, y procuro condenarla o aprobarla, es evidente que yo me divido en cierto modo en dos personas, y que el yo apreciador y juez tiene un objetivo diferente del otro yo, cuya conducta se aprecia y juzga. La primera de estas dos personas reunidas en mí mismo es el espectador, cuyos sentimientos intento aprehender, poniéndome en su lugar y considerando desde él mi conducta; la segunda es el ser mismo que ha obrado, al que llamo yo y cuya conducta intento juzgar desde el punto de vista del espectador”.

Evidentemente, si la simpatía ha de servir de criterio efectivo para la valoración moral, es necesario presuponer el acuerdo entre el espectador que cada uno lleva en sí y los demás espectadores, o sea, las demás personas que juzgan nuestra conducta. Este acuerdo es presupuesto por Smith, el cual ve en la simpatía la manifestación de un orden y armonía providencial que Dios ha establecido en los hombres. Con todo, Smith no niega que el acuerdo entre el espectador interno y los externos pueda faltar también en algunos casos, y que, por consiguiente, la conciencia interna del individuo, que es su tribunal interior, pueda estar en oposición con el juicio que sobre él formulen los demás. En este caso, el juicio de la conciencia queda oscurecido y desvirtuado por el juicio de los demás, y su testimonio interior duda en aprobarnos o absolvernos. Sin embargo, este testimonio puede permanecer firme y decidido, como puede ser también sacudido y confundido por el juicio ajeno. “En este último caso la única consolación eficaz que le queda al hombre abatido y desgraciado es apelar al tribunal supremo del juez clarividente e incorruptible de los mundos”. La apelación a este tribunal inaccesible envuelve la dificultad en que se halla la doctrina moral de Smith ante la hipótesis de un funcionamiento imperfecto del orden establecido por Dios entre el juicio moral del individuo y el de los espectadores. Pero, en realidad, a juicio de Smith, este imperfecto funcionamiento del orden preestablecido sólo es una hipótesis abstracta, ya que él está profundamente convencido de la infalibilidad del orden preestablecido.

Esta convicción, como se puede observar, domina también su doctrina económica. La riqueza de las naciones está fundada, en efecto, en el supuesto de un orden natural, de origen providencial, que garantiza la coincidencia del interés particular con el interés de la colectividad. Fuente: Adam Smith.
Imagen: Internet

2 de junio de 2010

La indolencia es un mal de gobierno, no de pueblos - Por Lic. Amelia M. Doval


La indolencia es un mal de gobierno, no de pueblos


Por Lic. Amelia M. Doval
Miami, Fl - 01.06.2010

La vagancia es un mal en mentes ociosas y con poca proyección social. Vagos son los que poseen almas indolentes y de escazas aspiraciones. Humanos que acortan el espacio de sus deseos limitándose unicamente a querer lo que pueden alcanzar con levantar la vista, seres que despiertan de los sueños para evitarse caminar rumbo a ellos porque no pueden o no saben que el mundo es de los que luchan y que las manos no son el horizontes de las aspiraciones. Antiguamente la sociedad reprimia la vagancia, en estos tiempos después de estudios minuciosos se asocia con insuficiencias físicas o condiciones sociales imperfectas.

Las crisis económicas son promotoras de la disminución de los estímulos para crear metas, anhelos. Las esperanzas disminuyen en la medida que la sociedad atribuye los fracasos a un mal general.

Con los nuevos tiempos, los hijos han dejado de valorar el sacrificio de los padres porque éstos se han dado el deber de ser buenos progenitores como una tarea sin fin, sin límites, evitándoles los amargos momentos que son necesarios para aprender que la vida es un regalo y desempacar el envoltorio es una responsabilidad personal.

Este concepto de protección se arraiga en la sociedad y  posteriormente lo reclaman también de sus gobiernos e instituciones. Lo que se obtiene fácilmente se desprecia o se pierde.Se necesita educar, no reprimir.

Un buen gobierno es aquel que disminuye los discursos impropios para demostrar que el trabajo en conjunto crea riquezas y establece condicionamientos con disciplina, respetando el desarrollo colectivo tanto como el personal. En el siglo XXI, el Universo queda a la saga, sus expectativas se debilitan y sociedades estrictamente conceptuales reestrucuturan los valores para avanzar tomando ventajas.

Ante este mapa mundial de frustaciones debemos detenernos y pensar en paises como Cuba,una isla que ha sido catalagoda por los propios y los ajenos como zona de libre producción de vagos después del 59, fecha en que la actual dictadura comenzó a ejercer un patronato mental que ha llevado a la expropiación concibiendo el desmoramiento de los preceptos morales como un condicionamiento humano. Rebatir este concepto es una tarea difícil pero, pruebas hay que el pueblo dista mucho de ser el prototipo que ha vendido el gobierno como culpables de los retrazos económicos existentes para de esa manera justificar sus malas acciones. Un pais que no produce como estado aun cuando es dueño absoluto de cuanto se tiene no puede catalogar a su pueblo como destructor o incapaz cuando lo ahoga y no le deja alcanzar las herramientas necesarias para producir, no obstante como naufragos sin islas el cubano trata de subsistir e inventar sus medios. Aunque robar es un delito capital, solo están apropiándose de lo que por derecho les pertenece y por convicción necesitan para vivir.

Cuando los absurdos mecanismos estatales abrieron la puerta para crear pequeños negocios controlados por el gobierno, la inventiva se adueñó de las calles. Este trabajador por ¨´cuenta propia¨´, tiene ante sí el mayor dilema, debe producir, pagar licencias y permisos pero no cuenta con préstamos bancarios, ni mercados legales donde obtener los productos.

Lo evidente salta a la vista, comienza el liderazgo del mercado negro, el gobierno oculta su contribución al robo con un cuerpo de inspectores que sucumben ante las negociaciones. Simple ecuación matemática que converge en un razonamiento físico, la lógica se hace negociable. Un papel de compra legal de productos, en un mercado estatal de valores triplicados,  justifica las posteriores adquisiciones en el mercado negro. Esta es la parte que el mundo ve y bajo la cual se atribuye el San Benito de vividores.

Ese producto que aparenta ser ilegal, no es para consumo fácil sino para producir otros que son en provecho de una economía que se sustenta gracias a ellos. Un saco de harina comprado de manera impropia (justificado por un antiguo papel de compra legal), representa, la materia prima para elaborar pizzas que el gobierno no vende bajo sus propiedades y los nuevos comerciantes  logran producir con maquinarias de invención popular para posteriormente vender en sus cafeterias a un  pueblo ávido de tener una vida común al resto del mundo.

Un carpintero, necesita comprar ilegalmente la madera de la zona Oriental del país a un campesino que aunque es dueño del árbol puede venderla únicamente al gobierno que establece una tarifa baja de 30 pesos cubanos por pie cuadrado. Las empresas del estado se encargan de la venta a entidades extranjeras radicadas en Cuba o para exportación (el cedro cubano es de gran valor en la indiutri del tabaco) a 1 dólar el pie cuadrado en este tratado de compra-venta estatal no se está teniendo en cuenta al pueblo.

Con lo establecido bajo la legalidad todos pierden menos los dueños absolutos de la isla que engrandecen sus arcas. Cualquiera pensaría que campesinos y carpinteros están malversando los bienes, pero no existe ley social ni moral bajo la cual una propiedad no pueda ser vendida por su dueño.

Mientras en cualquier país los propietarios de pequeños negocios son considerados estrategas pues con su riesgo personal contribuyen al funcionamiento de la rueda económica, los negociantes cubanos son valorados como crápula social, aunque existan realmente quienes tergiversan la idea y ultrajan el derecho ajeno, no es válido generalizar. Valorar al cubano que vive dentro de la isla como un vago y medir con la regla de los delicuentes a quienes abandonan su tierra, es degradar el derecho de ser dueño de tu país, estamos suponiendo que el cubano le roba a un latifundista propietarios de las almas de sus esclavos, es seguir la oración con sus propias palabras.

La vagancia puede ser un mal de algunos, una enfermedad de muchos o un arma de resistencia civil, lo que si puede quedar como frase lapidaria es que el cubano durante cincuenta años ha pisado tierra ajena, cultivado frutos de otros, creado en industrias que no le pertencen. Los de antes y los de ahora en su gran mayoría sacrifican el tener por el deber, continuan siendo una comunidad de trabajadores.
Fotografía: Contacto Magazine

2 de noviembre de 2009

Por qué dejar al hombre para el sexto día - Paulo Coelho

Paulo Coelho

Un grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día.

-Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación– dijo uno.

-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros –sostenía otro.

En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión:

-Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?

-Es muy sencillo –comentó el sabio. –Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.

La humanidad y las armas nucleares - Carl Sagan

Carl Sagan en el último episodio de Cosmos, dónde relata sus preocupaciones sobre la carrera armamentística en la que ha entrado la humanidad explicandola de manera sublime. Todo un alegato al humanismo y la razón.


15 de octubre de 2009

Problemas de comunicación - Paulo Coelho

Por Paulo Coelho.
Guerrero de la Luz

Frente a la catedral

Me estaba sintiendo muy solo en plena ciudad de Nueva York, a la salida de una misa en la catedral de Saint Patrick, cuando, de repente, se me acercó un brasileño:

- Tengo una gran necesidad de hablar con usted – me dijo.

Me entusiasmé tanto con el encuentro, que comencé a hablar de todo lo que me parecía importante: de magia, de bendiciones divinas, de amor. Él lo escuchó todo en silencio, me dio las gracias, y se fue.

En lugar de alegría, yo sentí entonces una soledad aún mayor que la de antes. Sólo más tarde me daría cuenta de que, llevado por el entusiasmo, no le había prestado la debida atención al deseo de aquel brasileño:

El de hablar conmigo.

En realidad todas mis palabras se perdieron en el aire, pues no era eso lo que el Universo quería entonces de mí. Yo habría resultado mucho más útil si me hubiera parado a escuchar lo que él tenía que contarme.

¿A quién queremos?

Ya de niños, nos preguntan: ¿Quieres a papá? ¿Quieres a la tía? ¿Quieres a tu profesor?

Nadie nos pregunta: ¿Tú te quieres a ti mismo?

Y terminamos gastando gran parte de nuestra vida y de nuestra energía en intentar agradar a los demás. Pero, ¿y qué hay de nosotros? El jesuita Anthony Mello cuenta una genial historia sobre este asunto.

Una mujer y su hijo se encuentran en una cafetería. Tras escuchar el pedido de la madre, la camarera se dirige al niño:

-¿Y tú qué vas a querer?

-Un perrito caliente.

-De eso nada – salta la madre – Lo que él quiere es un filete de ternera con guarnición de verduras.

La camarera, ignorando el comentario, le pregunta al chico:

-¿Lo quieres con mostaza o con kétchup?

-Con los dos – responde el chico.

Y a continuación se vuelve hacia la madre, todo sorprendido:

-¡Mamá! ¡ELLA CREE QUE SOY DE VERDAD!

Nadie se lo cree

Cuenta la leyenda que, justo después de su Iluminación, Buda decidió pasear por los campos. En el camino se cruzó con un labrador, que se quedó impresionado con la luz que emanaba del maestro.

-Amigo, ¿quién eres tú? – preguntó el labrador – Pues tengo la sensación de estar delante de un ángel, o de un Dios.

-No soy ni lo uno ni lo otro – respondió Buda.

-¿Acaso eres entonces un poderoso hechicero?

-No, tampoco.

-En ese caso, ¿qué es lo que te hace tan diferente de los demás hasta el punto de que un simple campesino como yo pueda sentirlo?

-Soy apenas alguien que despertó a la vida. Nada más. Pero le digo esto a todo el mundo, y nadie se lo cree.

El paraguas

Como ordena la tradición, antes de entrar en la casa del maestro zen, el discípulo dejó junto a la puerta sus zapatos y su paraguas.

-He visto por la ventana que estabas llegando – comentó el maestro - ¿Has dejado los zapatos a la derecha o a la izquierda del paraguas?

-No tengo ni la menor idea. Pero, ¿qué importancia tiene? ¡Yo estaba pensando en el secreto del Zen!

-Si no le prestas atención a la vida, nunca aprenderás nada. Comunícate con la vida, dale a cada segundo la atención que merece; éste es el único secreto del Zen.

3 de septiembre de 2009

Paulo Coelho: La montaña mágica...


Por Paulo Coelho
Guerreo de la Luz

Creo que una de las más bellas regiones del mundo es el Languedoc, una parte de los Pirineos que se encuentra al sudoeste de Francia. He estado allí algunas veces, y me han impresionado sus valles, montañas, vegetación y ríos. Sin embargo, como el ser humano es absolutamente imprevisible, fue precisamente en este magnífico lugar donde nació la primera gran “herejía” europea: el catarismo.

Se han escrito muchos libros sobre el tema. No obstante, se puede resumir la filosofía cátara en una frase muy sencilla: el Universo fue creado por el demonio. Toda esta belleza aparente es una obra diabólica.

Según la enciclopedia, los cátaros creían en la existencia de dos dioses, un dios del bien (Dios) y otro del mal (Satán), que había creado el mundo material. Eso les llevó a hacer votos de castidad, pues se negaban a procrear y dar más adeptos al diablo. Se llamaban a sí mismos “perfectos,” y estaban dispuestos al martirio para probar la importancia de su creencia.

El final simbólico del movimiento, que desencadenó las primeras cruzadas de las que se tiene noticia, tuvo lugar el día 15 de marzo de 1244 en la fortaleza de Montségur: después de un prolongado asedio, durante el cual se les dio a elegir entre la conversión al catolicismo o la muerte, aproximadamente 250 “perfectos”, hombres, mujeres y niños, bajaron la montaña cantando y se tiraron a las llamas de la hoguera encendida con esa finalidad.

Durante mucho tiempo me interesé por el catarismo. En 1989 conocí a Brida O’Fern (más tarde, personaje de uno de mis libros), que había sido cátara en una encarnación anterior. A comienzos de aquel mismo año había conocido a Mónica Antunes, en aquella época sólo amiga mía, y hoy todavía amiga mía y agente literaria.

Como yo necesitaba, por razones espirituales, hacer el camino cátaro (una ruta que une los castillos/fortalezas de los “perfectos”), la invité a tomar parte en un trecho del recorrido.

Mónica y yo llegamos al pie de la montaña de Montségur en una tarde de agosto: habíamos planeado subirla al día siguiente. Después de comer fuimos a charlar al lugar donde se había encendido la hoguera, casi 800 años antes (indicado por un insignificante monumento). El cielo estaba encapotado, con nubes tan bajas que ni siquiera podíamos ver las ruinas en lo alto del gigantesco peñasco. Para provocar a Mónica, dije que tal vez sería interesante subir aquella misma noche. Ella respondió que no, y yo me sentí aliviado: ¿y si hubiera dicho que sí?

En ese momento, para un coche, de la misma marca y color que el mío. Sale de él un irlandés y pregunta, como si fuéramos de la región, por dónde se puede subir a la roca. Le sugiero que lo haga con nosotros al día siguiente, pero él está decidido a subir esa misma noche: quiere ver la salida del sol allá en la cima, dice que tal vez él también fue cátaro en una vida anterior. ¿Podríamos prestarle una linterna?

Y todo parece encajar: Brida, la obligación de hacer el camino cátaro, la broma minutos antes con Mónica, y ahora aquel hombre allí, con un coche igual al mío. Es una señal. Voy al hotel de la aldea donde estamos hospedados y consigo una linterna, la única que hay.

Mónica parece asustada, pero yo le digo que debemos seguir adelante. Señales, son las señales, le digo. El recién llegado pregunta dónde está el camino. No importa, respondo, basta con subir. El camino es ir hacia la cima.

Y durante un tiempo que no consigo recordar, los tres escalamos por la noche una montaña que no conocemos, y donde la nieve sólo nos permite ver unos palmos delante de nosotros. Finalmente, atravesamos las nubes, el cielo se llena de estrellas, hay luna llena, y, delante de nosotros, la puerta de la fortaleza de Montségur.

Entramos, contemplamos las ruinas. Admiro la belleza del firmamento, me pregunto cómo llegamos allí sin ningún percance, pero pienso que es mejor dejarse de preguntas y tan sólo admirar el milagro. Los cátaros contemplaban este mismo cielo, y aun así pensaban que todas estas estrellas eran obra del demonio. Jamás entenderé a los cátaros, por mucho que respete la integridad con la que se entregaban a su fe.

Volví a Montségur y subí la montaña en otras ocasiones, pero nunca más conseguí encontrar el camino que tomamos aquella noche de agosto de 1989.

Los misterios existen.


Nota: Con esta edición, cumplimos ocho años ininterrumpidos de “Guerrero de la Luz Online”. Quiero agradecer el apoyo de las más de 150.000 personas suscritas regularmente a estas publicaciones, y a las más de 4.000.000 que, durante todo este periodo, visitaron estas páginas en Internet / Paulo Coelho.


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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