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23 de junio de 2010
Los gitanos y la Diosa Madre - Por Paulo Coelho
27 de mayo de 2010
Las Cinco Leyes de Sun Tzu - Por Paulo Coelho
16 de mayo de 2010
Veinte años después: Ave Fénix - Por Paulo Coelho
Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
Recorriendo el Camino de Santiago veinte años después de la peregrinación que dio origen a mi primer libro, paro en Villafranca del Bierzo. Allí, una de las figuras más emblemáticas del recorrido, Jesús Jato, construyó un refugio para peregrinos. Vinieron las gentes de la aldea, y pensando que Jato era un brujo, incendiaron el lugar. Él no se dejó intimidar y, junto a Mari Carmen, su mujer, volvió a empezar desde el principio. Al lugar le cambiaron entonces el nombre y lo llamaron Ave Fénix, el pájaro que renace de sus cenizas.
Jato es bien conocido por preparar la “queimada”, un tipo de bebida alcohólica de origen celta, que se bebe en una especie de ritual, también celta. En esta fría noche de primavera, se encuentran en el Ave Fénix una canadiense, dos italianos, tres españoles y una australiana.
Y Jato les cuenta a todos algo que me ocurrió a mí en 1986, y que no me atreví a incluir en el libro El peregrino de Compostela (Diario de un mago)convencido de que los lectores no se lo creerían.
-Un cura local pasó por aquí, avisando que un peregrino había pasado por Villafranca esa mañana y no había llegado a Cebreiro (la etapa siguiente), por lo que no cabía duda de que debía de encontrarse perdido por el bosque – dijo Jato -. Fui a buscarlo, y conseguí encontrarlo dos horas más tarde, durmiendo en una caverna. Era Paulo. Cuando lo desperté, él se quejó: “¿Es que no voy a poder dormir ni siquiera una hora en este camino?”. Le expliqué que no dormía hace apenas una hora, sino que llevaba allí más de un día.
Lo recuerdo como si hubiese ocurrido hoy: me sentía cansado y deprimido, decidí parar un poco, descubrí la caverna, me tumbé en el suelo. Cuando abrí los ojos y vi a este sujeto, estaba seguro de que tan sólo habían pasado algunos minutos, porque ni siquiera había cambiado de posición. Nunca he llegado a entender exactamente cómo ocurrió tal cosa, y tampoco le busco explicaciones: he aprendido a convivir con el misterio.
Todos bebemos la “queimada”, acompañando a Jato en sus “¡uuuh!” mientras él pronuncia los versos ancestrales. Al final, la canadiense se me acerca.
-No soy el tipo de persona que anda a la búsqueda de tumbas de santos, ríos sagrados, lugares milagrosos o apariciones. Para mí, peregrinar es celebrar. Tanto mi padre como mi madre murieron jóvenes, de paro cardíaco, y tal vez yo tenga propensión a lo mismo.
»Por lo tanto, como tal vez parta pronto de esta vida, necesito conocer el mundo al máximo, y obtener toda la alegría que merezco.
»Cuando murió mi madre, yo me prometí a mi misma alegrarme siempre que saliera el sol cada mañana. Mirar hacia el futuro, pero nunca sacrificar el presente por esta razón. Cuando el amor se cruzase en mi camino, aceptarlo siempre. Vivir cada minuto, jamás dejar para más tarde algo que pudiera alegrarme.
Me acuerdo de 1986, cuando yo también lo dejé todo para realizar este recorrido que acabaría cambiándome la vida. En aquella época, mucha gente me criticó, pensado que era una locura. Tan sólo mi mujer me brindó el apoyo necesario. Me dice la canadiense que había ocurrido lo mismo con ella, y me entrega un texto que lleva consigo:
-Es parte del discurso que el presidente norteamericano Theodore Roosevelt pronunció en la Sorbona de París el 23 de abril de 1910.
Leo lo que está escrito en el papel:
El crítico no aporta absolutamente nada: todo lo que hace es apuntar con dedo acusador en cuanto el fuerte se tropieza y cae, o cuando comete un error mientras está trabajando en algo. El verdadero mérito lo tiene quien está en la arena, con la cara sucia de polvo, sudor y sangre, luchando con arrojo.
El verdadero mérito lo tiene el que se equivoca, el que falla, pero que poco a poco va dando en el clavo, porque no hay esfuerzo sin error. Éste conoce el gran entusiasmo, la gran devoción, y está empleando su energía en algo que merece la pena. Éste es el verdadero hombre, que en la mejor de las hipótesis conocerá la victoria y la conquista, y que, en la peor, caerá. Pero hasta en su caída será grande, porque vivió con valentía, y estuvo por encima de aquellas almas mezquinas que nunca conocieron ni victorias ni derrotas.
La concha como símbolo
El día en que el barco con los restos mortales de Tiago llegaba a Galicia, una fuerte tempestad amenazaba con aplastarlo contra las rocas de la costa.
Un hombre que pasaba por allí, al ver aquello, entra en el mar con su caballo para intentar ayudar a los navegantes. No obstante, también él se convierte en víctima de la furia de los elementos, y empieza a ahogarse. Pensando que todo está perdido, pide a los cielos piedad para su alma.
En ese momento, la tempestad se calma, y tanto el barco como el caballero son gentilmente conducidos hasta una playa. Allí, los discípulos Atanasio y Teodoro se dan cuenta de que el caballo está cubierto de cierto tipo de conchas, conocidas también como “vieiras”.
En homenaje al heroico gesto, esta concha pasa a ser el símbolo del Camino, y se puede encontrar en muchos edificios a lo largo de la ruta, y en los puentes, y en los monumentos, pero, sobre todo, en las mochilas de los peregrinos.
Intentando engañar al destino
En su camino hacia Galicia, durante la Reconquista (guerras religiosas que concluyeron con la expulsión de los árabes de la Península Ibérica), el emperador Carlo Magno se enfrenta a las tropas de un traidor en las proximidades de Monjardín. Antes de la batalla, reza a Santiago, que le revela el nombre de 140 soldados que van a morir en la batalla. Carlo Magno deja a estos hombres en el campamento, y marcha a la lucha.
Al final de esa tarde, victorioso y sin ni una sola baja en su ejército, regresa y descubre que el campamento ha sido incendiado, y que los 140 hombres están muertos.
El Pórtico de la Gloria
Al llegar a Santiago de Compostela, el caminante debe seguir una serie de rituales, entre ellos, apoyar la mano en un bellísimo pórtico situado en la entrada principal de la iglesia. Cuenta la leyenda que dicha obra de arte fue encargada por el rey Fernando II, en 1187, a un artesano encargado que se llamaba Mateus.
Durante años, él trabajó el mármol, esculpiendo incluso su propia figura, de rodillas, en la parte trasera de la columna central.
Cuando Mateus concluyó su obra, los habitantes de la ciudad decidieron perforarle los ojos, para que nunca pudiese repetir semejante maravilla en ningún otro lugar del mundo.
11 de mayo de 2010
Responsabilidad y riesgo - Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
La raíz latina de la palabra “responsabilidad” desvela su significado: capacidad de responder, de reaccionar.
Un guerrero responsable fue capaz de observar y de practicar. Fue, incluso, capaz de ser “irresponsable”: alguna vez se dejó llevar por los acontecimientos, sin reaccionar.
Pero aprendió las lecciones. Adoptó una actitud, escuchó un consejo, tuvo la humildad de aceptar ayuda.
Un guerrero responsable no es el que se pone sobre los hombros el peso del mundo; es aquel que consigue enfrentar los desafíos de cada día.
Por supuesto, a veces le entra miedo cuando tiene que tomar una decisión importante.
-Esto es demasiado grande para ti- dice un amigo.
-Adelante, sé valiente – dice otro.
Y sus dudas aumentan.
Tras algunos días de angustia, él se recoge en un rincón de su tienda, donde suele sentarse para meditar y orar. Se ve a sí mismo en el futuro. Ve a las personas que saldrán beneficiadas o perjudicadas por su actitud. No quiere causar sufrimientos inútiles, pero tampoco quiere abandonar el camino.
El guerrero entonces deja que la decisión se manifieste. Si hay que decir que sí, lo dirá con valentía. Si hay que decir que no, no será cobarde para hacerlo. Cuando el guerrero asume una responsabilidad, mantiene su palabra.
Los que prometen y no cumplen, pierden su amor propio, tienen vergüenza de sus propios actos. La vida de estas personas consiste en huir. Gastan mucha más energía deshonrando la palabra que la que el guerrero de la luz emplea para cumplir sus compromisos.
A veces, él también asume una responsabilidad tonta, que le dará perjuicios. No vuelve a repetirlo, pero, de todas maneras, honra su palabra y paga el precio de su precipitación.
Claro que termina escuchando opiniones que le son contrarias. Pero, antes de prestar oídos a cualquier cosa, procura informarse de si quien da estas opiniones realizó alguna vez un trabajo mejor que el suyo. Generalmente, los que critican nunca vivieron su propio sueño; sólo los vencedores son tolerantes y generosos.
¿Por qué critican?
Porque, a cada paso al frente que el guerrero dio, esta persona se quedó rezagado un paso más. Para ella resulta duro aceptar que alguien está alcanzando todo lo que ella creía inalcanzable.
Eso no quiere decir que el guerrero no dé pasos en falso: va a equivocarse muchas veces, pero eso no tiene mayor importancia. Equivocarse forma parte del camino, corregir el error forma parte de su responsabilidad.
Para equivocarse menos, el guerrero descansa de vez en cuando, y se alegra con las cosas sencillas de la vida. sabe que las cuerdas que están permanentemente tensas se acaban desafinando. Que los caballos que no paran de saltar obstáculos, acaban rompiéndose una pata. Que los arcos que se curvan a diario, terminan por no lanzar las flechas con la misma fuerza.
Sobre el arrepentimiento sincero
Un profesor solía agredir al monje Chu Lai, pues no creía en nada de lo que éste decía. Sin embargo, la mujer del profesor era seguidora de Chu Lai, y le exigió a su marido que fuese a pedirle disculpas al sabio.
Disgustado, pero sin valor para contrariar a su mujer, el hombre se acercó hasta el templo y murmuró algunas palabras de arrepentimiento.
-Yo no te perdono – dijo Chu Lai – Vuelve a tu trabajo.
La mujer se quedó horrorizada.
-Mi marido se humilló, y usted, que se dice sabio, ¡no fue generoso!
Respondió Chu Lai:
-Dentro de mi alma no hay ningún rencor. Pero, si él no está arrepentido, es preferible que reconozca que me tiene rabia. Si yo hubiese aceptado su perdón, estaríamos creando una falsa situación de armonía, lo que aumentaría más aún la rabia de su marido.
Cambiando de actitud
-Durante el periodo de un año, paga una moneda al que te ofenda – le dijo el abad a un joven que quería seguir el camino espiritual.
A lo largo de los doce meses siguientes, el muchacho pagaba una moneda siempre que alguien lo ofendía. Cuando el año terminó, regresó junto al abad para preguntarle cuál debería ser el próximo paso.
-Ve a la ciudad a comprarme comida.
Nada más salir el muchacho, el abad se disfrazó de mendigo y se situó en la puerta de la ciudad. Cuando el muchacho se aproximó, empezó a insultarlo.
-¡Qué bien! – comentó el joven -. Durante todo un año tuve que pagar, ¡y ahora me pueden ofender gratis, sin gastar nada!
Al oír esto, el abad se quitó el disfraz.
-El que no se toma los insultos en serio, está en el camino de la sabiduría.
15 de abril de 2010
El problema de los otros - Paulo Coelho
2 de abril de 2010
Anotaciones en aeropuertos
Por Paulo Coelho
Gerrero de la Luz
Moisés separa las aguas
-A veces la gente se acostumbra a lo que ve en las películas, y termina olvidándose de la verdadera historia -dice un amigo, mientras observamos juntos el puerto de Miami -. ¿Te acuerdas de “Los diez mandamientos”?
-Claro que me acuerdo. Moisés (Charlton Heston) en un momento dado levanta su bastón, las aguas se separan, y el pueblo hebreo pasa a través de la gran masa de agua.
-En la Biblia no ocurre eso – comenta mi amigo – Allí Dios le ordena a Moisés: “Diles a los hijos de Israel que caminen” y sólo después de haber comenzado todos a andar, Moisés levanta el bastón y el Mar Rojo se abre.
»Sólo la valentía durante el camino hace que el camino se manifieste.
San Agustín y la lógica
San Agustín se convirtió por una sencilla señal. Durante años buscó en varias corrientes filosóficas una respuesta para el sentido de la vida. Cierta tarde, en el jardín de su casa de Milán, reflexionaba sobre el fracaso de toda su búsqueda. En ese momento, escuchó que un niño cantaba en la calle: “¡Tome y lea! ¡Tome y lea!”.
Aunque siempre se había regido por la lógica, resolvió – en un impulso – abrir el libro que le quedaba más cerca. Era la Biblia, y allí leyó un pasaje de San Pablo que incluía las respuestas que estaba buscando.
A partir de entonces, en el pensamiento de Agustín, la lógica le dejó un lugar también a la fe, de manera que ésta tuviese también su participación. Fue por esto por lo que él llegaría a ser uno de los mayores teólogos de la Iglesia.
El sentido de la verdad
En nombre de la verdad, la especie humana ha cometido sus peores crímenes. Hombres y mujeres fueron quemados vivos. Se destruyó la cultura de civilizaciones enteras. Se marginó a los que buscaban un camino diferente.
Uno de ellos, en nombre de la “verdad”, acabó crucificado. Pero, antes de morir, nos dejó la gran definición de la Verdad.
No es lo que nos da certezas. No es lo que nos da profundidad. No es los que nos hace mejores que los demás. No es lo que nos mantiene en la prisión de los prejuicios.
La verdad es lo que nos da la libertad. “Conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres”, dice Jesús.
Artistas de la vida
He de vivir todas las gracias que Dios me ha dado hoy. Las gracias no se pueden ahorrar. No existe un banco en el que poder depositar las gracias recibidas, para ir empleándolas de acuerdo a nuestro deseo. Si no disfruto de estas bendiciones, voy a perderlas irremediablemente.
Dios sabe que somos artistas de la vida. Un día nos da un formón para esculpir, otro, pinceles y un lienzo, y otro día nos da una pluma para escribir. Pero nunca conseguiremos usar el formón en telas, o plumas en esculturas. A cada día, su milagro. He de aceptar las bendiciones de hoy, para crear lo que tengo; si hago esto con distanciamiento y sin culpa, mañana recibiré más.
El sapo y el agua
Un abogado amigo mío, Renato Pacca, me envía un texto interesante: varios estudios biológicos demuestran que un sapo colocado en un recipiente con el agua de su propia laguna, se queda inmóvil mientras estamos calentando el líquido. El sapo no reacciona al gradual aumento de la temperatura (cambios de ambiente) y muere cuando el agua hierve, hinchado y feliz.
Por otro lado, otro sapo que dejemos caer en ese mismo recipiente con el agua ya hirviendo, saltará fuera inmediatamente. Medio chamuscado, ¡pero vivo!
En ocasiones, somos sapos hervidos. No nos damos cuenta de los cambios. Nos parece que todo marcha muy bien, o que lo que no anda bien va a pasar, que es sólo cuestión de tiempo. Estamos a punto de morir, pero nos quedamos flotando, estables y apáticos, en el agua que no deja de calentarse minuto a minuto. Acabamos muriendo, hinchaditos y felices, sin haber llegado a sentir los cambios que se producían a nuestro alrededor.
Hay sapos hervidos que aún creen que lo fundamental es la obediencia, y no la competencia: manda quien puede, y obedece quien tiene juicio. En definitiva, ¿dónde está la vida de verdad? Es mejor salir medio chamuscados de una situación, pero vivos y listos para la acción.
Junio de 2001
La vida es como una gran carrera de ciclismo, cuya meta es hacer realidad la Leyenda Personal.
En la salida partimos juntos, llenos de camaradería y entusiasmo. Pero, a medida que la carrera se desarrolla, la alegría inicial deja su lugar a los verdaderos desafíos: el cansancio, la monotonía, las dudas sobre la propia capacidad.
Nos damos cuenta de que algunos amigos ya han desistido, y de que otros apenas siguen corriendo porque no pueden parar en mitad de una carretera. Estos son numerosos, y todos pedalean al lado del coche de apoyo, conversan entre sí y cumplen una obligación.
Terminamos por distanciarnos de ellos; y entonces nos vemos obligados a enfrentar la soledad, las sorpresas con las curvas desconocidas, los problemas con la bicicleta. En un momento dado, tras algunas caídas sin tener a nadie cerca para ayudarnos, terminamos preguntándonos si vale la pena tanto esfuerzo.
16 de marzo de 2010
Rompe este vaso

Por Paulo Coelho
Guerrero de la Luz
El vino a él le hacía las cosas más fáciles. También a mí.
-¿Por qué has parado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?
-Quiero hablar de otro tipo de amor – insistió -. El que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.
Lo tomé de las manos. El podría conocer los grandes misterios de la Diosa, pero sobre el amor sabía lo mismo que yo. Por mucho que hubiese viajado.
Y tendría que pagar un precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.
Permanecimos durante mucho tiempo de manos dadas. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor nos pone delante como pruebas que hay que superar. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que estuvimos separados, los años en el monasterio en busca de un lugar en el que estas cosas no sucedieran.
Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado este momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el peinado que yo tendría y el color de la ropa que llevaría. Yo quería decir que sí, que él sería bienvenido, que mi corazón había vencido la batalla. Quería decirle cuánto lo quería, cuánto lo deseaba en ese momento.
Pero me mantuve en silencio. Presencié, como si fuese un sueño, su lucha interior. Vi que tenía frente a él mi “no”, el miedo de perderme, las duras palabras que escuchó en momentos semejantes a éste – porque todos pasamos por esto, y vamos acumulando cicatrices.
Sus ojos empezaron a brillar. Yo sabía que él estaba superando todas aquellas barreras.
Entonces solté una de las manos, agarré un vaso y lo puse al borde de la mesa.
-Se va a caer – dijo él.
-Exacto. Quiero que tú lo tires.
-¿Que rompa un vaso?
Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente pequeño, pero que ponía en juego miedos que nunca llegaremos a comprender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato – cuando todos nosotros ya hemos hecho esto sin querer alguna vez en la vida?
-¿Romper un vaso? – repitió – Pero, ¿por qué?
-Puedo darte algunas explicaciones – le respondí -. Pero, en realidad, es romperlo por romperlo.
-¿Por ti?
-Claro que no.
Él miraba al vaso de vidrio al borde de la mesa, preocupado con que se cayese.
“Es un rito de pasaje, como dices tú mismo”, tuve ganas de decir. “Se trata de lo prohibido. Los vasos no se rompen a propósito. Cuando estamos en restaurantes, o en nuestra propia casa, tenemos cuidado para que los vasos no estén situados al borde de la mesa. Nuestro universo nos exige que seamos cuidadosos para que los vasos no se caigan al suelo.
No obstante – seguí pensando – cuando los rompemos sin querer, vemos que la cosa no era tan grave como pensábamos. El camarero nos dice “No pasa nada”, y nunca en mi vida he visto que se incluyese un vaso roto en la cuenta de un restaurante. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hace ningún daño ni a nosotros, ni al restaurante, ni al prójimo.
Le di un topetazo a la mesa. El vaso se balanceó, pero no cayó.
-¡Cuidado! – dijo él instintivamente.
-Rompe el vaso – insistí.
Rompe el vaso – me decía a mí misma – pues es un gesto simbólico. Intenta comprender que yo he roto dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y que me alegro de haberlo hecho. Vuelve la vista hacia tu propia lucha interior, y rompe este vaso.
Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a los hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin conocer el destino.
Rompe este vaso, por favor – y libéranos de todos estos conceptos malditos, de esta manía que se tiene de explicarlo todo y sólo hacer lo que los demás aprueban.
-Rompe este vaso – le pedí una vez más.
Él fijó sus ojos en los míos. Después, lentamente, deslizó su mano por el tablero de la mesa, hasta tocarlo. Con un movimiento rápido, lo empujó al suelo.
El ruido de cristales rotos llamó la atención de todo el mundo. En lugar de disimular pidiendo disculpas, me miraba sonriendo – y yo le devolvía la sonrisa.
-¡No pasa nada! – gritó el joven camarero.
Pero él no le escuchó. Se había levantado, me había agarrado por los cabellos, y me estaba besando.
Yo también le agarré los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí su lengua moviéndose dentro de mi boca. Era un beso que llevaba mucho tiempo esperando, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando aún no comprendíamos el significado del amor. Un beso que estuvo flotando en el aire mientras crecíamos, que viajó por el mundo a través de los recuerdos de una medalla, que se mantuvo escondido detrás de las pilas de libros de las oposiciones.
Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso se encontraban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.
Yo lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en el bar, al vernos, pensarían estar delante de un beso más. No sabían que en aquel minuto de beso se concentraba la trayectoria de mi vida, de la vida de él, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.
En aquel minuto de beso se juntaban todos los momentos de alegría que había vivido hasta entonces.
Fotografía: Internet
19 de febrero de 2010
Leyendas del desierto...

Guerrero de la Luz
Conocí a Yasser Hareb durante un encuentro en París. Conversamos mucho sobre el último puente que permanece intacto en un mundo cada vez más dividido: la cultura. A pesar de todo lo que estamos presenciando, aún existen valores comunes, y eso puede ayudarnos a comprender a nuestro prójimo. Le pedí a Yasser que escribiese algunas historias de su tierra, que transcribo (resumidas) a continuación:
¿Por qué lloras?
Un hombre llamó a la puerta del amigo para pedirle un favor:
-Necesito que me prestes cuatro mil dinares para pagar una deuda que tengo. ¿Podrías hacerlo?
El amigo le pidió a su mujer que reuniese todo lo que tenían, pero ni siquiera con esto fue suficiente. Hubo que salir a la calle, y pedirles dinero a los vecinos, hasta alcanzar la cantidad requerida.
Cuando el hombre se marchó, la mujer se dio cuenta de que su marido estaba llorando.
-¿Por qué estás triste? ¿Porque tienes miedo de que, ahora que nos hemos endeudado, no consigamos pagar lo que debemos?
No, no es por eso. Lloro porque el que nos acaba de visitar es un amigo al que quiero mucho, y a pesar de eso yo no sabía nada de su situación. Sólo me acordé de él cuando se vio obligado a llamar a mi puerta para pedirme dinero prestado.
El código del hospedaje
Dos hombres estaban cruzando el desierto, cuando avistaron la tienda de un beduino, y se aproximaron para pedir abrigo. Aunque eran unos desconocidos, fueron recibidos según manda el código de conducta de los nómadas: se sacrificó un camello, y se sirvió su carne en una espléndida cena.
Al día siguiente, puesto que los huéspedes continuaban allí, el beduino ordenó que se sacrificase otro camello. Los dos hombres, asombrados, dijeron que aún sobraba muchísima carne del día anterior.
-Sería vergonzoso ofrecer comida vieja a mis huéspedes- se limitó a responder.
Al tercer día, los dos extranjeros despertaron temprano y decidieron continuar su viaje. Como el beduino no estaba en casa, le dieron cien dinares a su mujer, sin dejar de pedir disculpas por no poder esperar, puesto que si se entretuviesen mucho allí, el sol terminaría quemando demasiado.
Ya llevaban caminando unas cuatro horas, cuando escucharon una voz que los llamaba a sus espaldas. Se dieron la vuelta, y vieron que el era el beduino que los venía siguiendo, y en cuanto los alcanzó, arrojó el dinero en el suelo frente a ellos.
-¡Con lo bien que yo os recibí! ¿Es que no tenéis vergüenza?
Los extranjeros, sorprendidos, dijeron que sin duda los camellos debían valer mucho más que eso, pero que no tenían mucho dinero.
-No me refiero a la cantidad- respondió-. El desierto acoge a los beduinos allá donde vayan, y nunca nos pide nada a cambio. Si tuviéramos que pagar por ello, ¿cómo podríamos vivir? Recibiros en mi tienda es devolver apenas una pequeña parte de lo que la vida nos ha regalado.
Generoso a la hora de la muerte
Un hombre viajaba de una ciudad a otra, cuando supo que se había trabado una sangrienta batalla, y que su primo se encontraba entre los soldados heridos. Se apresuró en llegar hasta el lugar para descubrir que su familiar estaba a punto de morir. Echó mano de su cantimplora y le ofreció un poco de agua, pero en ese instante otro herido gimió, y el primo le pidió que le diese de beber al soldado que estaba a su lado.
-¡Pero si voy hasta él, es posible que tú no sobrevivas! ¡Tú ya has sido suficientemente generoso durante toda tu vida!
Reuniendo sus últimas fuerzas, el herido respondió:
-Razón de más para seguir siendo generoso hasta el momento de mi muerte.
7 de febrero de 2010
Comprendiendo al enemigo - Paulo Coelho

Por Paulo Coelho
Guerreo de la Luz
El enemigo externo
El lector Murali, de la India, cuenta la historia de una niña que resolvió subir a lo alto de una montaña para visitar a su abuela. Llovía a cántaros, soplaba un viento helador, y los truenos retumbaban constantemente.
Cuando estaba a punto de llegar a su destino, sintió que algo le rozaba los pies. Miró hacia abajo, y vio que era una serpiente.
- Me estoy muriendo – le dijo la serpiente -. Hace mucho frío y no hay nada que comer en esta montaña. Por favor, ¡protégeme! Ponme bajo tu abrigo, salva mi vida, y me convertiré en tu mejor amiga.
A pesar de la tempestad, la niña se detuvo y comenzó a reflexionar. Observó la piel dorada y verde de la serpiente, y se dijo a sí misma que nunca había visto nada tan hermoso. Pensó en la envidia que les entraría a sus amigos de clase al aparecer con una serpiente que la defendería de toda amenaza. Finalmente, dijo:
-Está bien. Voy a salvarte, porque todos los seres vivos merecen cariño.
La serpiente se hizo así amiga de la niña, asustando en el colegio a las personas agresivas, y haciéndole compañía en los días solitarios. Hasta que cierta noche, mientras la niña estaba haciendo los deberes de casa, sintió un dolor agudo en el pie derecho. Al mirar hacia abajo, descubrió a la serpiente, que la había mordido.
-¡Eres venenosa! – gritó - ¡Voy a morir en seguida!
La serpiente nada dijo.
- ¿Por qué me has hecho esto? ¡Yo te salvé la vida!
- Ese día, cuando te agachaste para salvarme, sabías que yo era una serpiente, ¿o no? Y, lentamente, se alejó arrastrándose.
El enemigo interno
Nasrudin vio a un hombre sentado a la orilla de un camino, con aire de absoluta desolación.
-¿Qué es lo que le preocupa? – quiso saber.
- Amigo mío, no encuentro nada interesante en esta vida. Tengo suficiente dinero como para no tener que trabajar, y estaba viajando para ver si encontraba alguna cosa curiosa en este mundo. Sin embargo, todas las personas que me he ido encontrando no me han enseñado nada nuevo, logrando que mi apatía se hiciera incluso más aguda.
»En fin: puedo decir sin ningún miedo que, a pesar de todo lo que he hecho, no he conseguido encontrar la paz que buscaba.
En ese mismo instante, Nasrudin agarró la maleta del hombre y salió corriendo por el camino. Como conocía la región, rápidamente consiguió distanciarse cortando por algunos atajos a través de los campos y las colinas.
Cuando se alejó lo suficiente, dejó otra vez la maleta en mitad del camino por donde el viajero acabaría pasando, y se escondió detrás de una roca. Media hora después apareció el hombre, que se sentía más miserable que nunca por haberse cruzado con aquel ladrón.
Nada más divisar la maleta, corrió hasta ella y la abrió, sin aliento. Al comprobar que su contenido estaba intacto, miró al cielo lleno de alegría, y le dio gracias al Señor por estar vivo.
“Algunas personas sólo entienden el sabor de la felicidad cuando consiguen perderla”, pensó Nasrudin, espiando la escena.
28 de enero de 2010
Por las calles de Sofía - Paulo Coelho
Guerreo de la Luz
Debido a la prohibición de encender el ordenador antes y durante el despegue, paseo mis ojos distraídamente por la revista de a bordo. Como en todas las revistas de las compañias aéreas, sé que allí deben estar describiendo las maravillas del país y no tengo mucho interés en el asunto ya que mi visita fue óptima y no necesito que nadie me diga que el lugar es maravilloso. Hace años durante el durísimo régimen comunista, cuando nadie podía visitar el lugar, un escritor brasileño escribió un libro poniendo en cuestión la propia existencia de Bulgaria: según él, jamás había conocido a una sola persona que hubiese venido hasta aquí. De esta manera, quien sabe, todo no pasaba de una gran conspiración para hacernos creer en una realidad inexistente? Es evidente que el libro fue realizado co! n mucho sentido de humor, sin ninguna crítica a los búlgaros, pero explotando el hecho de que el imaginario colectivo, algunas veces puede ser manipulado.
Estoy pensando en este escritor, cuando leo la revista de a bordo, en las páginas donde normalmente se encuentran consejos a respecto de hoteles, restaurantes, procedimientos de embarque, algo que me deja fascinado y sorprendido.
A] Caminar por el centro de Sofía, significa enfrentarse con coches estacionados en el cordón de la vereda, gente bocinando en sus oídos, perros sueltos, agujeros que surgen sin cualquier aviso.
B] Si quiere entrar en un ómnibus, recuerde que la puerta es pequeña y hay una gran posibilidad de golpearse contra el batiente. Tire una moneda de 1 lev (moneda local) en la falda del chofer, grite donde desea bajarse y sepa que ni siempre los ómnibus van a respetar las paradas. No pierda su buen humor por causa de eso.
C) Para conducir tenga en consideración los requisitos siguientes: su registro de conductor, pasaporte, nervios de acero inoxidable, ojos que no pueden parpadear en ningún momento, señales de tránsito que se parecen a jeroglíficos (Bulgaria usa alfabeto cirílico), motoristas desvariados.
E] Al parar en un semáforo, esté listo para ver su coche cercado por una multitud de niños dispuestos a limpiar su para-brisas: sea firme, no acepte!
F] Los guardias de tránsito son extremadamente venales (está escrito: "prodigiously venal"!) y no le sacan el ojo de encima. Compórtese como un santo, no se estrese, a no ser que desee pagar una “multa en la hora”, lo que nada más es que un tipo de corrupción.
G] Bulgaria tiene un alto índice de criminalidad, pero por favor, relaje! Usted estará tan seguro, o inseguro, como en New York, Londres, Paris o cualquier otra ciudad.
H] La iluminación es pésima durante la noche.
I] Los comerciantes nunca tienen cambio. Pida en su hotel billetes chicos o se estará arriesgando a quedarse esperando por el vendedor que fue hasta lo de un vecino o al banco más cercano, para conseguir cambio.
J] Volvamos al ómnibus: existen algunos que tienen una máquina asustadora en la entrada, y usted necesita descubrir en la hora como conseguir sacar su ticket de allí. Recuerde que en cualquier lugar del mundo el transporte público es pago. Es evidente que hay grandes chances de ver, durante el recorrido, inspectores entrando y pidiendo los billetes a los pasajeros, la gran mayoría no los tendrá, habrá una discusión y serán obligado a pagar una multa. Ya que usted superó todos los problemas y compró el suyo, vea estas peleas sin miedo.
Seamos honestos: casi todas las grandes ciudades del mundo tienen la mayoría de estos problemas (ese del ticket, por ejemplo, yo lo viví en Amsterdan), pero por primera vez una compañía aérea habla abiertamente sobre ellos. Felicitaciones por el coraje que me hace amar más todavía, al país y a su pueblo.
6 de enero de 2010
El guerrero de la luz y su mundo - Paulo Coelho

El guerrero de la luz siempre procura mejorar.
Cada golpe de su espada lleva tras de sí siglos de sabiduría y meditación. Cada golpe debe tener la fuerza, la habilidad de todos los guerreros del pasado, que aún hoy continúan bendiciendo la lucha. Cada movimiento en el combate honra los movimientos que las generaciones anteriores intentaron transmitir a través de la Tradición.
El guerrero desarrolla la belleza de sus golpes, pese a comportarse como un niño.
La gente se sorprende, pues olvidó que un niño tiene que divertirse, saltar, ser un poco irreverente, hacer preguntas inconvenientes e inmaduras, y decir tonterías.
Y dicen, horrorizados: "¿ése es el camino espiritual? ¡Pero si es un inmaduro!”
El guerrero se llena de orgullo con este comentario. Y se mantiene en contacto con Dios, a través de su inocencia y alegría. Actúa así porque al principio de su combate, se dijo a sí mismo:
“Tengo sueños.”
Al cabo de unos años, se da cuenta de que es posible llegar adonde quiere. Sabe que será recompensado.
En este momento, la gran alegría que animaba su corazón desaparece. Porque mientras iba caminando, conoció la infelicidad ajena, la soledad, las frustraciones que acompañan a gran parte de la humanidad. El guerrero de la luz piensa entonces que no merece lo que está recibiendo.
Cuando aprende a manejar su espada, descubre que su equipamiento tiene que ser completo, y eso incluye una armadura.
Sale en busca de su armadura, y escucha la propuesta de varios vendedores.
"Usa la coraza de la soledad," dice uno.
"Usa el escudo del cinismo," responde otro.
"La mejor armadura es no cubrirse con nada,” afirma un tercero.
El guerrero, sin embargo, no hace caso. Con serenidad, va hacia su lugar sagrado y se viste con el manto indestructible de la fe.
La fe detiene todos los golpes. La fe transforma el veneno en agua cristalina.
Su ángel susurra: “entrégalo todo.” El guerrero se arrodilla, y ofrece a Dios sus conquistas.
La entrega obliga al guerrero a dejar de hacer preguntas tontas, y eso le ayuda a vencer la culpa.
Y si, aun así, pensara que su recompensa es inmerecida, un guerrero de la luz siempre tiene una segunda oportunidad en la vida.
Como todos los otros hombres y mujeres, él no nació sabiendo manejar la espada. Erró muchas veces antes de descubrir su leyenda personal.
No hay hombre o mujer que pueda sentarse alrededor de una hoguera y decir a los demás: "siempre he hecho lo correcto.” Quien afirme tal cosa miente, y aún no ha aprendido a conocerse a sí mismo. El verdadero guerrero de la luz cometió muchas injusticias en el pasado.
Pero, al transcurrir la jornada, se da cuenta de que las personas con las que actuó de forma equivocada siempre vuelven a cruzarse con él.
Por eso, el guerrero de la luz tiene la impresión de vivir dos vidas a la vez. En una de ellas, está obligado a hacer todo aquello que no quiere hacer, a luchar por ideas en las que no cree. Pero existe otra vida, y él la descubre en sus sueños, lecturas y encuentros con gente que piensa como él.
El guerrero permite que sus dos vidas se vayan aproximando.
"Hay un puente que une lo que hago con lo que me gustaría hacer,” piensa. Al cabo de poco tiempo, sus sueños van cuidando de su rutina, hasta que siente que está listo para aquello que siempre quiso.
Entonces, basta un poco de osadía, y las dos vidas se transforman en una sola.
Es su oportunidad de corregir el mal que ha causado. Él la utiliza siempre, sin dudarlo.
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25 de diciembre de 2009
Una Historia de Navidad - Paulo Coelho
Guerreo de la Luz
Una de estas parejas fue enviada a Brasil, y acabó llegando cuando ya era muy de noche. Como no tenían dónde dormir, pidieron abrigo en una de las grandes mansiones que pueden verse en ciertos lugares de Río de Janeiro.
El dueño de la casa, un noble al borde de la ruina (lo que, por lo demás, ocurre con mucha gente que vive en esta ciudad), era un fervoroso católico, y reconoció de inmediato a los enviados celestiales por las aureolas doradas que se veían alrededor de sus cabezas. Pero estaba muy ocupado preparando una gran fiesta para celebrar la Navidad, y no quería estropear la decoración ya casi terminada: les pidió que fuesen a dormir al sótano.
Aunque las tarjetas navideñas están siempre ilustradas con nieve cayendo, la fecha en Brasil cae en pleno verano. En el sótano que se les indicó a los ángeles hacía un calor terrible y el aire, lleno de humedad, era casi irrespirable. Se tumbaron sobre un suelo duro, pero, antes de comenzar sus oraciones, el ángel de más edad se dio cuenta de que había una grieta en la pared. Se levantó, la arregló empleando sus poderes divinos, y volvió a sus oraciones nocturnas. Pasaron la noche como si se encontraran en el infierno, del calor que hacía.
Durmieron muy mal, pero tenían que cumplir la misión que Dios les había encomendado. Al día siguiente, recorrieron la gran ciudad, con sus doce millones de habitantes, sus playas y montañas, sus contrastes, sus bellos paisajes y sus rincones más horribles. Rellenaron informes y, cuando empezó a caer la noche, partieron hacia el interior del país. Sólo que, confundidos por la diferencia horaria, una vez más se encontraron sin lugar para dormir.
Llamaron a la puerta de una casa humilde, donde una pareja vino a recibirlos. Como no tenían acceso a los grabados medievales que retrataron a los mensajeros de Dios, no reconocieron a los dos peregrinos, pero afirmaron que, si necesitaban un lugar para pasar la noche, la casa era suya. Prepararon una cena, les presentaron al pequeño bebé recién nacido, y les ofrecieron su propio cuarto, pidiendo disculpas porque eran pobres, el calor era grande, y no tenían dinero para comprar un aparato de aire acondicionado.
Cuando despertaron al día siguiente, encontraron al matrimonio bañado en lágrimas. El único bien que poseían – una vaca que daba leche, queso y sustento para la familia – había aparecido muerta en el campo. Se despidieron de los peregrinos, avergonzados porque no podían prepararles un desayuno.
Mientras caminaban por la carretera de barro, el ángel más joven manifestó su disconformidad:
-¡No consigo entender esa manera de actuar! El primer hombre tenía todo lo que necesitaba, y a pesar de eso lo ayudaste. ¡Y por esta pobre pareja, que nos recibió tan bien, no has hecho nada para aliviar su sufrimiento!
Las cosas no son lo que parecen – dijo el ángel más veterano -. Cuando estábamos en aquel sótano horrible, me di cuenta de que había mucho oro almacenado en la pared de aquella mansión, escondido allí por un antiguo propietario. Por la grieta se veía parte del tesoro, y decidí ocultarlo de nuevo, porque el dueño de la casa no sabía ayudar al que lo necesitaba.
»Ayer, mientras dormíamos en la cama que nos ofreció el matrimonio, noté que un tercer invitado había llegado: el ángel de la muerte. Había sido enviado a aquella casa para llevarse a un niño, pero como lo conozco desde hace muchos años, conseguí convencerlo para que se llevara, en vez del niño, la vida de la vaca.
»Acuérdate del día que estamos a punto de celebrar: como las personas dan mucha importancia a la apariencia, nadie quiso recibir a María. Pero los pastores la acogieron, y por esta razón, les fue concedida la gracia de ser los primeros en contemplar la sonrisa del Salvador del Mundo.
------------12 de diciembre de 2009
Jung y las cuatro máscaras - Paulo Coelho

Carl Gustav Jung, uno de los fundadores del moderno psicoanálisis, solía decir que todos nosotros bebemos de una misma fuente. Lo explicaba mediante toda una teoría que se remontaba al trabajo de los antiguos alquimistas, que denominaban a esta fuente el “alma del mundo” (Anima Mundi).
Según esta teoría, durante toda nuestra vida intentamos ser individuos únicos e independientes, pero una parte de nuestra memoria la compartimos con toda la humanidad. No importa a qué credo o a qué cultura se pertenezca: todos buscan el ideal de la belleza, de la danza, de la divinidad, de la música.
La sociedad, sin embargo, se encarga de concretar cómo estos ideales van a manifestarse en la realidad diaria. Por ejemplo, hoy en día el ideal de belleza consiste en estar delgada, mientras que hace miles de años las imágenes de las diosas eran gordas. Lo mismo ocurre con la felicidad: hay una serie de requisitos que, de no cumplirse, no nos permiten aceptar conscientemente el hecho de que tal vez ya somos felices. Tales requisitos no son absolutos, y cambian de generación en generación.
Jung solía clasificar el progreso individual en cuatro etapas: la primera era la Persona – máscara que usamos todos los días, fingiendo lo que somos. Pensamos que el mundo depende de nosotros, que somos excelentes padres y que nuestros hijos no nos comprenden, que los jefes son injustos, que el sueño de todo ser humano es parar de trabajar para siempre y pasarse la vida entera viajando. Algunas personas procuran entender qué es lo que no encaja, y acaban pasando a la siguiente fase: la Sombra.
La Sombra es nuestro lado negro, que dicta cómo debemos actuar y comportarnos. Cuando intentamos librarnos de la Persona, encendemos una luz dentro de nosotros, y logramos ver las telas de araña, la cobardía, la mezquindad. La Sombra está allí para impedir nuestro progreso – y generalmente lo consigue, pues nos damos la vuelta y corremos a ser quienes éramos antes de empezar a dudar. No obstante, algunos superan este enfrentamiento con sus telas de araña diciéndose: “Es verdad que tengo algunos defectos, pero soy digno, y quiero seguir adelante”.
En ese momento, la Sombra desaparece, y entramos en contacto con el Alma.
Jung no entiende por Alma nada relacionado con la religión. Se refiere a un regreso al Alma del Mundo, la fuente del conocimiento. Los instintos comienzan a agudizarse, las emociones se tornan radicales, las señales que envía la vida son más importantes que la lógica, la percepción de la realidad se vuelve menos rígida. Comenzamos a entrar en contacto con realidades a las que no estábamos acostumbrados, empezamos a reaccionar de una manera que nos resulta inesperada a nosotros mismos.
Y descubrimos que, si conseguimos canalizar todo este chorro de energía continua, vamos a organizarlo en un centro muy sólido, al que Jung llama “el Viejo Sabio” para los hombres, o “la Gran Madre”, en el caso de las mujeres.
Permitir esta manifestación es algo peligroso. Generalmente, quien llega a ese punto tiene tendencia a considerarse santo, domador de espíritus, o profeta.
No sólo las personas usan estas cuatro máscaras: también las sociedades. La sociedad occidental tiene una determinada Persona, ideas que nos guían y que parecen verdades absolutas.
Pero las cosas cambian. En su intento de adaptarse a los cambios, vemos las grandes manifestaciones de las masas, en las que la energía colectiva puede ser manipulada tanto para el bien como para el mal (Sombra). De repente, por alguna razón, la Persona o Sombra ya no terminan de satisfacer, y llega el momento de dar un salto, y comienzan a surgir nuevos valores (inmersión en el Alma).
Y al final de este proceso, para que estos nuevos valores se afiancen, la raza humana entera comienza a captar de nuevo el lenguaje de las señales (el Viejo Sabio).
Es justamente eso lo que estamos viviendo ahora. Puede prolongarse cien o doscientos años, pero todo está cambiando... para bien.
26 de noviembre de 2009
La conversación con el demonio - Paulo Coelho

Por Paulo Coelho.
Guerrero de la Luz.
El hombre mira el atardecer desde una bonita playa, junto a su mujer, en algún momento de sus merecidas vacaciones. Todo parece perfectamente en su sitio, y de repente, del fondo de su corazón, surge una voz simpática, amigable, pero con una pregunta difícil:
-¿Estás contento?
-Sí, sí que lo estoy –responde.
-Entonces mira detenidamente a tu alrededor.
-¿Quién eres tú?
-Soy el demonio. Y tú no puedes estar contento, pues sabes que, más tarde o más temprano, la tragedia puede irrumpir y desequilibrar tu mundo. Extiende tu mirada en torno, cuidadosamente, y entiende que la virtud es apenas uno de los lados del terror.
Y el demonio comienza a mostrar todo lo que está ocurriendo en la playa: El excelente padre de familia que en estos momentos está recogiendo los bártulos y vistiendo a los niños, al que le gustaría tener una aventura con su secretaria, pero no se atreve por miedo a la reacción de su mujer.
La mujer, a la que le gustaría trabajar y ser independiente, pero no se atreve por miedo a la reacción del marido.
Los niños, que se portan bien... por miedo a los castigos.
La jovencita que lee un libro, sola, en un chiringuito, fingiendo displicencia, cuando en lo más hondo está aterrorizada con la posibilidad de no encontrar nunca al amor de su vida.
El chico que juega a las palas, y está también aterrado por la presión de tener que satisfacer las expectativas de sus padres.
El viejo que no fuma ni bebe afirmando que así se siente con más energía para todo, cuando lo que sucede en realidad es que el terror a la muerte le susurra constantemente cosas al oído, como el viento.
La pareja que pasa corriendo, salpicando en el agua de la orilla, la sonrisa en los labios, y su terror encerrado bajo siete llaves, terror de hacerse viejos, de perder el atractivo, de depender de los otros.
El hombre que para su lancha a la vista de todos y saluda con la mano, sonriendo, muy moreno, carcomido por el miedo de perder su dinero en cualquier momento.
El dueño del hotel que sale a saludar a sus huéspedes cuando por fin el sol se esconde, procurando dejarlos a todos contentos y animados, apretando al máximo a sus contables, no obstante, por el terror que le aprieta el alma, pues sabe que, por más honesto que sea, los funcionarios del gobierno siempre acaban descubriendo los errores de la contabilidad.
Terror en cada una de esas personas de la bonita playa, en un atardecer de dejar con la boca abierta. Terror de quedarse solo, terror de la oscuridad que puebla la imaginación de demonios, terror de hacer cualquier cosa que se salga de las buenas costumbres, terror del juicio de Dios, terror de los comentarios de los hombres, terror de la justicia que castiga cualquier falta, terror de la injusticia que deja a los culpables en libertad para hacer más daño, terror de arriesgarse y perder, terror de ganar y tener que convivir con la envidia, terror de amar y ser rechazado, terror de pedir un aumento, de aceptar una invitación, de ir a lugares desconocidos, de no conseguir hablar en una lengua extranjera, de no ser capaz de impresionar a los demás, de hacerse viejo, de morir, de que sus defectos llamen la atención, de que sus virtudes no llamen la atención, de pasar desapercibido al no llamar l! a atención ni por sus defectos ni por sus cualidades.
-Espero que esto te haya dado algún consuelo. Al fin y al cabo, ahora sabes que no eres el único que tiene miedo.
-Por favor, no te vayas sin escuchar lo que tengo que decir –respondió el hombre. –Tenemos una facilidad asombrosa para detectar dolores, remordimientos, heridas... o terror, que es lo que a ti te gusta. Pero hace tiempo mi padre me contó la historia de un manzano que estaba tan cargado de manzanas, que no conseguía dejar que sus ramas cantasen con el viento. Alguien que pasaba por allí le preguntó por qué no intentaba llamar la atención como hacía el resto de los árboles. “Mis frutos son mi mejor propaganda”, respondió el manzano.
»Es verdad que no me diferencio gran cosa de los demás, y que mi corazón también alberga muchos miedos. Pero, a pesar de todo, los frutos de mi vida hablan por mí, y aunque un día pueda suceder una tragedia, sé que no he dejado correr mi vida sin arriesgar.
Y el demonio, decepcionado, se marchó a intentar asustar a algún otro más débil.
Pablo Felipe Pérez GoyryFreelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst | |||||||||||||||||||||
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