20 de agosto de 2008

HOMENAJE A RYSZARD KAPUSCINKI - 1932-2007


El caso Kapuscinki


Por Ricardo Cayuela Gally

Ryszard KapuscinKi, ha sido considerado, a su muerte, uno de los grandes periodistas del siglo XXI. Sin embargo, como afirma Cayuela Gally en este perfil, ese reconocimiento le vino en parte por razones erróneas e interesadas que no menoscaban el valor de su obra sino, al contrario, subrayan todavía más su independencia.
En los funerales de papel con que la prensa europea despidió a Ryszard Kapuscinski, varias muletillas se repitieron desde las ocho columnas hasta la más mísera de las notas al pie: se trataba de un “maestro de periodistas”, que convirtió el reportaje “en un arte universal” y para el que el periodismo “fue una misión, no una carrera”. La prensa misionera, nuestra irreductible aldea gala del dogmatismo ideológico, lo despidió entre loas libertarias y aleluyas antiimperialistas, en una insufrible cascada de tópicos. Imagino que no leyeron El Imperio, el impresionante testimonio de Kapuscinski sobre la extinta Unión Soviética, en que narra los cinco viajes que realizó al interior de sus confines para dibujar el estremecedor mapa del despotismo carcelario que fue la patria de los soviets.
Sorteando la burocracia y ajeno a los cantos de sirena de las informaciones oficiales, armado con un perfecto idioma ruso de salvoconducto, Kapuscinski se disfrazó de ciudadano común y corriente para visitar Vurkutá, las minas de carbón situadas más allá del Círculo Polar Ártico, y documentar las condiciones de esclavitud de sus trabajadores, cuya esperanza de vida no rebasaba los 35 años; o recorrer el antiguo pueblo de pescadores de Muinak, en el mar de Aral, ruina desértica y salada por culpa de los sucesivos planes faraónicos de los señores del Kremlin, que lograron el milagro inverso de la multiplicación de los peces; o recordar, desde las ruinas del sistema carcelario de Kolymá, en Siberia –indispensable el testimonio de Varlam Shalamov–, a los millones de seres humanos que ahí perdieron la vida. Por el otro lado, tampoco fueron menores las jeremiadas de nuestra prensa mercantil, cuya información está determinada por el espacio que deja libre el cierre de publicidad. Parece que no leyeron sus justas críticas al utilitarismo de los medios de comunicación, uno de los ejes del libro Los cínicos no sirven para este oficio, que recoge los sucesivos diálogos que sostuvo con Maria Nadotti, Andrea Semplici y John Berger en un encuentro en Capodarco, Italia, y que desconocen el núcleo argumental de Los cinco sentidos del periodista, edición no venal de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Por decirlo de una manera simple, el consenso que suscitó su muerte es producto de esta doble mala interpretación.
Hay una tercera: el peso de la fama. Kapuscinski se retiró del periodismo activo y se dedicó, como un escritor más del mainstream internacional, a recorrer marmóreas aulas magnas y lustrosas salas de conferencias. Un hombre satisfecho, siempre amable, modestísimo, que seducía por el triunfo del sentido común en sus opiniones, comedidas y correctas. Ese Kapuscinski políticamente correcto tenía poco que ver con el intrépido reportero que en realidad fue y que explican sus mejores libros. Lo ilustra como nada un pasaje de Un día más con vida, el libro-reportaje sobre la independencia de Angola y su larga guerra civil: Por casualidad había dado con un avión en Benguela que me había traído a Lubango. Un mulato a quien había encontrado por casualidad en el aeropuerto de Lubango me había llevado al estado mayor. Un extraño del que no sabía más que su nombre, Nelson, y a quien había visto por primera vez en mi vida, me había metido en un camión.
Y ese camión había arrancado enseguida y ahora rodaba pesadamente entre dos paredes de espinosa maleza selvática, hacia un destino que me era desconocido. El camión se detuvo en la ciudad de Pereira d’Eça, casi en la frontera con Namibia, bajo ocupación sudafricana, un peligrosísimo destino del que salió bien librado de milagro pero que le permitió dar la primicia mundial de la inminente invasión sudafricana de Angola.
Otra muestra de su afán periodístico se encuentra en un pasaje de La guerra del fútbol en el que cuenta cómo el jefe de redacción de la Agencia Polaca de Prensa le prohibió ir al Congo, donde el ejército se había rebelado contra el gobierno de Lumumba, recién declarada la independencia, y le compró a cambio un boleto para hacer un reportaje en Nigeria; un boleto que él, sin el consentimiento de sus jefes, cambió por un viaje a Jartum y a una pequeña ciudad del mismo Sudán llamada Juba, donde, en complicidad con dos periodistas checos, compró un destartalado Ford y cruzó la selva hasta la ciudad de Stanleyville: así, los tres se convirtieron en los únicos periodistas europeos en documentar el asesinato de Lumumba y el estallido de la guerra fraticida congoleña desde el corazón de las tinieblas. De Stanleyville lograron salir con vida gracias a los salvoconductos de un funcionario de Naciones Unidas, que se apiadó de ellos y los depositó en un vuelo con destino a Burundi, donde los capturó un grupo de militares paracaidistas belgas, que aún tenían bajo su control ese país, pues pensaron se trataba de espías; en esa ocasión, de nuevo, estuvieron a punto de ser fusilados y se salvaron por..., etcétera.
Ryszard Kapuscinski nació en Pinsk (entonces Polonia, hoy Bielorrusia) en 1932. La invasión polaca por los nazis (y después por los soviéticos, consecuencia del terrible pacto Ribbentrop Molotov) los convirtió a él y a su familia en nómadas en su propia tierra, huyendo del frente, de los bombardeos, de los “horrores de la guerra”. Su padre, un soldado capturado y evadido inesperadamente, fue durante el resto del conflicto un maestro clandestino empeñado en rescatar la cultura polaca que los nazis querían borrar de la faz de la tierra, como lo ha contado en las líneas autobiográficas del libro no traducido al español Busz po polsku (“La jungla polaca”), de 1962, parcialmente recogidas en la antología El mundo de hoy. En la guerra aprendió que sin zapatos la vida no vale nada en invierno y que una papa es algo más que una simple papa. Al término de la masacre, Kapuscinski se mudó a Varsovia, ciudad tan arrasada por la vesania nazi que tuvo que ser repoblada en un noventa por ciento por polacos de provincia; allí retomó sus estudios, y terminó el bachillerato con la vocación de ser poeta, actividad que nunca dejaría.
Esto le permitió entrar al reducido círculo cultural polaco de aquella época y empezar a colaborar con el diario Sztandar Mlodych (“El Estandarte de la juventud”), mientras estudiaba la carrera de Historia en un modelo heredero de la Escuela de los Annales de March Bloch, Fernand Braudel y compañía, justo antes de que los comunistas cambiaran el plan de estudios.
En el Sztandar Mlodych su trabajo consistía en recorrer Polonia como un titiritero en busca de la noticia. En ese diario trabajaba Marian Brandys, padre del reportaje moderno en lengua polaca y a quien Kapuscinski siempre reconoció como su gran maestro. Fue Brandys quien lo guió para la escritura de su primer triunfo como periodista: el reportaje “La otra verdad sobre Nowa Huta”, una radiografía extremadamente crítica de la ciudad obrera homónima, concebida por la propaganda oficial como el escaparate del nuevo régimen.
Provocó un verdadero escándalo que obligó a Kapuscinski a esconderse, seguro de que lo detendrían; pero ante el revuelo, el gobierno prefirió desenmascarar las “patrañas” del periodista, y para investigar la “verdad” nombró una comisión, que no hizo sino corroborar una por una sus denuncias. En lugar de meterlo preso, lo condecoraron con la cruz de oro al mérito. Por este paradójico éxito le concedieron su verdadero anhelo: viajar al extranjero; y cuando Kapuscinski pensaba entonces en el extranjero se refería a algo tan alejado y exótico de su realidad como Checoslovaquia. Su destino sería nada más y nada menos que la India, y se convertiría en un verdadero viaje iniciático. A esta primera salida le sucedería una segunda a China. Estos periplos, como cuenta en Viajes con Heródoto, sellaron su destino: descubrió la fascinación de sentirse libre, de descubrir nuevas culturas y lenguas, de ampliar sus horizontes. Podemos imaginar lo que para un sensible historiador y joven poeta polaco, periodista en ciernes, significaba dejar la grisura y la mediocridad de la Polonia comunista de la posguerra, y vivir a sus anchas en dos de las realidades culturales más fascinantes del mundo.
Para llevarse al viaje escogió, sin saberlo, a un autor clave, una suerte de amuleto, Heródoto, el historiador griego que en lugar de despreciar a las culturas no helénicas llamándolas bárbaras, quiso conocerlas, descubrir sus dioses, escuchar sus leyendas, registrar sus batallas, contar sus relatos. Y éste ha sido en muchos sentidos el destino literario de Kapuscinski, la épica cotidiana de los pueblos del mundo.
Al poco tiempo, la agencia oficial de noticias de Polonia lo contrató para que fuera su corresponsal extranjero, ofreciéndole la única plaza vacante: África. Ese continente será el eje vertebrador del resto de su vida y de casi toda su obra.
Cuando se dice en las solapas de los libros de Kapuscinski que cubrió veintisiete revoluciones (o diecisiete, según otras solapas, o doce frentes de guerra, o diecisiete golpes de Estado, o treinta...), lo que se olvida es que era el ÚNICO corresponsal de la agencia polaca para TODA África. Su trabajo cotidiano consistía en mandar despachos noticiosos sin casi recursos, de un continente por el que nadie se interesaba en Polonia, y en el que su país no tenía ningún interés estratégico, cultural o económico.
¡Kapuscinski era el vínculo! Para colmo, sus reportes eran sistemáticamente censurados, y el público polaco recibía una versión edulcorada y reducida de ellos. Curiosamente, sólo la jerarquía política, a través de un sistema de información exclusivo, tenía acceso a las versiones completas de sus notas.
Con una notable capacidad de empatía, facilidad de idiomas y suerte a lo largo de las décadas, Kapuscinski logró sobrevivir al torbellino de transformaciones que marcaron la segunda mitad
del siglo xx africano. En 1957, en su primera misión, en Acra, fue testigo de la independencia pionera de Ghana, liderada por Kwame Nkrumah, padre del panafricanismo. Uno a uno, irían cayendo el resto de las antiguas colonias europeas: a veces de manera pactada, como en el caso de la mayoría de los territorios británicos (Kenia, Uganda, Tanzania…), cuyos colonos aceptaron la independencia a cambio de mantener resguardados sus intereses económicos; otras, de manera violenta, como las colonias de origen belga y portugués (el Congo, Angola, Mozambique…) En el caso de Francia, a veces tras terribles y brutales enfrentamientos, como Argelia, y otras de manera pacífica pero a cambio de mantener una elite de cultura francesa en el poder (como Senegal, Costa
de Marfil, Camerún…) A estos movimientos de liberación le sucedió de inmediato una verdadera eclosión de conflictos que la opresión colonial había congelado: guerras étnicas, religiosas, tribales. Ante esos desórdenes, en la mayoría de los países la única institución que resistió fue el ejército, que dio sucesivos golpes de Estado de un signo y de otro, siempre crueles y contraproducentes, pero entendibles en esta lógica entrópica. Simultáneamente, África –sobre todo el África negra–, el viejo escenario de los caprichos, disputas y anhelos europeos, pasó a convertirse en otro frente, quizá el más activo, de la Guerra Fría, en donde las dos grandes potencias emergentes después de la Segunda Guerra Mundial apoyaban facciones en función de sus estrictos intereses. Éste era el escenario del que Kapuscinski fue testigo privilegiado e imprescindible cronista. Ébano, un clásico de nuestro tiempo, es la decantación de toda esta experiencia africana, un intento por capturar el alma del África negra al tiempo que un minucioso registro de sus particularismos. El trabajo de Ébano, además, fue elaborado muchos años después, desde Varsovia, apoyado por un importante trabajo fotográfico –su otra gran pasión–, sustentado en una imponente bibliografía y depurado como sólo logra hacerlo la memoria. ¿Cuál es el verdadero empeño de Kapuscinski en Ébano? Lograr la empatía con los africanos. Y para ello, durante todos los años que suman las estancias que pasó entre ellos, decidió vivir como uno más. Repitió muchas veces que quien viaja a África para hospedarse en un hotel de cinco estrellas y recorrer los acotados enclaves turísticos o parques salvajes, no conoce la esencia de África. Recorrer sus caminos, vivir en sus chozas, compartir su misma comida, le permitió comprender el verdadero rostro del continente. A últimas fechas, se ha cuestionado la información fáctica de Ébano y en general, del trabajo periodístico de Kapuscinski. Una de las más duras críticas la escribió John Ryle en el Times Literary Supplement: “A play in the bush of ghost”. La esencia de esta crítica es que Kapuscinski exagera o simplifica a propósito para dar coherencia a sus observaciones, además de una no despreciable cantidad de errores puntuales (nombres de tribus, de ciudades, datos históricos…) Yo creo, sin embargo, que la verdad de Ébano es el empeño humanista, herodotiano, de aceptar la magnífica diversidad del mundo, comprenderla y respetarla. Aparte, es un libro extraordinariamente bien construido, en el que el detalle significativo, la anécdota jocosa, la burla oportuna, van construyendo un poderoso relato coral que deja entrever la grandeza del espíritu africano en medio de la tierra muerta.
Sí, África engendra lilas en la superficie yerma.
Otra obra que reúne metafóricamente la esencia de la realidad oprobiosa de África es el magistral El emperador. A diferencia de Ébano, se concentra en un solo país, Etiopía, y en un solo momento histórico, el reinado grandiosamente bufo del emperador Haile Selassie. Esta obra, por cierto, también ha sido criticada por expertos académicos de la realidad etíope, pero de nuevo, la grandeza de El emperador no está en su acuciosidad histórica, aunque en una inmensa mayoría todo lo que se cuenta es cierto, sino en que funciona como una metáfora universal del poder despótico. Y esa metáfora tiene aún más valor, si cabe, escrita por un polaco de la era comunista.
Kapuscinski llegó a Etiopía después del golpe que derrotó a Selassie y descubrió que esa revolución estaba ya documentada, por lo que se centró en el proceso inverso: contar la tiranía del
gobierno recién derrocado. Buscó subrepticiamente por las calles de Addis Abeba supervivientes de la corte del Rey de Reyes, y los entrevistó de manera anónima para reconstruir los mecanismos del poder de Selassie. Por si fuera poco, hizo una investigación del lenguaje medieval polaco para referirse a las figuras de autoridad, y mezclando ambos elementos, reconstruyó el reinado del “León de Judá”, “el Elegido de Dios”, “el Muy Altísimo Señor”, “su Más Sublime Majestad”, Haile Selassie. La anécdota del súbdito que tenía que limpiar en las recepciones oficiales las deposiciones del emperador ha sido demasiado trillada, y se repite como un monotema cada vez que se habla de este libro; prefiero en cambio la del pobre infeliz, al mismo tiempo un privilegiado dentro de la pobreza etíope, cuya función exclusiva era indicar mediante reverencias la hora al señor Selassie. Un inmenso cucú humano.
Kapuscinski se interesó también, y muy profundamente, por América Latina. Residió en Santiago de Chile y en la ciudad de México, capital por la que siempre sintió nostalgia. Desde el DF, fungió como corresponsal durante siete años para toda Latinoamérica, cubriendo nuestras tristes vicisitudes, muchas veces análogas a las africanas. Uno de sus mejores trabajos periodísticos sobre América Latina está recogido en el libro La guerra del fútbol, donde documenta la tragicómica batalla entre Honduras y El Salvador, producto de causas muy profundas, pero cuya chispa fue el mutuo maltrato a los hinchas de sus respectivas selecciones de fútbol. Una guerra que en cien horas ocasionó miles de víctimas, que fue totalmente inútil y cuyo mejor testimonio es justamente el de este Heródoto moderno.
El otro gran proceso que Kapuscinski documentó y estudió a fondo fue el gobierno del Sha Reza Pahlevi en Irán y la revolución de los ayatolás que lo depusieron. El Sha o la desmesura del poder conjuga algunos de los mejores talentos periodísticos de Kapuscinski: la solidez histórica y la atención al detalle. El libro es un brillante recorrido por la antigua Persia, desde la dinastía Kadjar hasta el derrocamiento de Pahlevi, pasando por las sucesivas ocupaciones rusa e inglesa, al tiempo que una indagación de los orígenes de Jomeini; y es también la crónica de las calles de Teherán, de las multitudinarias manifestaciones en contra del Sha y de anécdotas que pasarían inadvertidas
para la mayoría. Lo nimio como significante. Así descubre qué día habría caos en las calles por las persianas cerradas de un comerciante armenio del centro de la ciudad. La tesis del libro es que el Sha logró aglutinar en su contra a cada vez más grupos sociales iraníes, y que los ayatolás aprovecharon el instante del derrocamiento para imponer su fuero y su verdad al resto de las facciones revolucionarias. El Sha es también un curioso rompecabezas de documentos y fotografías que al describirse sucesivamente van reconstruyendo el cuerpo de una nación en crisis. El mundo vive hoy al borde del abismo por el desafío nuclear de Irán, pues bien: algunas claves están en este libro, y por eso su lectura es más acuciante que nunca.
Conocí a Ryszard Kapuscinski en junio de 2002, en Varsovia, cuando aceptó conceder una entrevista a Letras Libres. Vivía en una vieja casona de un barrio modesto de la capital polaca.
En el ático de esa casa, la “guarida del nómada”, tenía un amplio estudio donde se apilaban libros, recortes, fotografías, objetos de su paso por el mundo, y cual ropa tendida al sol, hojas colgadas manuscritas con sus apuntes de viaje, clasificadas de una manera “no cartesiana”, que no eran sino la auténtica materia prima de la que extraería, a través de su método de trabajo, el cuerpo de sus libros. Estaba, pues, ante el verdadero magma primigenio del escritor Ryszard Kapuscinski. Recuerdo que me sorprendió que antes de tener tiempo siquiera de empezar mi trabajo, era él, sin que me diera cuenta, quién me estaba entrevistando a mí: quería saber todo sobre México, sobre la revista, sobre mi vida, en aquel entonces por España. Su genuino interés por un interlocutor desconocido fue quizá la verdadera enseñanza de aquella tarde inolvidable. Ryszard Kapuscinski no fue un autor de libros de viaje, ni un narrador, ni un historiador, ni, en sentido estricto, un periodista: fue una suma caprichosa de lo mejor de estos géneros. Ahora tiene la palabra ese insobornable sinodal que es la posteridad. ~

Tomado de Letras Libres / Marzo 2007 / Págs. 53-54.
Transcripción: Pablo Felipe Pérez Goyry.


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11.1. Hotel Metropol
RYSZARD KAPUSCINSKI

Vivo en una balsa que se encuentra en un callejón del barrio comercial de Acra. La balsa, que se levanta sobre unos postes, alcanza la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropol. En la época de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Y, sin embargo, ¡se mantiene en pie! En el centro de la balsa hay una construcción dividida en ocho compartimentos.
Son nuestras habitaciones. El resto del espacio, rodeado por una barandilla de madera tallada, lleva el nombre de terraza. Allí tenemos una mesa grande, donde comemos y cenamos, y varias pequeñas, donde nos sentamos para tomar whisky y cerveza.
En el trópico, beber se convierte en una necesidad perentoria. En Europa, cuando se encuentran dos personas, se saludan diciendo ¡Hola!, ¿qué tal?: “¿Qué vas a tomar?”
Aunque también se beba durante el día, el beber verdadero, obligado, metódico, empieza con la puesta del sol, cuando se sabe que pronto se hará de noche, y la noche aguarda agazapada acechando al osado que pretenda desdeñar el alcohol.
La noche tropical es un aliado incondicional de las fábricas de whisky, coñac, cerveza y toda clase de licores y aguardientes. A todo aquel que no contribuya al aumento de las ganancias de las destilerías lo combate y lo vence la noche esgrimiendo su mejor arma: el insomnio. El insomnio es siempre agotador, pero en el trópico puede llegar a ser mortal.
Maltratado por el sol durante el día y martirizado, el hombre tiene que dormir.
Se dice pronto, pero ¿cómo, si no puede pegar ojo?
Hace demasiado bochorno. El aire pegajosos y sofocante llena la habitación. Ni siquiera es aire, sino algodón húmedo. Respirar equivale a tragar bolas de algodón empapado en agua caliente. Es algo inaguantable. Es algo que da náuseas, que envilece, doblega y exaspera. Los mosquitos pican implacables y gritan los monos. El cuerpo, empapado de sudor, se vuelve pegajoso y repugnante al tacto. El tiempo se detiene y el sueño reparador no llega. A las seis de la mañana –invariablemente a las seis, todos los días del año- sale al sol, añadiendo el abrasador calor de sus rayos al bochorno de esta sauna, sofocante y petrificada. Hay que levantarse, pero faltan fuerzas para hacerlo.
Napoleón no se ata los cordones de los zapatos porque dice que agacharse hasta el suelo le supone un esfuerzo demasiado grande. Una noche así causa estragos en el ánimo. La persona se siente derrotada e inútil como zapatilla vieja. Apagada, aplastada, inerte. La atormentan añoranzas extrañas, nostalgias inexplicables, pesimismos lúgubres. Espera que se acabe el día, que se acabe la noche, ¡que todo se acabe de una puñetera vez!
Y, ¿cómo no?, bebe. Bebe contra la noche, contra la desesperanza, contra la inmundicia de la cloaca de su destino. Es la única batalla que es capaz de dar.
El tío Wally tiene un motivo más para beber: su tuberculosis. Asegura que el alcohol les sienta bien a sus pulmones. Es un hombre sumamente delgado, de respiración dificultosa y sibilante. Se sienta en la terraza y grita: “¡Papá, lo de siempre!” Papá se dirige al bar y vuelve con una botella. Las manos del tío Wally empiezan a temblar. Vierte un poco de whisky en el vaso, que acaba de llenar con agua fría. Lo apura hasta la última gota y sin perder un segundo se prepara el siguiente. Los ojos se le llenan de lágrimas y el cuerpo se estremece entre las sacudidas de un llanto silencioso. Está hecho una ruina, una piltrafa. Londinense, en Inglaterra trabajó como maestro de albañil. La guerra lo arrastró hasta África. Y aquí se quedó. Sigue siendo albañil, sólo que ahora se ha dado a la bebida y tiene los pulmones tan podridos que ni siquiera intenta curárselos. Y aunque quisiera, ¿de dónde sacaría dinero para pagar el tratamiento? Una mitad del sueldo se le va en el hotel y la otra en whisky. No tiene nada, nada en el sentido estricto de la palabra. Unas camisas hechas jirones, un único par de pantalones, remendados y zurcidos, y unas sandalias que dan pena. Sus compatriotas, impecablemente elegantes, se apartaron de él como de un apestado y lo expulsaron de su círculo, prohibiéndole incluso llamarse inglés.
Dirty lump ¡Sucio despojo! Cincuenta y cuatro años de vida. ¿Qué le queda? El poder beber un poco de whisky e irse de este mundo. Así que bebe mientras espera su turno para bajar al sepulcro. “No te cabrees con los racistas”, me dice, “ni con los burgueses. ¿Acaso piensas que no acabarán criando malvas en la misma tierra que tú?”
Su amor por An. ¡Dios mío, vaya un amor! An venía cuando le faltaba dinero para pagar taxi. Tiempo atrás había sido novia de Papá, y seguía exigiendo por ello pequeñas recompensas: dos chelines. Tenía la cara llena de tatuajes porque provenía de los Nankani, una tribu del norte donde tatúan los rostros de los recién nacidos. La costumbre había surgido en la época en que las tribus del sur conquistaban a las del norte para luego venderlas como esclavos a los blancos. De modo que los norteños se desfiguraban la frente, las mejillas y la nariz, para así convertirse en una mercancía invendible. En la lengua nankani, feo equivale a libre, son sinónimos. An tenía unos ojos rebosantes de ternura y sensualidad. Aquellos ojos se fundían con ella en un todo. Lanzaba hacia alguien una de sus miradas largas y felinas, y cuando sabía que lo tenía atrapado, esbozaba una sonrisa y pedía: “Dame dos chelines para el taxi” El tío Wally no falló nunca; se los dio todas y cada una de las veces. Luego le servía un whisky y le sonreía mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Solía decirle”:An quédate conmigo. Dejaré de beber. Te compraré un coche.” Ella le contestaba: “¿Para qué quiero yo un coche? Prefiero hacer el amor.” Y seguía él, insistente “También vamos hacer el amor, tú y yo.” “Dónde”, preguntó ella en una ocasión. Wally se levantó de la mesa y recorrió los pocos pasos que lo separaban de su habitación. Abrió la puerta y, aferrando convulsivamente el picaporte, la aguardó en una espera llena de tensión. En su lóbrega pocilga no había sino una cama de hierro y una mesilla de noche. “¿Aquí? ¡No me hagas reír! El lugar para mí está en los palacios. ¡En los palacios de los reyes blancos!”
Todos presenciamos la escena. Papá se acercó a An, la cogió del hombro y gruñó:
“Desaparece”. Divertida, An se alejó agitando el brazo en señal de despedida, bye, bye. El tío Wally volvió a la mesa. Agarró la botella, se la llevó a la boca y se puso a beber a grandes tragos. Antes de acabarla, cayó sobre la silla, derrotado. Lo llevamos a su cuchitril y lo acostamos en la sábana blanca que cubría su camastro de hierro..., sin An.
Desde aquella escena, solía decirme: “Red, tu madre es la única mujer que nunca te traicionará. No cuentes con nadie más.” Me gustaba escucharle; era todo un sabio. Una vez me dijo: “Las mantis religiosas son más honestas que nuestras mujeres. ¿Las conoces?
En su mundo, el período de galanteo no dura mucho. Después de las nupcias, los insectos consuman el apareamiento durante la noche de bodas, y por la mañana la hembra devora al macho. ¿Para qué martirizarlo toda la vida? El resultado sería el mismo. Y como lo hacen antes, al principio, es más honesto.”
Esa nota amarga en las divagaciones del tío Wally le preocupaba mucho a Papá. Él nos tenía sometidos a una severa disciplina. Cada vez que me disponía a salir, tenía que decirle a dónde iba y para qué. Si no se le decía me echaba una bronca. “¡Tengo miedo de lo que pueda pasarte!”, gritaba. Pero cuando el que grita es un árabe, no hay que tomárselo demasiado a pecho. Es su forma de hablar. Y Papá era árabe, libanés. Aviv Zacca.
Arrendaba el hotel desde hacía un año. “Después del gran Desastre”, solía decir. Y era cierto. La mala suerte lo había golpeado con saña. “¿Zacca? Zacca era millonario, ¡millonario!, exclamaba un amigo suyo. “Zacca tenía un chalet, coches, tiendas, jardines.”
“Cuando se me paraba el reloj, lo tiraba por la ventana”, suspiraba Papá. “Mi casa tenía las puertas siempre abiertas. Día tras día se llenaba de invitados. Come, bebe, has lo que quieras, ésta es tu casa. ¿Y ahora? Ahora hacen como que no me conocen. Tengo que presentarme, decir quién soy, a esos mismos que no hacen tanto se atiborraban bajo mi techo de carísimos manjares.” Papá llegó a Ghana hace veinte años. Para empezar, abrió una pequeña tienda de artículos textiles, y logró amasar una fortuna considerable, que luego perdió en un año, apostando en las carreras. “los caballos acabaron conmigo, Red”.
Me llevó a ver sus establos. Los tenía en un palmeral en as afueras de la ciudad. Nueve caballos blancos, magníficos ejemplares de raza árabe. ¡Qué bien los conocía, cómo los acariciaba! Todo lo contrario que a su mujer, que tenía que aguantar sus frecuentes broncas. Papá mimaba a sus caballos como un tierno amante. Sacó uno para enseñármelo.
“El mejor caballo de toda África”, dijo con desesperanzas, porque su campeón tenía una llaga incurable en la cuartilla. Los demás caballos también tenían el mismo tipo de llagas, y se iban muriendo uno tras otro. Para él, esas muertes suponían una tragedia muy superior a la pérdida de un millón. Sin caballos se veía privado de la única pasión de su vida. En los días en que no podía visitar el establo, se ponía furioso, cualquier cosa lo sacaba de quicio. Sólo se calmaba en el palmeral, contemplando cómo el mozo de cuadra hacía desfilar ante él, uno a uno, los veloces ejemplares de raza árabe con ojos del color de la sangre.
A su mujer, Papá nunca la llevó a ver los caballos. La trataba con severidad y dureza.
Ella solía sentarse en un sillón, inmóvil y en silencio, mientras se fumaba un cigarrillo. Un día le pregunté: “¿Cuántos años tiene, señora?” “Veintiocho”. Veintiocho años y el pelo blanco como una paloma, una tez extremadamente pálida y el rostro cubierto de arrugas.
Había dado a luz cuatro hijos, dos de los cuales vivían en Líbano y otros dos en el Acra.
Algunas veces había traído a Ghana a su hija, una niña subnormal que se arrastraba a cuatro patas por el suelo, víctima de convulsiones, y que chillaba de forma tan inhumana que al oírla se nos helaba la sangre en las venas. Aunque había cumplido los diez años, no sabía andar ni hablar. Gateando, se arrastraba hasta el rincón donde estaba el gramófono, alzaba la cabeza y lanzaba miradas suplicantes. La madre ponía un disco de Dalida. La voz de la cantante se oía entremezclada con un agudo y aterrador aullido de la niña. Su rostro irradiaba felicidad. Terminando el disco, la garganta de la criatura emitía un gruñido ininteligible: pedía más música.
La pequeña se había encariñado con Primer Ministro. Sólo él sabía sonreírle. Ella se abrazaba a sus pies, se restregaba contra sus piernas, ronroneaba. Él le acariciaba la cabeza y le daba suaves tironcitos de las orejas. Lo llamábamos Primer Ministro porque se jactaba de ser amigo personal de muchos de los miembros del gobierno de Guinea. Antes, había vivido en Konkari, dedicado a comerciar con Dios sabe qué. “Si alguno de vosotros se dispone a viajar a Guinea, sólo tiene que decírmelo. Le daré una carta para Sékou Touré”, decía dándoles importancia. “Es un amiguete mío. ¿Los ministros? ¡Qué ministros ni qué ocho cuartos! No merece la pena ni gastar saliva con tan poco cosa.”
Para Primer Ministro soy algo así como un cómplice. Me coge por banda y me invita a una cerveza. “Escúchame, Red”, empieza, “tú que has viajado tanto por el mundo, dime, ¿en qué país podré yo montar un gran business? En Ghana tengo un business pequeño. Un business muy pequeño.”
Contemplo el rostro sudoroso de este gordinflón, su cara de perro apaleado. ¿Qué puedo aconsejarle? Pienso para mis adentros: he aquí un hombrecillo con ambiciones de capitalista, de ningún modo un tiburón de las finanzas sino uno más del vasto ejército de pequeños comerciantes. Debería sugerirles alguna idea. ¿Por qué no? Se me ocurren Birmania, Japón, Pakistán. Pero todos esos lugares ya están más que saturados. “¿La India, tal vez?”, pregunta Primer Ministro. De ninguna manera, pienso, La India es muy difícil.
Además, en todos esos países se han instalado monopolios poderosos. “Demasiados monopolios”, le digo “maldito capitalismo.” Él asiente con la cabeza y, dándome la razón, repite apesadumbrado: “Maldito Capitalismo.” Primer Ministro recorre el país en un intento de hacerse un lugar en el mercado, de crecer en importancia. Bajo no pocos cielos ha intentado desplegar su tienda. Pero nada de han servido sus esfuerzos. En vano se consume en una lucha estéril que no lo lleva sino al desgaste y a la desilusión. “¿No existirá un país donde montar un gran business?”, pregunta. “Me parece que no”, le contestó, “al menos eso creo.”
Primer Ministro me da pena. Deambula, sopesa posibilidades, hace preguntas. Se ha comprado un globo terráqueo, y lo recorre con la mano. A veces se detiene el dedo en un lugar determinado y se dirige a mí, interrogante “¿Y aquí, Red? Miro hacia el punto que señala Filipinas, “No”, le digo, “lo tienen copado los americanos.” “¿Los americanos?”, pregunta respetuosos, cerciorándose de haber oído bien. “Así pues, ¿no queda sino un pequeño business? “Eso es”, confirmo sus temores, “no queda sino un pequeño business.”
Se pone a reflexionar, y al cabo de un rato me confiesa: “Quisiera tener un gran business.
Me gusta más que las mujeres”, le interrumpo. “También poco es eso. De todas formas, las mujeres más bellas son las de Dakar.”
Respecto de esta materia, Primer Ministro siempre discute con el joven Khouri, hijo del Gran Khouri (libaneses todos). El joven Khouri-Nadir es un verdadero hombre de mundo. Tiene coches esperándolo en París, Londres y Roma. También es un perfecto majadero. Nada me divierte más que una charla con él. “Ven conmigo a Australia”, me propone. “No puedo, no tengo dinero”, respondo. “Pues no tienes más que escribir a tu padre diciéndole que te lo envíe.” “Mi padre es un tacaño”, le explico. “No me permite volar a mis anchas.” Nadir no conoce límite en lo que al despilfarro y la vida disoluta se refiere. Lo tiene todo. Su padre no para de forrarlo de dinero. El Gran khouri adora al khouri pequeño. El viejo vive en Nsawan, un pueblo de las afueras de Acra, en una casa humilde que amenaza ruina y entre escasos muebles, modestos. El conjunto ofrece un
aspecto pobre, por no decir mísero. Y pensar que se trata de la residencia del que tal vez sea el hombre más rico del África occidental, el multimillonario Gran Khouri. Poseedor de un gran capital, este comerciante callejero de Beirut no parece tener exigencias ni necesidades. Se alimenta de tortas de trigo mientras multiplica unos beneficios que alcanzan sumas astronómicas. Es un anciano que quizá morirá este mismo año. Dueño de toda una calle de casas en Beirut, no las ha visto en su vida. Gran Khouri es analfabeto.
Necesita a alguien de confianza para que escriba las cartas comerciales.
Convivía con nosotros en el Metropol otro hombre. El joven Khouri sentía por él un gran respeto. “Es un intelectual”, me explicaba con una actitud rayana en la veneración.
Sociable y divertido, el intelectual se pasaba horas contándonos chistes. También solía enseñarnos fotografías en las que aparecía, bajo una sombrilla, una señora de aspecto agradable, ya entrada en años. “ Es mi novia”, aclaraba. “Vive en California y lleva quince años esperándome. Esperará otros quince y se morirá. Pero la muerte no es tan terrible.
Sólo hay que estar suficientemente cansado.” Y soltaba una carcajada. El intelectual se emborrachaba a escondidas, nunca en la terraza. Sostenía que beber en público era una muestra de mala educación. Se levantaba en medio de una conversación y se metía en su cuarto para allí vaciar ávidamente el contenido de una botella. Luego oíamos, el ruido sordo de un cuerpo que caía desplomado sobre el suelo; nunca le dio tiempo de llegar hasta la cama.
El intelectual, cuando no escribía cartas para Khouri, se enzarzaba en unas disputas interminables con Napoleón. Era éste un hombrecillo, dotado de una pequeña redondez: la barriga. “Echo d menos mi casa”, solía decir, “cuánto le echo de menos”. Pero no hacía ningún esfuerzo por marcharse. Recorría la terraza de un extremo a otro, paso dl desfile militar. Sacaba un espejo y contaba sus arrugas. “Tengo sesenta años, y, sin embargo, ya veis lo joven y fuerte que me mantengo. Puedo caminar durante horas ¡sin una pizca de cansancio! ¿Qué edad me echaríais, eh?” Papá le contestaba: “Unos veinte.” “Ya lo habéis oído. ¿No os lo decía ya?, celebraba su triunfo al tiempo que sacaba el pecho y tensaba los músculos con un esfuerzo tal que sus sienes cubrían de venas abultadas. Creo que estaba chalado. Un buen día, por fin, se marchó. Sus pasos marciales dejaron de sonar.
Disfrutamos del silencio.
Iluminada por varias bombillas de poca potencia, nuestra terraza se veía desde la calle.
A la débil luz se podían divisar desde abajo unas sombras moviéndose sobre la basa, sombras que no pertenecían a nadie, a pesar de que protagonizaban su muda pantomima, su daza lenta, en pleno corazón de Kokompe. Sin embargo, el barrio –negro por excelencia- las ignoraba por completo. Kokompe tenía su propia vida, inaccesible y ajena a los del Metropol. Para el barrio, las sombras de la balsa pertenecían a otro mundo, al mundo poblado por bungalows de los representantes blancos de la administración y el comercio, al barrio de Cantonments. “¡Sois como ellos, ésa es vuestra familia!”, decía Kokompe mientras multitud de sus habitantes pasaban indiferentes por delante del hotel.
A los ojos de Cantonments, sin embargo, las sombras tampoco existían. ¡Hasta ahí podíamos llegar! El barrio de Cantonments les volvía la espada, en una muestra de desprecio mezclado con vergüenza. Para Cantonments, ese burócrata europeo y esnob, ese burgués rico y de exquisitos modales, la balsa constituía una deshonra que era preferible ignorar.
En resumidas cuentas, la balsa no quedaba amarrada a ningún barco; las sombras existían por sí mismas. Podían multiplicarse o desaparecer; no tenía importancia. “¿Y qué es lo importante?”, preguntaba el tío Wally, pero nunca le contestó nadie.


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11.2. ENTREVISTA PERSONAL CON AGATA ORZESZEK

La suya es una labor indispensable no sólo para el mundo de los libros sino para el entendimiento entre los hombres y las mujeres. Una vez que se tiene de frente un texto de algún pensador francés o un escritor chino, por ejemplo, pocas ocasiones surge la idea de si el español es la lengua en la que escribe originalmente quien firma el material. En octubre de 2000 envió una carta a El País para quejarse al respecto. Al publicar un adelanto de diez cuartillas de la nueva obra, Ébano, de un prestigiado periodista polaco, el diario español omitió un pie de página con dos palabras: el nombre y el apellido de Agata Orzeszek, traductora de los cinco libros de Ryszard Kapuscinski (Polonia, 1932) publicados por la editorial española Anagrama: El sha (sobre la caída del monarca iraní Reza Palhevi), El imperio (en torno al desmoronamiento del mundo soviético), El emperador (sobre Haile Selassie de Etiopía), La guerra del fútbol (antología de reportajes) y Ébano (sobre África).
A pesar de la soltura con que usa el español, Kapuscinski es un autor empeñado en escribir en su lengua materna, por lo que en lugar de apuntar “Negros cristales de la noche”, como titula el capítulo 17 de Ébano, estampa “Czarne krysztaly nocy” y continúa escribiendo: “Na koncu drogi, ktora jedziemy, widac staczajaca sie za horyzont kule slonca”. El texto así de verdad que no se entiende, pero Orzeszek se ha encargado de convertirlo al castellano en procesos largos y trabajosos.
Orzeszek me indica que la forma correcta en que debe escribirse Kapuscinski es con acentos sobre la “n” y la primera “s”. Pero soy incapaz de encontrar el atributo que mi computadora debe tener para acentuar consonantes. Continuaré escribiendo sin tildes el apellido de autor, considerado uno de los mejores reporteros del mundo: entre 1958 y 1981 cubrió para una agencia polaca de noticias revoluciones, golpes de Estado, guerras y movilizaciones en países de América Latina, Asia, África y el extinto imperio soviético.
Sin dejar de viajar y escribir, las últimas dos décadas ha estado concentrado en la producción de libros en los que reconstruyen toda su experiencia reporteril, eje vivo de sus relatos vinculados con el periodismo y en los que conjuga autobiografía, historia, filosofía y, por la forma en que están escritos, “literatura de collage” ha dicho él, una escritura de altos vuelos narrativos.
Su traductora, Orzeszek, catedrática de lengua y literatura rusas en la Facultad de Traducción de la Universidad Autónoma de Barcelona, me informa que existen otras traducciones en nuestra lengua de algunas obra de Kapuscinski, como de El emperador y La guerra del fútbol, editado bajo el título de Las botas. Me dice también que existe una edición en español, no publicada por Anagrama, de La guerra de Angola cuyo título original es Un día más de vida. Orzeszek está enterada del interés que la editorial de El País tiene por publicar otra obra de Kapuscinski que ya tiene traducida: Lapidarium; “pero aún no se han puesto en contacto conmigo”, aclara.
La labor de traducción de Orzeszek también está extendida a otros autores polacos como Andrzejewski, célebre (gracias a la película de Wajda) por Cenizas y diamantes; Hlasko y Tryzna; y a Turguénev del ruso.
Como traductora habitual de Kapuscinski, Orzeszek responde mis preguntas.

José Garza: ¿Cómo descubrió la obra de Ryszard Kapuscinski?
Agata Orzeszek: Fácil: estudié con su hija en la Universidad de Varsovia y, a mis veinte años, debo reconocer (no sin cierto rubor de vergüenza), conocí antes al autor que a
su obra.
J.G.: ¿Por qué decidió traducir al español la obra de Kapuscinski? ¿Existieron, existen, retos o motivaciones especiales para emprender esa labor? ¿Traducir a Kapuscinski al español ha sido una iniciativa del autor, de la editorial, de usted?
A.O.: Traducir a Kapuscinski era traducir a un amigo, así que al establecerme en España (para entonces, 1977, ya conocía por supuesto toda su obra escrita hasta aquella fecha y tenía perfectamente formada la idea de su valor) no tuve que pensar mucho a la hora de proponer sus libros (“textos”, como a él le gusta definirlos) a las editoriales barcelonesas. La respuesta, empero, fue “no” en un primer momento, porque en España las editoriales suelen esperar a que el libro tenga éxito internacional. Y así fue: tras la Feria de Francfort de 1986 (creo recordar) donde se habló mucho de El sha, Jorge Herralde, de Anagrama, me llamó (aún se acordaba de mi visita en su despacho varios años antes con la encarecida propuesta de publicar El emperador) para encargarme la traducción de El sha, que decidió subtitular (siguiendo a los franceses: y le aplaudí la decisión) “o la desmesura del poder”.
J.G.: ¿Cuál es el proceso de traducción? ¿Cuál es su relación con Kapuscinski como traductora de su obra al español? ¿Durante el proceso de traducción usted consulta al autor, trabaja junto con él o trabaja en forma independiente sin que el resultado tenga que estar aprobado por el autor?
A.O.: El proceso es largo (por suerte, la sabiduría traductora y editora de Anagrama hace que Herralde nunca me haya apremiado con plazos de entrega imposibles: siempre dispongo de un mínimo de seis meses) y trabajoso. En primer lugar porque la prosa de Kapuscinski es exacta y rigurosa al tiempo que extremadamente trabajada desde el punto de vista literario. A él no le basta el dato; la reelaboración literaria es tan (o más) importante que los hechos descritos (espero que se note en mis traducciones). Además, al no ser el español mi lengua materna, mis traducciones pasan por la exigente criba de un catedrático de lengua y literatura española: no las entrego a la editorial sin sus correcciones. La relación es muy buena: desde la primera (que ojeó en persona y de la que había oído comentarios halagadores, aunque esto resulta poco modesto por mi parte, pero es cierto) se fía ciegamente de mis traducciones. Y no, no trabajo con él, porque tal cosa es imposible. Cuando escribe un nuevo libro, no está disponible para nadie. Y cuando no escribe, no está en su casa de Varsovia: viaja. Pero nunca cunde el pánico: cuando hay algo que necesito consultar envío una lista de dudas a su mujer y ella me manda la respuesta lo antes que puede (conoce muchas respuestas de antemano –no debo ser la única traductora que le consulta cosas– y las que ignora se las plantea a su marido por teléfono, cuando él la llama desde... Paraguay, por ejemplo). Lo dicho en el punto anterior (confianza ciega) aclara la cuestión del visto bueno del autor: no lo necesito.
J.G.: ¿Cuál es el idioma en el que Kapuscinski escribe originalmente y en qué idioma o idiomas está mejor traducido y es más conveniente leerlo?
A.O.: A pesar de conocer muchas lenguas, escribe exclusivamente en polaco. Es muy delicado (no me corresponde a mí hacerlo) hablar de otros colegas traductores. Lo que sí puedo decir (lo comprobé al traducir El sha o El emperador: el editor me había facilitado la traducción al inglés, edición norteamericana) es que los estadounidenses omiten algunos fragmentos, curiosamente aquellos que se refieren a su intervención e indigna participación en los hechos descritos (antes esto se llamaba censura política, pero creo adivinar que ahora lo definirían como lo políticamente correcto).
J.G.: ¿Cómo describe la escritura de Kapuscinski?
A.O.: Exacta, rigurosa, literariamente trabajada. Kapuscinski cambia de registro cada vez que lo necesita su texto inmediato. Por ejemplo, barroco y rebuscado cuando describe el interior de un piso pequeño burgués bonaerense; escueto, hasta telegráfico, cuando los acontecimientos descritos se precipitan y quiere dar la impresión de una crónica periodística; cuasi naturalista o impresionista cuando plasma el horror (guerra) o la belleza (un paisaje); natural y coloquial en los poquísimos diálogos; bíblico o con sabor a la antigüedad cuando lo considera oportuno (ya me ve a mí empapándome de la Biblia o de Fray Luis de Granada antes de abordar la traducción de un capítulo de El emperador: me consta que él hace lo mismo). En resumen: sus muchos estilos (escritura acorde con lo que se dice, o, lo que es lo mismo, forma al servicio del fondo) han formado un estilo propio de Kapuscinski.
J.G.: ¿A quién evoca la escritura de Kapuscinski? ¿Estilísticamente dónde se nutre este autor?
A.O.: No evoca a nadie en concreto. Se nutre de todo (no exagero: su biblioteca es impresionante y, lo más importante: está leída).
J.G.: ¿La traducción de la obra de Kapuscinski también está sujeta al rigor periodístico en cuanto a la oportunidad en que debe aparecer? (Y es que la aparición de la traducción es casi simultánea a la publicación del original; El imperio, por ejemplo, apareció en 1993 y su traducción en 1994).
A.O.: No. Un "no" rotundo. El imperio y Ébano salieron tan deprisa porque Kapuscinski ya era mucho Kapuscinski en el mercado editorial. Pero El emperador salió bastantes años más tarde, una década, creo (incluso más tarde que El sha, que es posterior). No se trata de una escritura inmediata: sus libros son tal válidos hoy como lo fueron ayer y como lo serán mañana.
J.G.:¿Cuáles son las principales dificultades al traducir su obra? ¿Qué obra le ha resultado con más escollos?
A.O.: Dar con el registro de lengua exacto. Documentarse hasta la saciedad, buscar equivalencias españolas (cuando existen) para todo lo “exótico” (que no es poco) hasta por debajo de las piedras o inventar palabras cuando él las inventa. El emperador, sin duda alguna.
J.G.: ¿La traducción al español de la obra de Kapuscinski implica modificaciones a la misma, es decir si implica cambios de estructura, gramática?
A.O.: Por supuesto implica cambios gramaticales: he aquí el escollo: cómo ingeniárselas para decir lo mismo e igual de bien que en el original sin modificar el “espíritu” de lo dicho y de cómo está dicho.
J.G.: ¿La traducción, en su caso, qué dimensiones tiene, es decir: es un fiel espejo de la obra traducida, es una versión o es otra obra? ¿Cómo define usted la traducción?
A.O.: Para ser escueta, diré que es espejo sin acabar de serlo. Más bien es un retrato, no
fotografía.
J.G.: La obra de Kapuscinski conjuga una serie de relaciones del periodismo con la literatura, la historia, la filosofía y la política. ¿Cómo traductora usted cuestiona, digamos, la fiabilidad del narrador o este tipo de aspectos están fuera de sus competencias?
A.O.: Como persona (y se supone que pensante) puedo cuestionar cosas (y no dejo de hacerlo, diciéndoselo al autor cada vez que tengo oportunidad). Como traductora tengo que ceñirme a su texto, y es lo que hago.
J.G.: La obra de Kapuscinski es rica en visibilidad en cuanto a que siempre muestra los hechos por medio de la acción: usa palabras efectivas y usa verbos: nos ofrece acción. ¿Es esta una de las virtudes de su escritura? ¿Qué piensa usted al respecto, cuál es el aspecto más atractivo de la escritura de Kapuscinski? ¿Qué obra ha disfrutado más al traducir?
A.O.En la traducción, los verbos (excepto los de movimiento: pesadilla de mis estudiantes de ruso y mía cuando traduzco del polaco) son lo que menos me preocupan. En cambio los sustantivos, los adjetivos y las estructuras adverbiales (tan naturales en polaco) y, sobre todo, el uso que él hace de ellos me hacen pasar noches en vela cuando lo traduzco. El aspecto más atractivo: el detalle elevado a una categoría (por ejemplo: el alambre de espino en El imperio).
Por eso mismo sus libros no son inmediatos: hay un pensamiento filosófico detrás de lo narrado.
No sabría decirle qué obra he disfrutado más al traducir. Cuando traduzco, lucho (con cada palabra, cada frase). Disfruto cuando veo la traducción publicada y la leo. A veces (no pocas) no comprendo cómo se me había ocurrido tal o cual solución.


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11.3. RYSZARD KAPUSCINSKY: RESEÑA BIOGRÁFICA

Ryszard Kapuscinsky (1932-2007)

Ryszard Kapuscinski nació en Pinsk (Bielorrusia) en 1932. Ingresó en 1951 en la Universidad de Varsovia, en la que estudió Historia y obtuvo un master en Arte (1955). Ha impartido clases en las Universidades de Caracas (1978) y en la Temple University de Filadelfia (1988) como profesor visitante, y como lector en Harvard, Londres, Canberra, Bonn y la British Columbia University de Vancouver (Canadá).
Entre los años 1959 y 1981 se dedicó al periodismo como corresponsal de la agencia de noticias Polish Press en África, Asia y América Latina y colaboró con publicaciones como Time, The New York Times y Frankfurter Allgemeine Zeitung. Está considerado como uno de los mejores reporteros del mundo. Es miembro de varios consejos editoriales, ha compaginado desde 1962 sus colaboraciones periodísticas (que han llevado a García Márquez a llamarle “maestro”) con la actividad literaria. Es autor de diecinueve libros de los que se han vendido cerca de un millón de ejemplares y de los que algunos se han traducido a más de treinta idiomas. Bus po polsku (1962) fue la primera de sus obras, a la que siguieron títulos como El Emperador (1978, sobre la decadencia del reinado en Etiopía de Haile Selassie), El Sha (1987), La guerra del fútbol (1992), Lapidarium (1990), El imperio (1994, sobre la descomposición de la Unión Soviética), Ébano (1998, sobre el futuro del continente africano), así como el álbum de fotografías Desde África (2000). En 2002 publicó una obra, Los cíniucos no sirven para este oficio, que es una lección y una reflexión sobre el periodismo plenas de sabiduría, humildad y claridad.
Ryszard Kapuscinsky fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Silesia en 1997, ha obtenido diversos galardones por su creación literaria como el premio Alfred Jurzykowski (Nueva York, 1994), el Hansischer Goethe (Hamburgo, 1998), o el Imegna (Italia, 2000). Ha sido Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003. Ryszard Kapuscinsky es uno de los periodistas más respetados y reconocidos del mundo. (Ryszard Kapuscinsky, muere en 2007)

Nota: Hotel Metropol de RYSZARD KAPUSCINSKI; la ENTREVISTA PERSONAL CON AGATA ORZESZEK, y RYSZARD KAPUSCINSKY: RESEÑA BIOGRÁFICA, fueron tomados de APÉNDICES VIGENCIA DEL RELATO COMO SENTIDO DE LA REALIDAD. ANÁLISIS DE REPORTAJES HISTÓRICOS, tesis doctoral de CELSO JOSÉ GARZA ACUÑA, 2003.
Transcripción: Pablo Felipe Pérez Goyry.


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Libros publicados en Español:

Un día más con vida / 1976. (Anagrama 2003)
El Emperador / 1978. (Anagrama 1989)
La Guerra del Fútbol y otros reportajes / 1978. (Anagrama 1992)
El Sha o la desmesura del poder / 1982. (Anagrama 1987)
El imperio / 1993. (Anagrama 1994)
Ébano / 1998. (Anagrama 2000)
Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. / 2000. (Anagrama 2002)
Lapidarium I, II, III, y IV. (Anagrama 2003, Lapidarium IV)
Desde África / 2000. (Anagrama 2001)
Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar) / 2003. (FNPI-FCE)
Viajes con Heródoto / 2004. (Anagrama 2006)
El Mundo de Hoy / 2004. (Anagrama)
Encuentro con el otro / 2006. (Anagrama 2006)


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“Todo el lado humanista de nuestra escritura de reporteros radica en el esfuerzo de trasmitir la imagen del mundo auténtica, verdadera, y no una colección de estereotipos. Es una de las misiones que tiene encomendada la literatura. Y el arte. Toda la manifestación de la cultura”. (El mundo de hoy / 2004)

“Si entre muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, se convertirá en falsedad, y tu, en un fanático”. (Lapidarium II)

"Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo, no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria. Naturalmente, aquí estamos hablando sólo del gran periodismo, que es el único del que vale la pena ocuparse, y no de esa forma detestable de interpretarlo que con frecuencia encontramos". (Los cínicos no sirven para este oficio / 2000)