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©Pablo Felipe Pérez Goyry

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24 de agosto de 2011

El filósofo de la oposición constructiva - Por: Sergio Esteban Vélez Peláez

El filósofo de la oposición constructiva

Por: Sergio Esteban Vélez Peláez
info@sergioestebanvelez.com

Desde ya, en el mundo francófono (donde resido), los intelectuales están celebrando los ochenta años que dentro de poco cumplirá Paul Virilio, el mundialmente connotado filósofo, escritor, urbanista y teórico cultural y de las nuevas tecnologías.
Movido por lo mucho que se está hablando sobre Virilio con motivo de este aniversario, he aprovechado esta semana de descanso estival para leer una obra clave a la hora de abordar su pensamiento: “Cibermundo ¿Una política suicida?”. Este rico texto, que bien puede resumir el complejo conceptual de Virilio, es un trabajo a través del cual este célebre pensador se atreve a denunciar los peligros de la revolución cibernética y hace un llamado al ahondamiento en un tema de tan singular importancia en nuestros días.
Sergio Esteban Vélez Peláez
En la obra, que es guiada por las preguntas del entrevistador Philippe Petit, Virilio nos da a conocer sus impresiones y temores acerca de la era de la informática, la revolución de los transportes, la ciudad, el mundo, los avances tecnológicos, la guerra, el progreso...
Virilio aborda temas como la velocidad como fenómeno físico y social, la velocidad y el poder, la era industrial y la era electrónica, los procesos de la tecnología y los vislumbres próximos de la misma, el arte y su hermenéutica, la publicidad, el avance de los medios, la democratización de la virtualidad, la guerra como campo de percepción, los inventos y los accidentes que, a la vez, estos traen (no hay adquisición sin pérdida).  Habla de la tiranía de la tecnociencia y de sus peligros.  De que estamos ante algo mayor a la bomba atómica: la bomba informática, la bomba de la información totalitaria, surgida de un complejo militar-industrial.  Habla de la falacia que sería la democratización del conocimiento y la tecnología, que seguirían siendo elitistas. Más allá de esto, teme que la cibernética se convierta en una amenaza para la democracia.  
Hace énfasis (lo ha hecho a lo largo de su carrera) en el tema de la velocidad.  La aborda desde distintos ángulos; desde el de los transportes, el de las transmisiones, en los cuales ella es decisiva para los procesos de comunicación y de desarrollo.  La velocidad y sus consecuencias sociopolíticas.    La velocidad que va hacia la omnisciencia, la ubicuidad, la instantaneidad.  La velocidad y la riqueza. Velocidad y clases sociales.  La velocidad y la guerra.  La velocidad y el poder, el control “La velocidad es el poder mismo”.  Todo esto, en un recorrido bastante aislado y somero, a través de acontecimientos importantes en la historia.  Para él, la velocidad cambia la visión del mundo.
Su discurso está sumamente influenciado por los principios de la estética y no puede evitar referirse a los grandes cambios artísticos, en parangón con los tecnológicos.  Habla de la pintura y la fotografía, del cine y su exégesis; de los puntillistas, impresionistas, cubistas...  Se pregunta por el futuro que tendrán las artes y cuestiona si están próximas a su fin, lo mismo que el libro impreso.
Cuando habla de que cada invención trae al mundo su correlativo accidente, indaga acerca de cuál será el accidente que nos traerá el dominio universal de la Internet, y presume que llegue hasta el punto de un accidente integral, total, que afecte a todo el mundo al mismo tiempo, algo sin precedentes en la historia.  Ahora, gracias a estos avances, estamos ya no en un tiempo local, sino muy próximos a un verdadero tiempo mundial, tiempo único, lo cual, aparte de traer consecuencias positivas, también trae algunas negativas:
la tecnología está reduciendo a la humanidad a la uniformidad. 
En fin, como Virilio ha sostenido, “una idea se combate sólo con otra idea”. Sólo la crítica puede hacer progresar la cultura técnica.  “Sin libertad de criticar, no hay elogio halagador” (Beaumarchais).  Son algunas frases que sintetizarían el afán de oposición constructiva de este pensador, en pos de que las cosas salgan mejor para el ser humano y no para un accidente general para la totalidad del mundo.  Y por esta concepción de protesta, su obra ha sido altamente cuestionada y debatida.  Ojalá ahora, en la celebración de sus ochenta años, el mundo hispano comience a aprovechar mejor la obra de este creador mayor.

20 de julio de 2011

Chile: Cambio cosmético de un gabinete híbrido - Por: Ernesto Carmona

Chile: Cambio cosmético de un gabinete híbrido

Por: Ernesto Carmona(*)

Ernesto Carmona
Al cumplir 16 meses con su "nueva forma de gobernar", Ernesto Carmona hizo cambios menores y enroques en ocho carteras de su "gabinete de excelencia". Nada creativo, movió algunos gerentes y ex ejecutivos de empresa que trasladó a otros ministerios, salvo tres que se fueron a casa. Cedió ante la Unión Demócrata Independiente al nombrar ministros a dos senadores UDI, que al abandonar podrían mostrar cierta "escasez de cuadros" en la tienda de la extrema derecha pinochetista que procura mostrar una imagen populista. Al fin de cuentas hubo leves cambios de la fachada gubernamental, “para que todo siga igual”. Un cambio cosmético que trae consigo los habituales conflictos de interés en un gabinete híbrido, empresarial y político. Ahora viene la pugna interna en la UDI para llenar las dos bancas desalojadas en el Senado, reemplazos que en el sui generis "sistema democrático chileno" serán designados a dedo por la directiva del partido más fuerte de la alianza gobernante bi-partidista.
En el ministerio más importante, Interior, Piñera mantuvo a su fiel escudero Rodrigo Hinzpeter, abogado de su mismo partido, Renovación Nacional (RN). Sacó de Educación al economista UDI Joaquín Lavín, pero lo designó en Mideplán, una cartera que no planifica sino que distribuye fondos entre sectores vulnerables y “estudia la pobreza”. Se fue a su casa el anterior ministro UDI Felipe Kast.
En Educación puso al abogado RN Felipe Bulnes, antes ministro de Justicia. Esta cartera hoy es políticamente la más relevante por el conflicto estudiantil en curso, tras una educación pública gratuita y de buena calidad. En justicia fue nombrado Teodoro Ribera, ex diputado y abogado RN.
Salió la DI Ena von Baer de la Secretaría General de Gobierno. Fue sustituida por el senador UDI Andrés Chadwick, un primo del Presidente que hace rato venía criticando la gestión de la ministra vocera del gobierno.
De Economía salió el “independiente” Juan Andrés Fontaine e ingresó el senador UDI Pablo Longueira, que también venía manifestando sus deseos de tener algún rol en el primer gobierno de derecha elegido en las urnas en más de medio siglo. Dicen que la remoción sorprendió a Fontaine.
El bi-ministro estrella de Minería y Energía, Laurence Golborne, “independiente” y pre-presidenciable 2013 desde la tragedia de los 33 mineros, pasó a Obras Públicas, mientras Hernán de Solminihac, también “independiente”, fue cambiado de OOPP a Minería y desempeñará Energía quien era intendente de Santiago, el empresario de la construcción Fernando Echeverría, RN y ex socio de Piñera en negocios inmobiliarios.

¿Nueva manera de gobernar?

En la UDI comenzó la pelea por la sucesión de Longueira y Chadwick en el Senado. Entre las (os) pretendientes se encuentran Ena von Baer, María Angélica Cristi e Iván Moreira. Como Moreira y Cristi ya son diputados, su eventual designación como senadores traería consigo otra disputa interna, en el seno de la UDI, para llenar sus vacantes en la cámara baja con otras designaciones a dedo. Además, Piñera deberá nombrar al nuevo Intendente de Santiago. Su gobierno ya tenía dos ex senadores como ministros: la UDI Evelyn Matthei en Trabajo, reemplazada en el senado por un ex diputado (Gonzalo Uriarte) y el RN Andrés Allamand en Defensa, cuya senaduría ocupa ahora Carlos Larraín, jefe del partido de Piñera que no fue elegido por los electores. Pareciera que ésta es, efectivamente, “la nueva forma de gobernar”.
No se ve claro que el cambio de gabinete pueda sofocar los conflictos sociales en curso y pleno desarrollo. Más bien ratifica la nueva manera de gobernar-gerenciar la gigantesca empresa Chile S.A., aunque en cierto modo, Piñera les hizo caso a los estudiantes que declararon “interlocutor no válido” a Lavín, a la vez que exigían su renuncia o remoción. Para los jóvenes de enseñanza media y universitaria, Lavín tenía un claro “conflicto de interés”, léase corrupción, por haber lucrado con la educación superior en su condición de socio fundador de la Universidad del Desarrollo, también llamada Universidad UDI. Por eso no quisieron hablar más con el personaje, quien continúa en el gabinete por la fuerza de la presión UDI, que todavía lo considera una carta presidencial 2013 viable si se recupera tras su caída libre en las encuestas.
Mucha gente -incluso periodistas que leen y comentan noticias por TVN- cree que el eufemismo “conflicto de interés” significa estar interesado en ciertos temas conflictivos para lucrar, pero desconocen el significado real de esa expresión estadounidense. A modo de ejemplo simple, tendría ese “conflicto de interés” un gato encargado de vigilar la carnicería/pescadería o un ratón a cargo de la custodia del queso. Según el Diario Financiero (DF), ése es ahora el conflicto del nuevo ministro de Minería, Hernán De Solminihac, porque su hermano Patricio De Solminihac es el subgerente general de la corporación Sociedad Química de Chile (SQM), ex Soquimich, compañía del Estado privatizada y entregada escandalosamente por Pinochet a su entonces yerno Julio Ponce Leroy. Ocurre que el sector minero está ilusionado en que este gobierno privatizador liberalice la explotación del altamente demandado litio, metal que hoy “no es susceptible de concesión”, según la Ley de Minería. Y esta industria, según el DF, “justamente en el país hoy es acaparada por SQM y la Sociedad Chilena del Litio”.
(*) Ernesto Carmona es periodista y escritor chileno.
Foto: Internet

30 de junio de 2011

Bolivia en busca del mar perdido - Por: Hernán Uribe

Bolivia en busca del mar perdido

Por: Hernán Uribe.
Periodista y escritor chileno

Un sartal de afirmaciones emitidas desde Santiago y La Paz prosiguió al incidente de los soldados bolivianos que sin quererlo y en plena oscuridad ingresaron a Chile el 17 de junio por una difusa frontera. Este episodio circunstancial, se afirma, no influirá de modo alguno en la postura boliviana de lograr una salida al mar por el territorio que perdiera ante Chile un siglo y cuarto atrás.
Hernán Uribe / Periodista y escritor chileno
Cuando los soldados bolivianos estaban ya de regreso a su país, el diario “El Mercurio” (Santiago) editorializaba el 22 de junio bajo el título “Ingreso ilegal de soldados bolivianos” y calificaba el asunto como violación de la soberanía de Chile al mismo tiempo que caracterizaba como “inaceptable la reacción del Ejército boliviano de recibir con honores militares a los soldados”.
Las autoridades chilenas del caso acompañadas de un bombo mediático armaron por enésima vez una alharaca contra Bolivia a raíz de un hecho que es frecuente en una frontera que carece de vigilancia adecuada por parte los dos países involucrados. Por allí y específicamente al poblado chileno de Colchane, sito en una región ex boliviana llegaron antaño y procedentes de tierra altiplánica guerrilleros sobrevivientes de la lucha que encabezara Ernesto Che Guevara y poco después se refugió ahí Antonio Arguedas, el ministro boliviano que hizo posible conocer el histórico Diario de Campaña del asesinado Guevara.
Apenas conocida la situación, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera acotaba: “Estamos a la espera de que nuestros soldados, nuestros oficiales, regresen a su cuartel. Porque ellos estaban realizando una misión patriótica, una misión legal, constitucional”. Los 14 militares del caso perseguían a contrabandistas y viajaban en dos vehículos con placas chilenas que en Bolivia habían requisado a ladrones. Un periódico chileno informaba el 23 de junio que 150 automóviles fueron robados recientemente en aquella región para trasladarlos clandestinamente a Bolivia. Este suceso, aparentemente insólito, resume las características singulares reinantes allí.
Un par de meses atrás ya se había creado, reiniciado más bien, una tensa relación entre Chile y Bolivia desde que el 23 de marzo, “Día del Mar” el presidente Evo Morales proclamó que su nación recurriría a tribunales y otros organismos internacionales, “demandando en derecho y en justicia una salida libre y soberana al Océano Pacífico”.”No podemos olvidar la historia, pero no vamos a ser presos de la historia” sentenció en alusión a que Chile en el siglo XIX se apoderó por las armas de la tierra boliviana que constituía su costa marítima.
Acto seguido, el presidente de Chile Sebastián Piñera calificó el anuncio de La Paz como una “Pretensión inaceptable” aunque no argumentó sus palabras. Empero, la postura chilena en la coyuntura la expuso el canciller Alfredo Moreno quien señaló que “No es aceptable que un país al cambiar su Constitución normativa intente abandonar los tratados internacionales vigentes”. Luego se difundió un mensaje del ministro de la Defensa, Andrés Allamand: “Las Fuerzas Armadas están preparadas para cautelar la soberanía territorial”.
La retahíla de expresiones por ambos lados prosiguió en seguida con motivo de la condecoración en Bolivia de los l4 militares y de la queja del presidente Morales por la acción conjunta de Chile y la DEA estadounidense en contra de un general boliviano implicado en narcotráfico y de los cual nunca se informó a las autoridades paceñas. La DEA, entidad estadounidense supuestamente dedicada a perseguir el comercio de drogas, fue expulsada de Bolivia en 2008 por su abierta intervención en asuntos internos del país.
La toma de posición por la parte chilena ha sido extremadamente ofensiva y produce la visión de países en guerra. Más, el objetivo de este escrito no es reseñarlas, aunque se vale una muestra: “Nunca entregaremos las armas”…dijo un jefe policial chileno en referencia a las escasas que portaban los militares bolivianos, dándole así una tónica de trofeo de guerra.
La eventual explicación de esta verba de matiz belicista se explicaría por dos circunstancias: derrotada Bolivia en la guerra de 1879-1883, en 1904 merced a un tratado impuesto por el vencedor perdió su territorio de Tarapacá y con ello su litoral. Recientemente, una reforma de la Constitución boliviana establece la obligación de recuperar su espacio en el Pacífico y sin cesión de territorios. Era y es un mensaje dirigido a su vecino Chile y con cimiento en la circunstancia de que hasta el 23-3-11 se realizaban diálogos chileno-bolivianos en busca de una solución a la forzada exclusión boliviana del mar Pacífico.
Así pues, detrás o mejor delante de los dimes y diretes se ubica el anhelo boliviano en busca de un mar perdido y hacia lo cual Chile exhibe una posición dura que alega la intangibilidad del Tratado del caso. Bolivia, a su vez, tiene una postura inversa y además proclama que Chile no ha cumplido siquiera el convenio de 1904 que lo obliga a facilitar, por su territorio, el comercio y tránsito de productos bolivianos.
Recurramos a la Historia, elemento que ilustra y no pierde la memoria. El historiador chileno Gonzalo Vial, quien fuera ministro del tirano Augusto Pinochet, escribía en 2008 “Bolivia y el mar perdido” (1) a propósito del Convenio de Tregua chileno-boliviano de 1884: “¿Por que se pactó tregua y no una paz? Porque la idea era que Bolivia recuperase litoral, mar, pero no en los (territorios) de preguerra, sino tomándolo de Tacna y Arica, ex provincias peruanas” ocupadas por Chile durante la guerra antes mencionada.
Como es conocido, por un Tratado de 1929, Perú conservó la provincia de Tacna y Chile la de Arica. Se malogró entonces la eventualidad de que allí renaciera un litoral para Bolivia. Sin embarg0, dice Vial, en un tratado de 1895 “Además se preveía dárselo en otro lugar. Es decir nos comprometimos a entregar costa a Bolivia aunque perdiésemos Tacna y Arica” (cursivas nuestras). En 1974 surgieron los generales Augusto Pinochet (Chile) y Hugo Bánzer (Bolivia); ambos habían usurpado el poder y eran socios en el gorilato que imperaba en Latinoamérica.
Esa pareja resucitó la idea de un corredor para Bolivia por territorio chileno al norte de Arica. Tal proyecto fracasó ante la oposición de Perú con base en un Tratado de 1929 que otorgó a Lima un derecho a veto sobre sus ex provincias en caso de dárseles un destino diverso. Antes, en 1920/21, Bolivia había procurado una revisión del pacto de 1904 ante la Liga de las Naciones pero ésta desestimó la solicitud, apunta Gonzalo Vial en el escrito antes citado.
Hay asimismo cuestiones subjetivas de dificultoso trato pues pareciera que en Chile más de un siglo transcurrido desde aquella guerra llamada erróneamente “Del Pacífico” se conserva la ideología que impulsó aquel conflicto. El 13 de agosto de 1900, Abraham Köning, ministro plenipotenciario de Chile en La Paz sostenía: “Es un error muy esparcido opinar que Bolivia tiene derecho a exigir un puerto en compensación de su litoral. No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él, con (el) mismo título con que Alemania anexó al imperio la Alsacia y la Lorena. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones”.
Los tiempos han cambiado argumentará alguien. En el año 2004, en vísperas del centenario del discutidísimo convenio, Emilio Ruiz-Tagle a la sazón cónsul de Chile en La Paz con rango de embajador, sugirió que Bolivia podría recuperar su salida al mar. El 28 de septiembre fue destituido por el gobierno del presidente Ricardo Lagos. La deposición del diplomático se explica porque había roto la tesis de que aquel tratado si era modificable.(2)
Desde que nació como estado independiente, Chile ha tenido y tiene hoy conflictos de límites con sus tres países limítrofes: Argentina, Bolivia y Perú. Esta situación es peligrosa y se asienta n un desorbitado chauvinismo. Un historiador chileno y contemporáneo, Felipe Portales afirma:
“La negación de nuestra propia identidad podemos verla también en el escaso sentimiento que nuestro pueblo tiene de tener un destino común con el resto de América Latina. Siempre nos ha gustado ser “europeos” (comillas original), traer inmigrantes del Viejo Continente y, más aún, que nos llamen “los ingleses de América Latina.” Particularmente difícil ha sido nuestra relación con los países vecinos” (3).
Considera Portales que el efecto negativo de la identidad de los chilenos ha producido en el país una mentalidad autoritaria-bélica y el desigual sistema económico-social existente.

Notas
(1) Vial, Gonzalo, Bolivia y su mar perdido, diario “La Segunda” (Santiago de Chile, 21/11/2008
(2) Ver, Uribe, Hernán, Cien Años de Enemistad, revista Punto Final, 29/8/04
(3) Portales, Felipe, Los Mitos de la Democracia Chilena, Santiago, editorial Catalonia, 2004

Foto: Internet

11 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa. Discurso del Nobel de Literatura 2010 ante la Academia Sueca


Mario Vargas Llosa. Discurso del Nobel de Literatura 2010 ante la Academia Sueca

Por Mario Vargas Llosa
Premio Nobel de Litaratura 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponla al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que lela pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentan tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los nuestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son un imponentes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son, actos y que una novela una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos periodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura. a las conciencias que formó. a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella Fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que lentos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, mecer del progreso, ni siquiera existida. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda formas de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empapados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los tabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendemos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico. Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse 31 cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo politice, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país. América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-Francois Revel, Isaiah Berlin y Karl Papper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de dial domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roznan y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del General de Gaulle. Pero, acaso, lo que más !e agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta nunca de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos anos producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz. Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, machismo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil. Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo. América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington. Nueva York. Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando. aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convenido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fiera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación. y porque allí amé. Odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he techo siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinocha, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fiera víctima una vez vas de un golpe de Estado que aniquilan nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los denlas desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que urdan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con remendad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “Todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevarnos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores muscos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo¬cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación, a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticada, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas criticas, pan ser justas, deben ser una autocritica. Porque, al independizamos de España, hace doscientos alas, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad eme ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta encorares prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apeno ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde fobia que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Pan mi, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde en estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la perra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una cenen: que el final de la dictadura cm inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosas como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues conviene en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la casa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convienen en hitos de la memoria y escudos corea la soledad. La patria no son las banderas ni !os himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mi una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis dos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños. se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido buenito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que ro eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obra escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón cono por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas panes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, coronado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, La prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Alvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las malezas, y es tan generosa que, hasta cuándo cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir“.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios. en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me mercera aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre habla muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y. desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad. la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora. en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de tabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una histona, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manen de vivir“, dijo Flaubert. Si, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo corno un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando una forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privados de su libre albedrío sin matarlos sin que la historia pierda poder de persuasión es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada dial semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima. La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia sobre toda cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos altos de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro que sólo sobre un escenario cobrarla la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena con Norma Meandro en el papel de la heroína, que, desde entonces entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que a mis setenta años, me subirla (debería decir mejor me arrastrarla) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía. vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan 0llé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo. ros ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrirnos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos iras dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar ilustrarlas y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comento la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las encalas de La naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados par los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la nona de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño. goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin yegua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventarnos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modeladas con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la sida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad, hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenernos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentirnos terrenales y eternos a la vez la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están darás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 10 de diciembre del 2010

Foto: Internet


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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