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Autor: PABLO FELIPE PÉREZ GOYRY   


©Pablo Felipe Pérez Goyry

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6 de septiembre de 2011

¡No es no! - Por: Odette Alonso


¡No es no!
Por: Odette Alonso
Parque del Ajedrez

No hace mucho, después de leer una de esas crónicas en las que hablé del acoso masculino en el transporte público, un viejo conocido —profesor universitario, cinéfilo, persona culta— me replicó que estaba exagerando porque “a las mujeres les gusta que

29 de agosto de 2011

¡BASTA YA! - Por Odette Alonso

 
¡BASTA YA!
Por Odette Alonso
Parque del Ajedrez
El día de ayer amanecimos, sorpresivamente, con una nueva configuración en la privacidad de Facebook. Usted tal vez diga: “¡Bah, pero qué importancia tiene eso!”… Pues fíjese que sí la tiene y le explico por qué: como evidentemente el público meta de las redes sociales son los jóvenes y

5 de julio de 2011

Sobre mojado - Por: Odette Alonso


Sobre mojado

La lluvia es una niña de cristal/ azul…
Teresita Fernández

A Nadir Chacín, que me entiende
Por: Odette Alonso
odetdora@hotmail.com
parquedelajedrez@gmail.com

El primero de los obstáculos cuando llega la bella temporada de lluvias es armarme de valor para salir. La casa, que todavía huele a cama, a madrugada, a café recién hecho, está tibiecita como un vientre materno. Me asomo a ver con lástima a los que, afuera, ya chorrean. Una lástima que al instante se apodera de quien sabe que no podrá evitar ser uno de ellos minutos más tarde.

Odette Alonso
Y salgo incauta a la calle, atenta a no meterme hasta el tobillo en un charco, a no pisar un cable caído, a no pasar bajo la rama que cuelga, a acomodar el paraguas para que no sólo cubra la cabeza. Molesta avanzo, al ver cómo la mancha de humedad sube por los pantalones y siento el agua colarse, de una manera sin duda prodigiosa, por las costuras de las botas, mientras intento evitar que la sombrilla se voltee varillas arriba con el ventarrón.

En esas tribulaciones voy, cuando un conductor inexperto, aventurero o hijo de puta acerca el carro al agua acumulada a los lados de la calle, que se eleva como ola de tsunami y me baña. Ese suceso, que en la adolescencia tal vez me haría reír y reír y reír —como a Silvio pisarse los pies—, a estas alturas de la vida me da ganas de tener un bate de beisbol del extranjero, al sabio decir de Rubén Blades, para seguir en este tono musical de quien singing in the rain.

Si logro sobreponerme al aire de humedad helada pegándoseme al cuerpo, esquivar los charcos que en Xola, por ejemplo, son lagos, y hacer los malabares necesarios para que la sombrilla no se enrede en las cuerdas o las cubiertas de plástico de los puestos de venta de los ambulantes, sólo me restará atravesar la jungla de paraguas que se abren o se cierran al unísono al pie de las escaleras o aquellos que van chorreando, inclementes, por toda la estación del metro y adentro de los vagones.

Como en estos casos “la marcha de los trenes es lenta” —eufemismo de que el convoy puede pasarse horas detenido—, el gentío se torna infame. Cuando se oye la vocecita de “permita el libre cierre de puertas”, quedo con el cachete embarrado en el vidrio —como diría Nadir—, cosa que siempre será mejor que incrustada en una masculina humanidad, de ésas que en las mañanas —y en las tardes, y en las noches— ya sabe usted cómo se ponen. A eso hay que agregarle el vapor de agua que se concentra con todas las ventanas cerradas —como les gusta a los mexicanos—, lo cual potencia olores que no describiré, por consideración a los movimientos estomacales de mis amables lectores.

Eso sin contar al que se hace el ciego y pretende atravesar la multitud apretada como en lata de sardinas, mientras toca el teclado que carga en el hombro y que le va encajando a cada pasajero en las costillas o los omóplatos, sin descuidar —claro está— hacerse el más confundido y despistado cuando de pasar detrás de una mujer se trata.

A esos afanes de subsistencia elemental se suman los de quienes, por las características de sus trayectos, necesiten pescar —ningún verbo mejor en estas circunstancias— un taxi. Porque todos se llenan a las primeras gotas y si alguno se desocupa, siempre parará en la contraesquina de donde estés con la mano estirada o te lo ganará el güevón que se acaba de parar al lado haciéndose pendejo.

Sí, es lindo ver la lluvia… siempre que se le mire desde adentro y sin goteras. Porque en mi natal Santiago, en cuando se soltaba un chaparrón había que juntar todos los baldes, ollas, cazuelas, vasos y jarritos e irlos distribuyendo por toda la casa, bajo cada chorrito y vigilarlos mientras se llenaban, porque si esas aguas se juntaban con los ríos del alcantarillado insuficiente aquello se volvía Venecia en cinco minutos. Para nosotras era una aventura como de piratas barrer hacia el patio o meter el palo de la escoba en el caño para tratar de destupirlo, pero a estas alturas comprendo perfectamente las angustias de mi abuela y mi mamá.

Y ni qué decir de los dolores reumáticos. Mi madre tiene un codo al que desde hace años bautizó como el Instituto de Meteorología, porque en cuanto empieza a formarse una depresión tropical en el Caribe meridional, cuando todavía las olas son una simple crestita blanca y el licenciado Rubiera ni siquiera se lo imagina, empieza a molestarle como si miles de pequeños hombrecitos jugaran a atinarle un martillazo sobre el hueso.

Mi primer recuerdo claro de la ciudad de México fue aquella noche del 2 de junio de 1992 cuando, al salir del metro Zócalo, una nutrida llovizna se veía a contraluz y al fondo, el campanario de la Catedral Metropolitana, esas piedras viejas, profundamente grises, de su fachada, y los tambores de los concheros resonando, místicos, en la Plaza de la Constitución. Esas fueron las primeras lluvias que me mojaron bajo cielo azteca y desde entonces, cada verano llueve sobre mojado. Es linda la lluvia, sí. Bellísima. Ahora mismo la estoy mirando y preguntándome a qué recabrona hora va a parar. Espera inútil, porque en estos meses pareciera que no escampa.
Foto: Internet

29 de junio de 2011

Mi orgullo es - Por: Odette Alonso


Mi orgullo es
Parafraseando la canción.

Por: Odette Alonso
parquedelajedrez@gmail.com
Parque del Ajedrez

En la madrugada del 28 de junio de 1969 la policía irrumpió en una cervecería del Greeweech Village neoyorquino. Por aquel entonces, no sorprendían a nadie las redadas en establecimientos frecuentados por marginales, incluidos los homosexuales en esa categoría. Pero esa noche en el Stonewall Inn los ánimos se calentaron más que de costumbre. La situación se les salió de control a los agentes del orden cuando la gente —no sólo homosexuales— que se fue concentrando a las afueras del bar, empezó a gritar consignas como “¡Gay Power!”, a cantar, aplaudir y apoyar a los detenidos y a los expulsados del local. Lo que la historia ha registrado mesuradamente como “disturbios de Stonewall” acabó como —diríamos los cubanos— la fiesta del Guatao.

Odette Alonso
Las protestas, a las que se fueron sumando cada vez más adeptos, se extendieron a los siguientes días y en una semana, los residentes del barrio se habían reunido en grupos de activistas que protagonizaron las primeras manifestaciones organizadas en defensa de los derechos homosexuales. Esto fue el detonante para que en todo el mundo surgiera lo que se conoció originalmente como movimiento gay, que el 28 de junio de 1970 realizó en Nueva York y Los Ángeles las primeras Marchas del Orgullo.

Al cabo de estos 42 años de lucha tenaz y constante, la situación de las homosexualidades es otra, aun cuando persisten actos sistemáticos de odio y discriminación. Los logros de la última década en aspectos legales y sociales todavía despiertan asombros e inquietudes, especialmente la incorporación del matrimonio entre personas del mismo sexo en las legislaciones de España, Argentina, Brasil, la ciudad de México y algunos estados de la Unión Americana, el más reciente Nueva York, hace sólo unos días.

Quienes no son homosexuales, por muy cercanos y solidarios que sean, tal vez sólo tienen una idea pequeñita de lo que es vivir contraviniendo una norma moral tan primaria y estricta. Desde que nacemos somos catalogados como mujeres u hombres según los órganos genitales que tengamos, y desde ese mismo primer respiro queda definido cuál debe ser nuestro comportamiento sexual: las niñas, hembras; los niños, varones. Y aunque hoy sepamos y aseveremos que la genitalidad no necesariamente determina las inclinaciones y atracciones, el peso de esa marca es inconmensurable. Pero, además, fallido. Porque no existen sólo esos dos sexos y mucho menos esa única forma de relación que se pretende.

Más no relataré las confusiones, angustias, abusos, burlas, ataques, suspicacias, descréditos, insidias o limitaciones que un homosexual tiene que enfrentar, sino que voy a hablar del orgullo, como anuncié en el título. ¿Por qué tendrían que estar orgullosos un gay o una lesbiana?, preguntan los críticos del orgullo ajeno, como si no pudiera estar una orgullosa de lo que le dé su regalada gana. Y yo, criada y crecida en el machismo revolucionario cubano —uno de los peores—, donde teníamos que ser hombres nuevos aunque fuéramos mujeres, consiento a ratos en que no estoy orgullosa por las tonalidades de esa sexualidad que no escogí, que me fue dada de manera natural como a los heterosexuales la suya. Que no le doy gracias a la vida por ser lesbiana, sino por ser Odette Alonso con todos sus bemoles, incluida la valentía para asumir públicamente la especificidad “diferente” de mi sexualidad.

De esa valentía sí estoy orgullosa. Y también de haberme propuesto ser abiertamente lo que soy, de esforzarme para que el ejercicio de esta sexualidad no menguara mi dignidad como persona y como profesional, de haber incorporado ese tema a mi proceder cotidiano y a mis letras con altura literaria, para contribuir así a que otros niños y niñas, a que otros jóvenes, sepan que no es torcido ni perverso ni condenable no ser heterosexual.

Mi orgullo son los activistas que durante décadas, en cada rincón del planeta, contra viento y marea, arriesgando incluso sus propias vidas, se han empeñado en lograr que tengamos los mismos derechos y oportunidades que el resto de la gente, y quienes siguen luchando por que no sean las peculiaridades de nuestra sexualidad una razón de discriminación, marginación y segregación. Lo son, también, aquellos que escriben nuestra historia en la práctica cotidiana y quienes la documentan en la literatura, las artes, el periodismo y la promoción cultural.

Mi orgullo son aquellas personas que me dieron soporte, ejemplo y fuerza: mi tío Pepín, mi tía Noris y Sonia, mis hermanos los Orlando, las hermanas que desde la universidad venimos andando este camino común. Y las amigas y amigos, cómplices y compañeros, que he encontrado en el trayecto: los que al cabo siguieron otras rutas, los que la muerte nos arrebató prematuramente, los que seguimos cerca, abrazándonos y riéndonos todas las veces posibles. Y quienes en cualquier lugar del mundo han tenido el coraje de vivir con sus parejas —o de tener miles de amantes— cuando así lo han decidido sin importarles —o desafiando— el ojo del vecino y la espada flamígera de las autoridades y de las convenciones sociales.

Mi orgullo son mi madre y Piri —que tantas cosas han tenido que enfrentar en mi nombre—, mi sobrino Camilo, mi prima Astrid y todos los heteros que me han apoyado y brindado su amistad sin reparos ni condiciones (porque muchos ha habido y hay que prefirieron no hacerlo). Y mi orgullo —enorme, invaluable, casi indescriptible— son las mujeres a las que he amado —grandes, hermosas, tremendas—, que me han dado el honor de compartir con ellas como pareja un tramo de sus vidas, de nuestras vidas.

A todas ellas y a todos ellos hoy, en el Día del Orgullo, y todos los días del mundo, mi más sincero agradecimiento.
Foto: Parque del Ajedrez

22 de junio de 2011

Brevedad ficticia - Por: Odette Alonso


Brevedad ficticia

Por: Odette Alonso
Parque del Ajedrez

Como seguramente saben, en estos tiempos de inexplicable celeridad —¿adónde creeremos ir tan apurados?— ha florecido un “nuevo” género literario al que se le ha bautizado como microcuento o minificción. Una suerte de hermanos del epigrama poético son sus textos, emparentados también con los tuits de Twitter, los post de Facebook, los text de los celulares, que son como primos gringos, con sus nombrecitos ingleses, cortos como su contenido.

Odette Alonso
Aunque para algunos pudiera parecer que tan rápida lectura no exige gran concentración, lo breve no tiene por qué ser necesariamente insulso o fallido. Tengo algunos amigos y amigas que escriben esas minipiezas con la delicada maestría de un bocadillo de coctel. Recuerdo ahora, especialmente, a mi querida amiga Amélie Olaiz, cuyos pequeños cuentos son una delicia.
Todos este choro —rollo, teque, muela— viene a cuento porque anoche soñaba con unos desconocidos que se asoleaban en el patio de una casa de playa. Los miraba desde una ventana alta y luego veía, o presuponía, unos cadáveres apilados en un rincón de la sala, tras una cortina, como aquéllos de Bound (1996) —llamada Cómplices en México y Lazos ardientes en España—, excelente película de los Wachowski, anterior a la saga de Matrix, con Jennifer Tilly y Gina Gershon en el papel de dos amantes lesbianas involucradas con la mafia, la clásica, la de antes.

Soñaba yo, les digo, con esa extraña casa iluminada de un tono sepia, en la que algún peligro debo haber corrido porque tenía una sensación de sobresalto, cuando alguien del sueño —que era como mi amiga Maru, pero no— puso en el suelo, ante mí, una pastilla muy blanca que al tratar de partir a la mitad se hizo pedazos. Como el sueño mismo, porque en ese momento un mosquito zumbó a mi oído, desgañitado, con la insistencia de esos tiernos infantes que los fines de semana al amanecer, cuando el sol apenas se despereza tras el horizonte, arrancan las sábanas a sus padres pidiéndoles desayuno.

Faltaban quince minutos para las cuatro cuando, a tientas, alcancé la cajita de VapoRub —mentolato, diría mi abuela Lola— en la mesita de noche, que en México se llama buró. Me embarré las orejas, las mejillas y el cuello, que eran las únicas partes de mi hermosa humanidad que no recibían el amparo de las cobijas. Pero el culícido —que no en vano le pusieron así a esa familia de insectos— no cejó en su vampírico y cantarín empeño, a pesar de los manotazos que volaban por el aire y acababan encima de mi adormilada cabeza.

Y no fue el lirismo del culícido sino ese gaznatón lo que volvió a despertarme y entonces sucedió el milagro: di mi primer paso hacia el género de la ficticia brevedad. Como ocurren las cosas a esa hora, como un relámpago o el fulgor de una saeta atravesando la oscuridad, se dibujó en mi mente soñolienta mi primer minicuentito. Pensé llamarlo “Dame un traguito ahora, cantinerito”, pero supuse que ese título ya está protegido por las normas internacionales del derecho de autor. Y como nunca he sido especialmente buena para los títulos, decidí no obsesionarme con detalles a esa hora, porque lo único que lograría iba a ser espantarme el poco sueño que me quedaba.

Éste es el resultado de ese destello nocturnal:

Dormí profundamente hasta que un mosquito histérico empezó a dar unos gritos de espanto sobre mi oído. A tientas, agarré la latita del VapoRub y me embadurné la oreja y la cara para tratar de ahuyentarlo. Intento inútil, porque entonces le escuché decir, clarito: "Cantinero, mi trago que sea mentolado".

Foto: Parque del Ajedrez

16 de junio de 2011

Luna roja - Por: Odette Alonso


Luna roja

Por: Odette Alonso

Al anochecer del sábado 19 de marzo subí a la azotea del edificio donde vivo con una emoción parecida a la que me hacía trepar al tanque de agua de mi casa de Santiago. Habían anunciado que aquella noche podríamos ver la Luna más grande y más brillante de las últimas dos décadas. De modo que subí la escalerilla metálica —incomodísima— que llevan al punto más alto de la construcción y salté una verja con la destreza de quien, de pronto, volviera a tener 12 años.

Lo que vi en el horizonte me encogió el pecho como a la boca el primer bocado del marañón. Era una luna opaca, de color anaranjado cenizo, que daba miedo. La sonrisa se me borró y tuve que sentarme en un muro de cemento que sobresalía del techo. Atónita la miraba cuando las lágrimas empezaron a llenarme los ojos. Lo que sentía no puedo ni quiero describirlo, era una impresión extraña que días más tarde expliqué como “memorias de dolor”, pero que en ese momento me hizo temer los augurios más desafortunados. Al punto que le dije —ya saben que hablo con todo lo existente porque para mí todo tiene vida—: “Bueno, Selene, que sea como tenga que ser… aquí estoy para lo que me corresponda”.

Imaginé a medio mundo arrobado, inocente, observando con admiración en ese mismo instante al astro madre y recibiendo de él toda aquella energía negativa. “¡Pobre humanidad!”, pensé. Tendríamos que saber —alguien tendría que decirnos o decirle a los medios que nos dijeran— que esa Luna no es buena. Que no es la Luna alcahueta de los enamorados, ni el paño de lágrimas de los poetas, ni el queso Gruyère de la fábula infantil.

En este mundo contemporáneo —al que algunos llaman “vida moderna”—, tan urbano y escolarizado, la denostación a la sabiduría elemental y el deterioro de las religiones originarias —y las institucionalizadas—, nos han conducido a una crisis generalizada de la fe. En ese proceso, el ser humano ha ido perdiendo su conexión primaria con el planeta. Durante los siglos más recientes, el apego a lo natural fue considerado símbolo de oscurantismo, decadencia y superstición, contrario a la aparente contundencia de las explicaciones científicas. Muchos sentenciaron como ignorancia —muchos aún lo hacen— los conocimientos empíricos de los viejos y los brujos, y se les ha sometido a todo tipo de desprestigio y escarnio consuetudinarios, como si la ciencia no fuera una modalidad de la magia y viceversa.

En los últimos tiempos, con el auge de la ecología y todo el asunto del cambio climático, cunde una tendencia cursilona que considera a la Naturaleza como víctima, como una pobre madre que siendo la dadora incondicional de todos los bienes sólo recibe nuestro abuso, desidia e ingratitud. Abundan quienes la miran con lástima, como si no fueran también, planeta y Universo, los causantes de indecibles desastres desde que el mundo tiene memoria, ésa que está tatuada en el mapa genético de cada uno de nosotros, tanto de los que dicen “ver para creer” como de los que dicen “creer para ver”. Y así, entre persecución y bobería hemos acabado por perder la capacidad que tenían nuestros antepasados para discernir, leer e interpretar las señales que la Naturaleza nos envía.

Anoche, cuando iba subiendo las escaleras del metro en Ciudad Universitaria, vi la Luna, llenísima, como una sombra mate sostenida en el cielo a un ángulo de unos treinta grados. Podía confundírsele con una nube cualquiera. Cuando salí del metro en Etiopía, donde debía estar sólo había oscuridad. No sé si eran nubes o el eclipse porque quité la mirada y apuré el paso. No quería que esa energía me bañara. O pretendía que, al menos, fuera la menor cantidad de tiempo posible. Cuando llegué a la casa, a pesar del calor, no abrí las ventanas.

Pero eso no evitó que su cara anaranjada me observara desde el cabezal de Google y desde las fotografías que colman hoy los diarios y los sitios digitales de todo el mundo. Como si no fuera suficientemente elocuente su apariencia, se llama Luna de sangre a esa bola roja que tantos admiraron ayer porque, a fuerza de oírlo, suponen que todo lo natural es bello. Y sí lo es, por supuesto, miren esa foto. Aterradoramente bella.
Foto: Parque del Ajedrez

8 de junio de 2011

Pastillas para no comer - Por: Odette Alonso


Pastillas para no comer

En la farmacia puedes preguntar:
¿venden pastillas para no soñar?
Sabina
Por: Odette Alonso

La tarde de domingo cayó suavecita. Las sombras entraron por las ventanas y en un segundo, cubrieron la sala de mi casa. La noche transcurrió como agua, mientras yo disfrutaba la compañía de mis amigos de Facebook. Cuando miré el reloj faltaba poco para las once, tenía que ir pensando en acostarme. Y entonces me di cuenta de que se había ido el fin de semana —¡otra vez!— sin preparar comida para llevarme al trabajo.

A regañadientes, ya entonces cansada y de mal humor, puse agua a hervir, eché un paquete de espaguetis, lo mezclé con la salsa a los cuatro quesos de la cajita de Hunt y hasta mañana. Al otro día me levanté con la misma furia de cada lunes —preguntándome por qué hay que ir a trabajar—, me enredé en las rutinas matinales y cuando estaba a punto de salir, con la bolsa colgada al hombro, me acordé: “¡Aish, la maldita comida!” Mentando madres abrí el refrigerador, eché un poco de pasta en el tupper, le rocié queso parmesano, la envolví en una bolsa de supermercado y la zumbé en el fondo de la mochila.

Acaban de asistir a uno de los episodios recurrentes en mi relación con los productos alimenticios, que se completa, en este caso, cuando, al mediodía, el horno de microondas deja esa pasta reseca e incomible y así me la atarugo gaznate abajo. Por eso, hace unos días afirmaba, ante el asombro de muchos, que seré inmensamente feliz el día que inventen las pastillas para no comer y las vendan en GNC o las tiendas naturistas como esas otras píldoras de equinácea, omega 3, nopal o cartílago de tiburón.

No es un inhibidor del apetito lo que deseo, sino un sustituto de los nutrientes esenciales, porque lo mío no se trata de un asunto estético, como pensaron inicialmente algunos amigos —lo de estar flaca o gorda nunca ha sido parte de mis preocupaciones—, sino práctico. Y es también un tópico familiar; mi prima Astrid no me dejará mentir, ni Piri ni mi mamá: las Yodú preferimos un sándwich de jamón con ensalada rusa a un bistec o un potaje. Para honrar a quien honor merece, la susodicha pastilla ha sido el reclamo sempiterno de mi madre cada vez que tiene que cocinar, labor que le desagradaba tanto como a mí, pero no podía evitarla porque las madres, las pobres, no sólo deben que comer como cualquiera, sino que tienen la responsabilidad de alimentar a esas criaturas despreciables que critican todo lo que ellas hacen con su mejor esfuerzo y lo comparan con quienes supuestamente lo hacen mejor, aquéllos que las desvalorizan hasta que ellos mismos se convierten en padres… ¡porque Dios es infinitamente grande y tenebroso en su capacidad de venganza y de humillación!

Aclaro para que no se me malentienda: no compañeros, no estoy pidiendo que baje una circular del Comité Central ordenando la ingesta obligatoria de la píldora antijama. No quiero que les restrinjan a ustedes sus placeres, simplemente expongo mi caso sin ánimo de contrariar ni cuestionar goces ajenos. Confieso: no es la comida uno de los míos. No es que no disfrute un platillo que me guste, pero me gustan pocas cosas; no es que quiera dejar de comer para siempre —que hasta los fakires tienen que echarse su almuercito de vez en cuando—, pero sería genial no tener que hacerlo obligatoriamente todos los días.

Y hablo de obligación porque jugar dominó, acampar, comer cañandonga, volar papalotes, incluso aspirar los humos del tabaco u otras yerbas y libar los elíxires de la etilia son placeres que si bien dan deleite a quienes los practican, no son imprescindibles para la supervivencia del resto. De hecho, nada es imprescindible más que las funciones orgánicas que nos mantienen vivos; lo demás es floritura, modos de hacer más llevadero el trayecto. Y alimentarnos es una de esas funciones necesarias, mientras que los goces de guisar y degustar forman parte de esos otros hobbies para alegrar el alma.

Este carácter obligatorio de la deglución, revestido del disfrute que éste ocasiona a la mayoría, la dotan de una fuerza avasalladora. Cuánta no tendrá en el consciente y el inconsciente colectivo que, por ejemplo, las huelgas de hambre son utilizadas como mecanismos de presión para exigir derechos políticos y demandas que poco tienen que ver con el caldero. Y cuánto de la dependencia al hábito excesivo no se originará en la crianza, si a los niños que no quieren comer —a esa tierna edad en que todavía tenemos tan claros los instintos y sabemos los porqués— se les persuade de tragar, aun a disgusto, amenazándoles con quitarles lo que más quieran.

Pero tal vez la reflexión más importante que me dejan las reacciones de alarma y hasta de enojo de mis contertulios cuando les hablo de este tema, es la percepción de la capacidad de intolerancia del humano ante su propia diversidad. Hasta yo misma, cuando comprendo que soy diferente —¡también en esto!—, empiezo a buscar explicaciones a tales “disfunciones” en posibles traumas infantiles —una fijación oral a lo Shakira, si me habrán violado de niña o me quitaban la merienda en el recreo, si fue demasiada el hambre de los planes escuela al campo y el período especial— porque siempre nos enseñaron que lo natural, lo normal, lo aceptable, es sólo aquello que le gusta a la mayoría —o que repiten por hábito aun sin la seguridad del gusto—, cuando natural es todo, porque todo nace y crece dentro de la Naturaleza.

Eva me recordó hace unos días que Rantés, el protagonista de Hombre mirando al sudeste, sospechoso de ser extraterrestre, diagnosticado como maniático y encerrado en un hospital para enfermos mentales por razonar y actuar de manera distinta a como lo hace el resto, pedía: “Yo no quiero que me curen, quiero que me entiendan”. Yo ni siquiera pretendo eso —cómo pedirle a alguien que ama la comida y sus rituales que entienda lo contrario—, simplemente muestro y reivindico la posibilidad de ser diferente —¡también en esto!— sin tener que considerarme, incluso a mí misma, una extraterrestre.

1 de junio de 2011

Luces desde la oscuridad - Por: Odette Alonso

Luces desde la oscuridad

Por: Odette Alonso

Odette Alonso
“¡Claro! ¡Cómo no van a gustarme!”, me dije, sorprendida aún, cuando de pronto, mientras paladeaba mi caramel macchiato de Starbucks en el food curt de la Terminal 2, se me posó en la mente el recuerdo de aquellas tardes santiagueras en las que, con mi abuela Cristina o mi abuelo José, tomábamos la ruta 11 e íbamos al aeropuerto, muy contentas y vestidas de domingo, a merendar bocaditos de jamón y queso, jugos y hasta algún pastelito fino, que allá se llaman dulces. Y luego, subíamos a la terraza a ver llegar el vuelo de La Habana, que era un avión grandísimo, del tamaño de los más chiquitos de ahora. Cuatrimotor, como el del doctor de la vacunación de María Elena Walsh, y después de turbina. Pero cuando llegaron ésos, unos rusos IL-42 a los que se subía por la cola —con y sin albur—, ya no había bocaditos de jamón en la cafetería para nacionales ni daban durante el vuelo aquellos fantásticos entremeses de carnes frías o caramelitos envueltos, de ésos que acá se llaman dulces.

Pero a lo que íbamos: la cuestión es que mientras desayunaba en la Terminal 2 descubrí la semilla del porqué me gustan los aeropuertos: porque ir al Antonio Maceo era ocasión de alegría: merienda o viaje, siempre paseo. Desde entonces, los aeropuertos son el preludio del tránsito, del movimiento, del cambio. Me gusta esa sensación de vida provisional que repite sus rutinas, pero son otras, y anuncian que, al menos por unos días, seremos distintos, tal vez nosotros mismos o esa otra parte de nosotros mismos que la cotidianidad se traga y pulveriza. Lo que puedan molestarme los trámites o los agentes aduanales y de migración —que casi siempre es poco y también rutinario— no tiene comparación con el placer de recorrer esos pasillos largos y esas tiendas coloridas llenas de perfumitos y licores o de mirar, a través de los grandes ventanales, esos tiburones del aire que me fascinan y me incitan.

Porque no hago más que entrar a un aeropuerto y se detona el instinto que me regresa a la creación. Como en un caleidoscopio, se suceden las imágenes y empiezo a ver y a prever con esos ojos locos, esquizofrénicos, con que vemos los artistas. Cada vez que cierro la libreta creyendo haber terminado de anotar alguna idea, la siguiente me urge a volverla a abrir. Hay temporadas en que sólo pienso —o sólo me resulta interesante lo que pienso— en esa soledad acompañada de los aeropuertos o asomada a la ventanilla desde donde la tierra es una maqueta y el mar, un charco azul brillante o una boca de lobo.

Desde esas atalayas he observado brillos inexplicables en los anocheceres, las fraguas de Vulcano y los fuegos del infierno. Y campos de algodón que se transforman en animales prehistóricos o arenas movedizas. Desde ellas venía observando el domingo pasado la línea iridiscente de los cayos de la Florida cuando allí, frente a Key West, divisé esa mancha de luces. “Ahí, de ese lado”, me dije, “no puede ser otra cosa… pero ¿acaso está tan cerca?” Entonces, después de dar toda la información reglamentaria, el capitán comentó: “Lo que ven a su izquierda es la isla de Cuba”.

En un instante se me llenaron los ojos de lágrimas. Pensé que ese pedacito de mar, que desde allá arriba era sólo una cuarta de distancia, desde hace medio siglo se ha llenado de ahogados. Ese dolor subió desde la oscuridad, se me atoró en el pecho y ahogó también mi llanto. Observé el resplandor de La Habana mientras se perdía en la noche. Y la oscuridad volvió a salvarme hasta que dos horas más tarde la ciudad de México, sin principio ni fin, me llenara los ojos de fulgores y me diera ese empujón que hace adentrarse en ella como en un vientre más.
Fotografía: Internet

21 de marzo de 2011

Día Internacional de la Poesía - Por Odette Alonso

Día Internacional de la Poesía
Por Odette Alonso
http://parquedelajedrez.blogspot.com/

“¿Servirá para algo la poesía?”, me pregunto hoy, día internacional de la misma según decreto de 2001 de la UNESCO ―hace sólo un decenio―, mientras Yosie se lamenta de que Google, que celebra hasta la más mínima bobería con esos dibujos tan ingeniosos y creativos en que transforma su cabezal, “olvidó” la fiesta mundial de los poetas.
Tal vez mi aversión por los días “señalados” ―que siempre son, como dice Pepe, un homenaje a la cursilería― me hizo decir: ¡Dios nos salve a los poetas de tener un día! Como el de los enamorados, el de las madres, el de los padres, el de la familia, el de la mujer, el de los ancianos, el de las secretarias, el de las empleadas del hogar… ¿Será que los seres humanos, para sentirnos reconocidos, necesitamos de un miserable día, un diíta aunque sea en que se nos recuerde?
“Celebrar a la poesía por decreto…”, refunfuño, llena de esa mala leche tan poética de que nada nos parezca bien, y me doy cuenta de que así celebramos casi todo en esta vida. Está decretado, según un acta de inscripción oficialísima, el día en que nacemos o morimos, el día en que nos casamos o nos graduamos. Hasta el día en que supuestamente se acabará el mundo es una fecha única y exacta, no un aproximado o una sospecha.
Pero quién va a acordarse de la poesía, insisto en mi malsano frenesí, si este mismo día comparten festejos y conmemoraciones el inicio de la primavera, el natalicio del Benemérito de las Américas, el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, un feriado en México que da igual por lo que sea, lo bueno es que no se trabaja…
“¿Sirve de algo la poesía?”, me pregunto, pensando en los misiles del Medio Oriente, en la nube radiactiva que viene del Japón, en las y los asesinados por la furia insensata del poder o del temor a perderlo, por las veleidades de esos mafiosos que ahoran juegan con la vida y con la muerte como en una estúpida ruleta. Y pienso en la Storni y en Virginia Woolf y en la Pizarnik y en Marina Tsvetaeva y en Silvya Plath y en Anne Sexton y en Pavese y en Maiakovski y en Celan y en Torres Bodet y en Goytisolo y en Mishima y en Hernández Novás y en Ángel Escobar… y en todos los que no pudieron más con este mundo sin poesía…
“¿Será que de algo sirve?”, y Ulises me dice que sí, que al menos para plantearnos preguntas como ésa. Y Juana María me dice que sí, que muchas veces ha usado las palabras de los poetas para expresar lo que ella siente. Y escucho “Piedra de sol” leída por Paz, y “La musa”, dicha en ruso por la Ajmátova, y el sonsonete ―que música es, al fin y al cabo, la poesía― me va llenando de paz el alma.
Entonces vuelvo a recordar los días de la pasada Feria del Libro del Palacio de Minería, fiesta de la palabra y el libro en que tantos amigos y colegas confluimos. Revivo las emociones que me hacen albergar esos días en que leo versos o escucho los de mis compañeras y compañeros; esos días a los que suelo llamar los más felices de mi año. Y recuerdo los otros ―tan distintos a la rutina oficinesca― en que voy por el mundo compartiendo estrofas y cervezas con otros poetas, con otros públicos, que siempre es el mismo. Y pienso en las veces en que leo, suavecito y lento, directamente de mi libreta de notas, los más recientes versos, apuntes aún, mientras miro a los ojos de una muchacha. O en las desazonadas noches en que no hallo sentidos y ella viene, como la musa de la Ajmátova, sin resabios, a dictarme esas líneas que, entonces, me acompañan y me calman.
Sin poesía, me pregunto minutos antes de salir para su casa a compartir el almuerzo y la amistad, ¿sería Minerva mi segunda madre ―aunque casi nunca hablemos de poesía―?, ¿conocería a la mitad de mis amigos?, ¿habría viajado la mitad?, ¿mantendría tan vivos mis amores?, ¿qué haría con mis dolores y mi angustia recurrente?...
La respuesta flota, como los versos, en el aire. Termino con esa frase de José Revueltas que me regaló hace un rato José Jaime Ruiz: “…la única verdad, por encima y en contra de todas las miserables y pequeñas verdades de partidos, de héroes, de banderas, de piedras, de dioses, […] la única verdad, la única libertad es la poesía, ese canto lóbrego, ese canto luminoso”.
Foto: Parque del Ajedrez

8 de marzo de 2011

Sangre - Por Odette Alonso

Sangre
Por Odette Alonso

Odette Alonso

El viernes fui a que me sacaran sangre. Iba emocionada como chiquilla porque siempre me ha gustado ver brotar a borbotones ese líquido púrpura y espumoso. El técnico de laboratorio de la clínica del ISSSTE apretó la liga en mi antebrazo y empezó a palpar. Se le veía preocupado cuando me preguntó dónde me picaban normalmente —sin albur— y señalé el lugar exacto. Aun así, no halló latido y me pidió el brazo derecho, con el que decir que tuvo suerte no es exactamente un acierto. Si bien clavó la púa, la sangre se negó a salir. Más bien lo hacía gota a gota, como una llave con el empaque malo. El pobre individuo acabó hincado en el suelo con mi brazo estirado hacia el centro de la Tierra para que lo ayudara la fuerza de gravedad. “¿Está nerviosa?”, me preguntaba con insistencia cuando, a todas luces, quien no podía controlarse era él. Llevó lo que pudo obtener —un tercio del frasquito— al jefe del laboratorio, quien informó al instante que esa sangre no servía —¡las cosas que hay que oír!— porque, para colmo, se había coagulado.
Entonces, encendida de entusiasmo, la otra técnica dijo que ella lo intentaría. Extendí mi brazo izquierdo con la resignada mansedumbre con que solemos entregarnos a las torturas médicas, y aquélla inició el infructuoso toqueteo. Acabó pinchando a mitad de brazo una vena que, según ella, le estaba “haciendo ojitos”. El primer tubo se llenó con bastante facilidad, pero cuando colocó el segundo, el torrente dijo “hasta aquí llegué” y no hubo manera de convencerlo de lo contrario. “Es que cuando nos ponemos nerviosos…” balbuceaba aquélla… “¡Qué no estoy nerviosa! Me gusta la sangre…”
Han de haber pensado que era sobrina de Hannibal Lecter y en cualquier momento los devoraría… pero uno tiene sus gustos, no se come a cualquiera. En fin, no nos disociemos en comentarios aledaños, la cuestión es que tampoco servía lo recogido en ese tubo, era muy poco para una biometría y el jefe del laboratorio los regañaba, con toda la delicadeza mexicana, porque ya les había dicho que primero tomaran las muestras para ese tipo de análisis. Que si así lo hubieran hecho, no sería necesario volver a martirizar al eccehomo que ya era.
Romeo y Julieta
Acto seguido, él mismo volvió a amarrarme la liga al antebrazo y frotó el algodón con el alcohol mientras yo le decía que era primera vez en la vida que me pasaba eso. Me enseñó que la aguja era nueva y esterilizada y la hundió en el punto exacto que yo les había señalado a los otros. El chorro colorado entró decidido, efervescente, portentoso, dentro del envase, con la fuerza de surtidor con que brotan todos los líquidos —eso me han dicho quienes de otros líquidos saben— en la altura y mayor presión de la ciudad de México. El hombre se me quedó mirando con una expresión que era una especie de disculpa y, al mismo tiempo, una manera silenciosa de decir: “¿ya vio qué clase de pendejos son estos dos?”…
Observo los dos enormes moretones de san Sebastián que me quedaron en los brazos y recuerdo la madrugada anterior. Como a casi todos, siempre que debo levantarme antes de la hora acostumbrada se me dificulta dormir a pierna suelta. Una injustificada desconfianza en el despertador —que nunca falla— me mantiene en un sopor extraño. En medio de esa angustia, de ese no saber si dormía o despertaba, si quedaba tiempo o ya era hora, aparecieron entre las brumas de mi mente la alondra y el ruiseñor.
De inmediato identifiqué la procedencia de ambos símbolos. Romeo y Julieta. La escena del balcón. La más famosa después de la del pomito traicionero. Tal vez tan recurrida una como la otra. “¿Tan pronto te vas?”, preguntó Julieta a su enamorado, “Aún tarda el día. Es el canto del ruiseñor, no el de la alondra, el que resuena.” Y respondiole el muchacho: “Ha sido la alondra, que anuncia el alba, y no el ruiseñor. Mira, amor, cómo se van tiñendo las nubes del oriente con los colores de la aurora. Ya se apagan las antorchas de la noche. Ya se adelanta el día con rápido paso sobre las húmedas cimas de los montes. Tengo que partir.”
Creo saber por qué la alondra y el ruiseñor, sus confusas nociones, atormentaron mi inquieta madrugada. “Sin duda es por eso”, me digo apesadumbrada mientras recuerdo aquella colección de lujo de Arte y Literatura donde leí, allá en el Santiago de Cuba de los ochenta, además de la clásica tragedia de los desafortunados amantes de Verona, casi todos los dramas de Shakespeare: Hamlet, El rey Lear, Macbeth, Julio César, Coriolano… Sentí que despertaría en la casa de mi infancia y de mi primera juventud. Cerré fuerte los ojos —los que están detrás de los ojos físicos— y contuve el paso en lo que llegaba la conciencia y la luz de afuera —acaso el canto del ruiseñor— me regresaba a la confianza de estar a salvo, lejos.
Pero quién puede confiar en seguridades en un mundo como éste. ¿Acaso las seguridades dan seguridad? ¿Acaso hay garantías? “No te vayas todavía”, pide una Julieta de todas las épocas desde el fondo de mi sangre. Ésa que, gota a gota, se niega a dejar de ser torrente. “Tengo que partir. Si no, aquí me espera la muerte”, y pone Shakespeare en los labios de Romeo la más cruel y cierta sentencia —y desafío— del amor: si se detiene, muere. Tan cerca una de otra, la vida y la muerte nos convocan con igual intensidad. La sangre canta, como alondra y ruiseñor, sin dejarnos saber cuándo es la noche y cuándo, el despertar. No posterguemos nada. [Parque del Ajedrez]
Proyecto Contextus Periodismo RadioVideo Digital


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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