6 de septiembre de 2011

¡No es no! - Por: Odette Alonso


¡No es no!
Por: Odette Alonso
Parque del Ajedrez

No hace mucho, después de leer una de esas crónicas en las que hablé del acoso masculino en el transporte público, un viejo conocido —profesor universitario, cinéfilo, persona culta— me replicó que estaba exagerando porque “a las mujeres les gusta que
los hombres se les peguen”. Instalada en pantera le cuestioné de dónde sacaba tamaña barbaridad y me respondió, sin pensarlo un segundo, que si nosotras no decimos nada ni protestamos ni nos movemos ni les reclamamos, es porque nos gusta.
Traté de explicarle el estado de terror que enfrenta una mujer —mientras más joven, peor— en esos casos, el shock de estar siendo vejada y todavía tener que exponerse a la vergüenza pública si lo ventila abiertamente, la cauda de atavismos que arrastramos en lo referido al sexo y la intimidad, el secretismo que nos enseñan a mantener alrededor de todo lo que ocurre en ese ámbito, especialmente los abusos padecidos por casi todas durante la infancia y la juventud, la mayor parte de las veces cometidos por parientes o amigos de la familia. Ninguna de esas razones lo convenció, al contrario: refrendó que era yo una traumada y un par de calificativos más que prefiero no repetir.
La historia de la humanidad está llena de ejemplos de cómo los hombres no entienden que “no es no”. No en vano éste fue el eslogan de la reciente Marcha de las Putas, que reunió a tantas mujeres cansadas de ser juzgadas, obligadas, violentadas, golpeadas y tantas que ya no están, hasta asesinadas por sus propias parejas o por aquellos que dicen quererlas, pero que se consideran con el poder de hacer lo que les plazca, sea lo que fuere, porque las mujeres siempre hemos formado parte de sus propiedades, de los objetos que les pertenecen. Esas manifestaciones han recorrido las principales ciudades del mundo diciendo, por primera vez clara y colectivamente, que “no” no significa “tal vez” ni muchísimo menos un “sí camuflajeado”, al decir de ese trovador guatemalteco de cuyo nombre no me quiero acordar.
Eso me hace pensar en costumbres y estereotipos tan afianzados en nuestras sociedades a pesar del nuevo siglo, sus modernidades y avances: el hombre como maniático sexual insaciable al que todo debe perdonársele porque —pobrecito— es incontinente, no tiene voluntad ni control sobre sus instintos animales, lo dominan las pasiones más insanas, está enfermito pues… Y la mujer como alguien que, para ser decente y apreciada por ellos, para que no la consideren una cualquiera, debe reprimir buena parte de sus impulsos y deseos, especialmente los amorosos y sexuales, o cuando menos fingir que lo hace.
Esos ambiguos y tortuosos rituales que simulan indiferencia, pureza o tontería —por aquello de darse su lugar y al mismo tiempo “motivar” a quienes supuestamente no aprecian lo fácil más que para la satisfacción inmediata y pasajera— “obligan” a los hombres a insistir y a obsesionarse con quien más “los reta”, aunque eso les provoque inseguridades, inquietud o sufrimiento, lo cual no les impide —porque a ellos (casi) todo se les permite y celebra— entretenerse con la fácil mientras la difícil les retrasa sus favores.
Ese panorama también ha sido paradigmático, repetido con el facilismo de lo que se da por sentado y absoluto. Pero ahora que las luchas por la igualdad de derechos de las mujeres han arrancado buena parte de las mordazas y telones seculares que ocultaron la violencia sistemática y los abusos públicos y domésticos en su contra, algunos hombres se han atrevido a decir que muchas veces son acosados por señoras obsesivas y manipuladoras —que abundan, cómo no—. Ser hombre es también una misión complicada, toda vez que ese atributo tremebundo que se llama virilidad —no sólo lo anatómico, sino toda la tipología de actitudes y aptitudes que lo definen por tradición— debe ser refrendado a cada paso, constante y claramente, a riesgo de caer en la burla y el señalamiento generalizado si dieran muestras de la más mínima “debilidad” o “desviación”. Hay que ser muy hombre para atreverse a no serlo.
El problema es que ese aprendizaje de los fingimientos en los juegos del amor crea una confusión de códigos que suele desvirtuar las interpretaciones. Si la costumbre es rechazar en primera instancia para que, picado su orgullo, el pretendiente o la pretendienta se “esfuercen” en la conquista, ¿cómo saber, entonces, cuándo el rechazo es verdadero y a la otra persona no le interesa —ni le interesará— una relación? ¿Cuántos boleros y baladas —por sólo mencionar un par de géneros— supuestamente romantiquísimos y devocionales no plantean un obsesivo “sé que me llegarás a querer” que se convierte en la bandera del acoso e incluso en el anuncio de cosas peores?
Miles de veces he oído decir que la diferencia entre el cortejo y el acoso radica en que al objeto del deseo, mujer u hombre, le interese o no su pretendiente. Pero ¿cómo hacerle entender al otro/a, en medio de ese galimatías de signos contradictorios, que no es no y no un “sí camuflajeado”? “Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti,/ planeando la estrategia para un sí”, dice el referido cantautor en un tema que, visto desde la posición de alguien que no quiere al enamorado, aterroriza


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