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22 de junio de 2011

Brevedad ficticia - Por: Odette Alonso


Brevedad ficticia

Por: Odette Alonso
Parque del Ajedrez

Como seguramente saben, en estos tiempos de inexplicable celeridad —¿adónde creeremos ir tan apurados?— ha florecido un “nuevo” género literario al que se le ha bautizado como microcuento o minificción. Una suerte de hermanos del epigrama poético son sus textos, emparentados también con los tuits de Twitter, los post de Facebook, los text de los celulares, que son como primos gringos, con sus nombrecitos ingleses, cortos como su contenido.

Odette Alonso
Aunque para algunos pudiera parecer que tan rápida lectura no exige gran concentración, lo breve no tiene por qué ser necesariamente insulso o fallido. Tengo algunos amigos y amigas que escriben esas minipiezas con la delicada maestría de un bocadillo de coctel. Recuerdo ahora, especialmente, a mi querida amiga Amélie Olaiz, cuyos pequeños cuentos son una delicia.
Todos este choro —rollo, teque, muela— viene a cuento porque anoche soñaba con unos desconocidos que se asoleaban en el patio de una casa de playa. Los miraba desde una ventana alta y luego veía, o presuponía, unos cadáveres apilados en un rincón de la sala, tras una cortina, como aquéllos de Bound (1996) —llamada Cómplices en México y Lazos ardientes en España—, excelente película de los Wachowski, anterior a la saga de Matrix, con Jennifer Tilly y Gina Gershon en el papel de dos amantes lesbianas involucradas con la mafia, la clásica, la de antes.

Soñaba yo, les digo, con esa extraña casa iluminada de un tono sepia, en la que algún peligro debo haber corrido porque tenía una sensación de sobresalto, cuando alguien del sueño —que era como mi amiga Maru, pero no— puso en el suelo, ante mí, una pastilla muy blanca que al tratar de partir a la mitad se hizo pedazos. Como el sueño mismo, porque en ese momento un mosquito zumbó a mi oído, desgañitado, con la insistencia de esos tiernos infantes que los fines de semana al amanecer, cuando el sol apenas se despereza tras el horizonte, arrancan las sábanas a sus padres pidiéndoles desayuno.

Faltaban quince minutos para las cuatro cuando, a tientas, alcancé la cajita de VapoRub —mentolato, diría mi abuela Lola— en la mesita de noche, que en México se llama buró. Me embarré las orejas, las mejillas y el cuello, que eran las únicas partes de mi hermosa humanidad que no recibían el amparo de las cobijas. Pero el culícido —que no en vano le pusieron así a esa familia de insectos— no cejó en su vampírico y cantarín empeño, a pesar de los manotazos que volaban por el aire y acababan encima de mi adormilada cabeza.

Y no fue el lirismo del culícido sino ese gaznatón lo que volvió a despertarme y entonces sucedió el milagro: di mi primer paso hacia el género de la ficticia brevedad. Como ocurren las cosas a esa hora, como un relámpago o el fulgor de una saeta atravesando la oscuridad, se dibujó en mi mente soñolienta mi primer minicuentito. Pensé llamarlo “Dame un traguito ahora, cantinerito”, pero supuse que ese título ya está protegido por las normas internacionales del derecho de autor. Y como nunca he sido especialmente buena para los títulos, decidí no obsesionarme con detalles a esa hora, porque lo único que lograría iba a ser espantarme el poco sueño que me quedaba.

Éste es el resultado de ese destello nocturnal:

Dormí profundamente hasta que un mosquito histérico empezó a dar unos gritos de espanto sobre mi oído. A tientas, agarré la latita del VapoRub y me embadurné la oreja y la cara para tratar de ahuyentarlo. Intento inútil, porque entonces le escuché decir, clarito: "Cantinero, mi trago que sea mentolado".

Foto: Parque del Ajedrez