Sorores et Fratres: Soy defendedor de causas sociales-políticas nobles pundonorosas. Empero, no creo en defensores mefistofélicos que lucran con los anhelos de equidad y buena voluntad universal, de los seres humanos. Porque la justicia demanda ética, discernimiento y valor. Y en lo aparentemente indescifrable es menester descubrir su esencia de verdad. ¡Estoy a favor de la Paz! Abrazo comedido, afectos y los mejores pensamientos, para que Dios y el Universo bendigan a usted, familiares, amigos y ... con su luz y sabiduría, con su amor y misericordia, con su paz y alegría. ¡Dios, ilumina y bendice las buenas obras e ideas! ¡Dios, ilumina mi fe y caridad! ¡Dios guíame para saber que pensar, decir, hacer, evitar y cómo realizar obras de misericordia a través de mis actos, palabra, oración y servicio a los que más necesitan!
¡Misericordia Divina, en ti confío!
¡Jesús, en ti confío!
Amén. 
©Pablo Felipe Pérez Goyry


                       

8 de junio de 2011

Pastillas para no comer - Por: Odette Alonso


Pastillas para no comer

En la farmacia puedes preguntar:
¿venden pastillas para no soñar?
Sabina
Por: Odette Alonso

La tarde de domingo cayó suavecita. Las sombras entraron por las ventanas y en un segundo, cubrieron la sala de mi casa. La noche transcurrió como agua, mientras yo disfrutaba la compañía de mis amigos de Facebook. Cuando miré el reloj faltaba poco para las once, tenía que ir pensando en acostarme. Y entonces me di cuenta de que se había ido el fin de semana —¡otra vez!— sin preparar comida para llevarme al trabajo.

A regañadientes, ya entonces cansada y de mal humor, puse agua a hervir, eché un paquete de espaguetis, lo mezclé con la salsa a los cuatro quesos de la cajita de Hunt y hasta mañana. Al otro día me levanté con la misma furia de cada lunes —preguntándome por qué hay que ir a trabajar—, me enredé en las rutinas matinales y cuando estaba a punto de salir, con la bolsa colgada al hombro, me acordé: “¡Aish, la maldita comida!” Mentando madres abrí el refrigerador, eché un poco de pasta en el tupper, le rocié queso parmesano, la envolví en una bolsa de supermercado y la zumbé en el fondo de la mochila.

Acaban de asistir a uno de los episodios recurrentes en mi relación con los productos alimenticios, que se completa, en este caso, cuando, al mediodía, el horno de microondas deja esa pasta reseca e incomible y así me la atarugo gaznate abajo. Por eso, hace unos días afirmaba, ante el asombro de muchos, que seré inmensamente feliz el día que inventen las pastillas para no comer y las vendan en GNC o las tiendas naturistas como esas otras píldoras de equinácea, omega 3, nopal o cartílago de tiburón.

No es un inhibidor del apetito lo que deseo, sino un sustituto de los nutrientes esenciales, porque lo mío no se trata de un asunto estético, como pensaron inicialmente algunos amigos —lo de estar flaca o gorda nunca ha sido parte de mis preocupaciones—, sino práctico. Y es también un tópico familiar; mi prima Astrid no me dejará mentir, ni Piri ni mi mamá: las Yodú preferimos un sándwich de jamón con ensalada rusa a un bistec o un potaje. Para honrar a quien honor merece, la susodicha pastilla ha sido el reclamo sempiterno de mi madre cada vez que tiene que cocinar, labor que le desagradaba tanto como a mí, pero no podía evitarla porque las madres, las pobres, no sólo deben que comer como cualquiera, sino que tienen la responsabilidad de alimentar a esas criaturas despreciables que critican todo lo que ellas hacen con su mejor esfuerzo y lo comparan con quienes supuestamente lo hacen mejor, aquéllos que las desvalorizan hasta que ellos mismos se convierten en padres… ¡porque Dios es infinitamente grande y tenebroso en su capacidad de venganza y de humillación!

Aclaro para que no se me malentienda: no compañeros, no estoy pidiendo que baje una circular del Comité Central ordenando la ingesta obligatoria de la píldora antijama. No quiero que les restrinjan a ustedes sus placeres, simplemente expongo mi caso sin ánimo de contrariar ni cuestionar goces ajenos. Confieso: no es la comida uno de los míos. No es que no disfrute un platillo que me guste, pero me gustan pocas cosas; no es que quiera dejar de comer para siempre —que hasta los fakires tienen que echarse su almuercito de vez en cuando—, pero sería genial no tener que hacerlo obligatoriamente todos los días.

Y hablo de obligación porque jugar dominó, acampar, comer cañandonga, volar papalotes, incluso aspirar los humos del tabaco u otras yerbas y libar los elíxires de la etilia son placeres que si bien dan deleite a quienes los practican, no son imprescindibles para la supervivencia del resto. De hecho, nada es imprescindible más que las funciones orgánicas que nos mantienen vivos; lo demás es floritura, modos de hacer más llevadero el trayecto. Y alimentarnos es una de esas funciones necesarias, mientras que los goces de guisar y degustar forman parte de esos otros hobbies para alegrar el alma.

Este carácter obligatorio de la deglución, revestido del disfrute que éste ocasiona a la mayoría, la dotan de una fuerza avasalladora. Cuánta no tendrá en el consciente y el inconsciente colectivo que, por ejemplo, las huelgas de hambre son utilizadas como mecanismos de presión para exigir derechos políticos y demandas que poco tienen que ver con el caldero. Y cuánto de la dependencia al hábito excesivo no se originará en la crianza, si a los niños que no quieren comer —a esa tierna edad en que todavía tenemos tan claros los instintos y sabemos los porqués— se les persuade de tragar, aun a disgusto, amenazándoles con quitarles lo que más quieran.

Pero tal vez la reflexión más importante que me dejan las reacciones de alarma y hasta de enojo de mis contertulios cuando les hablo de este tema, es la percepción de la capacidad de intolerancia del humano ante su propia diversidad. Hasta yo misma, cuando comprendo que soy diferente —¡también en esto!—, empiezo a buscar explicaciones a tales “disfunciones” en posibles traumas infantiles —una fijación oral a lo Shakira, si me habrán violado de niña o me quitaban la merienda en el recreo, si fue demasiada el hambre de los planes escuela al campo y el período especial— porque siempre nos enseñaron que lo natural, lo normal, lo aceptable, es sólo aquello que le gusta a la mayoría —o que repiten por hábito aun sin la seguridad del gusto—, cuando natural es todo, porque todo nace y crece dentro de la Naturaleza.

Eva me recordó hace unos días que Rantés, el protagonista de Hombre mirando al sudeste, sospechoso de ser extraterrestre, diagnosticado como maniático y encerrado en un hospital para enfermos mentales por razonar y actuar de manera distinta a como lo hace el resto, pedía: “Yo no quiero que me curen, quiero que me entiendan”. Yo ni siquiera pretendo eso —cómo pedirle a alguien que ama la comida y sus rituales que entienda lo contrario—, simplemente muestro y reivindico la posibilidad de ser diferente —¡también en esto!— sin tener que considerarme, incluso a mí misma, una extraterrestre.

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