Sorores et Fratres: Soy defendedor de causas sociales-políticas nobles pundonorosas. Empero, no creo en defensores mefistofélicos que lucran con los anhelos de equidad y buena voluntad universal, de los seres humanos. Porque la justicia demanda ética, discernimiento y valor. Y en lo aparentemente indescifrable es menester descubrir su esencia de verdad. ¡Estoy a favor de la Paz! Abrazo comedido, afectos y los mejores pensamientos, para que Dios y el Universo bendigan a usted, familiares, amigos y ... con su luz y sabiduría, con su amor y misericordia, con su paz y alegría. ¡Dios, ilumina y bendice las buenas obras e ideas! ¡Dios, ilumina mi fe y caridad! ¡Dios guíame para saber que pensar, decir, hacer, evitar y cómo realizar obras de misericordia a través de mis actos, palabra, oración y servicio a los que más necesitan!
¡Misericordia Divina, en ti confío!
¡Jesús, en ti confío!
Amén. 
©Pablo Felipe Pérez Goyry


                       

29 de junio de 2011

Mi orgullo es - Por: Odette Alonso


Mi orgullo es
Parafraseando la canción.

Por: Odette Alonso
parquedelajedrez@gmail.com
Parque del Ajedrez

En la madrugada del 28 de junio de 1969 la policía irrumpió en una cervecería del Greeweech Village neoyorquino. Por aquel entonces, no sorprendían a nadie las redadas en establecimientos frecuentados por marginales, incluidos los homosexuales en esa categoría. Pero esa noche en el Stonewall Inn los ánimos se calentaron más que de costumbre. La situación se les salió de control a los agentes del orden cuando la gente —no sólo homosexuales— que se fue concentrando a las afueras del bar, empezó a gritar consignas como “¡Gay Power!”, a cantar, aplaudir y apoyar a los detenidos y a los expulsados del local. Lo que la historia ha registrado mesuradamente como “disturbios de Stonewall” acabó como —diríamos los cubanos— la fiesta del Guatao.

Odette Alonso
Las protestas, a las que se fueron sumando cada vez más adeptos, se extendieron a los siguientes días y en una semana, los residentes del barrio se habían reunido en grupos de activistas que protagonizaron las primeras manifestaciones organizadas en defensa de los derechos homosexuales. Esto fue el detonante para que en todo el mundo surgiera lo que se conoció originalmente como movimiento gay, que el 28 de junio de 1970 realizó en Nueva York y Los Ángeles las primeras Marchas del Orgullo.

Al cabo de estos 42 años de lucha tenaz y constante, la situación de las homosexualidades es otra, aun cuando persisten actos sistemáticos de odio y discriminación. Los logros de la última década en aspectos legales y sociales todavía despiertan asombros e inquietudes, especialmente la incorporación del matrimonio entre personas del mismo sexo en las legislaciones de España, Argentina, Brasil, la ciudad de México y algunos estados de la Unión Americana, el más reciente Nueva York, hace sólo unos días.

Quienes no son homosexuales, por muy cercanos y solidarios que sean, tal vez sólo tienen una idea pequeñita de lo que es vivir contraviniendo una norma moral tan primaria y estricta. Desde que nacemos somos catalogados como mujeres u hombres según los órganos genitales que tengamos, y desde ese mismo primer respiro queda definido cuál debe ser nuestro comportamiento sexual: las niñas, hembras; los niños, varones. Y aunque hoy sepamos y aseveremos que la genitalidad no necesariamente determina las inclinaciones y atracciones, el peso de esa marca es inconmensurable. Pero, además, fallido. Porque no existen sólo esos dos sexos y mucho menos esa única forma de relación que se pretende.

Más no relataré las confusiones, angustias, abusos, burlas, ataques, suspicacias, descréditos, insidias o limitaciones que un homosexual tiene que enfrentar, sino que voy a hablar del orgullo, como anuncié en el título. ¿Por qué tendrían que estar orgullosos un gay o una lesbiana?, preguntan los críticos del orgullo ajeno, como si no pudiera estar una orgullosa de lo que le dé su regalada gana. Y yo, criada y crecida en el machismo revolucionario cubano —uno de los peores—, donde teníamos que ser hombres nuevos aunque fuéramos mujeres, consiento a ratos en que no estoy orgullosa por las tonalidades de esa sexualidad que no escogí, que me fue dada de manera natural como a los heterosexuales la suya. Que no le doy gracias a la vida por ser lesbiana, sino por ser Odette Alonso con todos sus bemoles, incluida la valentía para asumir públicamente la especificidad “diferente” de mi sexualidad.

De esa valentía sí estoy orgullosa. Y también de haberme propuesto ser abiertamente lo que soy, de esforzarme para que el ejercicio de esta sexualidad no menguara mi dignidad como persona y como profesional, de haber incorporado ese tema a mi proceder cotidiano y a mis letras con altura literaria, para contribuir así a que otros niños y niñas, a que otros jóvenes, sepan que no es torcido ni perverso ni condenable no ser heterosexual.

Mi orgullo son los activistas que durante décadas, en cada rincón del planeta, contra viento y marea, arriesgando incluso sus propias vidas, se han empeñado en lograr que tengamos los mismos derechos y oportunidades que el resto de la gente, y quienes siguen luchando por que no sean las peculiaridades de nuestra sexualidad una razón de discriminación, marginación y segregación. Lo son, también, aquellos que escriben nuestra historia en la práctica cotidiana y quienes la documentan en la literatura, las artes, el periodismo y la promoción cultural.

Mi orgullo son aquellas personas que me dieron soporte, ejemplo y fuerza: mi tío Pepín, mi tía Noris y Sonia, mis hermanos los Orlando, las hermanas que desde la universidad venimos andando este camino común. Y las amigas y amigos, cómplices y compañeros, que he encontrado en el trayecto: los que al cabo siguieron otras rutas, los que la muerte nos arrebató prematuramente, los que seguimos cerca, abrazándonos y riéndonos todas las veces posibles. Y quienes en cualquier lugar del mundo han tenido el coraje de vivir con sus parejas —o de tener miles de amantes— cuando así lo han decidido sin importarles —o desafiando— el ojo del vecino y la espada flamígera de las autoridades y de las convenciones sociales.

Mi orgullo son mi madre y Piri —que tantas cosas han tenido que enfrentar en mi nombre—, mi sobrino Camilo, mi prima Astrid y todos los heteros que me han apoyado y brindado su amistad sin reparos ni condiciones (porque muchos ha habido y hay que prefirieron no hacerlo). Y mi orgullo —enorme, invaluable, casi indescriptible— son las mujeres a las que he amado —grandes, hermosas, tremendas—, que me han dado el honor de compartir con ellas como pareja un tramo de sus vidas, de nuestras vidas.

A todas ellas y a todos ellos hoy, en el Día del Orgullo, y todos los días del mundo, mi más sincero agradecimiento.
Foto: Parque del Ajedrez

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