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Autor: PABLO FELIPE PÉREZ GOYRY   


©Pablo Felipe Pérez Goyry

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9 de agosto de 2011

¿Indignados con los “indignados”? - Por Federico Mayor Zaragoza

¿Indignados con los “indignados”?

Por Federico Mayor Zaragoza
Federico Mayor Zaragoza
 
Al contrario, agradecidos y esperanzados con los “indignados” serenos, positivos, que proponen, que expresan sus puntos de vista libremente.
Indignados violentos, no. Nunca.
 
Indignados, pacíficos, sí. Ya era hora. “La paz es el camino”, dijo Ghandi. Y ahora, por primera vez, el camino puede recorrerse sin necesidad de contar con el permiso de los “encumbrados”.
 
“Son muchos los españoles que empiezan a estar indignados con los indignados”, ha declarado Esteban González Pons, vicesecretario de Comunicación del PP. Creo que son muchos más los que empiezan a indignarse con los que, movidos únicamente por su ambición de poder, nunca aportan nada, ni siquiera el hombro cuando lo reclama el bien del conjunto de la sociedad en momentos especialmente críticos.
 
Irán, China, Túnez, Egipto… España… Italia… ahora Israel… está claro que la nueva era de una democracia realmente participativa se está iniciando, de forma irreversible, gracias a la emancipación cívica que representan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Ya en 1994 podía anunciarse y advertirse que el secular tiempo del silencio había concluido.
 
En las urnas nos cuentan. Pero la democracia no consiste en ser contados de vez en cuando sino en ser tenidos en cuenta permanentemente.
 
Desde el primer momento, las reacciones de los “instalados”, de los que piensan más en sí mismos que en el presente y futuro del pueblo, han sido muy refractarias a los “indignados”. Siguen aferrados ora al G7, ora al G8 o al G20… y cada vez la gobernación mundial y regional peor, más arbitraria, mientras que Occidente, por haber pretendido alcanzar la hegemonía total, sigue a la deriva.
 
Está claro que la mayor parte de las promesas que reiteran una y otra vez son inalcanzables sin cambios radicales que las hagan posibles: ¿cómo van a crear empleo si –como ha sucedido en Portugal y el Reino Unido- siguen creyendo que las mejores recetas son todavía las neoliberales? ¿cómo se puede crear empleo si se aceptan como indiscutibles los recortes sociales, la disminución de funcionarios, la  interrupción de obras públicas, la privatización rampante, la deslocalización productiva en países de mano de obra ultrabarata?
 
Hilo a hilo. Hebra a hebra, los ciudadanos conscientes de su capacidad de acción recién adquirida, tejerán una inmensa red de solidaridad en todo el mundo y acelerarán la evolución en términos económicos y sociales. He escrito con frecuencia que la alternativa a la revolución es la evolución. Sépanlo los que “se indignan con los indignados”: están llegando a su fin, por fortuna, las democracias frágiles, con políticos capitidisminuidos ante el “gran dominio”.
 
Esto –con todas las sombras que presentan ocasionalmente las movilizaciones populares- es lo que no se va a tolerar, ahora que pueden expresarse sin cortapisas por el Internet y la telefonía móvil, por los “indignados” que, pacíficamente pero con firmeza, van a proponer en España y en otros muchos lugares progresivamente, democracias genuinas con una representación parlamentaria que sea transparente y activa en favor del bien común… y que sea realmente representativa (¿pueden seguir aceptándose  parlamentarios multi-empleados o, como sucede en las elecciones a Eurodiputados, que la participación sea menor del 20%);  y se pedirá que figuren en los programas electorales el nombramiento de los miembros de los altos tribunales de justicia con demostrada objetividad y calidad profesional, y compromiso adquirido frente al pleno del parlamento tras las “audiencias” necesarias; y que los bancos y  empresas demuestren en un plazo determinado de tiempo que no poseen fondos en paraísos fiscales, ya que de otro modo muchos depositarios y consumidores dejarán de confiar en ellos y de adquirir sus productos…; y que se reduzca la deslocalización industrial, limitando la codicia y pensando en los empleos en los distintos países y, sobre todo, en el medio ambiente…
 
Y así, sucesivamente: agencias de calificación en la Unión Europea, rechazando la especulación y el acoso de los mercados, adoptándose rápidamente un sistema de federación económica; nueva estructura, urgente, de las Naciones Unidas, desplazando definitivamente de la gobernación mundial a los grupos de países ricos (G7, G8) que tantos trastornos han producido; y, una vez se disponga de un Sistema de Naciones Unidas fuerte, iniciación de un proceso de desarme, así como de atención ecológica global…
 
Los “indignados” pueden ser –al romper el silencio que por miedo y sumisión ha situado siempre al pueblo al margen del poder- los que permitan que el siglo XXI sea el siglo de la gente. Lo escribí hace años como deseo. Hoy, aquella ilusión –gracias, Stéphane Hessel- puede ser realidad. Y entonces, los que se indignan con los indignados se quedarán con un palmo de narices (en realidad, ya lo tienen)…
Foto: Internet

18 de julio de 2011

El mundo al derecho, el mundo del revés - Por: Eduardo Paz Rada


El mundo al derecho, el mundo del revés

Por: Eduardo Paz Rada

Eduardo Paz Rada
El Pachacuti en el mundo andino es el mundo del revés, en transformación, en el sentido de dar vuelta y cambiar un estado de cosas por otro, tomando en cuenta el pasado, la situación presente de crisis y las proyecciones y potencialidades que genera esta situación. Esta referencia permite realizar una mirada crítica a lo que actualmente sucede en el mundo, donde las potencias están mordidas por una enfermedad muy grave y los pueblos del Tercer Mundo se levantan, con ritmos y características diversas, respondiendo a la dominación imperialista y buscando nuevos derroteros históricos.
Los gobernantes y los gerentes de las grandes corporaciones económicas, bancarias y financieras de los centros del poder mundial están preocupados por la crisis que arrasa no solamente a las “cenicientas” de Europa, como Grecia, Portugal e Irlanda, sino que comienza a carcomer las bases económicas y políticas de España, Italia e inclusive las de Francia, Alemania e Inglaterra.
La fragilidad de la Unión Europea se ha evidenciado tanto por el fracaso de la estrategia de trasladar la crisis de los bancos y las entidades financieras a los Estados y a la Unión Europea y éstos a los trabajadores, mediante políticas de reducción de salarios, aumento de horas de trabajo, pérdida de conquistas sociales en jubilación, salud, educación y entretenimiento, como por el inicio y sostenimiento de grandes manifestaciones y protestas sociales, especialmente en Grecia y España, contra el orden de concentración del poder económico y político.
A esto se suma el incremento de la persecución a los extranjeros del Tercer Mundo que, con su trabajo por bajísimos salarios, realizan las tareas rechazadas por los propios trabajadores de esa región y la barbarie de dejar morir a cientos de africanos y árabes que en precarios barcos y naves tratan de llegar a las costas de la “moderna y universal” Europa. La xenofobia tiene representantes políticos que consiguen respaldo electoral e inclusive las tendencias más liberales se acercan a estas posiciones para mantener sus espacios de poder.
A esta situación se agrega ahora la caída de los bonos de prestigio económico y financiero de Estados Unidos, después del intento de salvar a las corporaciones bancarias y especulativas de la crisis que explotó el 2008 con record mundiales de déficit fiscal, y la subida de los niveles de desempleo y restricción a los hispanos y extranjeros. No se puede descartar que los horribles y masivos crímenes de latinoamericanos en el norte de México sean parte de la política estadounidense para evitar la migración hacia su territorio.
En contrapartida, los países y regiones de Tercer Mundo, que aún tienen los niveles más elevados de pobreza, marginalidad, exclusión y discriminación, han conseguido avanzar sostenidamente frente a los desafíos de la crisis y de su propio desarrollo. La potencia económica de China, India, Irán, Turquía, Sudáfrica y Brasil ha tenido una notable influencia en las regiones sobre las que influyen y sobre las cuales ejercen también políticas de subordinación, sin embargo se convierten en fuertes interlocutores de las tradicionales potencias capitalistas e imperialistas.
La coordinación del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) en los foros internacionales ha creado una red de influencia y presión impensable hace una década, con proyecciones que están marcando los nuevos ritmos de la geopolítica mundial y de las tendencias de la economía internacional, tomando en cuenta que el proceso de declive de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea, significa, por otro lado, el ascenso a la cúspide de potencia económica de China.
Por otra parte, la desesperación europea y estadounidense ante la posibilidad de los desbordes fuera de su esquema de control de los levantamientos árabes contra el orden tradicional y monárquico de sus gobiernos ha impulsado a la OTAN a tomar acciones genocidas frente al gobierno de Moamar Kadafi, considerando no los derechos del pueblo libio o la democracia, sino la importancia de repartirse las reservas petroleras y los multimillonarios depósitos del gobierno de Trípoli en los bancos de Estados Unidos y Europa. En este caso, los gobiernos de China y Rusia, especialmente, por tener derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y no haber actuado, se han convertido en cómplices de la intervención.
Estos movimientos y alteraciones del cuadro de los poderes en el mundo tienen, en el caso de América Latina, su propia dinámica tomando en cuenta que en la primera década del siglo XXI se han producido importantes avances en el proceso de acercamiento e integración de América Latina y el Caribe, en el contexto de procesos políticos antiimperialistas nunca antes producidos en cadena como ahora. Asimismo, la crisis de fines de la década no ha tenido los efectos que tuvieron crisis similares en los siglos XIX y XX.
El principio bolivariano, morazanista, martíano y sanmartiniano de acercar los pueblos, las economías nacionales, el comercio, la política y generar una apertura ha permitido abrir nuevos horizontes a la región frente a los desafíos mundiales. La creación de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de las Naciones de Suramérica (UNASUR), así como el proyecto en avance de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), perfilan las potencialidades del cambio en la región y su posicionamiento planetario.
La necesidad de crear un sistema comercial articulado, una moneda y un banco común, una coordinadora de Fuerzas Armadas, la complementación energética y otras acciones de acercamiento, como la defensa común frente a las amenazas europeas y estadounidenses a cualquiera de las naciones de América Latina y el Caribe, caso Malvinas, Canal de Panamá, Cuba, Amazonas, forman parte de un ideario fundamental para ser protagonistas de la historia mundial.
En el caso boliviano se presentan, sin embargo, situaciones contradictorias. Cuando la relación del gobierno de Evo Morales con el pueblo y las organizaciones populares se encontraba en su auge, luego de la guerra del agua de 2000, de la lucha por la tierra de los años 2001 y 2002 y de la guerra del gas de 2003 y después del triunfo electoral de 2005, el proyecto impulsado estaba marcado por la fragmentación nacional, bajo el discurso de la autonomías indígenas y regionales, haciendo el juego a los proyectos separatistas de la oligarquía del oriente.
En los últimos años, cuando la relación de las autoridades con el pueblo se ha debilitado y las fuerzas populares levantan posiciones parciales y sectoriales, el gobierno plantea, contradictoriamente, una propuesta de fortalecer el Estado Nacional, llevar adelante el fortalecimiento de la unidad boliviana, la relación armónica de las regiones y desarrollar una economía articulada que se vincule con la integración latinoamericana, mientras beneficia a las transnacionales como las petroleras REPSOL, TOTAL, PETROBRAS o como las mineras GLENCORE, RIO TINTO, o a los grandes bancos y a los propietarios de tierras nacionales y extranjeros.
Foto: Internet

28 de junio de 2011

Aprendiendo a (sobre)vivir sin Hugo - Por: Aram Aharonian

Aprendiendo a (sobre)vivir sin Hugo
Por: Aram Aharonian (*)

Los venezolanos están tratando de aprender a sobrevivir sin la presencia del presidente Hugo Chávez. Lo extrañan todos: los bolivarianos y la oposición, por igual. Porque la política en Venezuela ha girado en los últimos trece años alrededor de su figura. Mientras, Chávez sigue en Cuba, tras someterse a una cirugía por un absceso pélvico y sin que se conozca públicamente un diagnóstico preciso.

Aram Aharonian
En el cuadro de las interrogantes cotidianas están quién sucederá al líder si su enfermedad se prolonga (¿el vicepresidente Elías Jaua?), la confirmación del acto de constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños pautado para el 5 de julio en Caracas y el cronograma de las elecciones del año próximo para renovar los mandatos presidencial y de gobernadores.
Los opositores ven su razón de existir en función de lo que diga, decrete, opine, expropie, cante, declame o relate Chávez. Todas sus vicisitudes son, sin duda, culpa e´Chávez. Aquellos que se mostraron dispuestos a llegar al magnicidio del “mico”, exigieron ahora su pronto retorno.
Por el otro lado, todas las esperanzas de la masa chavista están depositadas en el líder y, lamentablemente, no hay nadie con la suficiente credibilidad y carisma que pueda llegar con un mensaje calmador. Nunca tantos venezolanos se vieron tan desamparados, más perdidos, con un enorme signo de interrogación en sus frentes.
Y en las últimas dos semanas, a raíz de la ausencia del mandatario, las cadenas de mensajes, rumores, chismes y cuentos más inverosímiles han circulado por carreteras formales de informaciones y por caminos verdes informales, que van desde la radio-bemba al twitter.
Los opositores se mueren por salir de él, por los votos o como sea, pero basta que falte unos días en sus tradicionales arengas para que lo extrañen. Hace años que la pauta informativa y política la marca Chávez y la oposición se manifiesta sobre sus acciones y sus dichos, como si ésta fuera la única razón de su existencia. No hay planes alternativos, propuestas o un nuevo proyecto de país.
El canciller venezolano Nicolás Maduro, dijo que el presidente Hugo Chávez está “al mando” de su gobierno y que está peleando por su vida, en referencia al estado de salud, lo que en muchas partes fue interpretado como que padeciera una enfermedad terminal. "La batalla que está dando el presidente Chávez por su salud tiene que ser la batalla de todos, la batalla por la vida, por el futuro inmediato de nuestra Patria. Esto es lo que podemos transmitirle a nuestros compatriotas", indicó Maduro.
Y debió salir el vicepresidente Elías Jaua a aclarar: “Anda la derecha nacional e internacional enloquecida, frotándose las manos (...) incluso hablando de la muerte del Presidente. Andan como en el 11 de abril de 2002. Nosotros les recordamos desde aquí que todo 11 tiene un 13 de abril y que hay Chávez para rato”.
El silencio de los inocentes
En los últimos dos meses, una serie de controversias atravesaron las filas bolivarianas. Una de las que aún no han cicatrizado y ha enfrentado a voces críticas de la intelectualidad venezolana y latinoamericana de izquierda con tintes de descalificación y censura desde los estratos de poder bolivariano, fue la deportación del colombiano Joaquín Pérez Becerra, director de la agencia Anncol, y la detención en el estado Barinas del comandante Julián Conrado, miembro del Estado Mayor de las FARC. Incluso, algunos apologistas de las entregas prefirieron confundir solidaridad internacional con injerencia en asuntos internos.
El sociólogo Javier Biardeau, al defender las voces críticas, señala que esto sucede con el caso mencionado, pero además con millones casos que traducen la descomposición de la revolución bolivariana, su retrogradación. “Sin voces críticas, no habrá ni una 3R ni un millón de R (recatificación). Basta dar un pequeño paso: Rectificar…”
El chavista Colectivo de Trabajadores en Revolución-CTR señala que quienes dan la batalla por el socialismo a la tecnoburocracia y al capital están condenados a pagar el silencio de los inocentes por no dejarse “ser cooptados, dirigidos o “apadrinados” por sectores de la cúpula del partido y/o el Gobierno, que es casi lo mismo. La idea es ocultar a toda costa las fallas, irregularidades, traiciones que día a día comete esta nueva casta de privilegiados y pequeño-burgueses, contra los lineamientos de la revolución bolivariana, contra el Presidente Chávez, contra el pueblo chavista”.
Más adelante, los trabajadores definen que “ellos son el oficialismo, nosotros el chavismo, ellos son los privilegiados, nosotros los excluidos, ellos ejercen el poder utilizando el sicariato moral y psicológico; nosotros construyendo y fortaleciendo nuestras organizaciones en la batalla diaria entre el capital y el trabajo, con acciones diarias y movilización. El silencio de los inocentes es el estigma a que se nos somete, cuando no hay espacios de debate, discusión y construcción colectiva, o simplemente de resolución de conflictos”.
Añade que funciona entonces, con órdenes estrictas de invisibilizar, no sacar al aire, publicar o entrevistar en los medios del Estado, a quienes defienden los derechos de los trabajadores, el proceso revolucionario: “no les conviene, porque somos críticos, somos una amenaza para la tecnoburocracia y sus privilegios pequeño burgueses”
Indica que el silencio de los inocentes funciona “como sicariato moral, como terrorismo psicólogico, y chantaje para callar a los que luchan, para silenciar a los que denuncian corrupción y mala gestión, para acabar a los que crecemos ética y moralmente, porque somos coherentes con lo que decimos y hacemos”.
Wikileaks deshoja a la oposición
Esta vez fue la revista colombiana Semana, como antes lo fuera el diario español El País, que había filtrado un cable revelado por Wikileaks en el que dejaba muy mal parado al presidente del mayor partido de oposición, Acción Democrática, Henry Ramos Allup. Esta vez el cable señala que el diputado Ismael García, del partido Podemos, y otros dos dirigentes (Juan José Molina y Ricardo Gutiérrez) se reunieron con el embajador Patrick Duddy para pedir financiamiento a través de la Nacional Endowment for Democracy (NED) u otros fondos del gobierno estadounidense.
“Este es el momento de empezar”, le dijo el diputado Ismael García al embajador de Estados Unidos en Caracas, Patrick Duddy, cuando éste le comentó en septiembre de 2009 que Washington no intervenía en los asuntos de Venezuela. En aquel tiempo Podemos, con seis diputados, era la única tolda de oposición en la Asamblea Nacional. Se había separado del chavismo en 2007. García justificaba su petición de dinero –incluso para poner una radioemisora o una televisora- por los posibles riesgos que enfrentaban los intereses estadounidenses con la presencia de Cuba e Irán en el país.
En Venezuela nadie duda de la veracidad del hecho, pero lo que extraña que el mismo se filtra cuando la Mesa de Unidad Democrática que intenta arropar a la oposición, debate sus candidaturas internas y trata de deslastrarse de personajes que puedan impedir una solución unitaria.
Como no duda de otro cable filtrado por Wikileaks que sostiene que el papa Juan Pablo II ordenó a los sacerdotes de Venezuela que se abstuvieran de participar en los esfuerzos para derrocar a Chávez hace casi 10 años, pero la jerarquía eclesiástica venezolana lo desafió, con el estímulo de la administración del entonces presidente George W. Bush.
Cables del Departamento de Estado indican que funcionarios de la Iglesia en el Vaticano informaron a diplomáticos estadounidenses sobre las preocupaciones del Papa, pero reconocieron que los obispos católicos del país iban posiblemente a ignorar las órdenes, ya que, como se demostró luego, estaban involucrados en el golpe de Estado y el sabotaje petrolero.
Dentro de la oposición se sigue buscando candidato unitario –de cara a las elecciones internas de febrero próximo- pero también se señala que no basta con criticar al gobierno. Para llegar al poder, además, la oposición debe presentar un proyecto político-económico alternativo al actual, porque jugar a esperar el suicidio político del gobierno da pie al elector a pensar, al parecer, con razón, que la oposición nada alternativo tiene que ofrecer.
Dentro de la dirigencia de la oposición se está generando el consenso de no apurar los pasos: si Chávez no se puede reintegrar parcial o totalmente, terminará el mandato el vicepresidente. El temor de los dirigentes es que de no ser Chávez el candidato en 2012, se evapore toda posibilidad de unidad dentro de los que se oponen al mandatario.

(*) Aram Aharonian es periodista y docente uruguayo-venezolano, director de la revista Question, fundador de Telesur, director del Observatorio Latinoamericano en Comunicación y Democracia (ULAC)
Foto: Internet

29 de abril de 2011

Libia, lo justo y lo injusto - Por Ignacio Ramonet

Libia, lo justo y lo injusto: Doble moral de la intervención internacional




“Todos los pueblos del mundo
que han lidiado por la libertad
han exterminado al fin a sus tiranos”
Simón Bolívar

Por: Ignacio Ramonet
Director
Le Monde diplomatique, edición española.


Ignacio Ramonet
El silencio de los gobiernos progresistas latinoamericanos ante las revueltas árabes y el apoyo a Gadafi de algunos de sus líderes resulta sobrecogedor. Contrariamente a las guerras de Kosovo o de Irak, la intervención actual en Libia cuenta con el aval de Naciones Unidas. Lo que no implica que esté exenta de problemas ni de intereses ocultos.
Los insurgentes libios merecen la ayuda de todos los demócratas. El coronel Gadafi es indefendible. La coalición internacional que lo ataca carece de credibilidad. No se construye una democracia con bombas extranjeras. Por ser en parte contradictorias, estas cuatro evidencias nutren cierto malestar –en particular en el seno de la izquierda– con respecto a la operación “Odisea del Amanecer”, iniciada el pasado 19 de marzo.
La insurrección de las sociedades árabes constituye el mayor acontecimiento político internacional desde el derrumbe, en Europa, del socialismo autoritario de Estado en 1989. La caída del muro del Miedo en las autocracias árabes es el equivalente contemporáneo de la caída del Muro de Berlín. Un auténtico terremoto mundial. Por producirse en el área de mayores reservas de hidrocarburos del planeta y en el epicentro del “foco perturbador” del mundo (ese arco de todas las crisis que va de Pakistán al Sahara Occidental, pasando por Irán, Afganistán, Irak, Líbano, Palestina, Somalia, Sudán, Darfur y Sahel) su onda de expansión modifica la geopolítica internacional.
El pasado 14 de enero algo se rompió para siempre en el mundo árabe. Ese día, manifestantes tunecinos que desde hacía semanas reclamaban en las plazas libertad y democracia consiguieron derrocar al déspota Ben Alí. Comenzaba el deshielo de las viejas tiranías árabes. Un mes después, en Egipto, el corazón de la vida política árabe, un poderoso movimiento de protesta social expulsaba a su vez al general Hosni Mubarak del poder. Entonces, como si de repente hubieran descubierto que los regímenes autoritarios, de Marruecos a Bahrein, eran colosos con pies de barro, decenas de miles de ciudadanos árabes se lanzaron a las plazas gritando su infinito hartazgo de los ajustes sociales y las dictaduras (1).
La fuerza espontánea de estos vientos de libertad sorprendió a todas las cancillerías mundiales. Cuando comenzaron a soplar sobre las dictaduras aliadas de Occidente (en Túnez, Egipto, Marruecos, Jordania, Arabia Saudita, Bahrein, Irak, Yemen), las grandes capitales occidentales, empezando por Washington, Londres y París, se sumieron en un prudente mutismo, o alternaron declaraciones que revelaban su profundo malestar ante el riesgo de ver desaparecer a sus “amigos dictadores” (2).

Mutismo en América Latina

Mucho más sorprendente fue, durante esta primera fase (de mediados de diciembre a mediados de febrero), el silencio de los gobiernos progresistas de América Latina, considerados por toda una parte de la izquierda internacional como su principal referente contemporáneo. Una sorpresa tanto más grande puesto que estos gobiernos tienen mucho en común con el movimiento insurreccional árabe: llegaron al poder mediante las urnas, aupados por poderosos movimientos sociales (en Venezuela, Brasil, Uruguay y Paraguay) que, en varios países (Ecuador, Bolivia, Argentina), después de haber resistido a dictaduras militares, también derrocaron pacíficamente a gobernantes corruptos.
Inmediata debió haber sido allí la solidaridad con las insurrecciones árabes, réplicas de sus propios alzamientos cívicos. Pero no lo fue. Y eso que el carácter izquierdista del movimiento no ofrecía dudas. El conocido intelectual egipcio Samir Amin lo describe así: “Las principales fuerzas en movimiento durante los meses de enero y de febrero eran de izquierdas. Demostraron que tenían una resonancia popular gigantesca pues llegaron a movilizar a ¡más de quince millones de manifestantes en todo Egipto! Los jóvenes, los comunistas, fragmentos de las clases medias democráticas constituyeron la columna vertebral de ese movimiento” (3).
A pesar de ello, hubo que esperar al 14 de febrero –o sea tres días después de la caída del odiado Mubarak y un día antes del comienzo de la insurrección popular en Libia– para que, por fin, un líder latinoamericano calificase la rebelión árabe de “revolucionaria” en una declaración donde explicaba con lucidez: “Los pueblos no desafían la represión y la muerte ni permanecen noches enteras protestando con energía por cuestiones simplemente formales. Lo hacen cuando sus derechos legales y materiales son sacrificados sin piedad a las exigencias insaciables de políticos corruptos y de los círculos nacionales e internacionales que saquean el país” (4).
Pero cuando, naturalmente, esa rebelión se extendió a los países autoritarios del mal llamado “socialismo árabe” (Argelia, Libia, Siria), un pesado mutismo volvió a caer sobre las capitales del progresismo latinoamericano. Políticamente esto aún podía interpretarse de dos maneras: simple prolongación del prudente silencio que hasta entonces, globalmente, habían observado esas cancillerías con respecto a acontecimientos muy alejados de sus principales centros de interés; o expresión de un malestar político frente al riesgo de perder, en su pulseada contra el imperialismo, a aliados estratégicos...
Ante el peligro de que triunfase esta segunda opción, varios intelectuales relevantes (5) avisaron de inmediato que ello significaría algo impensable para gobiernos seguidores del mensaje universal del bolivarianismo. Porque sería afirmar que una relación estratégica entre Estados es más importante que la solidaridad con los pueblos en lucha, lo cual conduciría, más tarde o más temprano, a cerrar los ojos ante cualquier eventual atrocidad contra los derechos humanos (6). Y en este caso el ideal solidario de la revolución latinoamericana naufragaría en el helado océano de la Realpolitik.
En el tablero de la política internacional, la Realpolitik (definida por Bismarck, el “canciller de hierro” prusiano, en 1862) considera que los países se reducen a sus Estados. Jamás toma en cuenta a sus sociedades. Según ella, los Estados se mueven sólo en función de sus fríos intereses y de sus alianzas estratégicas (cuya finalidad esencial es la preservación del Estado y no la protección de la sociedad). Desde la paz de Westfalia en 1648, la doctrina geopolítica establece que la soberanía de los Estados es intangible en virtud del principio de no-injerencia y que un gobierno, sea cual sea el modo en que llegó al poder, tiene total libertad de hacer lo que quiera en sus asuntos internos.
Semejante idea de la soberanía –que sigue siendo dominante– ha visto erosionada su legitimidad desde el final de la Guerra Fría en 1989. Y ello en nombre de los derechos de los ciudadanos y de una concepción ética de las relaciones internacionales. Las dictaduras, cuyo número se reduce de año en año, van resultando cada vez más ilegítimas según los criterios del derecho internacional. Y moralmente inaceptables porque, entre otros graves abusos, despojan a las personas de sus atributos de ciudadanos.
Basado en este razonamiento se desarrolló, en los años 90, el concepto de derecho de injerencia o deber de asistencia que condujo, pese a aceptables pretextos de fachada, a desastres político-humanitarios de gran envergadura en Kosovo, Somalia, Bosnia... Y finalmente, bajo la conducción de los neoconservadores estadounidenses, al desastre total de la guerra de Irak (7).
Pero tan trágicos fracasos no han interrumpido la idea de que un mundo más civilizado debe ir abandonando una concepción de la soberanía interna establecida hace casi cuatro siglos en nombre de la cual poderes no elegidos democráticamente han cometido (y cometen) incontables atrocidades contra sus propios pueblos.
En 2006, la Organización de las Naciones Unidas, en su Resolución 1674, ha hecho de la protección de los civiles, incluso contra su propio gobierno cuando éste usa armas de guerra para reprimir manifestaciones pacíficas, una cuestión fundamental. Esto modifica, por primera vez desde el Tratado de Westfalia –en materia de derecho internacional– la concepción misma de la soberanía interna y del principio de no-injerencia. La Corte Penal Internacional (CPI), creada en 2002, va en idéntico sentido.
En ese mismo espíritu, muchos líderes latinoamericanos denunciaron con justa razón la pasividad o la complicidad de grandes potencias democráticas ante los graves crímenes cometidos, entre 1970 y 1990, por las dictaduras militares en Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y tantos otros países mártires de Centro y Suramérica.
Por eso sorprendió que no llegase de América Latina ningún mensaje de solidaridad para con los civiles reprimidos a partir del 15 de febrero, cuando empezaron las protestas sociales pacíficas en Libia, inmediatamente reprimidas por las fuerzas del coronel Gadafi con desmedida violencia (233 muertos en los primeros días) (8). Ni tampoco al estallar, el 20 de febrero, el “Tripolitazo”, cuando unos 40.000 manifestantes denunciaron la carestía de la vida, la degradación de los servicios públicos, las privatizaciones impuestas por el FMI y la ausencia de libertades.
Igual que durante el “Caracazo” del 27 de febrero de 1989 en Venezuela, esa insurrección tripolitana, retransmitida por decenas de testigos oculares, se extendió como reguero de pólvora por toda la capital: se multiplicaron las barricadas, ardió la sede del gobierno, las comisarías fueron incendiadas, los locales de la televisión oficial saqueados, el aeropuerto ocupado, y el palacio presidencial asediado. El régimen libio empezó a tambalearse.


Inmenso error político

En semejantes circunstancias, cualquier otro dirigente hubiese entendido que la hora de negociar y de abandonar el poder había llegado (9). No así el coronel Gadafi. A riesgo de sumir a su país en una guerra civil, el “Guía”, en el poder desde hace 42 años, explicó que los manifestantes eran “jóvenes a los que Al Qaeda había drogado echándoles píldoras alucinógenas en el Nescafé...” (10). Y ordenó a la Fuerza Armada reprimir las protestas a cañonazos y con una fuerza extrema. El canal Al-Jazeera mostró los aviones militares ametrallando a los manifestantes civiles (11).
En Benghazi, un grupo de protestatarios asaltó un arsenal de la guarnición local y se apoderó de miles de armas ligeras para defenderse contra la brutalidad de la represión. Varios destacamentos militares enviados por Gadafi para sofocar en sangre la protesta se sumaron a la rebelión con tanques y pertrechos. En condiciones muy desfavorables para los insurrectos empezaba la guerra civil: un conflicto impuesto por Gadafi contra un pueblo que estaba pidiendo pacíficamente el cambio.
Hasta ese momento, las capitales de la América Latina progresista seguían silenciosas. Ni una palabra de solidaridad, ni siquiera de compasión con los rebeldes civiles que luchan y mueren por la libertad. Hasta que, el 21 de febrero, en un intento por alejar cualquier acusación contra ella, la diplomacia británica –cuya responsabilidad fue central en la rehabilitación del coronel Gadafi a partir de 2004 en la escena internacional– anuncia, a través del ministro de Exteriores William Hague, que el líder libio “podría haber huido de su país y estar dirigiéndose a Venezuela” (12).
Es falso. Y Caracas lo desmiente rotundamente. Pero los medios internacionales muerden el anzuelo y se centran de inmediato en la conexión que el Foreign Office ha sugerido. Minimizando los ostentosos recibimientos de Gadafi en Roma, Londres, París o Madrid, la prensa mundial insiste en las relaciones del “Guía” con Caracas. El propio Gadafi cae en la trampa y también menciona a Venezuela en su primer discurso desde el comienzo de las protestas. Lo hace para negar su huída a ese país, pero ello da pie a nuevas especulaciones sobre el “eje Trípoli-Caracas”. Gadafi añade: “Los manifestantes son ratas, drogados, un complot de extranjeros, de estadounidenses, de Al Qaeda y de locos” (13).
Esta perezosa jácara del “complot estadounidense” es retomada como argumento por varios dirigentes progresistas latinoamericanos –Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, entre otros–, para expresar ahora, cada uno a su modo, una clara solidaridad con el dictador libio bajo los sufridos pretextos de que la “situación es confusa”, que los “medios de comunicación mienten” y que “nadie sabe quiénes son los rebeldes” (14). Ni una frase de compasión hacia un pueblo sublevado contra un tirano militar que manda disparar contra sus propios ciudadanos. Ninguna alusión tampoco a la famosa sentencia del Libertador Simón Bolívar: “Maldito sea el soldado que vuelve las armas contra su pueblo”, doctrina fundamental del bolivarianismo.
La inmensidad del error político sobrecoge. Una vez más, algunos gobiernos progresistas conceden prioridad, en materia de relaciones internacionales, a cínicas consideraciones estratégicas que se hallan en perfecta contradicción con su propia naturaleza política. ¿Los conducirá ese razonamiento a expresar también su apoyo a otro infrecuentable tiranillo local, Bashar al Assad, presidente de Siria, un país que vive bajo estado de emergencia desde 1962 y cuyas fuerzas de represión tampoco han dudado en disparar con fuego real contra pacíficos manifestantes desarmados?
En lo que respecta a Libia, la única iniciativa latinoamericana positiva fue la del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que propuso, el 1º de marzo pasado, el envío a Trípoli de una Comisión internacional de mediación constituida por representantes de países del Sur y del Norte para tratar de poner fin a las hostilidades y negociar un acuerdo entre las partes. Rechazada por Seif el Islam, el hijo del “Guía”, pero aceptada por Gadafi, esta tentativa de mediación fue torpemente descartada por Washington, París, Londres y los insurgentes libios.
A partir de ahí, las cancillerías progresistas suramericanas insistieron en su apoyo a un perfecto iluminado. En efecto, hace decenios que Muamar Gadafi dejó de ser aquel capitán revolucionario que, en 1969, derrocó a la monarquía, expulsó de su país las bases militares estadounidenses y proclamó una singular “República árabe y socialista”. Desde el final de los años 70, su errática trayectoria y sus delirios ideológicos (véase su disparatado Libro Verde) lo han convertido en un dictador imprevisible y jactancioso. Semejante a aquellos tiranos locos que América Latina conoció en el siglo XIX con el nombre de “caudillos bárbaros” (15). Ejemplos de sus trastornos: la expedición militar de 3.000 hombres que lanzó, en 1978, en auxilio del sanguinario Idi Amín Dadá, otro demente presidente de Uganda... O su afición a un juego erótico con chicas menores llamado “bunga bunga” que le enseñó a su socio italiano Silvio Berlusconi... (16).
Gadafi jamás se ha sometido a ninguna elección. Ha establecido en torno a su imagen un culto de la personalidad que linda con el endiosamiento. En la “masocracia” (Jamahiriya) libia no existe ningún partido político, sólo hay “comités revolucionarios”. Habiéndose autoproclamado “Guía” vitalicio de su país, el dictador se considera por encima de las leyes. En cambio, el vínculo familiar es, según él, fuente de derecho. Basado en ello, nombró por antojo a sus hijos para los puestos de mayor responsabilidad del Estado y los de mayor rentabilidad en los negocios.
Tras la (ilegal) invasión de Irak en 2003, temiendo ser el siguiente de la lista, Gadafi se arrodilló ante Washington, firmó acuerdos con la administración Bush, erradicó sus armas de destrucción masiva e indemnizó a las víctimas de sus atentados terroristas. Para complacer a los “neocons” estadounidenses se erigió en perseguidor de Osama Ben Laden y de la red Al Qaeda. Estableció también acuerdos con la Unión Europea para convertirse en cancerbero retribuido de los emigrantes africanos. Pidió ingresar en el FMI (17), creó zonas especiales de libre comercio, cedió los yacimientos de hidrocarburos a las grandes transnacionales occidentales y eliminó los subsidios a los productos alimenticios de primera necesidad. Inició el proceso de privatización de la economía que provocó un importante aumento del desempleo y agravó las desigualdades.
El “Guía” protestó contra el derrocamiento del dictador tunecino Ben Alí a quien consideraba como “el mejor gobernante de la historia de Túnez”. En materia de inhumanidad, sus fechorías son incontables. Desde su apoyo a conocidas organizaciones terroristas hasta su demostrada participación en atentados contra aviones civiles, pasando por su encarnizamiento contra cinco inocentes enfermeras búlgaras torturadas durante años en prisión, o el fusilamiento sin juicio, en la siniestra cárcel Abú Salim de Trípoli, en 1996, de un millar de prisioneros originarios de Benghazi (18).

Dudosa solidaridad democrática

La actual revuelta empezó precisamente en esa ciudad el 15 de febrero pasado cuando las familias de estos fusilados, animadas por las protestas en los países árabes, salieron a la calle para exigir pacíficamente la liberación del abogado Fathy Terbil quien defiende, desde hace quince años, el derecho a recuperar los cuerpos de sus parientes ejecutados (19). Las imágenes de la brutalidad de la represión de esta manifestación –difundidas por las redes sociales y el canal Al-Jazeera– escandalizaron a la población. Al día siguiente, las protestas se habían ampliado masivamente y extendido a otras ciudades. Sólo en Benghazi, 35 personas fueron asesinadas por la policía y las milicias gadafistas (20).
A mediados de marzo, cuando las huestes gadafistas empezaron a cercar Benghazi, tan alto grado de ensañamiento contra la población civil hizo legítimamente temer que se cometiese un baño de sangre (21). En un discurso dirigido a “las ratas” de esa ciudad, el “Guía” amenazó: “Llegamos esta noche. Empiecen a prepararse. Los sacaremos del fondo de sus armarios. No habrá piedad” (22).
Los pueblos recientemente liberados de Túnez y Egipto deberían haber acudido de inmediato en ayuda de los asediados libios que reclamaban a gritos ayuda internacional (23). Era su responsabilidad primera. Pero lamentablemente los gobiernos de estos dos países no supieron estar a la altura de las circunstancias históricas.
En ese contexto de urgencia, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó, el 17 de marzo, la resolución 1973 que establece un régimen de exclusión aérea en Libia con el fin de proteger a la población civil y hacer cesar las hostilidades (24). La Liga Árabe había dado su acuerdo preliminar. Y, cosa excepcional, la resolución fue presentada por un Estado árabe: el Líbano (además de Francia y Reino Unido). Ni China, ni Rusia, que disponen de derecho de veto, se opusieron. Brasil e India tampoco votaron en contra. Varios países africanos se pronunciaron a favor: Sudáfrica (la patria de Mandela), Nigeria y Gabón. Ningún Estado se opuso.
Se puede estar en contra de la estructura actual de Naciones Unidas o estimar que su funcionamiento actual deja mucho que desear. O bien que las potencias occidentales dominan esa organización. Son críticas aceptables. Pero, por ahora, la ONU constituye la única fuente de legalidad internacional. Por eso, y contrariamente a las guerras de Kosovo o de Irak que nunca tuvieron el aval de la ONU, la intervención actual en Libia es legal –según el derecho internacional–, legítima –según los principios de la solidaridad entre demócratas– y deseable para la fraternidad internacionalista que une a los pueblos en lucha por su libertad. Se podría añadir que potencias musulmanas como Turquía, reticentes en un primer momento, han terminado por participar en la operación.
También podría recordarse que si Gadafi, como era su intención, hubiese anegado en sangre la insurrección popular, habría enviado una señal de vía libre a los demás tiranos de la región, alentándolos de ese modo a aplastar ellos también, sin miramientos, las protestas locales. Basta con observar que, en cuanto las tropas de Gadafi se aproximaron a sangre y fuego a Benghazi, en medio de la pasividad internacional, los regímenes de Bahrein y de Yemen no dudaron en disparar con fuego real contra los manifestantes pacíficos. No lo habían hecho hasta entonces. Pero apostaron a su vez al inmovilismo internacional.
La Unión Europea, en particular, tiene una responsabilidad específica en este asunto. No sólo militar. Es menester pensar en la próxima etapa de consolidación de las nuevas democracias que van a ir surgiendo en esta región tan vecina. Apoyar la “primavera árabe” supone asimismo el lanzamiento de un verdadero “Plan Marshall”, o sea, una ayuda económica masiva “semejante a la que se ofreció a Europa del Este después de la caída del muro de Berlín” (25).
¿Significa todo esto que la operación “Odisea del Amanecer” no plantea problemas? En absoluto. En primer lugar, porque los Estados u Organizaciones que la capitanean (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, OTAN) son los “sospechosos de siempre” implicados en múltiples aventuras guerreras sin la mínima cobertura legal, legítima o humanitaria. Aunque esta vez los objetivos de solidaridad democrática parecen más evidentes que los nexos con la seguridad nacional de Estados Unidos, cabe preguntarse ¿desde cuándo le ha importado a estas potencias la democracia en Libia? Es por ello que carecen de credibilidad.
Segundo: existen otras injusticias en esta misma región –el sufrimiento palestino, la intervención militar saudita en Bahrein contra la indefensa mayoría chiita, la desproporcionada brutalidad de los gobiernos de Yemen y de Siria...– ante las cuales las mismas potencias que atacan a Gadafi hacen la vista gorda dando prueba de una doble moral.
Tercero: el objetivo debe ser el que fija la resolución 1973 y sólo ése: ni invasión terrestre, ni víctimas civiles. La ONU no ha dado licencia para derrocar a Gadafi, aunque bien parece que ese sea el objetivo final (e ilegal) de la operación. En ningún caso esta intervención debe servir de precedente para otras aventuras guerreras contra Estados situados en el punto de mira de las potencias occidentales dominantes.
Cuarto: la historia enseña (y el caso de Afganistán lo demuestra) que es más fácil entrar en una guerra que salir de ella. Y quinto: el olor a petróleo de toda esta operación apesta.
Los pueblos árabes están sin duda sopesando lo justo y lo injusto de la actual intervención militar en Libia. En su gran mayoría apoyan a los insurgentes (aunque se siga sin saber bien quiénes son y aunque se sospeche que varios elementos indeseables figuran en el actual Consejo Nacional de Transición). Por el momento, al menos hasta finales de marzo, no se han producido manifestaciones de rechazo a la operación en ninguna capital árabe. Al contrario, como estimuladas por ella, nuevas protestas contra las autocracias se intensificaron en Marruecos, Yemen, Bahrein... Y sobre todo en Siria.
Obtenida la zona de exclusión aérea y a salvo la población civil de Benghazi, a finales de marzo estaban cumplidas las dos principales exigencias de la resolución 1973. Aunque otras demandas no lo estaban aún (el cese el fuego por parte de las fuerzas gadafistas y su garantía de acceso seguro a la ayuda humanitaria internacional), a partir de ese momento los bombardeos debieron cesar. Más aún en la medida en que la OTAN, que no ha recibido mandato internacional para ello, ha asumido el 31 de marzo el liderazgo militar de la ofensiva. La resolución tampoco autoriza a armar, entrenar y dirigir militarmente a los rebeldes porque ello supone un mínimo de fuerzas extranjeras (“comandos especiales”) presentes en el suelo libio, lo cual está explícitamente excluido por la resolución 1973 del Consejo de Seguridad.
Es urgente que los miembros de ese Consejo de la ONU vuelvan ahora a consultarse; que se tenga en cuenta la posición de China, Rusia, India y Brasil para imponer un alto el fuego inmediato y buscar una salida no militar al drama libio. Una solución que tome en cuenta también la iniciativa de la Unión Africana, garantice la integridad territorial de Libia, impida toda invasión terrestre de fuerzas extranjeras, preserve las riquezas del subsuelo contra la rapacidad de algunas potencias foráneas, ponga fin a la tiranía y reafirme la aspiración a la libertad y a la democracia de los ciudadanos.
En Libia, sólo una salida política negociada por todas las partes será justa.

1 Ignacio Ramonet, “Cinco causas de la insurrección árabe”, Informe Dipló, 16-4-11, www.eldiplo.org
2 Ignacio Ramonet, “Túnez, Egipto, Marruecos, esas dictaduras ‘amigas’”, www.monde-diplomatique.es
3 Christophe Ventura, “Entrevista con Samir Amin”, Mémoire des luttes, París, 29-4-11.
4 Fidel Castro, “La Rebelión Revolucionaria en Egipto”, Granma, La Habana, 14-2-11.
5 Véase, por ejemplo, Santiago Alba y Alma Allende, “Del mundo árabe a América Latina”, Rebelión, 24-2-11, y Atilio Boron, “No abandonar a los pueblos árabes”, Página/12, Buenos Aires, 7-4-11.
6 Error que ya cometió dos veces la revolución cubana cuando apoyó la intervención militar del Pacto de Varsovia en Praga para aplastar la insurrección popular checoslovaca en agosto de 1968 y cuando aprobó la invasión de Afganistán por la URSS en diciembre de 1979.
7 Ignacio Ramonet, Irak, historia de un desastre, Debate, Madrid, 2005.
8 Agencia Reuters, 21-2-11.
9 En América Latina, ante protestas populares de gran envergadura, varios presidentes (elegidos democráticamente) tuvieron que renunciar a su cargo. Tres de ellos en Ecuador: Abdalá Bucarám, “por incapacidad mental”, en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2002. Dos en Bolivia: Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 y Carlos Mesa en 2005. En Perú, Alberto Fujimori en 2000. Y en Argentina, Fernando de la Rúa en 2001.
10 El País, Madrid, 24-4-11.
11 The Guardian, Londres, 21-2-11.
12 Agencia AFP, 21-2-11.
14 El más antiimperialista de los líderes árabes, Sayyed Nasrallah, jefe del Hezbolá libanés, ha declarado que es “irracional decir que las revoluciones árabes, y singularmente la libia, fueron preparadas en cocinas estadounidenses”. Discurso del Seyyed Nasrallah, 19-4-11, www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=&inicio=0
15 Alcides Arguedas, Los Caudillos bárbaros, editorial Viuda de Luis Tasso, Barcelona, 1929. Véase también Max Daireaux, Melgarejo, Editorial Andina, Buenos Aires, 1966.
16 Quentin Girard, “Toi vouloir faire bunga-bunga?”, Slate, París, 12-11-10, www.slate.fr/story/30061/bunga-bunga-berlusconi
17 “Le Rapport du FMI qui félicite la Libye”, in Mémoire des luttes, París, 11-4-11, www.medelu.org/spip.php?article761
19 Véase Evan Hill, “The day the Katiba fell”, Al Jazeera english, 2-4-11, http://english.aljazeera.net/indepth/spotlight/libya/2011/03/20113175840189620.html
20 Ibid.
21 Estos y otros crímenes han conducido al fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, el argentino Luis Moreno Ocampo, a abrir una investigación contra Muamar Gadafi, acusado de “crímenes contra la humanidad” por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
22 Agencia AFP, 17-4-11.
23 Khaled Al-Dakhil, “Pourquoi tant d’hésitations?”, Al-Hayat, Londres (reproducido por Courrier Internacional, París, 17-4-11).
25 Nouriel Roubini, “Un plan Marshall pour le printemps arabe”, Les Échos, París, 21-4-11.
I.R.
© Le Monde diplomatique, edición española y
Ediciones Cybermonde, S.L.
Fotografías: Internet

3 de noviembre de 2009

Baluchistán: un pueblo dividido - Los muros que no han caído

Dos décadas después de la caída del muro de Berlín, el mundo sigue plagado de barreras que dividen a países, pueblos y familias de Brasil a Uzbekistán, de Cisjordania a México.

Las razones son múltiples: combatir la violencia, la inmigración ilegal o incluso la aftosa, pero el resultado es siempre el mismo: separar y atemorizar.

BBC Mundo le presenta una panorámica de 14 muros que aún siguen en pie, cuando muchos celebran que el 9 de noviembre de 1989 el más simbólico de todos fue derribado en la capital alemana.

Baluchistán: un pueblo dividido

En 2007, Irán comenzó a levantar un muro -que no ha terminado- en su frontera con Pakistán, en la región conocida como Baluchistán.

El objetivo, planteado por las autoridades, es detener la proliferación de actividades ilícitas como el contrabando de productos, el tráfico de drogas y la inmigración ilegal.

Sin embargo, los expertos señalan que esas no son las únicas razones de Teherán para construir esa pared. También se busca frenar el ingreso de extremistas islámicos a territorio iraní.

Aunque no hay una confirmación de la extensión del muro, información de prensa de la región sugiere que puede llegar a medir 700 kilómetros y que su altura alcanza los 3 metros.

Los baluchis, que habitan en ambos lados de la frontera y también en el área limítrofe de ambos países con Afganistán -muchos de los cuales quisieran ver la región como un ente autónomo o incluso independiente- han quedado ahora divididos por el muro.

clic Lea: "Una barrera que ha causado mucho dolor"

18 de octubre de 2009

¿Venezuela Atómica?


Amigas y amigos.

"The New York Times" reveló recientemente que, en los años ochenta, Fidel Castro volvió a solicitarle a Moscú la destrucción de Estados Unidos con un ataque nuclear preventivo. Ya lo había hecho en 1962, durante la Crisis de los Misiles, y dos décadas más tarde volvía a las andadas. ¡Ah, si él hubiera tenido armas nucleares otro gallo cantaría! Para el ``máximo líder'', acabar con Estados Unidos ha sido una pasión intensa, recurrente y, por ahora, inútil.

Este video donde los medios revelan espeluznantes detalles del acuerdo del 13 de noviembre de 2008 firma ...do en Caracas entre los gobiernos de Venezuela e Irán. Mientras Venezuela entrega el uranio, adquiere material electrónico para la fabricación de misiles teledirigidos que los iraníes no pueden comprar por el embargo impuesto por la ONU, y proporciona la red financiera internacional para camuflar el rastro económico, Irán aporta el conocimiento técnico y la elaboración final del proyecto".

Cuando el río suena... Ante estos comentarios, saque usted propias... Namasté.


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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