22 de marzo de 2010

Mario Rivadulla y la Generación del Centenario



Por Carlos Alberto Montaner
Escritor y Político

Madrid

Marzo 2010


En Cuba, con poco más de veinte años, Mario Rivadulla fue líder de la Juventud Ortodoxa y comentarista destacado de la Cadena Oriental de Radio, columnista de los diarios La Calle y Diario Nacional y colaborador frecuente de la revista Bohemia, distinción muy importante en los años cincuenta. Lograr esos éxitos en aquella Cuba, cuando no se procedía de una familia prominente, no era nada fácil. En ese primer momento de su vida, ninguna persona que conociera a Mario Rivadulla podía dudar de que tenía por delante un futuro político excepcional.

Es importante señalar que el Partido Ortodoxo, aunque recién fundado, era una fuerza política y moral hegemónica entre la juventud. Chibás había recogido la bandera revolucionaria del autenticismo y de la revolución de 1933, pero agregándole un compromiso fiero en la lucha contra la corrupción. Ese era el espíritu juvenil de la época.

Cuando Batista dio el golpe militar en 1952, Mario optó por la firme oposición política al cuartelazo, pero no se dejó arrastrar a la aventura violenta convocada, entre otros, por Fidel Castro, de quien había sido amigo y compañero de Partido, aunque con grandes prevenciones y reservas, porque Mario siempre rechazó el componente gangsteril de Fidel.

Si Robert Quirk no se equivoca en la biografía que escribió de Fidel, en 1955, cuando Castro estaba en México preparando la expedición a Cuba del Granma, por medio de Melba Hernández les mandó un mensaje a Mario y a otro líder de la juventud ortodoxa, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, para que fueran a verlo a México, pero ambos se negaron. Conocían muy de cerca la catadura moral del personaje y su total falta de escrúpulos, además de que estaban muy cerca del Dr. Millo Ochoa, el gran heredero de Chibás tras su suicidio, y compartían la estrategia electoralista de este dirigente de la ortodoxia. Estrategia, por cierto, que no excluía la conspiración con militares y civiles para devolverle la democracia al país, pero que rechazaba el terrorismo y el innecesario derramamiento de sangre.

Para Fidel esa negativa fue un duro inconveniente. Su estrategia de entonces era desembarcar en Cuba, escoltado por unos cuantos actos de sabotaje en La Habana y un levantamiento en Santiago, pero sólo como prólogo a la huelga general que inmediatamente planeaba desatar para derrotar a Batista de manera fulminante, proyecto que requería el concurso masivo de los jóvenes y de las formaciones políticas democráticas del país.

Fidel, en definitiva, no pudo controlar a la Juventud Ortodoxa, pese a que muchos de los asaltantes del Moncada procedían de esa cantera, lo que casi inmediatamente lo precipitó a alejarse del Partido, fracaso por el que, en su fuero interno, dado que es un hombre de memoria implacable y rencores inextinguibles, seguramente jamás exoneró a estos dos líderes, aunque con el tiempo haya perdonado o tolerado al otro, al innombrado, cuando lo vio regresar a La Habana de rodillas, inventándose un afecto que nunca se tuvieron y una coincidencia política o estratégica que jamás existió.

En todo caso, como la política es el reino de Serendip, donde casi todo sale al revés de lo planeado, para bien o para mal, el 26 de Julio, el Movimiento creado por Fidel, acabó fortalecido al no poder absorber al Partido Ortodoxo, mientras que el fracaso de su plan original de obtener una victoria rápida contra Batista derivó en una relativamente prolongada guerra de guerrillas que le permitió construir y cultivar el personaje del Comandante barbudo, enfundado en un traje verde oliva —rol que desde entonces desempeña sin descanso—, hasta convertirse en la figura dominante de la oposición y del país desde hace más de medio siglo. Sin esos 25 meses de guerrilla no se hubiera podido incubar el mito y el pintoresco caudillo no hubiese ocupado desde entonces tantos cintillos de prensa.

El engaño

Tras la fuga de Batista, celebrada jubilosamente por Mario Rivadulla y por casi toda Cuba, Fidel entró triunfalmente en La Habana en los primeros días de enero de 1959 con la promesa de restaurar la Constitución del 40, celebrar elecciones en 18 meses y devolverles a los cubanos las libertades conculcadas por la dictadura. En aquellos primeros meses, por lo menos en tres oportunidades, declaró pública y enfáticamente que ni él ni su revolución eran comunistas.

Pero pronto fue obvio que mentía: casi inmediatamente comenzó a construir un Estado de corte totalitario e inició secretamente su acercamiento a la Unión Soviética. Sin embargo, sus antecedentes políticos no lo ubicaban de una manera diáfana en ese terreno ideológico, lo que dio pie para un amargo debate interno y numerosas vacilaciones.

El 15 de abril de 1961, finalmente, desde la tribuna, en vísperas de la invasión de Playa Girón, Fidel Castro declaró el carácter socialista de la revolución y no tardó en aclarar que él era marxista-leninista desde hacía muchos años y lo seguiría siendo hasta la muerte, revelación que, por la otra punta, también demostraba que había sido un redomado embustero.

Ya en esa fecha el gobierno había estatizado la prensa, las grandes empresas y la enseñanza privada, y controlaba los sindicatos y las instituciones. En la práctica, la República había dejado de existir. Había sido sustituida por un embrionario estado totalitario de partido único, en el que sobrevivían las empresas pequeñas y algunas medianas. Esas fueron liquidadas en 1968 en lo que llamarían la "ofensiva revolucionaria".

Mario Rivadulla, como muchos de los jóvenes de entonces, trató de evitar la entronización de la dictadura comunista y acabó en la cárcel condenado como prisionero político. Cumplió varios años de presidio y marchó al exilio. Cuando salió del cautiverio, casi toda la cúpula dirigente del Partido Ortodoxo estaba exiliada o presa. Junto a Fidel se habían quedado muy pocos de sus compañeros más relevantes.

Entonces comenzó la segunda vida de Mario Rivadulla, pero esta vez en República Dominicana, donde ha desarrollado un extraordinario trabajo en el terreno de la comunicación, integrándose total y sinceramente en la vida pública del país que le abrió los brazos, y en el que formó una estupenda familia, pero sin olvidar su compromiso con Cuba.

De esto último guardo un testimonio personal inolvidable: su patriótica actuación en Costa Rica, a principios de la década de los setenta, cuando una treintena de exiliados, al pie del volcán Irazú, con la discreta ayuda de José Figueres, tratamos de concertar nuestros esfuerzos para poner en marcha un partido de corte socialdemócrata, ideología entonces dominante entre los demócratas cubanos de la oposición. Aquel intento se disolvió luego, como suele suceder con los sueños de los exiliados, pero a todos los participantes les resultó admirable el creativo y desinteresado aporte de Mario en ese episodio.

La Generación del Centenario

En todo caso, ¿qué llevó Rivadulla en su pobre equipaje de exiliado a República Dominicana? Llevó un considerable bagaje ético, muy notable, que identificaba a quienes, como él, formaban parte de lo que en Cuba llamaron "la Generación de 1953 o Generación del Centenario", pero ya despojado de las supersticiones sociales y las contraproducentes recetas económicas que predicaban los revolucionarios cubanos desde los años treinta.

Para Mario Rivadulla, como para millones de cubanos, la cruel experiencia de la década de los sesentas, cuando arraigó el comunismo en Cuba, le sirvió para abrirle los ojos sobre cómo se crea la riqueza y cómo se destruye, cuáles son las verdaderas causas de la pobreza y cuáles son los roles adecuados para el Estado y para la sociedad civil en las naciones desarrolladas. Nada de eso estaba claro en la Cuba prerrevolucionaria.

En otras palabras, el Mario Rivadulla que llegó a República Dominicana a principios de la década de los setenta, llegaba imbuido del mismo ímpetu justiciero y honrado que tuvo su generación, pero sin la lectura equivocada de cómo erradicar los males que afectan a una sociedad del tercer mundo.

Seguía siendo un joven ortodoxo marcado por las urgencias éticas de los buenos reformistas, pero la amarga experiencia de la dictadura comunista le había borrado a sangre y fuego la condición de revolucionario. Ya sabía que las trasformaciones positivas de las sociedades no se hacen con manifiestos incendiarios, ni con cúpulas de radicales enfebrecidas, sino con el Código Civil, la persuasión, el respeto a la ley y creando las condiciones para que los individuos, libremente, conviertan su creatividad de una manera creciente en fuentes de trabajo y en fomento de la riqueza individual y colectiva.

¿Qué fue, en definitiva, la Generación del Centenario? Me detengo a explicar este concepto porque es importante y porque al entender la conducta y las percepciones de Mario Rivadulla y de su generación podemos descifrar muchos de los problemas por los que Cuba atraviesa.

Como José Martí nació en 1853, los jóvenes que un siglo más tarde se asomaban a la vida pública reverenciando la memoria del Apóstol, se denominaron la Generación del Centenario. Ese fue el año del ataque al cuartel Moncada y en el que la juventud cubana, muy revuelta, se preparaba para derrocar a Batista por la fuerza de las armas.

¿Cuál era el denominador común de aquella Generación del Centenario, a la que pertenecían Mario Rivadulla, José Antonio Echeverría, entre los más jóvenes y, por supuesto, Fidel Castro?

Ese denominador común estaba compuesto de tres elementos: un enérgico rechazo a la corrupción de los políticos; un diagnóstico de cuáles eran los males que afectaban a la sociedad cubana, acompañado de la decisión de corregirlos mediante lo que entonces llamaban "justicia social"; y una idea muy clara de quiénes debían llevar adelante esa tarea: los revolucionarios, una vez que estuvieran en control del Estado.

No había, naturalmente, unanimidad en los métodos. Para algunos de aquellos jóvenes, como Mario Rivadulla, la legitimidad para mandar debía darse dentro de los cauces democráticos y las estructuras republicanas. Para otros, como Fidel Castro, aunque entonces no lo revelara porque hubiera sido políticamente suicida, la idea del pluripartidismo, la alternancia en el poder y el sistema de equilibrios y contrapesos institucionales chocaban con su naturaleza autoritaria y mesiánica.

Sin embargo, no había nada nuevo en esa lectura de la realidad cubana. Cuando los inquietos jóvenes de aquellos años contemplaban el panorama cubano, lo veían con los mismos ojos de la generación anterior, la del 33, que había derrocado al dictador Gerardo Machado.

No se percibían como los iniciadores de un proyecto político nuevo, sino como los continuadores de una previa revolución que se había frustrado por la corrupción de muchos de sus protagonistas. Pensaban que aquel proceso revolucionario del 33 había sido traicionado por los políticos deshonestos que habían ascendido al poder de la mano de Fulgencio Batista en los años treinta y cuarenta (1933-1944), y luego durante los gobiernos "aunténticos" de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y Carlos Prío Socarrás (1948-1952).

De alguna manera, Eduardo Chibás y el Partido Ortodoxo simbolizaban y resumían este generalizado estado de ánimo. Sin duda, así eran a principios de los años cincuenta muchos jóvenes como Mario Rivadulla y su Generación del Centenario, quizás los mejor intencionados y patrióticos.

Los errores

¿Qué falló? Fallaron dos de los tres elementos fundamentales que definían el contorno de aquella generación.

Habían acertado en el primero. El país, efectivamente, estaba necesitado de una profunda renovación moral. No sería razonable ni justo rechazar la urgencia ética de aquellos jóvenes. Querer una Cuba dirigida por políticos honorables y administrada con criterios eficientes era y es una actitud encomiable.

Pero se equivocaban en los otros dos elementos.

El diagnóstico de los males que afectaban el país estaba descaminado. ¿Cuál era ese diagnóstico? Dejemos que lo precise el propio Fidel Castro, tal y como lo estableció en La historia me absolverá, la versión oficial e intensamente reescrita de su discurso ante el tribunal que lo juzgó en octubre de 1953 por su ataque al cuartel Moncada. Cito a Fidel:

"El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política".

Fidel Castro, y entonces millones de cubanos, creían esto. Confundían las consecuencias con las causas y erraban al escoger quiénes debían corregir los males.

Era verdad que en Cuba había campesinos pobres, carentes de propiedades agrícolas, que solían recibir salarios relativamente bajos.

Era verdad que Cuba no era un país industrializado, pese a que contaba con cierta industria ligera y fabricaba unos 10.000 objetos diferentes.

Era verdad que muchos campesinos, sobre todo en zonas remotas, residían en bohíos con piso de tierra y sin acceso a agua o electricidad, mientras en las ciudades un buen porcentaje de la población más pobre, especialmente la compuesta por negros y mulatos, cuyos abuelos habían sido esclavos hasta 1886, vivía hacinada en cuarterías.

Era verdad que en la Cuba de los años cincuenta el nivel de desempleo crónico era alto, y el subempleo o el empleo estacionario todavía más alto.

Era verdad que en 1958 el 25% de la población era analfabeta (algo no muy diferente, por cierto, a lo que sucedía en España o Italia en aquellos años). Tampoco era falso que muchos niños campesinos vecinos de pueblos pequeños y aislados no tenían acceso a la escuela pública.

Era verdad que no todos los cubanos poseían cuidados de salud, especialmente en las zonas rurales, aunque el 40 por ciento de la población urbana se atendía razonablemente por medio de las clínicas mutualistas a precios muy reducidos.

Todo eso era muy fácil de señalar. Bastaba con tener cierta sensibilidad, poseer un par de ojos y mirar en derredor cuidadosamente.

Donde se equivocaban los ideólogos de la Generación de del Centenario, como se equivocaron los del 33, era en la explicación de estas deficiencias. Para ellos estos síntomas del subdesarrollo derivaban de la injusta distribución de la riqueza: eran distribucionistas.

Pensaban, como todavía sostienen muchas personas en América Latina, que la solución de los males económicos estaba en despojar de sus bienes a los que poseían riquezas, aunque las hubieran acumulado por medio del esfuerzo más intenso, para entregarlas a quienes poco o nada tenían.

Aunque se decían y creían martianos, muchos de los miembros de la Generación del Centenario no habían leído este párrafo de José Martí, incluido en el prólogo a los cuentos de Rafael Castro Palomino (1883), texto clave para entender las ideas económicas del Apóstol:

"Pero los pobres sin éxito en la vida, que enseñan el puño a los pobres que tuvieron éxito; los trabajadores sin fortuna que se encienden en ira contra los trabajadores con fortuna, son locos que quieren negar a la naturaleza humana el legítimo uso de las facultades que vienen con ella. Pues, ¿querrán que nazca el hombre con inteligencia, con don de observación, con don de invención, con anhelo de sacar afuera lo que trae en sí, y que no los use? ¡Fuera como pedir que, siendo el Sol hecho de luz, no alumbrase el Sol!"

No entendían que el origen de la pobreza, en Cuba y en todas partes, se debía a las deficiencias de su tejido empresarial, y éste, a su vez, entre otras razones no conseguía desarrollarse plenamente como consecuencia de un defectuoso manejo del sector público.

Había muy perceptibles bolsones de pobreza porque no existía un número adecuado de empresas que empleara a la mano de obra disponible. Y, como sucede en todas las sociedades subdesarrolladas, no existían suficientes empresas por quince factores que suelen ser siempre los mismos, en todas las latitudes, aunque no siempre comparezcan con la misma intensidad:

* Estado minuciosamente ineficiente, dirigido por políticos clientelistas y operado por empleados públicos que no han sido reclutados por sus méritos, sino por su militancia política, en el que apenas existe espíritu de servicio público.
* Entorno macroeconómico perverso, con deuda pública elevada, grandes desequilibrios fiscales e irresponsabilidad en el terreno monetario, lo que provoca inflación.
* Ausencia parcial del número de personas emprendedoras y limitaciones artificiales al desempeño de los impulsos creativos de los que se atreven a iniciar empresas.
* Falta de capital de inversión nacional y foráneo.
* Pocas y costosas fuentes de financiamiento.
* Relaciones casi nulas entre el sistema educativo y el aparato productivo.
* Innecesarias dificultades burocráticas que aumentan los costos de transacción y estimulan la corrupción administrativa.
* Poca protección jurídica a los derechos de propiedad, sujetos siempre a las decisiones políticas de los revolucionarios distribucionistas, constantemente dispuestos a modificar las reglas de formas arbitrarias.
* Malos hábitos comerciales y enormes dificultades jurídicas para hacer cumplir los contratos.
* Corrupción en la administración pública caracterizada por extorsiones frecuentes a los productores de bienes y servicios en los diferentes contactos que deben mantener el Estado y el aparato productivo.
* Sistema judicial lento y venal donde los pleitos y la solución de los conflictos de eternizan y en el que las sentencias suelen venderse.
* Infraestructuras de energía, comunicación y transporte limitadas e ineficientes.
* Acceso limitado al mercado de los nuevos agentes económicos como consecuencia de normas o leyes concebidas para proteger a los favoritos del poder como consecuencia de las prácticas mercantilistas.
* Atmósfera social poco acogedora con el sector empresarial, caracterizada por ataques en el que se acusa a sus miembros de ser responsables de la pobreza.
* Desórdenes sociales frecuentes que ahuyentan los capitales y dificultan o imposibilitan los planes a largo plazo necesarios para cualquier actividad empresarial.

En general, a los cubanos de aquellas generaciones, que vivían en medio de los delirios revolucionarios, no les pasaba por la cabeza que esa sociedad próspera de clases medias dotadas de empleo, vivienda digna y acceso a la educación y a atención médica a la que aspiraban, sólo podía existir si en el sector privado se creaba suficiente riqueza para sostenerla y se fomentaba el buen gobierno para cuidar el orden y propiciar el mantenimiento del aparato productivo.

Tampoco solían entender que la distribución más equitativa de los ingresos en las sociedades desarrolladas del planeta, como las escandinavas, por ejemplo, no dependía de decisiones justicieras de la cúpula política, sino del valor que se le agregara a la producción de bienes y servicios y a la competencia entre las empresas. Si un obrero de la Volvo sueca gana 25 dólares por hora, no es porque así lo ha decretado el Parlamento, sino porque el bien que produce alcanza cierto precio en el mercado que le permite a la empresa obtener beneficios y pagar ese salario para conservar al trabajador. Obviamente, eso es imposible con un campesino que corta caña o recoge bananos.

Pero donde la incomprensión se transformaba en un problema que se mordía la propia cola, era cuando postulaban a la revolución como el modo de salir del subdesarrollo, cuando ésa era una de las causas del subdesarrollo, con su carga de violencia, sus trastornos económicos, vulneración del derecho, desasosiego, destrucción del capital acumulado e impedimentos para la creación de riquezas.

Sencillamente, desde la tribuna no se puede decretar la creación de riquezas o la industrialización, como Dios ordenó en el Génesis "hágase la luz", y mucho menos es posible encargar ese proyecto a un grupo de militantes llenos de entusiasmo que, pese a sus buenas intenciones, no tienen la menor idea sobre cómo se crea la riqueza, cómo se conserva y cómo se malgasta.

Se puede, en cambio, contribuir a la erradicación de la pobreza abriendo los cauces de participación y creando las instituciones adecuadas para que la sociedad civil lleve a cabo esa tarea, como hizo Japón durante la Revolución Meiji, y luego Taiwán, Corea del sur, Singapur y Hong Kong, los famosos cuatro tigres o dragones de Asia, después de la Segunda Guerra mundial.

Hay que entender, además, que esos procesos de desarrollo creciente del tejido empresarial son progresivos o escalonados, y no es posible saltar etapas voluntariosamente, porque, como sucede con todo el sistema de mercado, se basan en el doloroso método de tanteo y error y en la competencia. Se aprende tanto de los errores como de los éxitos, y en el camino se van acumulando experiencias, se forman los expertos, se concentran los clusters, se identifican y crean los mercados de consumidores, mientras la producción se va haciendo cada vez más diversificada, compleja y con mayor valor agregado, lo que a largo plazo significa mayor riqueza para el conjunto de la población.

Nota final

Para concluir, vuelvo al principio de este texto reiterando algo que ya formulé. Para suerte de los dominicanos, el Mario Rivadulla que llegó a República Dominicana a principios de los años setenta era portador de una magnífica combinación: seguía siendo el joven idealista convencido del valor de la honradez y de la importancia vital que tiene luchar contra la pobreza, pero ya había aprendido correctamente cómo dar esa batalla. Había asimilado su lección, como nos ocurrió a todos, en el fallido experimento comunista cubano, y vino a compartir su sabiduría con el pueblo que tan generosamente lo ha acogido. Por eso merecía este homenaje que es, también, un homenaje a todos los dominicanos que lo recibieron con un cálido abrazo.
Fotografía: Internet
Proyecto Contextus