Sorores et Fratres: Soy defendedor de causas sociales-políticas nobles pundonorosas. Empero, no creo en defensores mefistofélicos que lucran con los anhelos de equidad y buena voluntad universal, de los seres humanos. Porque la justicia demanda ética, discernimiento y valor. Y en lo aparentemente indescifrable es menester descubrir su esencia de verdad. ¡Estoy a favor de la Paz! Abrazo comedido, afectos y los mejores pensamientos, para que Dios y el Universo bendigan a usted, familiares, amigos y ... con su luz y sabiduría, con su amor y misericordia, con su paz y alegría. ¡Dios, ilumina y bendice las buenas obras e ideas! ¡Dios, ilumina mi fe y caridad! ¡Dios guíame para saber que pensar, decir, hacer, evitar y cómo realizar obras de misericordia a través de mis actos, palabra, oración y servicio a los que más necesitan!
¡Misericordia Divina, en ti confío!
¡Jesús, en ti confío!
Amén. 
©Pablo Felipe Pérez Goyry


                       

7 de septiembre de 2011

De Jorge Edwards y Colombia - Por: Sergio Esteban Vélez Peláez

De Jorge Edwards y Colombia

Por: Sergio Esteban Vélez Peláez
info@sergioestebanvelez.com

El chileno Jorge Edwards, ese representante cimero del “Boom Latinoamericano” y ganador del Premio Cervantes (1999), acaba de cumplir ochenta años de edad.
Y los cumple en París, a donde el presidente Piñera lo ha enviado como
embajador.  Edwards ya había sido diplomático en esa ciudad. Durante los gobiernos de Alessandri, el primer Frei y Allende, fue secretario de la embajada, donde le tocó ser la mano derecha del embajador Pablo Neruda (de quien Edwards escribiera una biografía), y, años más tarde, bajo el mandato del segundo Frei, regresaría a la Ciudad Luz, como embajador ante la UNESCO.
Sergio Esteban Vélez Peláez
También fue embajador en La Habana, pero sólo duró 3 meses en el cargo, ya que, debido a sus críticas contra el régimen de Castro, fue forzado a abandonar la isla.  De ahí nació el más famoso y controversial de sus trabajos narrativos, “Persona non grata”, cuya distribución y lectura fueron, paradójicamente, prohibidas tanto por Castro, en Cuba, como por Allende, en Chile.  Esta obra le valió la enemistad de gran parte de los intelectuales latinoamericanos del momento que eran fieles a las dictaduras comunistas.
Tuve el inmenso honor de conocerlo y de conversar largamente con él, en Santiago de Chile, a finales del 2005.  Con sus características exquisitez y hospitalidad, me recibió un par de veces en su apartamento en el emblemático edificio en forma de buque, del barrio Santa Lucía. 
Allí, en una noche cargada de magníficos vinos, de agudas críticas sobre la actualidad literaria chilena y  de evocaciones a algunos amigos suyos de renombre mundial (como José Donoso, de quien lamentó que, tras su muerte, cayó en el olvido), la conversación fue a dar a Colombia.  Me contó que, no hacía mucho, había estado en Cartagena, en una de esas misteriosas reuniones de grandes intelectuales de derecha que financia y dirige Mario Vargas Llosa, y que dos semanas más tarde, se presentaría en Bogotá, con su nuevo libro, “El inútil de la familia”, sobre su tío abuelo Joaquín Edwards Bello, una de las máximas glorias de las letras chilenas, quien, en su tiempo, fue incomprendido por su familia, una de las más poderosas y ricas de Chile.
Pues bien, el maestro Edwards me pidió que le diera los nombres de algunos contactos en Colombia que pudieran asistir a su conferencia.  Por casualidad, en mi maletín, yo traía mi libreta de teléfonos.  Luego de que le suministrara los datos de varios humanistas de valía que, sin duda, estarían prestos a acompañarlo, don Jorge me preguntó: “¿Y no tendrá por ahí el teléfono de Fernando Vallejo?”.  Me confesó que, a pesar de la irreparable irreverencia de Vallejo, su obra le parecía fascinante.  Aunque soy lector fiel de Vallejo y he gozado de su amistad, me asombró enterarme de esta admiración de un intelectual ultraconservador, como Edwards, hacia el más heterodoxo representante de las letras colombianas.
Más tarde, don Jorge me habló del abuelo paterno de su esposa, doña Pilar (quien todavía estaba viva y se hallaba enferma, en cama, en la habitación de al lado).  Y resultó que ese abuelo, don Diego Fernández de Castro y Díaz-Granados, rico banquero y minero colombiano radicado en París, ¡resultó primo de mi tatarabuela, doña Josefa María Díaz-Granados!
Tiempo después, supe que este don Diego era nieto de Concepción Loperena, la célebre heroína de la Independencia, tan venerada en el departamento del Cesar.  Además, su padre era primo hermano del prócer de la Independencia y presidente de la Nueva Granada José Fernández Madrid.
Y mi sorpresa creció cuando supe que la notabilidad de la familia de don Diego había continuado luego de establecerse en Chile: uno de sus hijos fue don Osvaldo F. De Castro, distinguido empresario salitrero y suegro de Jorge Edwards, y el otro, Carlos de Castro Ortúzar, sería uno de los principales empresarios mineros de Chile y un destacado parlamentario y dirigente conservador.  Tuve, entonces, el placer de descubrir a aquel francés de nacimiento, pero colombiano de origen, que es recordado en Chile como uno de los promotores de la actividad minera que sacaría a ese país del atraso económico.
El espacio de hoy no nos alcanzó para referirnos al trabajo literario del maestro Jorge Edwards, pero estoy seguro de que a él le complacerá saber que sacamos a relucir esa relación familiar suya con Colombia, la cual ha sido siempre tan soslayada.

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