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©Pablo Felipe Pérez Goyry

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29 de julio de 2011

Panamá: Hay agentes dobles en la Policía Nacional


Panamá: Hay agentes dobles en la Policía Nacional

Marco A. Gandásegui, h.(*)

Panamá ha sido desde la segunda guerra mundial, a mediados del siglo pasado, un centro internacional de distribución y control de drogas de EEUU. En 1953 se creó la Guardia Nacional – policía militarizada – para mejorar el control sobre el tráfico de la droga. Es un secreto a voces que el presidente José A. Remón fue asesinado en 1955 por sicarios de la mafia norteamericana como muestra de intolerancia por parte de Washington en torno al control del tráfico ilícito de estupefacientes. La Guardia Nacional – entre 1953 y 1983 – siempre estuvo penetrada por la CIA y en su momento por la DEA (Agencia de Control de Drogas), instancias gubernamentales de EEUU. Entre 1983 y 1989, las Fuerzas de Defensa (FDP) se encargaron de las relaciones con EEUU, que mantuvo un estricto control sobre el tráfico de drogas por Panamá.
EEUU divulgó en la década de 1980 que el general Manuel A. Noriega, jefe de las FDP, era un doble agente ya que recibía pagos de la CIA, agencia de seguridad norteamericana. Incluso, aseguraba que Noriega fue reclutado por la CIA en la década de 1950 cuando era estudiante. Es muy probable que Noriega no era el único que se encontraba en las planillas del gobierno norteamericano. En la actualidad, se ha dado a conocer que personal de las instituciones de seguridad panameñas, entre ellas la Policía Nacional, son agentes pagados por EEUU. El gobierno panameño, para sorpresa de todos los interesados en la integridad nacional, aparentemente ha aceptado esta práctica y considera que los oficiales de Policía no deben ser removidos de sus cargos.
En la actualidad, no es muy claro que instancias panameñas han reemplazado a los militares del período entre 1953 y 1989 en las relaciones con EEUU en todo lo relacionado con el tráfico de drogas. Después de la invasión militar norteamericana de 1989, EEUU trasladó el poder político en el país del cuartel de las FDP a la Presidencia de la República. Las oficinas del Palacio de las Garzas fueron ocupadas por especialistas militares norteamericanos quienes crearon una estructura que poco a poco logró convertirse en el “núcleo duro” del poder en Panamá. Los cables de la Embajada de EEUU, filtrados por Wikileaks, dan cuenta del funcionamiento del sistema que mantiene EEUU dentro del gobierno panameño para controlarlo y, especialmente, para dirigir el tráfico de drogas.
Según los cables de la Embajada de EEUU, capturados y difundidos por Wikileaks, Washington paga a funcionarios panameños para obtener información ilegalmente en Panamá. Según una alta fuente vinculada al Ministerio Público, que pidió mantener su identidad en reserva, “los norteamericanos son los que más se benefician de estas operaciones”. Este funcionario le aseguró a un diario de la capital panameña que todo es parte de los acuerdos de cooperación con EEUU para el combate contra la droga. Agregó que el tema del pago de salarios a funcionarios no está contenido en ningún documento. “Son acuerdos verbales entre las dos partes”, señaló. Explicó que la mayoría de estas operaciones se realizan a través de asistencias judiciales.
El mismo diario también entrevistó a un exviceministro de Seguridad, quien solicitó que se le respetara su anonimato, advirtió que eso de recibir salarios de dos gobiernos “es altamente sospechoso”. Aseguró que esta práctica puede prestarse para “traición a la patria”. No obstante, el ex director de la Policía dijo que no hace falta introducir una ley para concluir que esa práctica es ilegal, porque a todas luces lo es. “El miembro de la policía que recibe un estipendio extraoficialmente por su función, ya sea por un acto bueno o malo, está cometiendo un delito”. Aseguró que “es un tema altamente sensible porque EEUU está pagando para recibir información para su beneficio”.
Según los cables difundidos, el cuerpo élite de los espías está bajo el mando del gobierno de Panamá, son equipados por EEUU, están asesorados por la DEA y reciben pagos de los dos países. Se dedican a recolectar información sensitiva y, en ocasiones, también participan de manera encubierta en operativos para cazar a narcotraficantes y decomisar drogas. Los miembros de este secreto “cuerpo élite” necesitan la bendición de la DEA para operar. Son entrenados en tácticas especiales en la base de la DEA en Quantico, Virginia, EEUU. En otras palabras, son los hombres de confianza de Washington en Panamá.
La operación Matador – intervenciones telefónicas de funcionarios panameños pagados por EEUU – se atribuye la intercepción de 200 números de celulares “sucios”. Según las autoridades diplomáticas de EEUU, pertenecen a traficantes de drogas y a personas vinculadas con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La operación Matador, que de acuerdo al ministro de Seguridad, José Raúl Mulino, aún está en marcha, es financiada por la DEA y la Sección Antinarcóticos de la embajada de EEUU.
Para la formación de los agentes policivos a cargo de las escuchas, EEUU invirtió más de un millón de dólares, según los reportes. La operación Matador dejó de ser un secreto cuando Wikileaks comenzó a divulgar los primeros cables de la Embajada de EEUU en Panamá. En su momento pusieron al descubierto los supuestos deseos del presidente Ricardo Martinelli de usar este sistema para interceptar los teléfonos de sus opositores.
Panamá, 28 de julio de 2011.

(*) Marco A. Gandásegui, hijo, es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) Justo Arosemena.
Foto: Internet

15 de julio de 2011

¡Es el trabajo asalariado, estúpido! - Por: Alberto Rabilotta

¡Es el trabajo asalariado, estúpido!

Por: Alberto Rabilotta(*)

Una recaída en la recesión económica está en marcha en el mundo industrializado. Los niveles reales de desempleo en Estados Unidos están por las nubes. No se trata ya de cesantía a corto o mediano plazo, sino del aumento de un desempleo crónico, que supera los dos años y alcanza hasta los cuatro años y que rememora los niveles de desempleo durante la Gran Depresión de los años 30 del siglo 20, y quizás por eso la Oficina de Estadísticas Laborales de Washington ha decidido reincorporar en sus estadísticas a los cesantes que están más de dos años sin empleo (1). En junio pasado la tasa oficial de desempleo en Estados Unidos fue de 9.2 por ciento. La tasa ampliada, llamada U6, estaba por encima del 17 por ciento, y si se utiliza la antigua definición de desempleo del Departamento del Trabajo estadounidense (SGS-Alternate, abandonada en 1994 pero utilizada aún por economistas para calcular la cesantía a corto, mediano y largo plazo) es de 22.8 por ciento de la fuerza laboral del país (2). Y dejaremos de lado el subempleo o empleo a tiempo parcial, que afecta a una creciente proporción de trabajadores y en las estadísticas oficiales es considerado como “empleo” a tiempo completo.
La situación es similar en países europeos no afectados directamente por la “crisis de la deuda”, como Francia o Gran Bretaña, donde las estadísticas oficiales tampoco computan el desempleo a largo plazo, la exclusión definitiva del mercado laboral y el subempleo. Pero la situación laboral es y será mucho peor en los países afectados por la crisis de la deuda y que están siendo obligados a aplicar severos programas de austeridad, como Grecia (16 por ciento de cesantía sin computar el desempleo a largo plazo y la imposibilidad para los jóvenes de incorporarse al mercado laboral) o España (21 por ciento de desempleo oficial), para citar dos casos.
Y el crecimiento anémico de la economía real apunta a que lejos de disminuir la cesantía aumentará en los meses venideros.

Más desempleo, mayores ganancias

El 5 de julio pasado el diario The Wall Street afirmaba que mientras la economía estadounidense está pasando por una de “sus más lentas recuperaciones desde la Gran Recesión”, las grandes empresas están listas para reportar “sólidos ingresos para el segundo trimestre, exponiendo una dicotomía entre el comportamiento de las corporaciones y la salud general de la economía”.
Dicho de otra manera, mientras que los salarios y beneficios laborales constituyen actualmente el 57.5 por ciento de la economía –en baja respecto al 64 por ciento que esta parte representaba hasta mediados de la década pasada, según la agencia AP-, y el desempleo se mantiene o es superior a los niveles de la Gran Recesión del 2008-2009, las grandes empresas están ya en la fase de auge que en la salida de recesiones anteriores manifestaban una fuerte recuperación económica.
A esta presentación de aumentos en las ganancias trimestrales se añade el hecho de que en Estados Unidos las empresas están ‘sentadas” en más de un billón y medio (1 500 000 000 000) de dólares porque –según el economista y Nóbel Paul Krugman (3)- no “ven” una demanda de parte de los consumidores. Mientras tanto los bancos disponen de reservas excedentes por otro 1.5 billón que no están prestando.
El analista Stephen King escribe en The Independent (4) sobre la falta de creación de empleos y el anémico crecimiento (2.0 por ciento) de la economía estadounidense que persiste desde la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos, y señala que las empresas que están “sentadas” en ese billón y medio de dólares prefieren ahorrar ese capital en lugar de invertirlo, destacando que cuando deciden invertir prefieren hacerlo en China y Brasil en lugar de su propio país.
En el caso de las “economías avanzadas”, exceptuando el especifico caso alemán, no se trata de una “recuperación económica sin creación de empleos”, como avizoraban algunos economistas para la “salida” de la Gran Recesión del 2008 y 2009, sino de una vigorosa “recuperación de beneficios” de la clase capitalista en medio de un evidente estancamiento económico que amenaza convertirse en una nueva recesión global por la aplicación generalizada de políticas fiscales de austeridad, por el creciente desempleo y subempleo, y la consiguiente baja del consumo.

¿Por qué las economías capitalistas no crean empleos?

Ya no se puede dudar de los efectos que sobre el empleo produjo la revolución informática y la automatización de la producción, que en las últimas cuatro o cinco décadas permitieron aumentos inimaginables en la “productividad” –la producción de bienes o servicios respecto a la cantidad de mano de obra empleada en ella- y aseguraron la rentabilidad de las empresas transnacionalizadas en sectores cada vez más concentrados y sometidos a una competencia extrema.
La contraparte de esta revolución en el modo de producir fueron los despidos masivos en los centros industriales del capitalismo y, con la liberalización del comercio y las inversiones desde hace poco más de una década, la mudanza también masiva de la producción industrial de artículos de consumo hacia países de Asia, en particular China.
Este proceso para reducir los costos de mano de obra, que al comienzo afectó a la producción industrial de bienes de consumo directo, se ha ido propagando a ramas de la producción de bienes de capital, como las maquinarias y componentes de los mecanismos destinados a la producción.
En los países avanzados, como puede observarse desde hace más de tres décadas en Japón, Alemania, Estados Unidos, Canadá y Francia, entre otros más, la carrera de las empresas por reducir costos laborales para obtener la máxima rentabilidad posible llevó inexorablemente a reemplazar donde fuera posible los trabajadores y los empleados de servicios por la maquinaria e informática de todo tipo imaginable: las sofisticadas excavadoras, grúas, topadoras, los camiones gigantes y demás maquinarias sustituyeron a millones de trabajadores de la construcción, la minería y la explotación forestal, para citar tres casos.
Esto podría extenderse a prácticamente todas las ramas del sector primario, de la minería a la pesca y la agricultura, que tuvieron que adaptarse a la aplicación de métodos industriales generados por esta revolución científico-técnica, lo que explica que para crear un empleo real en esas ramas se requiere de una millonaria inversión en maquinaria y equipos. Y lo mismo sucedió con el sector secundario, las industrias productoras de bienes.
El sector terciario, los servicios, se suponía iba a ser la panacea del empleo que reemplazaría con salarios decentes y empleos estables a los desaparecidos empleos industriales. En efecto, durante las últimas décadas el crecimiento de ese sector fue reemplazando en términos de creación de empleos a los declinantes sectores, como la agricultura, minería y la industria.
Pero en realidad la informática se infiltró en todas las esferas de los servicios -con las computadoras, impresoras, copiadoras y sofisticados sistemas de telecomunicación que multiplicaron la capacidad de trabajo en las oficinas de todo tipo; en los bancos con la recepción y el retiro de dinero a través de “cajeros automáticos” y no de las cajeras o cajeros de carne y hueso; lectura óptica de precios que redujo el número de cajeras en los centros de comercio, por ejemplo- con el consiguiente efecto de reducir el número de puestos y el nivel de los salarios. Y el alto desempleo unido al empobrecimiento de la clase trabajadora hizo que se multiplicaran en la última década los empleos muy mal pagados en los McDonald y Wal-Mart de este mundo.

La retroalimentación de los efectos coyunturales y estructurales

En suma, en los países capitalistas avanzados donde las grandes empresas privadas están “sentadas” en billones de dólares no hay demanda de los consumidores que permita la reactivación de la economía real porque no es posible ni rentable, en términos capitalistas, generar una masa crítica de nuevos empleos con salarios decentes, o aumentar los salarios en términos generales, para elevar el consumo de bienes.
Y como no hay falta de capitales para inversiones en el sector privado se puede dudar de la coherencia de querer aplicar, como proponen muchos respetados economistas, las recetas keynesianas, de que las inversiones públicas sustituyan la ausencia de inversiones de capital del sector privado.
Más aun, las inversiones públicas para la construcción y reparación de las infraestructuras no tienen efecto multiplicador en materia de empleos porque esa rama de la construcción, que hace tiempo ha pasado a manos del sector privado en todo el mundo capitalista, ha hecho todo lo posible para aumentar al máximo el empleo de maquinaria y reducir al mínimo el número de trabajadores empleados. Y a menos que el sector público se involucre en le reactivación de otras ramas y sectores dominados por la inversión privada, asumiendo un papel gestor de la economía como se está viendo el países de Sudamérica, la creación de empleos seguirá siendo un objetivo ilusorio.
A los problemas estructurales del capitalismo avanzado se unen los problemas coyunturales, la deuda pública producto de la socialización de las pérdidas del sector financiero y de los planes de reactivación de la economía durante la pasada Gran Recesión, y el papel dominante que está jugando el capital financiero para apropiarse de una renta en todas las situaciones posibles.
En suma, el capitalismo y el trabajo asalariado son inseparables. El trabajo asalariado permite al capitalista crear la plusvalía y los salarios constituyen el único medio por el cual, a través del consumo, los capitalistas pueden realizar esa plusvalía. No hay capitalismo sin trabajo asalariado, y menos aun puede pensarse en un capitalismo pujante con tasas de desempleo crónico, con un empobrecimiento creciente de todas las clases trabajadoras y los jubilados, y perspectivas nulas de trabajo para los jóvenes como las actuales.
Si los partidos políticos tradicionales “no quieren ver” esta situación, porque están aliados con la oligarquía financiera y los monopolios de los grandes medios de comunicación, como dice el analista Max Keiser (5), los jóvenes y menos jóvenes indignados y por indignarse están empezando a verla muy claramente, como lo expresan sus frases en las recientes manifestaciones en España: "Tu 'Botín', mi crisis"; "Democracia ¿dónde estás?"; "Esta crisis no la pagamos"; "Zapatero, lacayo de los banqueros";"Contra la privatización de los servicios públicos"; "Tejiendo barrios, cambiando el presente"; "Manos arriba esto es un contrato"; "La patronal nos quiere esclavizar"; "¿Izquierda o derecha? Este país está envejecido. Busquemos una alternativa"; "Un banquero se balanceaba sobre la burbuja inmobiliaria..."; "Se vende: Estado del Bienestar": "Pienso, luego me indigno"; "Me gustas cuando votas, porque estás como ausente", "Sin vivienda no hay viviendo", "Se alquila esclavo económico", "Rebeldes sin casa", "Sin miedo habrá futuro", "Más educación, menos corrupción". [La Vèrdiere, Francia] (*) Alberto Rabilotta es periodista argentino.

Notas:
Foto: Internet

20 de junio de 2011

De “ajustadores” a “ajustados” - Por: Federico Mayor Zaragoza


De “ajustadores” a “ajustados”

Por: Federico Mayor Zaragoza

Durante décadas, los países más prósperos de la Tierra, que habían sustituido las ayudas por préstamos, los concedían en unas condiciones draconianas, a las que denominaban “ajuste estructural”.

Federico Mayor Zaragoza
Para recibir estos créditos los países debían, en efecto, cumplir tres requisitos: privatización, reducción de los efectivos administrativos, y realizar infraestructuras (que, siendo un país “en desarrollo” eran ejecutadas por empresas de los países prestamistas).

En diversas ocasiones puse de manifiesto, antes los órganos directivos de la UNESCO, mi total disconformidad con unas exigencias que beneficiaban más a los donantes que a los prestatarios.

Los “recortes” en los efectivos públicos se aplicaban, sobre todo, a los maestros y profesores!

Siendo Rector de la Universidad de Granada, en 1969, me encomendaron –entonces España era un país “subdesarrollado” –recibir un importante préstamo del Banco Mundial para la formación profesional en Andalucía oriental.

No quiero entrar en detalles, pero sí decir que, al cabo de casi dos años, sabiendo además todas las cargas que deben ser satisfechas por quienes reciben los préstamos desde el inicio de las negociaciones, decidí expulsar de mi despacho a la numerosa Delegación del Banco Mundial que, por tercera vez, se desplazaba a Granada desde Washington para ir “elaborando” las distintas fases del proceso.Pensé que era inadmisible la humillación a la que de manera permanente nos sometía la burocracia del Banco. El Ministro a la sazón –don José Luis Villar Palasí-  aceptó, por cierto, dada las razones que la motivaron, mi decisión.

Pues bien: ahora se han vuelto las tornas y son los países que hasta hace unos años “ajustaban” a los países en vías de desarrollo los que ahora se ven “ajustados” y deben hacer recorte tras recorte, privatizar, reducir los efectivos y sueldos de los funcionarios…

Lo único que sucede es que, si lo miramos bien, en último término, el “gran dominio” que estaba detrás de los ajustes estructurales es el mismo que ahora promueve los ajustes de los otrora países acaudalados y maneja, a su gusto, las agencias de calificación.

De “ajustadores” a “ajustados”.Conviene aprender rápidamente la lección. Y reaccionar.
Foto: Internet

26 de mayo de 2011

China y EE.UU.: Choque de titanes - Marco A. Gandásegui, hijo


China y EE.UU.: Choque de titanes
Marco A. Gandásegui, hijo*

Los analistas de Wall Street están especulando con lo que ellos creen percibir como un giro importante en la estructura de empleo de la República Popular de China. Señalan que la masa trabajadora que se incorpora constantemente al mercado está disminuyendo rápidamente y que pronto China no contará con trabajadores baratos capaces de generar ganancias para los inversionistas capitalistas.

Políticamente, Washington está festejando la noticia. Desde la perspectiva económica, sin embargo, Nueva York está de duelo.

La capital política norteamericana celebra los cambios percibidos ya que significaría que China tendría que comenzar a negociar en términos más favorables con EEUU. Por el lado económico, sin embargo, les preocupa a los inversionistas norteamericanos el debilitamiento del único mercado donde creían tener ganancias seguras.

La crisis económica de 2008, que afectó sobre todo a EEUU, tuvo dos interpretaciones en el mundo político financiero y académico. Para los financistas y sus ideólogos, la crisis significó una reducción significativa en la acumulación descontrolada de riquezas. En su ceguera aún están convencidos que pueden inyectarle a las instituciones financieras flujos suficientes para permitirles ser nuevamente competitivas. La realidad les ha enseñado que la estrategia no funcionó aunque todavía tienen propagandistas sueltos promoviendo esa solución.

La segunda interpretación de la crisis tuvo como eje lo que los analistas consideran el colapso de la “economía real” que ha cerrado centros de producción y ha lanzado al desempleo a decenas de millones de trabajadores. El problema no es recuperar los flujos financieros, sino en establecer patrones productivos capaces de generar una nueva dinámica que aumente el empleo y, sobre todo, la tasa de ganancia.

Alemania y Francia, en menor medida, apostaron a esta estrategia. Como resultado sus economías reaccionaron mejor que las otras. El caso de China es emblemático ya que fue capaz de recuperarse rápidamente del colapso financiero. El crecimiento de la economía china logró incluso mantener a flote las economías de América del Sur que se convirtieron en proveedores de materias primas para el salto industrial que experimenta el gigante asiático.

La perdida de hegemonía de EEUU se ha agudizado dentro de sus propias fronteras. Los estados federales experimentan un giro político hacia la extrema derecha creando una nueva legislación orientada a expropiar a los trabajadores de sus derechos y beneficios sociales. La excusa que se utilizó en cada uno de estos casos era que las arcas estatales se estaban vaciando y había que eliminar de los presupuestos las conquistas laborables que se remontaban a más de medio siglo.

Mientras que el segmento más rico de EEUU tiende a aumentar sus ingresos, producto de las leyes que lo beneficia, las capas medias y los trabajadores pierden sus empleos, sus beneficios sociales y jubilaciones así como sus viviendas. En los estados del sur de EEUU, donde no existe una historia de conquistas sociales, la política de “desposesión” de la extrema derecha se dirigió a los trabajadores inmigrantes que ocupaban los empleos menos remunerados pero que reciben beneficios sociales. La táctica es continuar explotando a los trabajadores extranjeros, pero eliminando sus beneficios sociales.

La estructura social norteamericana, heredada del siglo XX, pareciera estar tomando nueva forma con motivo de la crisis de hegemonía. La tradicional estratificación social – con una clase media muy fuerte - atravesada por un elemento de desequilibrio étnico y una creciente presencia laboral de la mujer, está cambiando aceleradamente.

La nueva pirámide social que emerge de la crisis de hegemonía no se parece a la estructura social prevaleciente en EEUU durante la segunda mitad del siglo XX. La crisis de hegemonía no sólo representa un reto para la clase social tradicionalmente dominante, también es un reto para una clase obrera que ha sido arrinconada. La clase capitalista quiere regresar a las tasas de ganancia del siglo pasado. A su vez, los trabajadores añoran la estabilidad de sus empleos.

Los capitalistas seguirán buscando -en cualquier parte del mundo- las condiciones para generar ganancias. El capital puede moverse con rapidez y reconstruirse políticamente, con relativa facilidad, en cualquier parte del mundo. China y algunos países con economías emergentes cuentan con reservas importantes de fuerza de trabajo. Los capitalistas apuestan que los flujos financieros dirigidos a esos países se convierten rápidamente en capitales y ganancias.

Si el mercado excepcional de China con su fuerza de trabajo rebosante tiende a cerrarse – como dicen los especialistas de Wall Street – la situación para el capitalismo mundial sólo puede empeorar. ¿Qué prefiere el establishment norteamericano, ganar la guerra ideológica y acabar con la rica veta china o incrementar sus ganancias capitalistas y ver prosperar a China?
(*) Marco A. Gandásegui, hijo, es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) Justo Arosemena.
(Texto tomado de: http://marcoagandasegui11.blogspot.com/2011/05/china-y-eeuu-choque-de-titanes.html )
Foto: Internet

26 de abril de 2011

Guerreros tribales - Por: Robert Kaplan

Guerreros tribales

Por: Robert Kaplan
Robert Kaplan

¿Por qué les cuesta tanto a los dictadores decir adiós?

Según todo criterio lógico, lo normal sería que los combates y las luchas de poder en Costa de Marfil, Libia y Yemen hubieran terminado hace semanas. Quizá terminen pronto: el 11 de abril llegó a su fin el conflicto en Costa de Marfil. Pero el hecho de que se hayan prolongado ya tanto es síntoma de una realidad esencial a propósito de los individuos involucrados que en Occidente no se comprende del todo. Nosotros nos preguntamos: ¿Por qué el dictador marfileño Laurent Gbagbo, el líder libio Muamar el Gadafi y el presidente yemení Alí Abdalá Saleh no aceptan las ofertas, que al parecer se les han hecho, de irse a un exilio confortable? Seguro que sería más conveniente para su seguridad física y sus cuentas bancarias. Después de semanas de luchas, negociaciones y manifestaciones, ¿qué más quieren demostrar?
Este tipo de razonamiento supone que lo que separa a estos déspotas de sus adversarios son temas tan inocuos y susceptibles de compromiso como, por ejemplo, las pensiones y los tipos fiscales. Pero esos hombres no son políticos acostumbrados al toma y daca; luchan por unas cosas mucho más antiguas, básicas e imposibles de negociar: el territorio y el honor, al menos tal como ellos lo definen. Su mundo no está hecho de instituciones y burocracias que les sirvan para gobernar; es un mundo que consiste en dominar franjas de territorio mediante la ayuda de familiares y las alianzas tribales y regionales.
En ese mundo, personajes como los depuestos líderes de Túnez y Egipto, Zine el Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak, carecen de cualidades. Gobernaron al estilo occidental, a través de instituciones y burocracias, y cuando dichas instituciones -el ejército y los servicios de seguridad interior- se negaron a disparar contra la gente en la calle, ellos no tuvieron más remedio que dimitir dócilmente y marcharse al exilio interior o exterior, quizá sin haber hecho los pactos necesarios para su protección posterior.
Por supuesto, desde el punto de vista moral, una figura como Gbagbo es especialmente despreciable. Para satisfacer su ego, ha llevado Costa de Marfil al borde de la anarquía. O sea que no estoy disculpándolo, sólo trato de explicar en parte sus motivos. Él piensa que se presentó a unas elecciones y obtuvo casi la mitad de los votos. Y éstos no se debieron a sus posturas sobre los problemas sociales o económicos, sino a lo que representaba en el ámbito tribal y regional: es un hombre del sur, de la parte no musulmana del país. Rendirse demasiado pronto habría sido traicionar a sus grupos de solidaridad regional y religiosa. En países sin suficiente desarrollo económico, como Costa de Marfil, las elecciones acaban, muchas veces, cosificando diferencias de sangre y de creencias. Desde su punto de vista, el hecho de haber luchado hasta el final, hasta verse arrinconado en el sótano de su palacio e incluso más, hasta que sus enemigos tuvieron que llamar a los franceses para que les ayudaran a desalojarlo, no es signo de debilidad moral, sino de ética viril. (Lo mismo podría decirse de los hijos de Sadam Husein, Uday y Qusay, que murieron en un tiroteo con tropas estadounidenses cerca de Mosul en 2003; salvo que ellos eran niños mimados, los hijos mafiosos de un dictador de corte estalinista, y no hombres que se hubieran hecho a sí mismos, ni mucho menos. Es decir, pertenecen a una categoría inferior a la de Gbagbo, Saleh y Gadafi).

                                                                                                                                    AFP/Gettyimages
Hay que recordar que, más que de políticos, estamos hablando de guerreros. Por ejemplo, Saleh. Los medios de comunicación occidentales describen al Presidente yemení como un tirano recalcitrante cuya tozudez y cuyo apego al poder están, como en el caso de Gbagbo en Costa de Marfil, amenazando con desintegrar su país. Esa descripción es cierta, pero se queda corta. Saleh ha gobernado Yemen durante un tercio de siglo, mientras que sus dos antecesores inmediatos fueron asesinados después de ocho meses, uno, y tres años, el otro. Y el dictador yemení anterior a ellos cayó en un golpe militar. No se puede negar que Saleh tiene nervios de acero y talento sutil, que, durante decenios, ha sido capaz de resistir unos grados de tensión que inmovilizarían psicológicamente al más curtido político de Washington. La partida que está jugando ahora -negociando las condiciones para su salida- no le afecta sólo a él, sino al destino de sus familiares, próximos y lejanos. De modo que, en cierto sentido, ¿quién puede reprocharle que aguante un poco más, que intente obtener mejores condiciones? Para Saleh, el gobierno no es un objeto impersonal y legalista, sino el negocio familiar. Hay que disolverlo en las mejores condiciones posibles, y la violencia es una herramienta en esa lucha. Dentro de unos años, tal vez incluso recordemos su mandato como un periodo en el que hubo relativa estabilidad y cooperación con Occidente. El hecho de que merezca nuestra condena no significa, desde una perspectiva analítica, que tengamos que subestimarlo.
Y luego, por supuesto, está Gadafi, que se hizo con el poder en un golpe militar cuando no tenía más que veintitantos años y durante los 42 siguientes ha mantenido unido Libia; un país que, durante casi toda su historia, ha sido una expresión geográfica sin ningún sentimiento de Estado. Como gobernaba con una mezcla de política tribal y el puño de hierro de los servicios de seguridad interior, Gadafi no construyó ningún espíritu de Estado y, por consiguiente, va a dejar un vacío absoluto cuando se vaya. El hecho de que no se haya ido en silencio es señal de que él tampoco lucha por cuestiones concretas, sino por una visión del honor que nos resulta primitiva, porque lo vincula a la región, la tribu y el territorio.
Pero, ya que hablamos de tribus y territorios, es importante comprender que el tipo especial de tribalismo que constituye un factor esencial en los gobiernos de Gadafi, Saleh y Gbagbo no tiene nada del tribalismo primitivo, anterior al Estado moderno, sino que, como lo definió el difunto antropólogo europeo Ernest Gellner, es el rechazo consciente a un gobierno concreto en favor de una cultura y una moral más amplias. En otras palabras, si algunas tribus están en contra de un Estado yemení fuerte, quizá no lo hacen por el deseo de anarquía, sino porque quieren tender la mano a la cultura islámica en su conjunto y a un Estado no represivo. Lo mismo sucede con los tradicionales llamamientos de Gadafi a la unidad política árabe y los intentos de Gbagbo de eliminar las fronteras del colonialismo francés, que le hacían dirigirse sólo a parte de la población del país.
Está claro que la vida bajo el gobierno de estos hombres era un infierno, pero su locura tenía cierto sentido, aunque yo lo haya simplificado mucho. Nadie es capaz de plasmar el atractivo de la vida fuera del Estado con tanto talento como el antropólogo de la Universidad de Yale James C. Scott en su libro The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia. Las tribus actuales, sugiere Scott, no viven fuera de la historia, sino que tienen "toda la historia que necesitan" para "eludir el Estado" de forma deliberada. Es decir, las tribus poseen todas sus tradiciones y, por tanto, no quieren que el gobierno se inmiscuya en sus asuntos.
Gadafi, Saleh y Gbagbo han vivido con esta compleja y ambigua realidad toda su vida, y por eso no han construido Estados, pero otro motivo, además de las razones morales, es que no han encontrado ninguna simpatía en Occidente. Ahora bien, ése no es argumento para no tratar de entenderlos.
Fotografías: Internet

16 de marzo de 2011

¿Y mi diez porciento de cariño? - Por Yoani Sánchez

¿Y mi diez por ciento de cariño?
Por Yoani Sánchez

El lunes pasado, todas las cajas de cambio del país vivieron una jornada intensa. La más cercana a mi casa amaneció con una fila de cincuenta personas que increpaban al custodio. La noticia del restablecimiento de la paridad entre el peso convertible cubano y el dólar estadounidense había sido anunciada en los noticiarios mañaneros. Con mucha torpeza periodística, en lugar de explicar en un lenguaje llano en qué consistía la nueva tasa cambiaria, los locutores leyeron la resolución –con todos sus tecnicismos- que se publicó en la gaceta oficial. Cuando terminó la lectura, pocos sabían con certeza cuál era el valor actual de esos billeticos verdes que llegan desde el Norte. Por sí o por no, miles de personas se lanzaron hacia los bancos y CADECAS para canjear ese dinero con el rostro de Lincoln, Franklin o Washington.

La frustración marcó el día, pues hubo quienes tenían la ilusión de que también se acortaría la diferencia entre la moneda nacional –con la que se pagan los salarios- y esa otra conocida como “chavito”, imprescindible para adquirir la mayor parte de lo que necesitamos. Pero no, la medida consistió solamente en devaluar en un 8 % el peso convertible con relación al USD. La palabra “paridad” generó la mayor confusión, pues a los molestos clientes les fue difícil comprender que aún sigue vigente el gravamen del 10 % sobre el dólar que se cambia en efectivo. De esa manera, el gobierno quiere estimular el envío de dólares por los canales bancarios y seguir penalizando los que entran de forma personal, traída muchas veces por las llamadas “mulas”. Los ajustes bancarios son tan necesarios y urgentes, que la resolución adoptada viene a ser una gota en un océano de absurdos monetarios a reparar. La lentitud nos ahoga; la tibieza nos roe los bolsillos.

Así que en la cola de la CADECA de mi barrio, hace dos días, el malestar era evidente y entre los que esperaban se produjeron incluso fuertes altercados. El clímax ocurrió cuando una viejita recibió alrededor de 87 centavos por cada dólar cambiado. “Mi hijo trabaja mucho para mandarme este dinero y mira en lo que me lo convierten”, dijo. Un combativo militante que también esperaba para canjear la moneda del “enemigo” la amonestó diciendo que no se quejara tanto, pues al final ella era una privilegiada y tenía la suerte de recibir remesas desde el extranjero, “lo mínimo que podía hacer era “entregarle el 10 % a la Patria que tanto lo necesitaba”. La señora ripostó tan rápida y certeramente que todos hicieron silencio: “Sí, es cierto, recibo ayuda desde el exterior, pero cada día sufro la ausencia de mis dos hijos. ¿Me va a dar la Patria un 10 % más de cariño?” La fila se disolvió en un par de minutos.
Foto: Generación Y

29 de agosto de 2009

Unasur: ¿el diálogo posible?


Valeria Perasso

Enviada especial de BBC Mundo a Bariloche.


Las lecturas triunfalistas dirán que hubo ganadores silenciosos y ases sacados de bajo la manga. Los más pesimistas reclamarán que la cumbre estuvo escasa de resultados e incluso hablarán de fracaso. Los "cazadores de escándalos" en los foros diplomáticos seguramente se habrán quedado con ganas de los cruces virulentos que los mandatarios latinoamericanos protagonizaron en otras ocasiones.

Sin embargo, en lo que probablemente coincidirán todos los analistas es en que la reunión extraordinaria de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) de este viernes estuvo marcada por la búsqueda de consensos.

Los 12 mandatarios llegaron a Bariloche, en el sur de Argentina, para una reunión de unas tres horas que al final de convirtieron en siete. Habían sido convocados para discutir el principal conflicto bilateral de la región por estos días, que enfrenta a Colombia con algunos de sus vecinos por un acuerdo militar firmado entre Bogotá y Estados Unidos.

El presidente venezolano, Hugo Chávez, y su par colombiano, Álvaro Uribe, caldearon el ambiente en los días previos con acusaciones cruzadas. "Imperialista", rotuló Chávez a la asociación colombo-estadounidense. "Intervencionista", replicó el gobierno uribista y anticipó que nadie va a inmiscuirse en sus asuntos internos.

Y detrás de ellos se alinearon los mandatarios de Unasur en dos bandos: Ecuador y Bolivia, aliados históricos de Venezuela, y el peruano Alan García como respaldo de Uribe. Todo hacía pensar en debates subidos de tono, insultos y desaires.

En vez de eso, en Bariloche hubo un intercambio que dejó tras de sí un documento final que habla de "cooperación", "mecanismos de confianza mutua" y "fortalecer Sudamérica como una zona de paz".

Pueden ser declaraciones de buena voluntad pero, por el momento, todos eligieron suscribirlas. Lo que no es poco en una región dividida por modelos de país disímiles y, de a ratos, incompatibles.

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Seguridad, en la agenda

El largo día de sesión se centró en la discusión por las bases militares colombianas que, tras la ampliación del acuerdo entre Bogotá y Washington, podrán ser usadas por fuerzas estadounidenses.

La sola mención de la infraestructura militar en territorio colombiano hizo elevar las voces. La que se oyó más fuerte fue la de Chávez, quien presentó un documento con el que, a su juicio, se confirmaría que la presencia de efectivos estadounidenses en Colombia es parte de un plan más amplio de intervención sobre el sur del continente.

El ecuatoriano Rafael Correa, por su parte, se refirió a ellas como "las bases norteamericanas", pese a que Uribe insistió en que las instalaciones estarán bajo el control de su gobierno.

Sin embargo, la resolución final de los mandatarios no hace una condena abierta a las bases. Ni siquiera una mención. Establece, de un modo genérico, que "la presencia de fuerzas extranjeras no puede amenazar la soberanía" de ninguna nación de la región.

Para algunos observadores, éste fue uno de los triunfos silenciosos del mandatario colombiano, que evitó una condena expresa a un acuerdo que, según había dicho antes de llegar a Bariloche, no tendrá de todos modos marcha atrás.

El orden brasileño

Otros, en cambio, adjudicarán ese consenso, trabajoso y agotador, a la intervención del país mais grande de la región, Brasil.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva jugó un papel fundamental en atemperar los ánimos y rescatar a Unasur como herramienta de trabajo diplomático. Y no lo hizo al micrófono: Lula habló tarde y bastante menos que otros representantes, se quejó cuando el debate perdió el norte, y hasta protestó de la reunión televisada porque ante las cámaras "no hablamos como pensamos o sentimos".

Más bien, Lula buscó el diálogo con cada actor del conflicto para llamar a la concordia. Recibió a Uribe durante la "gira relámpago" del colombiano en busca de apoyo regional, seguramente tocó el tema álgido en una visita al presidente boliviano, Evo Morales, en El Chapare días atrás, y hasta llamó al estadounidense Barack Obama para explicarle que las acciones militares en la región generan "preocupación y sensibilidad".

Fuentes de Cancillería le dijeron a BBC Mundo que, antes de la reunión, Lula le solicitó a Chávez que evitara promover el "aislacionismo": dejar a Uribe solo frente a un alud de reclamos vecinales.

"Todos nosotros tenemos acusaciones para todos, y eso no soluciona nuestro problema. Cuando nos sentamos a una mesa como ésta, tenemos que decidir antes de llegar a la puerta si queremos entrar para construir un clima de paz o para construir un clima de guerra", aleccionó el brasileño.

La estrategia... vaya si funcionó. El tono de la reunión nunca llegó al grito o al insulto, apenas alguna acusación subida pero siempre aclarando "con todo respeto, presidente".

Muchos señalarán que Brasil quedó así un paso más cerca de consolidarse como "elemento de cohesión" en el bloque sudamericano. El país tiene sus propios motivos, además de una innegable buena predisposición: las turbulencias en el vecindario afectan su estabilidad interna, así como el papel de potencia internacional que está decidido a construir de cara al mundo.

Carrera armamentista

Sobre la mesa de diálogo de Unasur quedó un tema pendiente: la tensión entre soberanía y seguridad, que se vuelve aún más sensible cuando el debate se da entre socios tan dispares.

Los cruces verbales sobre las bases militares de Colombia sirvieron para dejar al descubierto una problemática asociada que preocupa a todo el continente: la carrera armamentista que, en silencio y con nuevos bríos, parecen haber emprendido varios países de la región.

"Es vergonzoso que se haya gastado US$38.000 millones en armas, y saldremos de aquí a comprar más armas", reclamó el presidente de Perú, Alan García, quien consideró que es paradójico que el abastecimiento de tanques y fusiles transcurra en paralelo a los discursos de paz de la región.

Brasil, Venezuela, Colombia y Chile son, según las estadísticas que se conocen, los principales responsables de este movimiento armamentista (aunque parte del gasto en armamento se usa en renovar equipos obsoletos).

En la sesión se sugirió crear "mecanismos de verificación" de armamento en los países miembro, y será misión futura abordar los fines y alcances de la carrera armamentista sudamericana, de la que sólo parecen quedar fuera Argentina y Paraguay.

Por el momento, las miradas seguirán puestas en los vecinos sobre el Caribe. Para septiembre está convocado un encuentro del Consejo de Defensa de Unasur, donde cancilleres y ministros de Defensa analizarán cómo resolver, primero, el conflicto actual entre Colombia y Venezuela.


Pablo Felipe  Pérez Goyry

Freelance: Writer - Journalistic Analyst - Photographer Design Editor - CEO - Chemical Industrial & Analyst

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