“Desarrollo sostenible...” - Autor: Pablo Felipe Pérez Goyry
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Autor: PABLO FELIPE PÉREZ GOYRY
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22 de abril de 2014
18 de marzo de 2014
“De las experiencias foráneas” - Autor: Pablo Felipe Pérez Goyry
“De las experiencias foráneas” - Autor: Pablo Felipe Pérez Goyry
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21 de noviembre de 2011
Carta abierta al futuro Presidente del Gobierno Español, sobre la crisis económica y el gasto militar - Por: Federico Mayor Zaragoza
Carta abierta al futuro Presidente del Gobierno Español, sobre la crisis económica y el gasto militar
Sr. Presidente,
Somos conscientes de que asumirá el encargo de presidir el Gobierno en un contexto de grandes dificultades económicas, de distanciamiento entre la ciudadanía y la política y en el que tendrá que dar respuestas convincentes ante los múltiples retos actuales.
17 de noviembre de 2011
El candidato del PP, señor Mariano Rajoy, ha declarado: “Mi primera medida será un mensaje de austeridad al mundo” - Por: Federico Mayor Zaragoza
El candidato del PP, señor Mariano Rajoy, ha declarado: “Mi primera medida será un mensaje de austeridad al mundo”
Por: Federico Mayor Zaragoza
Ex Director Unesco
¿No sabe el señor Rajoy que más del 80% de la humanidad ya vive en condiciones tan austeras que si lanza esta primera medida ya no le dejarán lanzar la segunda?
La austeridad de los que él representa puede ser muy pertinente. Pero a escala mundial –puesto que se dirige “al mundo”- es injusta e incongruente.
11 de noviembre de 2011
Para las finanzas la democracia es un estorbo - Por: Alberto Rabilotta
Para las finanzas la democracia es un estorbo
Por: Alberto Rabilotta*
La crisis financiera y económica de la zona euro se agrava, y se anclan aun más las políticas antidemocráticas que Alemania, Francia y otros países tratan desesperadamente de aplicar para satisfacer a la “dictadura de los mercados”. Por eso, para aplicar una “sana gestión” de las finanzas públicas en los países de la zona euro ha sido necesario retroceder casi mil años, a la época en que Federico I, alias Barbarroja, Rey de los romanos y del Sacro Imperio Romano Germánico, regía sobre una parte de lo que hoy es Italia.
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8 de noviembre de 2011
La gente en Cuba piensa que somos millonarios - Por: Juan Carlos León
La gente en Cuba piensa que somos millonarios
Por: Juan Carlos León*
Bitácora Participativa
Bitácora Participativa
Después que Obama tomó la presidencia de Estados Unidos se han incrementado –en gran medida- los vuelos a Cuba. Hay, incluso, cubanos que ahora pasan más tiempo en la isla que en su nuevo lugar de residencia. Estos constantes viajes y envío de remesas están mandando un mensaje erróneo a la gente de allá, ya que muchos creen que somos millonarios.
27 de octubre de 2011
Haití: ¿Qué podemos esperar de la nueva administración de Martelly y Conille? - Por: Wooldy Edson Louidor
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Foto: Pepe Mateo Haití: ¿Qué podemos esperar de la nueva administración de Martelly y Conille? Por: Wooldy Edson Louidor* Desde la toma de posesión, el pasado 18 de octubre, del primer ministro haitiano Garry Conille, se habla de una “nueva era” en Haití. Después de 5 largos meses de su investidura como nuevo presidente haitiano, Michel Martelly logró constituir su gobierno, al obtener finalmente la ratificación, por las dos ramas del Parlamento, de su jefe de gobierno designado, luego de que dos candidatos nominados al mismo puesto fueron previamente rechazados por el poder legislativo. Ante los inmensos problemas humanitarios, socio-económicos, políticos e internacionales que enfrenta actualmente Haití, ¿qué podemos esperar de la nueva administración del jefe de Estado Martelly y del jefe de Gobierno Conille? |
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26 de septiembre de 2011
Reflexión: ‘Conocimiento y economía ecológica’
Reflexión: ‘Conocimiento y economía ecológica’
“La idea está en añadir no una dimensión ambiental a las decisiones económicas tomadas de antemano en planes y proyectos de desarrollo, sino integrar los
16 de agosto de 2011
Wallerstein: 'Se vienen años de incertidumbre y caos mundial'. - Por: Sally Burch
Wallerstein: 'Se vienen años de incertidumbre y caos mundial' (Entrevista)
Por: Sally Burch
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| Sally Burch |
El destacado académico de las ciencias sociales, Immanuel Wallerstein, es uno de los más connotados exponentes del pensamiento crítico contemporáneo y durante su reciente visita a Ecuador, ALAI conversó con él sobre la actual crisis de deuda que golpea duramente a Estados Unidos y sus consecuencias para los países emergentes y América Latina.
El investigador principal de la Universidad de Yale considera que el dólar ha entrado en un proceso grave e irreversible de pérdida de valor como moneda de reserva mundial, subrayando que era “el último poder serio que mantenía Estados Unidos”.
Wallerstein piensa que las diferentes medidas de emergencia que se están implementando en su país simplemente están retrasando la banca rota mundial. “Los daños son hechos concretos, la situación de los Estados Unidos es grave y no es recuperable”, recalca.
Estima que el desenlace ocurrirá dentro dos o tres años, con resultados caóticos para el sistema mundial porque “no habrá una moneda de reserva internacional” y tampoco existen condiciones para que otra moneda pueda ocupar ese rol. Entonces con el fin del dólar como reserva mundial “van a existir cinco, seis o siete monedas importantes, una situación caótica porque habrá fluctuaciones enormes continuas”.
“Ni los gobiernos ni las firmas transnacionales, ni los mega-bancos, ni los individuos sabrán qué hacer. Una incertidumbre enorme paralizará el mundo, especialmente a los inversionistas”, advierte el académico estadounidense.
Mientras esto ocurre en un nivel macro de la economía norteamericana, paralelamente también en un plano más local se vienen produciendo serios problemas económicos. “Comunidades urbanas pequeñas están entrando a la bancarrota y por ejemplo no pueden pagar las jubilaciones”, indica el científico social.
El investigador considera que en su país la clase media es la más afectada porque de un día a otro las familias pierden posición y los trabajadores que perdieron su empleo no pueden hallar otro puesto, especialmente las personas entre 40 y 60 años, llegando incluso a perder sus casas. Es una situación que actualmente no tiene solución y no se observa posibilidad de encontrar una válvula de escape.
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| Immanuel Wallerstein |
Además, Wallerstein señala que “la situación en Estados Unidos va a empeorar porque se va a eliminar la posibilidad que el gobierno sostenga gastos necesarios en este momento, creándose una situación peor que la actual. La fantasía del Tea Party está llevando a Estados Unidos y por consecuencia a todo el mundo en dirección de un crash”.
Teniendo en cuenta estas consideraciones el pronóstico del teórico norteamericano, para los próximos años, es bastante pesimista. “Yo veo guerras civiles en múltiples países del norte, sobre todo en Estados Unidos donde la situación es mucho peor que en Europa occidental, aunque allá también hay posibilidades de guerra porque hay un límite hasta el cual la gente ordinaria acepta la degradación de sus posibilidades”.
China y países emergentes
Ante la crisis de Estados Unidos y Europa los países emergentes por el momento parecen vivir bien, sin embargo, desde el punto de vista de Wallerstein, esconden una falsa realidad porque todos estamos en una misma canasta.
Teniendo en cuenta que China es el principal tenedor de bonos norteamericanos, ese país afronta una disyuntiva muy delicada. Wallerstein considera que si por un lado “deja de comprar bonos de Estados Unidos va a perder la oportunidad de colocar productos chinos en ese mercado, un problema muy serio para la China. Al mismo tiempo, cuando el dólar pierda su posición relativa a las otras monedas sus bonos no van a valer mucho”.
Entonces, China se está arriesgando a perder enormemente tanto si se retira o si continúa en el mercado de bonos norteamericanos. Frente a esta situación considera que “lo más probable es que la China se vaya retirando poco a poco”. Justamente el problema está en determinar cuando es el momento perfecto para detener las inversiones, lo cual es imposible de señalar porque si lo supiéramos seríamos todos ricos, agrega el investigador.
Además de este serio problema que afronta China, explica que el país asiático atraviesa por una situación muy frágil desde el punto de vista de su economía interna, “porque los bancos chinos están en la misma situación que los bancos norteamericanos de hace dos o tres años”. Asimismo, la inflación limita posibilidades a China y a otros países emergentes como, por ejemplo, a Brasil.
En este contexto considera que los países emergentes, y en el caso de Suramérica la Unasur, deberán hallar los mecanismos de un “proteccionismo a corto plazo a fin de minimizar los daños que serán para todo el mundo. No habrá países que escaparán de los daños pero serán más grandes para algunos que para otros”.
Preguntado sobre la construcción de una nueva arquitectura financiera regional, con iniciativas como el Banco del Sur o de una moneda regional como el Sucre, el académico valoró positivamente esas posibilidades para los pueblos de América del Sur. “La creación eventual de una moneda verdadera común será un elemento de fuerza económica en esta situación”. En ese sentido citó como ejemplo que a pesar de las dificultades en Europa con el euro, la decisión de salvaguardar la moneda común “va a permitirles una posición política importante”.
Finalmente, como un mensaje para América Latina invitó a continuar con la reflexión sobre la necesidad de garantizar alimentos suficientes para su pueblo, agua para su pueblo, energía para su pueblo, como cuestiones mínimas y esenciales que deben hacer todos los gobiernos del Sur. [Fuente: Alain-amlatina]
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15 de agosto de 2011
Discusiones sobre el declive de Estados Unidos - Por Claudio Katz
Discusiones sobre el declive de Estados Unidos
Por Claudio Katz(*)
Resumen
Los diagnósticos de declinación estadounidense destacan la regresión monetaria e industrial y el endeudamiento externo del país. Pero analizan la economía norteamericana con los mismos parámetros de cualquier otro país, olvidando el papel primordial de la primera potencia en la reproducción del capital global. Esa centralidad se verifica en la primacía de las finanzas estadounidenses.
El dólar ha perdido su reinado mundial, pero ninguna otra divisas se perfila como reemplazante y en las situaciones de crisis es el refugio más apetecido. El endeudamiento norteamericano es sostenido por varias potencias exportadoras. Para comprender el rol de una economía imperial hay que superar la perspectiva nacional comparativa.
El retroceso de la industria norteamericana está compensado por la localización externa de las firmas. Esta combinación es omitida por la teoría de la declinación, que también soslaya el liderazgo tecnológico de Estados Unidos. La primera potencia lucra con el neoliberalismo y se ha recompuesto en cada disipación de las crisis capitalistas.
El retroceso militar de Estados Unidos no se verifica. La primera potencia sufrió derrotas, pero también logró varios éxitos. Hay que distinguir la envergadura de cada episodio y registrar el ejercicio cotidiano de la coerción imperial. Estados Unidos no es un guerrero solitario, sino que encabeza un dispositivo de protección colectiva. La omisión de este dato conduce a observar “sobre-extensiones territoriales”, donde existen manejos capitalistas.
El intento norteamericano de introducir modalidades de gestión globalizada confirma la inconveniencia de evaluar su liderazgo con parámetros comparativos. No se deben confundir coyunturas con tendencias. Evitar la subestimación del gendarme es la condición para derrotarlo.
Muchas teorías de resurgimiento de la rivalidad inter-imperial se inspiran en diagnósticos de declinación estadounidense. Consideran que ese declive modifica drásticamente la configuración del capitalismo contemporáneo y tiende a reabrir la competencia por el reparto del mundo. Hay diagnósticos fuertes y moderados de esa evolución y distintas caracterizaciones sobre el retroceso estadounidense.
Los argumentos de la declinación
El enfoque más corriente remarca la regresión económica. Destaca que el gigante del Norte perdió la superioridad de posguerra, ya no controla el 50% de la industria mundial y no ejerce un reinado monetario. Señala que la in-convertibilidad del dólar (1971) acentúo el deterioro de Estados Unidos frente a Europa o Japón y estima que esa caída se profundizó en las últimas dos décadas de ascenso chino. Resalta la presencia de un generalizado repliegue de la producción norteamericana, que incluye desmoronamientos de la productividad, obsolescencia de la estructura manufacturera y creciente desindustrialización. (1)
En el análisis de este estancamiento se hace hincapié en la pérdida de empleos industriales, la expansión de los servicios y el déficit comercial, que son atribuidos a la masiva importación de bienes anteriormente fabricados en el país. Este desequilibrio externo es explicado por una descontrolada inclinación norteamericana al sobre-consumo, que favorece a las empresas foráneas. (2)
El retroceso del dólar es presentado como otro barómetro del declive. La pérdida de señorazgo de esa divisa es vista como un proceso irreversible. Se supone que concluirá con el reemplazo del billete que reguló durante décadas las transacciones internacionales, por otras monedas (euro, yen, yuan) o por la formación de una canasta de signos sustitutos. (3) Esta sustitución es también asociada con la transformación de un viejo acreedor mundial en el principal deudor contemporáneo. Estados Unidos es descripto como un agobiado prestatario, que depende del flujo de capitales externos para solventar su deuda pública. Esta atadura –que obliga al país a sostener tasas de interés atractivas para los adquirientes foráneos de bonos del tesoro- es identificada con otras experiencias de declive histórico. Se recuerda que la sofocación deudora determinó en el pasado, el fin de la expansión material y el comienzo de la regresión financiera de todas las potencias declinantes. (4)
Este retroceso es señalado, a su vez, como el principal causante de la segmentación económico-social que soporta Estados Unidos. La fractura que corroe la movilidad ascendente de posguerra ya sepulta al modelo de empleo e ingresos ascendentes, que caracterizó al fordismo. (5)
El ritmo de caída del imperio norteamericano suscita controversias. Algunos autores sostienen que ese desplome supera ampliamente la percepción corriente. Consideran que estuvo enmascarado durante la última década por el derrumbe del contendiente soviético y por los artificios de la globalización financiera. Estiman que una economía depredadora y dependiente de la exacción de recursos de otros países tiende al desplome y repetirá la trayectoria seguida por España durante el siglo XVII. Esa potencia disimulaba su quiebra con el oro sustraído del Nuevo Mundo. (6)
Otras visiones son más cautelosas. Reconocen que Estados Unidos logró posponer su caída, mediante un paréntesis de “belle époque” gestado durante el neoliberalismo. El país pudo reorientar los flujos financieros hacia su propio mercado y contó con recursos suficientes para doblegar a la URSS y domesticar al Sur. (7)
Pero este desahogo no alcanzaría y solo demoraría la decadencia que ya padeció anteriormente el imperio británico. Ese antecedente incluyó los mismos giros hacia la intermediación comercial y el refugio en las finanzas. Estados Unidos carga, además, con una orfandad de dominios territoriales, que le impiden repetir la administración de la regresión que logró Inglaterra a principios del siglo XX. (8)
De estas caracterizaciones surgen contundentes previsiones sobre el fin del liderazgo norteamericano, que algunos autores sitúan en una fecha precisa (año 2025) y otros imaginan en horizontes más indefinidos. Pero todos convocan a “desacoplarse” por cualquier vía del desplome estadounidense. (9)
Singularidades financieras
Las teorías que diagnostican el declive norteamericano analizan la economía de esa potencia con los mismos parámetros de cualquier otro país. No registran las peculiaridades de una estructura muy singular. Estos rasgos se forjaron durante la posguerra y se consolidaron en las últimas décadas de mundialización neoliberal.
A diferencia de otros países, Estados Unidos juega un papel primordial en la reproducción del capital global. Resulta indispensable tomar en cuenta este dato, en cualquier evaluación. El simple contraste de índices de productividad, endeudamiento o gravitación monetaria del gigante del Norte con sus rivales olvida esta particularidad y se limita a extender la teoría realista de las relaciones internacionales al campo de la economía. Traza un contrapunto en el plano industrial, comercial o financiero entre países desarrollados, suponiendo que compiten en igualdad de condiciones por la dominación mundial.
Con esa mirada se supone que Estados Unidos pierde posiciones frente a sus rivales, desconociendo que esa batalla no se desenvuelve como una confrontación entre pares. Ningún adversario cumple el rol político-militar que juega el gendarme imperial, en la preservación del sistema que defienden todos los concurrentes.
Una mirada exclusivamente centrada en la competencia era válida a fines del siglo XIX, pero no sirve en la actualidad. Se ha consumado una internacionalización de la economía, un salto en la asociación mundial de los capitales y un incremento cualitativo en la gravitación de las empresas transnacionales que modifican el viejo escenario. En el contexto vigente, Estados Unidos ocupa un rol decisivo en la organización de la economía global.
Esa centralidad es muy evidente en el plano financiero y por esta razón los teóricos del declive son más cautelosos en los diagnósticos de este sector. Reconocen la continuada preeminencia de los bancos estadounidenses, que perdura como un factor determinante de la mundialización contemporánea.
Mediante la expansión de esas entidades se forjó inicialmente el mercado del euro-dólar que financió la internacionalización de las empresas norteamericanas y especialmente su asociación con las compañías europeas. Esa plaza se convirtió en el principal antecedente de los depósitos desregulados y las transacciones extraterritoriales, que posteriormente forjaron la mundialización financiera. Los bancos norteamericanos facilitaron un manejo autónomo de la liquidez mundial, que apuntaló el protagonismo de la City londinense.
Cuando las desregulación de esa actividad exigió mayor incidencia directa de la Reserva Federal, la centralización de las operaciones se trasladó a Nueva York. Este giro fue precedido por una gran depuración de los propios bancos estadounidenses, que sufrieron un recorte del 36% de sus entidades a fines de los 70 y una segunda limpieza de gran porte a principios de 90. Este ajuste se enmarcó en una ofensiva neoliberal que comenzó en Washington, con la decisión de encarecer la tasa de interés. (10)
Esta gravitación de las finanzas norteamericanas quedó confirmada durante las últimas dos décadas por el rol que ha jugado Wall Street (en el circuito bursátil internacional) y la Reserva Federal (en la circulación global del capital). Lo ocurrido en la crisis reciente ha sido muy ilustrativo de este poderío. Toda la política de socorro estatal a los bancos implementada a nivel internacional fue primero definida por los banqueros estadounidenses, luego asumida por el gobierno de ese país y finalmente adoptada por el resto de las potencias.
Esa preeminencia se verifica también en las negociaciones para reorganizar el sistema bancario. Estados Unidos le impuso a Alemania y a Francia la preservación del actual esquema de finanzas liberalizadas, con algún ajuste cosmético de los paraísos fiscales. Todo el reordenamiento de las normas bancarias internacionales ha quedado a subordinado, además, al ajuste previo de las entidades norteamericanas.
El control sobre las calificadoras, la supervisión de los fondos buitres, la regulación de los capitales mínimos y las restricciones al apalancamiento que se dispongan en Estados Unidos fijarán la pauta a seguir en todo el planeta. El modelo de la FED sería primero adoptado por el FMI y posteriormente exportado al resto de las naciones. Los tiempos de esta renovación dependen de las tensiones internas que afronta la administración de Obama.
La FED actuó durante la crisis del 2008-2010 como un Banco Central con influencia mundial y definió la política predominante de bajísimas tasas de interés. Japón volvió a exhibir sometimiento financiero al padrino estadounidense y el ente rector de las finanzas europeas fue incapaz de adoptar medidas significativas. Mantuvo una postura conservadora y restringió su radio de acción al Viejo Continente.
La gravitación de las finanzas norteamericanas obedece al rol estratégico que continúa cumpliendo ese sector en la internacionalización del movimiento de capitales. Esta circulación no quedó interrumpida por ninguna crisis de las últimas décadas. Al contrario, cada colapso bancario vigorizó la globalización de las finanzas, que impulsan todas las potencias, pero que asegura Estados Unidos. Este rol de garante no se verifica sólo observando la localización del capital. Hay que notar quiénes son los socios y custodios de los flujos financieros desperdigados por todo el planeta.
Divisas y endeudamiento
El lugar del dólar en este proceso es un tema más controvertido. Es evidente que esa divisa ya no tiene la supremacía indiscutida de los años 50. Pero su in-convertibilidad arrastra más de cuatro décadas y durante ese lapso no se registró el desplome incontenible de un signo carente de respaldo real. Predominaron sucesivos ciclos de ascenso y descenso de esa cotización, junto a la aparición de varias monedas de mayor alcance global. Ninguna de estas divisas se ha perfilado, hasta ahora, como reemplazante del billete norteamericano.
Lo ocurrido en la crisis reciente confirmó este panorama. El dólar se convirtió en el principal refugio monetario frente al desmoronamiento de los bancos. En la emergencia, los acaudalados del planeta optaron por proteger sus ahorros en esa divisa (en llamativo contraste con el euro). La moneda del Viejo Continente debió sostenerse con un anclaje, que el Banco Central Europeo sostuvo mediante tasas de interés superiores a las vigentes en Estados Unidos. Esa entidad actuó con muchas vacilaciones para apuntalar un signo creado durante la bonanza y sometido a su primer test de consistencia.
En la distensión financiera que ha sucedido al pico del colapso del 2008-09, el dólar ha vuelto a caer. Esta baja ciertamente refleja la búsqueda de un equilibrio monetario, que exprese las nuevas relaciones de fuerza vigentes entre la primera potencia y el resto del mundo. Estados Unidos intenta mantener cierta primacía, manejando una devaluación que le permita reducir el déficit comercial, sin afectar la afluencia internacional de capitales. Negocia con sus rivales estos dos objetivos contradictorios, mientras que sus competidores intentan aminorar la gravitación del dólar, evitando su completa sustitución por otra moneda.
La tendencia preeminente apunta disminuir la supremacía monetaria norteamericana, sin eliminar su gravitación. El euro no se perfila como reemplazante del dólar, el yen ni siquiera ambiciona disputar ese rol y el yuan no opera todavía libremente en los mercados internacionales. Nadie avala tampoco, un retorno a las áreas monetarias cerradas de entre-guerra.
Por esta razón se discute la formación de distinto tipo de canastas o billetes compartidos (como los Derechos Especiales de Giro), cuya viabilidad dependerá del carácter manejable o descontrolado que asuma la crisis actual. En general, los rivales buscan nuevas formas de asociación y no de confrontación (o reemplazo) de Estados Unidos. (11)
Este interés por preservar la estabilidad del dólar obedece a un propósito comercial: continuar la colocación de productos en el principal mercado del planeta. Mediante la importación masiva de bienes, la economía norteamericana mantuvo aceitado el ritmo de actividad mundial, durante la última década. Todos los exportadores intentan sostener su cuota de ventas en Estados Unidos y esa tarea exige mantener la gravitación del dólar.
En este contexto hay que analizar la conversión de Estados Unidos en un gran deudor. Este lugar puede ser interpretado como un signo de decadencia y subordinación a los rivales ascendentes es otro indicio del papel central que ocupa la primera potencia, en el ciclo mundial de los negocios.
Existen muchas discusiones sobre la magnitud real del endeudamiento externo norteamericano y del costo de su refinanciación externa, a partir de un déficit comercial que saltó del 1,7% (1982-97) al 5-6 % del PBI (2003-10). Las calificadoras han reducido el puntaje de confiabilidad de la deuda y los republicanos impulsan la formación de una comisión con plenos poderes, para monitorear una drástica reducción del pasivo. Estos datos son ilustrativos del debilitamiento interno de la economía norteamericana.
Pero el país mantiene su estratégica importancia como absorbente de las mercancías excedentes. La actitud de China durante la crisis reciente retrató el interés que mantienen las restantes potencias en el sostenimiento de ese mercado. El gigante oriental decidió refinanciar el déficit norteamericano para preservar su corriente de ventas. La posibilidad de sostener este circuito es muy dudosa y no resulta fácil continuar comerciando a puro crédito.
Pero los teóricos de la declinación norteamericana no logran explicar por qué razón, los concurrentes de la primera potencia apuestan al sostenimiento y no a la caída de su rival. A la hora de observar el endeudamiento externo hay que notar no solo la posición contable adversa de Estados Unidos, sino también la función movilizadora que tiene ese desbalance sobre el flujo internacional de capitales y mercancías.
Para capturar las tendencias en curso es necesario reconocer que la economía norteamericana no se equipara con las restantes. Las variables en discusión -cotización del dólar, magnitud del déficit comercial, envergadura del bache presupuestario- deben ser analizadas superando la perspectiva nacional-comparativa. Hay que estudiar esos indicadores desde una dinámica imperial, que sitúa a Estados Unidos en el corazón del capitalismo global.
Internacionalización y segmentación
En el terreno industrial los datos del retroceso norteamericano son más contundentes. La participación del país en la producción manufacturera mundial se ha reducido año tras año. Esta caída obedece a la irrupción de los competidores y a la creciente localización externa de las firmas estadounidenses.
La magnitud del retroceso es más discutible, si en lugar de comparar con lo ocurrido con las nuevas potencias, se traza un contrapunto con los viejos rivales de la tríada. En ese contraste, la tasa de crecimiento de Estados Unidos no ha sido inferior a Europa o Japón. La productividad supera a ambas regiones en las ramas más estratégicas, en el gasto de inversión y desarrollo y en el promedio de las ganancias. (12)
Tal como ocurre con las finanzas, la performance industrial norteamericana no debe ser evaluada con simples comparaciones internacionales. A diferencia del pasado, el índice de internacionalización de las grandes empresas constituye un dato insoslayable.
Si una firma estadounidense se traslada a un país asiático, su producción parece acentuar la prosperidad de Oriente a costa de Norteamérica. Pero en realidad, esa compañía remite ganancias a la nación de origen y forma parte de un dispositivo fabril globalizado, bajo el comando estadounidense. Esta mundialización constituye el cambio más importante de la industria norteamericana. Las compañías que fabricaban “made in USA” encabezaron desde fines de los años 60 un gran salto hacia la inversión externa directa.
Los teóricos de la declinación reconocen ese liderazgo, pero consideran que la internacionalización productiva ha erosionado indiscriminadamente el poder territorial de todos los estados. No perciben el carácter jerarquizado de ese deterioro y el continuado poder de presión que mantiene el estado norteamericano, sobre los países que reciben inversiones de esa metrópoli.
En la nueva división del trabajo que forjó la internacionalización productiva, muchas actividades de mayor relevancia (gerencia, diseño, investigación, control financiero, innovación de producto, administración comercial) han mantenido su vieja localización. Sólo abaratan costos, transfiriendo a las filiales la fabricación en masa. Esa producción sigue las pautas fijadas por una gestión global, que se diagrama en las casas matrices.
Este proceso constituye una reorganización más compleja que la simple desindustrialización, resaltadas por los teóricos de la decadencia estadounidense. Desconocen que la primera potencia ha liderado una transformación global que continúa generando significativos beneficios. Un indicador de esta tendencia es el aumento de las ganancias remesadas por las firmas que operan en el exterior. (13)
Este proceso de internacionalización ha dado lugar a una creciente segmentación de la industria norteamericana. Las compañías que operan a escala globalizada se han expandido y las firmas que actúan sólo a nivel nacional sufrieron sucesivos retrocesos. La ampliación del primer sector genera desequilibrio comercial y la regresión del segundo acentúa la pobreza y el desempleo.
Esta misma segmentación explica, a su vez, la recuperación que tuvieron los sectores globalizados que trabajan con tecnologías de punta, especialmente en las actividades de aeronáutica, informática y electrónica. La contraparte de esta prosperidad ha sido la sistemática caída de las ramas que operaban en torno al mercado interno.
La escandalosa polarización social que soporta Estados Unidos constituye un reflejo de esa fractura económica. La brecha no separa sólo a las familias enriquecidas de los trabajadores endeudados. En todo el país se ha producido una radical transformación entre zonas que mantuvieron su nivel de actividad y regiones que colapsaron por la reorganización capitalista. Basta recordar que en plena crisis del 2008-2010 continuaron floreciendo las ganancias de las empresas con fuerte localización externa, para mensurar la dimensión de esa reconversión.
Esta reorganización expresa la compleja y contradictoria situación que ha creado la internacionalización de la industria norteamericana. Esta transformación es omitida por los análisis que enfatizan la declinación. Observan la reestructuración como una prueba del declive, soslayando el análisis de la mundialización en curso.
Esos enfoques enfrentan un escollo particularmente duro a la hora de explicar el liderazgo norteamericano, en las nuevas tecnologías de la información. Este comando es indiscutible en cualquier esfera de la computación, las redes, la microelectrónica, los chips, el hardware o el software. Esta supremacía obedeció en su origen a la estrecha conexión del sector con la experimentación militar. Existen numerosas controversias sobre el impacto de la revolución tecnológica actual en la productividad de las empresas, aunque el paso del tiempo tiende a confirmar la presencia de un giro radical.
Pero lo incuestionable es la incidencia dominante de Estados Unidos en ese proceso y este liderazgo en la innovación contrasta con el postulado de la declinación. En la historia del capitalismo los países que encabezaron revoluciones tecnológicas mantuvieron lugares preponderantes en la jerarquía internacional.
Algunos partidarios de la teoría del declive aceptan el carácter sinuoso del retroceso norteamericano. Comparan el respiro logrado por el país bajo el neoliberalismo, con el interregno que pospuso la decadencia británica a principios del siglo XX.
Pero la restauración del poder estadounidense no ha sido tan puntual. Desde los años 70 esa recomposición ha irrumpido en varias oportunidades, al cabo de severas crisis. Se observó después de la derrota de Vietnam y luego del desplome de la URSS. Cada vez que el capitalismo global logró emerger de una coyuntura crítica, se observó esa restauración estadounidense.
Los teóricos del declive simplemente presentan esa recomposición como un dato secundario e incluso sugieren que Estados Unidos se perfila en el largo plazo, como uno de los perdedores de la era neoliberal. Olvidan cómo ha usufructuado de la ofensiva del capital, la potencia que concibió, gestó y consumó esa agresión.
Las previsiones de caída norteamericana con fecha precisa son mucho más discutibles. Situar este desplome en el 2015, 2025 o 2050 es un dudoso ejercicio de futurología, que omite estudiar cómo la mundialización ha modificado la secuencia tradicional de sustituciones hegemónicas.
¿Pérdida del poder militar?
El dólar ha perdido su reinado mundial, pero ninguna otra divisas se perfila como reemplazante y en las situaciones de crisis es el refugio más apetecido. El endeudamiento norteamericano es sostenido por varias potencias exportadoras. Para comprender el rol de una economía imperial hay que superar la perspectiva nacional comparativa.
El retroceso de la industria norteamericana está compensado por la localización externa de las firmas. Esta combinación es omitida por la teoría de la declinación, que también soslaya el liderazgo tecnológico de Estados Unidos. La primera potencia lucra con el neoliberalismo y se ha recompuesto en cada disipación de las crisis capitalistas.
El retroceso militar de Estados Unidos no se verifica. La primera potencia sufrió derrotas, pero también logró varios éxitos. Hay que distinguir la envergadura de cada episodio y registrar el ejercicio cotidiano de la coerción imperial. Estados Unidos no es un guerrero solitario, sino que encabeza un dispositivo de protección colectiva. La omisión de este dato conduce a observar “sobre-extensiones territoriales”, donde existen manejos capitalistas.
El intento norteamericano de introducir modalidades de gestión globalizada confirma la inconveniencia de evaluar su liderazgo con parámetros comparativos. No se deben confundir coyunturas con tendencias. Evitar la subestimación del gendarme es la condición para derrotarlo.
Muchas teorías de resurgimiento de la rivalidad inter-imperial se inspiran en diagnósticos de declinación estadounidense. Consideran que ese declive modifica drásticamente la configuración del capitalismo contemporáneo y tiende a reabrir la competencia por el reparto del mundo. Hay diagnósticos fuertes y moderados de esa evolución y distintas caracterizaciones sobre el retroceso estadounidense.
Los argumentos de la declinación
El enfoque más corriente remarca la regresión económica. Destaca que el gigante del Norte perdió la superioridad de posguerra, ya no controla el 50% de la industria mundial y no ejerce un reinado monetario. Señala que la in-convertibilidad del dólar (1971) acentúo el deterioro de Estados Unidos frente a Europa o Japón y estima que esa caída se profundizó en las últimas dos décadas de ascenso chino. Resalta la presencia de un generalizado repliegue de la producción norteamericana, que incluye desmoronamientos de la productividad, obsolescencia de la estructura manufacturera y creciente desindustrialización. (1)
En el análisis de este estancamiento se hace hincapié en la pérdida de empleos industriales, la expansión de los servicios y el déficit comercial, que son atribuidos a la masiva importación de bienes anteriormente fabricados en el país. Este desequilibrio externo es explicado por una descontrolada inclinación norteamericana al sobre-consumo, que favorece a las empresas foráneas. (2)
El retroceso del dólar es presentado como otro barómetro del declive. La pérdida de señorazgo de esa divisa es vista como un proceso irreversible. Se supone que concluirá con el reemplazo del billete que reguló durante décadas las transacciones internacionales, por otras monedas (euro, yen, yuan) o por la formación de una canasta de signos sustitutos. (3) Esta sustitución es también asociada con la transformación de un viejo acreedor mundial en el principal deudor contemporáneo. Estados Unidos es descripto como un agobiado prestatario, que depende del flujo de capitales externos para solventar su deuda pública. Esta atadura –que obliga al país a sostener tasas de interés atractivas para los adquirientes foráneos de bonos del tesoro- es identificada con otras experiencias de declive histórico. Se recuerda que la sofocación deudora determinó en el pasado, el fin de la expansión material y el comienzo de la regresión financiera de todas las potencias declinantes. (4)
Este retroceso es señalado, a su vez, como el principal causante de la segmentación económico-social que soporta Estados Unidos. La fractura que corroe la movilidad ascendente de posguerra ya sepulta al modelo de empleo e ingresos ascendentes, que caracterizó al fordismo. (5)
El ritmo de caída del imperio norteamericano suscita controversias. Algunos autores sostienen que ese desplome supera ampliamente la percepción corriente. Consideran que estuvo enmascarado durante la última década por el derrumbe del contendiente soviético y por los artificios de la globalización financiera. Estiman que una economía depredadora y dependiente de la exacción de recursos de otros países tiende al desplome y repetirá la trayectoria seguida por España durante el siglo XVII. Esa potencia disimulaba su quiebra con el oro sustraído del Nuevo Mundo. (6)
Otras visiones son más cautelosas. Reconocen que Estados Unidos logró posponer su caída, mediante un paréntesis de “belle époque” gestado durante el neoliberalismo. El país pudo reorientar los flujos financieros hacia su propio mercado y contó con recursos suficientes para doblegar a la URSS y domesticar al Sur. (7)
Pero este desahogo no alcanzaría y solo demoraría la decadencia que ya padeció anteriormente el imperio británico. Ese antecedente incluyó los mismos giros hacia la intermediación comercial y el refugio en las finanzas. Estados Unidos carga, además, con una orfandad de dominios territoriales, que le impiden repetir la administración de la regresión que logró Inglaterra a principios del siglo XX. (8)
De estas caracterizaciones surgen contundentes previsiones sobre el fin del liderazgo norteamericano, que algunos autores sitúan en una fecha precisa (año 2025) y otros imaginan en horizontes más indefinidos. Pero todos convocan a “desacoplarse” por cualquier vía del desplome estadounidense. (9)
Singularidades financieras
Las teorías que diagnostican el declive norteamericano analizan la economía de esa potencia con los mismos parámetros de cualquier otro país. No registran las peculiaridades de una estructura muy singular. Estos rasgos se forjaron durante la posguerra y se consolidaron en las últimas décadas de mundialización neoliberal.
A diferencia de otros países, Estados Unidos juega un papel primordial en la reproducción del capital global. Resulta indispensable tomar en cuenta este dato, en cualquier evaluación. El simple contraste de índices de productividad, endeudamiento o gravitación monetaria del gigante del Norte con sus rivales olvida esta particularidad y se limita a extender la teoría realista de las relaciones internacionales al campo de la economía. Traza un contrapunto en el plano industrial, comercial o financiero entre países desarrollados, suponiendo que compiten en igualdad de condiciones por la dominación mundial.
Con esa mirada se supone que Estados Unidos pierde posiciones frente a sus rivales, desconociendo que esa batalla no se desenvuelve como una confrontación entre pares. Ningún adversario cumple el rol político-militar que juega el gendarme imperial, en la preservación del sistema que defienden todos los concurrentes.
Una mirada exclusivamente centrada en la competencia era válida a fines del siglo XIX, pero no sirve en la actualidad. Se ha consumado una internacionalización de la economía, un salto en la asociación mundial de los capitales y un incremento cualitativo en la gravitación de las empresas transnacionales que modifican el viejo escenario. En el contexto vigente, Estados Unidos ocupa un rol decisivo en la organización de la economía global.
Esa centralidad es muy evidente en el plano financiero y por esta razón los teóricos del declive son más cautelosos en los diagnósticos de este sector. Reconocen la continuada preeminencia de los bancos estadounidenses, que perdura como un factor determinante de la mundialización contemporánea.
Mediante la expansión de esas entidades se forjó inicialmente el mercado del euro-dólar que financió la internacionalización de las empresas norteamericanas y especialmente su asociación con las compañías europeas. Esa plaza se convirtió en el principal antecedente de los depósitos desregulados y las transacciones extraterritoriales, que posteriormente forjaron la mundialización financiera. Los bancos norteamericanos facilitaron un manejo autónomo de la liquidez mundial, que apuntaló el protagonismo de la City londinense.
Cuando las desregulación de esa actividad exigió mayor incidencia directa de la Reserva Federal, la centralización de las operaciones se trasladó a Nueva York. Este giro fue precedido por una gran depuración de los propios bancos estadounidenses, que sufrieron un recorte del 36% de sus entidades a fines de los 70 y una segunda limpieza de gran porte a principios de 90. Este ajuste se enmarcó en una ofensiva neoliberal que comenzó en Washington, con la decisión de encarecer la tasa de interés. (10)
Esta gravitación de las finanzas norteamericanas quedó confirmada durante las últimas dos décadas por el rol que ha jugado Wall Street (en el circuito bursátil internacional) y la Reserva Federal (en la circulación global del capital). Lo ocurrido en la crisis reciente ha sido muy ilustrativo de este poderío. Toda la política de socorro estatal a los bancos implementada a nivel internacional fue primero definida por los banqueros estadounidenses, luego asumida por el gobierno de ese país y finalmente adoptada por el resto de las potencias.
Esa preeminencia se verifica también en las negociaciones para reorganizar el sistema bancario. Estados Unidos le impuso a Alemania y a Francia la preservación del actual esquema de finanzas liberalizadas, con algún ajuste cosmético de los paraísos fiscales. Todo el reordenamiento de las normas bancarias internacionales ha quedado a subordinado, además, al ajuste previo de las entidades norteamericanas.
El control sobre las calificadoras, la supervisión de los fondos buitres, la regulación de los capitales mínimos y las restricciones al apalancamiento que se dispongan en Estados Unidos fijarán la pauta a seguir en todo el planeta. El modelo de la FED sería primero adoptado por el FMI y posteriormente exportado al resto de las naciones. Los tiempos de esta renovación dependen de las tensiones internas que afronta la administración de Obama.
La FED actuó durante la crisis del 2008-2010 como un Banco Central con influencia mundial y definió la política predominante de bajísimas tasas de interés. Japón volvió a exhibir sometimiento financiero al padrino estadounidense y el ente rector de las finanzas europeas fue incapaz de adoptar medidas significativas. Mantuvo una postura conservadora y restringió su radio de acción al Viejo Continente.
La gravitación de las finanzas norteamericanas obedece al rol estratégico que continúa cumpliendo ese sector en la internacionalización del movimiento de capitales. Esta circulación no quedó interrumpida por ninguna crisis de las últimas décadas. Al contrario, cada colapso bancario vigorizó la globalización de las finanzas, que impulsan todas las potencias, pero que asegura Estados Unidos. Este rol de garante no se verifica sólo observando la localización del capital. Hay que notar quiénes son los socios y custodios de los flujos financieros desperdigados por todo el planeta.
Divisas y endeudamiento
El lugar del dólar en este proceso es un tema más controvertido. Es evidente que esa divisa ya no tiene la supremacía indiscutida de los años 50. Pero su in-convertibilidad arrastra más de cuatro décadas y durante ese lapso no se registró el desplome incontenible de un signo carente de respaldo real. Predominaron sucesivos ciclos de ascenso y descenso de esa cotización, junto a la aparición de varias monedas de mayor alcance global. Ninguna de estas divisas se ha perfilado, hasta ahora, como reemplazante del billete norteamericano.
Lo ocurrido en la crisis reciente confirmó este panorama. El dólar se convirtió en el principal refugio monetario frente al desmoronamiento de los bancos. En la emergencia, los acaudalados del planeta optaron por proteger sus ahorros en esa divisa (en llamativo contraste con el euro). La moneda del Viejo Continente debió sostenerse con un anclaje, que el Banco Central Europeo sostuvo mediante tasas de interés superiores a las vigentes en Estados Unidos. Esa entidad actuó con muchas vacilaciones para apuntalar un signo creado durante la bonanza y sometido a su primer test de consistencia.
En la distensión financiera que ha sucedido al pico del colapso del 2008-09, el dólar ha vuelto a caer. Esta baja ciertamente refleja la búsqueda de un equilibrio monetario, que exprese las nuevas relaciones de fuerza vigentes entre la primera potencia y el resto del mundo. Estados Unidos intenta mantener cierta primacía, manejando una devaluación que le permita reducir el déficit comercial, sin afectar la afluencia internacional de capitales. Negocia con sus rivales estos dos objetivos contradictorios, mientras que sus competidores intentan aminorar la gravitación del dólar, evitando su completa sustitución por otra moneda.
La tendencia preeminente apunta disminuir la supremacía monetaria norteamericana, sin eliminar su gravitación. El euro no se perfila como reemplazante del dólar, el yen ni siquiera ambiciona disputar ese rol y el yuan no opera todavía libremente en los mercados internacionales. Nadie avala tampoco, un retorno a las áreas monetarias cerradas de entre-guerra.
Por esta razón se discute la formación de distinto tipo de canastas o billetes compartidos (como los Derechos Especiales de Giro), cuya viabilidad dependerá del carácter manejable o descontrolado que asuma la crisis actual. En general, los rivales buscan nuevas formas de asociación y no de confrontación (o reemplazo) de Estados Unidos. (11)
Este interés por preservar la estabilidad del dólar obedece a un propósito comercial: continuar la colocación de productos en el principal mercado del planeta. Mediante la importación masiva de bienes, la economía norteamericana mantuvo aceitado el ritmo de actividad mundial, durante la última década. Todos los exportadores intentan sostener su cuota de ventas en Estados Unidos y esa tarea exige mantener la gravitación del dólar.
En este contexto hay que analizar la conversión de Estados Unidos en un gran deudor. Este lugar puede ser interpretado como un signo de decadencia y subordinación a los rivales ascendentes es otro indicio del papel central que ocupa la primera potencia, en el ciclo mundial de los negocios.
Existen muchas discusiones sobre la magnitud real del endeudamiento externo norteamericano y del costo de su refinanciación externa, a partir de un déficit comercial que saltó del 1,7% (1982-97) al 5-6 % del PBI (2003-10). Las calificadoras han reducido el puntaje de confiabilidad de la deuda y los republicanos impulsan la formación de una comisión con plenos poderes, para monitorear una drástica reducción del pasivo. Estos datos son ilustrativos del debilitamiento interno de la economía norteamericana.
Pero el país mantiene su estratégica importancia como absorbente de las mercancías excedentes. La actitud de China durante la crisis reciente retrató el interés que mantienen las restantes potencias en el sostenimiento de ese mercado. El gigante oriental decidió refinanciar el déficit norteamericano para preservar su corriente de ventas. La posibilidad de sostener este circuito es muy dudosa y no resulta fácil continuar comerciando a puro crédito.
Pero los teóricos de la declinación norteamericana no logran explicar por qué razón, los concurrentes de la primera potencia apuestan al sostenimiento y no a la caída de su rival. A la hora de observar el endeudamiento externo hay que notar no solo la posición contable adversa de Estados Unidos, sino también la función movilizadora que tiene ese desbalance sobre el flujo internacional de capitales y mercancías.
Para capturar las tendencias en curso es necesario reconocer que la economía norteamericana no se equipara con las restantes. Las variables en discusión -cotización del dólar, magnitud del déficit comercial, envergadura del bache presupuestario- deben ser analizadas superando la perspectiva nacional-comparativa. Hay que estudiar esos indicadores desde una dinámica imperial, que sitúa a Estados Unidos en el corazón del capitalismo global.
Internacionalización y segmentación
En el terreno industrial los datos del retroceso norteamericano son más contundentes. La participación del país en la producción manufacturera mundial se ha reducido año tras año. Esta caída obedece a la irrupción de los competidores y a la creciente localización externa de las firmas estadounidenses.
La magnitud del retroceso es más discutible, si en lugar de comparar con lo ocurrido con las nuevas potencias, se traza un contrapunto con los viejos rivales de la tríada. En ese contraste, la tasa de crecimiento de Estados Unidos no ha sido inferior a Europa o Japón. La productividad supera a ambas regiones en las ramas más estratégicas, en el gasto de inversión y desarrollo y en el promedio de las ganancias. (12)
Tal como ocurre con las finanzas, la performance industrial norteamericana no debe ser evaluada con simples comparaciones internacionales. A diferencia del pasado, el índice de internacionalización de las grandes empresas constituye un dato insoslayable.
Si una firma estadounidense se traslada a un país asiático, su producción parece acentuar la prosperidad de Oriente a costa de Norteamérica. Pero en realidad, esa compañía remite ganancias a la nación de origen y forma parte de un dispositivo fabril globalizado, bajo el comando estadounidense. Esta mundialización constituye el cambio más importante de la industria norteamericana. Las compañías que fabricaban “made in USA” encabezaron desde fines de los años 60 un gran salto hacia la inversión externa directa.
Los teóricos de la declinación reconocen ese liderazgo, pero consideran que la internacionalización productiva ha erosionado indiscriminadamente el poder territorial de todos los estados. No perciben el carácter jerarquizado de ese deterioro y el continuado poder de presión que mantiene el estado norteamericano, sobre los países que reciben inversiones de esa metrópoli.
En la nueva división del trabajo que forjó la internacionalización productiva, muchas actividades de mayor relevancia (gerencia, diseño, investigación, control financiero, innovación de producto, administración comercial) han mantenido su vieja localización. Sólo abaratan costos, transfiriendo a las filiales la fabricación en masa. Esa producción sigue las pautas fijadas por una gestión global, que se diagrama en las casas matrices.
Este proceso constituye una reorganización más compleja que la simple desindustrialización, resaltadas por los teóricos de la decadencia estadounidense. Desconocen que la primera potencia ha liderado una transformación global que continúa generando significativos beneficios. Un indicador de esta tendencia es el aumento de las ganancias remesadas por las firmas que operan en el exterior. (13)
Este proceso de internacionalización ha dado lugar a una creciente segmentación de la industria norteamericana. Las compañías que operan a escala globalizada se han expandido y las firmas que actúan sólo a nivel nacional sufrieron sucesivos retrocesos. La ampliación del primer sector genera desequilibrio comercial y la regresión del segundo acentúa la pobreza y el desempleo.
Esta misma segmentación explica, a su vez, la recuperación que tuvieron los sectores globalizados que trabajan con tecnologías de punta, especialmente en las actividades de aeronáutica, informática y electrónica. La contraparte de esta prosperidad ha sido la sistemática caída de las ramas que operaban en torno al mercado interno.
La escandalosa polarización social que soporta Estados Unidos constituye un reflejo de esa fractura económica. La brecha no separa sólo a las familias enriquecidas de los trabajadores endeudados. En todo el país se ha producido una radical transformación entre zonas que mantuvieron su nivel de actividad y regiones que colapsaron por la reorganización capitalista. Basta recordar que en plena crisis del 2008-2010 continuaron floreciendo las ganancias de las empresas con fuerte localización externa, para mensurar la dimensión de esa reconversión.
Esta reorganización expresa la compleja y contradictoria situación que ha creado la internacionalización de la industria norteamericana. Esta transformación es omitida por los análisis que enfatizan la declinación. Observan la reestructuración como una prueba del declive, soslayando el análisis de la mundialización en curso.
Esos enfoques enfrentan un escollo particularmente duro a la hora de explicar el liderazgo norteamericano, en las nuevas tecnologías de la información. Este comando es indiscutible en cualquier esfera de la computación, las redes, la microelectrónica, los chips, el hardware o el software. Esta supremacía obedeció en su origen a la estrecha conexión del sector con la experimentación militar. Existen numerosas controversias sobre el impacto de la revolución tecnológica actual en la productividad de las empresas, aunque el paso del tiempo tiende a confirmar la presencia de un giro radical.
Pero lo incuestionable es la incidencia dominante de Estados Unidos en ese proceso y este liderazgo en la innovación contrasta con el postulado de la declinación. En la historia del capitalismo los países que encabezaron revoluciones tecnológicas mantuvieron lugares preponderantes en la jerarquía internacional.
Algunos partidarios de la teoría del declive aceptan el carácter sinuoso del retroceso norteamericano. Comparan el respiro logrado por el país bajo el neoliberalismo, con el interregno que pospuso la decadencia británica a principios del siglo XX.
Pero la restauración del poder estadounidense no ha sido tan puntual. Desde los años 70 esa recomposición ha irrumpido en varias oportunidades, al cabo de severas crisis. Se observó después de la derrota de Vietnam y luego del desplome de la URSS. Cada vez que el capitalismo global logró emerger de una coyuntura crítica, se observó esa restauración estadounidense.
Los teóricos del declive simplemente presentan esa recomposición como un dato secundario e incluso sugieren que Estados Unidos se perfila en el largo plazo, como uno de los perdedores de la era neoliberal. Olvidan cómo ha usufructuado de la ofensiva del capital, la potencia que concibió, gestó y consumó esa agresión.
Las previsiones de caída norteamericana con fecha precisa son mucho más discutibles. Situar este desplome en el 2015, 2025 o 2050 es un dudoso ejercicio de futurología, que omite estudiar cómo la mundialización ha modificado la secuencia tradicional de sustituciones hegemónicas.
¿Pérdida del poder militar?
Existe otra caracterización más contra-intuitiva del declive norteamericano. Destaca que la primera potencia no sufre sólo regresión económica, sino también impotencia militar. Considera que el gendarme afronta desde hace varias décadas una secuencia de derrotas bélica, que comenzaron con la retirada de Vietnam y culminaron con el fracaso de Irak. La primera adversidad marcó el inicio de la caída (“crisis señal”) y el último podría implicar el jaque mate del imperio (“crisis terminal”). (14)
Esta evaluación supone que los últimos cuarenta años han estado signados por continuadas frustraciones del Pentágono, tanto en guerras parciales (Nicaragua, Camboya, Angola, Afganistán), como en operativos contra blancos insignificantes (Granada, Panamá). Este mismo resultado adverso es atribuido a las acciones de hostigamiento aéreo (Libia en los 80), a las incursiones contra enemigos puntuales (Somalia) y a las misiones de coerción policial (Kosovo, Yugoslavia). Este balance deduce que los tropiezos yanquis facilitaron los desafíos tercermundistas (encarecimiento del petróleo) y las insolencias de Irán e Irak. (15)
Este enfoque considera que todas las reacciones estadounidenses afianzaron su debilidad. Sostiene que la primera potencia sólo obtuvo victorias contra adversarios irrisorios. Estima que esa elección de enemigos insignificantes ilustra el temor del Pentágono a confrontar con países de mayor porte. Esa cobardía es vista como un inequívoco síntoma de decadencia. (16)
Esta caracterización presupone que el síndrome creado por Vietnam continúa condicionando una postura débil del imperialismo norteamericano. Se supone que esta fragilidad no habría encontrado ningún contrapeso significativo en el último cuarto de siglo. Se estima que ni siquiera la caída de la Unión Soviética, revirtió la regresión militar de Estados Unidos. (17)
¿Pero se puede resumir la compleja relación de fuerzas de las últimas cuatro décadas en un sencillo veredicto de “derrotas norteamericanas”? ¿Ha estado marcado este período por invariables fracasos del Pentágono? El carácter unilateral de esta evaluación salta a la vista.
Tanto en la posguerra como en el período neoliberal, el imperialismo norteamericano soportó contundentes derrotas y logró significativas victorias. Los fracasos sufridos en Vietnam o Cuba coexistieron con los éxitos obtenidos en República Dominicana, Guatemala o Panamá. Entre ambos polos se verificó una amplia variedad de resultados mixtos.
Es erróneo colocar en una misma bolsa a situaciones tan diferenciadas. Los marines arrasaron a Granada, pero debieron escaparse de Somalia. En algunos operativos impusieron su agenda de ocupación y en otros no pudieron estabilizar títeres confiables.
Cuando esa multiplicidad de resultados se reduce a un restrictivo concepto de “fracaso general”, la conclusión implícita es el triunfalismo ingenuo. Esa sensación no se corresponde con la ofensiva neoliberal de las últimas dos décadas.
Considerar que el derrumbe de la URSS acentuó el debilitamiento militar estadounidense es el corolario más extremo de ese razonamiento. Se pueden trazar muchos balances de la guerra fría y subrayar acertadamente que el “campo socialista” se derrumbó más por implosión interna, que por presión bélica externa. Pero no tiene ningún sentido presentar ese desmoronamiento, como una adversidad para Estados Unidos. Es evidente que constituyó exactamente lo contrario y que le brindó al imperialismo oxígeno requerido para implementar la ofensiva neoliberal.
Es importante reconocer que el desmoronamiento del principal adversario de la segunda mitad del siglo XX, tiene más envergadura que los tropiezos en Somalia. Al colocar en pie de igualdad acontecimientos de dimensiones tan divergentes, se abre el camino para la arbitrariedad.
Conviene no descalificar las operaciones que desarrolla el Pentágono con adjetivos menores. A través de esas acciones se concreta el rol de custodio cotidiano, que ejerce el imperialismo a escala mundial. Mediante el despacho de marines hacia pequeños lugares desestabilizados, Estados Unidos cumple el papel de gendarme que le han delegado las clases dominantes del planeta.
Las guerras imperialistas contra los pueblos indefensos siempre han seguido ese patrón de inequidad. En ese desparpajo se basa el ejercicio de la coerción. Estas acciones deberían incentivar la denuncia y no miradas épicas o morales que sugieren grandes fragilidades del opresor.
El principal test de la fortaleza o debilidad de una potencia no se verifica en las peripecias menores, sino en los desafíos de gran alcance. La pregunta eludida por los teóricos del fracaso militar es la ausencia de confrontaciones de peso con la primera potencia. Si Estados Unidos tiende a ser pulverizado en cualquier campo de batalla: ¿Por qué nadie aprovecha esta impotencia para desplazarlo?
Al evitar este interrogante básico, se puede presentar la extensa trayectoria que ha recorrido el capitalismo contemporáneo desde Vietnam a Irak, como una sucesión de desplomes militares estadounidenses. Lo que no se explica es por qué razón preserva su liderazgo bélico.
El retrato de sucesivas caídas del Pentágono da lugar a ese curioso resultado. Al cabo de cuatro décadas de invariables fallidos, Estados Unidos monopoliza la mitad de gasto bélico internacional, mantiene su red de bases militares, controla la OTAN y supervisa la proliferación atómica.
¿Aislamiento o asociación?
Esta evaluación supone que los últimos cuarenta años han estado signados por continuadas frustraciones del Pentágono, tanto en guerras parciales (Nicaragua, Camboya, Angola, Afganistán), como en operativos contra blancos insignificantes (Granada, Panamá). Este mismo resultado adverso es atribuido a las acciones de hostigamiento aéreo (Libia en los 80), a las incursiones contra enemigos puntuales (Somalia) y a las misiones de coerción policial (Kosovo, Yugoslavia). Este balance deduce que los tropiezos yanquis facilitaron los desafíos tercermundistas (encarecimiento del petróleo) y las insolencias de Irán e Irak. (15)
Este enfoque considera que todas las reacciones estadounidenses afianzaron su debilidad. Sostiene que la primera potencia sólo obtuvo victorias contra adversarios irrisorios. Estima que esa elección de enemigos insignificantes ilustra el temor del Pentágono a confrontar con países de mayor porte. Esa cobardía es vista como un inequívoco síntoma de decadencia. (16)
Esta caracterización presupone que el síndrome creado por Vietnam continúa condicionando una postura débil del imperialismo norteamericano. Se supone que esta fragilidad no habría encontrado ningún contrapeso significativo en el último cuarto de siglo. Se estima que ni siquiera la caída de la Unión Soviética, revirtió la regresión militar de Estados Unidos. (17)
¿Pero se puede resumir la compleja relación de fuerzas de las últimas cuatro décadas en un sencillo veredicto de “derrotas norteamericanas”? ¿Ha estado marcado este período por invariables fracasos del Pentágono? El carácter unilateral de esta evaluación salta a la vista.
Tanto en la posguerra como en el período neoliberal, el imperialismo norteamericano soportó contundentes derrotas y logró significativas victorias. Los fracasos sufridos en Vietnam o Cuba coexistieron con los éxitos obtenidos en República Dominicana, Guatemala o Panamá. Entre ambos polos se verificó una amplia variedad de resultados mixtos.
Es erróneo colocar en una misma bolsa a situaciones tan diferenciadas. Los marines arrasaron a Granada, pero debieron escaparse de Somalia. En algunos operativos impusieron su agenda de ocupación y en otros no pudieron estabilizar títeres confiables.
Cuando esa multiplicidad de resultados se reduce a un restrictivo concepto de “fracaso general”, la conclusión implícita es el triunfalismo ingenuo. Esa sensación no se corresponde con la ofensiva neoliberal de las últimas dos décadas.
Considerar que el derrumbe de la URSS acentuó el debilitamiento militar estadounidense es el corolario más extremo de ese razonamiento. Se pueden trazar muchos balances de la guerra fría y subrayar acertadamente que el “campo socialista” se derrumbó más por implosión interna, que por presión bélica externa. Pero no tiene ningún sentido presentar ese desmoronamiento, como una adversidad para Estados Unidos. Es evidente que constituyó exactamente lo contrario y que le brindó al imperialismo oxígeno requerido para implementar la ofensiva neoliberal.
Es importante reconocer que el desmoronamiento del principal adversario de la segunda mitad del siglo XX, tiene más envergadura que los tropiezos en Somalia. Al colocar en pie de igualdad acontecimientos de dimensiones tan divergentes, se abre el camino para la arbitrariedad.
Conviene no descalificar las operaciones que desarrolla el Pentágono con adjetivos menores. A través de esas acciones se concreta el rol de custodio cotidiano, que ejerce el imperialismo a escala mundial. Mediante el despacho de marines hacia pequeños lugares desestabilizados, Estados Unidos cumple el papel de gendarme que le han delegado las clases dominantes del planeta.
Las guerras imperialistas contra los pueblos indefensos siempre han seguido ese patrón de inequidad. En ese desparpajo se basa el ejercicio de la coerción. Estas acciones deberían incentivar la denuncia y no miradas épicas o morales que sugieren grandes fragilidades del opresor.
El principal test de la fortaleza o debilidad de una potencia no se verifica en las peripecias menores, sino en los desafíos de gran alcance. La pregunta eludida por los teóricos del fracaso militar es la ausencia de confrontaciones de peso con la primera potencia. Si Estados Unidos tiende a ser pulverizado en cualquier campo de batalla: ¿Por qué nadie aprovecha esta impotencia para desplazarlo?
Al evitar este interrogante básico, se puede presentar la extensa trayectoria que ha recorrido el capitalismo contemporáneo desde Vietnam a Irak, como una sucesión de desplomes militares estadounidenses. Lo que no se explica es por qué razón preserva su liderazgo bélico.
El retrato de sucesivas caídas del Pentágono da lugar a ese curioso resultado. Al cabo de cuatro décadas de invariables fallidos, Estados Unidos monopoliza la mitad de gasto bélico internacional, mantiene su red de bases militares, controla la OTAN y supervisa la proliferación atómica.
¿Aislamiento o asociación?
La sesgada óptica centrada en los fracasos norteamericanos se extiende al balance de Irak. Este operativo es presentado como una derrota militar superior a Vietnam. Se remarcan los aciertos que logró una resistencia con un armamento y experiencia guerrillera inferior al Vietcong y se resalta la impotencia de las tropas invasoras. (18)
Pero hasta ahora el resultado de esta incursión es mucho más incierto y el desenlace final permanece abierto. A un costo humano incalculable, los marines han creado en Irak una situación de desangre interno, que les permite permanecer en el país.
Una diferencia importante con Vietnam radica en la profesionalización de las tropas y el uso masivo de mercenarios. Esas modalidades acentúan la descomposición interna de los invasores, pero han evitado las protestas contra la guerra que imponía la conscripción obligatoria en los años 70. Este cambio le aportó a la comandancia yanqui un alivio político que no tenía el generalato anterior.
Al soslayar estos datos se tiende a vislumbrar a Estados Unidos como una superpotencia solitaria, carente del poder y los medios que se utilizaban en el pasado. Se supone que la influencia internacional norteamericana ha caído, junto al deterioro de los contingentes terrestres, que se necesitan para ejercer el mando mundial. (19)
Pero ese aislamiento no se ha verificado en los principales operativos de las últimas dos décadas. Estados Unidos forjó coaliciones para invadir regiones estratégicas con el concurso de la ONU (Golfo), aprovechó el implícito aval de sus socios para acciones unilaterales (Irak), contó con financiación y tropas externas para ampliar agresiones (Afganistán) y sustituyó a sus aliados en las intervenciones complejas (Balcanes).
El imperialismo no ha dado ningún paso significativo sin el visto bueno (o por lo menos la resignación) de sus socios. Es cierto que resurgen las tensiones con Rusia y con China, pero estas hipótesis están referidas al futuro. En el balance de lo ya ocurrido, no se observa ningún atisbo de soledad. Estados Unidos actúa al frente de una coalición de la triada, que se mantiene sin cambios.
En algunos trabajos se argumenta que la primera potencia ya no logra financiar sus guerras. A diferencia de su antecesor británico carece de una colonia para extraer riquezas (como era la India) y depende de préstamos internacionales para sostener su aparato bélico. (20)
Pero este apuntalamiento del resto del mundo ilustra el interés global que existe en el sostenimiento del gendarme yanqui. El Pentágono no desenvuelve solo guerras hegemónicas (como Inglaterra), al servicio exclusivo de su propia burguesía. Cumple un rol protector del sistema internacional de dominación. Si se omite esta diferencia, resulta imposible comprender la lógica de la política militar estadounidense. Esa orientación no está guiada sólo por los intereses de una potencia, sino por los propósitos más colectivos del capitalismo mundial.
Este cambio es ignorado por quiénes razonan las hipótesis bélicas del futuro con los criterios de guerras inter-imperialistas. Con esa mirada suponen que Estados Unidos compensa la fragilidad económica con la expansión del poder militar, repitiendo un recurso de supervivencia utilizados por los imperios decadentes. (21)
Este enfoque conduce a estudiar en detalle cuáles son los recursos en disputa en cada incursión, perdiendo de vista la dominación colectiva que reafirman esas operaciones. Siempre hay reyertas por petróleo, minería o agua. Pero en la actualidad prevalece un tipo de unanimidad imperial, que no existía al principio del siglo XX.
Las dificultades para registrar este viraje conducen a vislumbrar a Estados Unidos como una potencia decadente, que abusa de “sobre-extensiones territoriales” para administrar su imperio. Ese sobredimensionamiento recrea las aventuras militares fallidas. (22)
¿Pero cómo se mide una “sobre-extensión imperial”? Este concepto supone que existe un radio de dominación manejable y otro que desborda las posibilidades de control. El conflicto es situado en el pasaje de la primera situación a la segunda, olvidando que el imperialismo capitalista contemporáneo no presenta contornos geográficos tan precisos. Estados Unidos domina a través de inversiones, asociaciones y empresas transnacionales. No gestiona un imperio territorial como Roma, sino que actúa en un mapa de 200 países formalmente soberanos.
En esa estructura no hay forma de discernir “sobre-extensiones”, puesto que la acumulación sigue un patrón de ampliación ilimitada. Lo mismo ocurre con el sistema de bases militares que el Pentágono mantiene en todo el planeta. Este dispositivo permite una gestión imperial colectiva, que no sigue normas territoriales de adecuaciones y desbordes. El mantenimiento de esa red bélica no es un hecho desafortunado para Estados Unidos. Implica mayores costos y riesgos, pero asegura todos los beneficios de ejercer el comando imperialista.
No subestimar al gendarme
Los teóricos de la declinación norteamericana atribuyen la debilidad militar de la primera potencia al impacto generado por numerosos fracasos políticos. Consideran que durante décadas Estados Unidos contuvo al bloque socialista, domesticó al nacionalismo y manejó el equilibrio nuclear, pero sin gestar proyectos políticos duraderos. Esta limitación se reflejó en la imposibilidad de forjar el estado mundial bajo dirección norteamericano, que concibió Roosevelt e intentó implementar de Truman. (23)
Pero con esta caracterización se reconoce que la intención imperial estadounidense difiere de todos los liderazgos anteriores. Gran Bretaña, Francia, Holanda o Japón sólo ambicionaban ampliar sus territorios y recursos a costa de sus rivales. No aspiraban a forjar ningún tipo de entidad planetaria. Comprender esta peculiaridad es vital para superar los simples contrastes nacionales, entre grados de supremacía y decadencia. Ese contrapunto no puede establecerse en forma tan directa en la actualidad.
En lugar de conquistar el planeta para su usufructo, Estados Unidos ha buscado erigir una forma de gestión imperial a escala mundial. Por eso intenta asociar a otras potencias a este proyecto, mediante mecanismos de imperialismo colectivo. En vez de indagar cómo funciona esa sociedad, la tesis de la decadencia continúa indagando comparaciones entre contendientes.
Es muy dudoso que la elite dirigente norteamericana haya intentado en algún momento la concreción de un gobierno mundial. Semejante administración es difícil de imaginar, sin un estado global. Pero no cabe duda, que auspició incontables modalidades intermedias de gestión globalizada en el plano económico (FMI), militar (ONU) y político (Triada). El énfasis en la decadencia no clarifica la marcha de este objetivo prioritario.
Ese enfoque estudia la regresión imperial, analizando las conductas mafiosas que adopta Estados Unidos para contrapesar sus fracasos militares. Se estima que ese comportamiento le permite extorsionar a sus aliados de la tríada. (24)
Europa y Japón han sostenido las agresiones norteamericanas por su propio interés y no por mera debilidad frente a un chantajista. Necesitan el apoyo de la primera potencia para su propia supervivencia. La geopolítica imperial efectivamente incluye patrones de extorsionador-extorsionado, puesto que ordena las relaciones entre estados. Pero la existencia de chantajes en esos vínculos no clarifica ninguna modalidad imperial específica.
Algunos teóricos de la declinación imaginan escenarios de caos y anarquía. Prevén varias décadas de colapso y un sinnúmero de estallidos, hasta que las potencias sustitutivas de Estados Unidos estabilicen un nuevo sistema mundo. (25)
Pero esa ausencia de equilibrios es un dato intrínseco del desarrollo capitalista y su agravamiento depende del nivel de las resistencias sociales y de las tensiones internas que afronten las clases dominantes. Estos elementos operan en forma inter-relacionada, determinando escenarios más volcánicos o más apacibles. El grado de conmoción que suscitan no depende de la decadencia de una potencia hegemónica.
En las últimas décadas se han sucedido coyunturas explosivas y controlables, en estricta correspondencia con las crisis económicas, la pujanza de la lucha popular y la falta de cohesión por arriba. El capitalismo recrea en forma periódica estos desequilibrios, más allá del destino declinante entrevisto para Estados Unidos.
La teoría del declive genera obsesiones por dilucidar el ritmo de la caída. Pero este tipo de profecías son más familiares a las creencias, que a la reflexión historiográfica. Sintonizan con los pronósticos del “mundo post-estadounidense”, que irrumpen en los momentos de calma y desaparecen en los picos de las crisis.
Los analistas de la decadencia buscan confirmaciones de su tesis en cualquier área de la vida social. Estiman por ejemplo, que la hegemonía cultural estadounidense perdió fuerza en las últimas décadas y consideran que el refinamiento de Nueva York y los patrones de comportamiento de Hollywood tienden a declinar. (26)
Pero esta hipótesis choca con el indiscutible impacto global del americanismo y la continuada gravitación de la ideología y las costumbres que exporta Estados Unidos. Los razonamientos centrados en el declive confunden coyunturas con tendencias. Por eso presentaron el mandato de Bush como un punto culminante caída yanqui. Identificaron la reacción belicista de los neo-conservadores con conductas desesperadas de un tigre acorralado por el shock del 11 de septiembre. (27)
Estas impresiones quedaron rápidamente desactualizadas con la euforia mediática que rodeó al ascenso de Obama. Los mismos periodistas que remarcaban la agonía de Estados Unidos resaltaron los atributos del nuevo presidente para restaurar el sueño americano. En este sube y baja, el fin del imperio y su resurrección continúan alternándose con sorprendente velocidad, demostrando cuán inconveniente es deducir un curso de largo plazo de las circunstancias que rodean a cada presidente.
Para evitar ese vaivén anímico conviene invertir la problemática de la declinación norteamericana y explicar lo contrario: la continuada primacía de una potencia, que ejerce la custodia del capitalismo global. Reconocer esa gravitación es indispensable para encontrar estrategias, que permitan enfrentar y derrotar al principal opresor del planeta. [Fuente: Argenpress.info]
Pero hasta ahora el resultado de esta incursión es mucho más incierto y el desenlace final permanece abierto. A un costo humano incalculable, los marines han creado en Irak una situación de desangre interno, que les permite permanecer en el país.
Una diferencia importante con Vietnam radica en la profesionalización de las tropas y el uso masivo de mercenarios. Esas modalidades acentúan la descomposición interna de los invasores, pero han evitado las protestas contra la guerra que imponía la conscripción obligatoria en los años 70. Este cambio le aportó a la comandancia yanqui un alivio político que no tenía el generalato anterior.
Al soslayar estos datos se tiende a vislumbrar a Estados Unidos como una superpotencia solitaria, carente del poder y los medios que se utilizaban en el pasado. Se supone que la influencia internacional norteamericana ha caído, junto al deterioro de los contingentes terrestres, que se necesitan para ejercer el mando mundial. (19)
Pero ese aislamiento no se ha verificado en los principales operativos de las últimas dos décadas. Estados Unidos forjó coaliciones para invadir regiones estratégicas con el concurso de la ONU (Golfo), aprovechó el implícito aval de sus socios para acciones unilaterales (Irak), contó con financiación y tropas externas para ampliar agresiones (Afganistán) y sustituyó a sus aliados en las intervenciones complejas (Balcanes).
El imperialismo no ha dado ningún paso significativo sin el visto bueno (o por lo menos la resignación) de sus socios. Es cierto que resurgen las tensiones con Rusia y con China, pero estas hipótesis están referidas al futuro. En el balance de lo ya ocurrido, no se observa ningún atisbo de soledad. Estados Unidos actúa al frente de una coalición de la triada, que se mantiene sin cambios.
En algunos trabajos se argumenta que la primera potencia ya no logra financiar sus guerras. A diferencia de su antecesor británico carece de una colonia para extraer riquezas (como era la India) y depende de préstamos internacionales para sostener su aparato bélico. (20)
Pero este apuntalamiento del resto del mundo ilustra el interés global que existe en el sostenimiento del gendarme yanqui. El Pentágono no desenvuelve solo guerras hegemónicas (como Inglaterra), al servicio exclusivo de su propia burguesía. Cumple un rol protector del sistema internacional de dominación. Si se omite esta diferencia, resulta imposible comprender la lógica de la política militar estadounidense. Esa orientación no está guiada sólo por los intereses de una potencia, sino por los propósitos más colectivos del capitalismo mundial.
Este cambio es ignorado por quiénes razonan las hipótesis bélicas del futuro con los criterios de guerras inter-imperialistas. Con esa mirada suponen que Estados Unidos compensa la fragilidad económica con la expansión del poder militar, repitiendo un recurso de supervivencia utilizados por los imperios decadentes. (21)
Este enfoque conduce a estudiar en detalle cuáles son los recursos en disputa en cada incursión, perdiendo de vista la dominación colectiva que reafirman esas operaciones. Siempre hay reyertas por petróleo, minería o agua. Pero en la actualidad prevalece un tipo de unanimidad imperial, que no existía al principio del siglo XX.
Las dificultades para registrar este viraje conducen a vislumbrar a Estados Unidos como una potencia decadente, que abusa de “sobre-extensiones territoriales” para administrar su imperio. Ese sobredimensionamiento recrea las aventuras militares fallidas. (22)
¿Pero cómo se mide una “sobre-extensión imperial”? Este concepto supone que existe un radio de dominación manejable y otro que desborda las posibilidades de control. El conflicto es situado en el pasaje de la primera situación a la segunda, olvidando que el imperialismo capitalista contemporáneo no presenta contornos geográficos tan precisos. Estados Unidos domina a través de inversiones, asociaciones y empresas transnacionales. No gestiona un imperio territorial como Roma, sino que actúa en un mapa de 200 países formalmente soberanos.
En esa estructura no hay forma de discernir “sobre-extensiones”, puesto que la acumulación sigue un patrón de ampliación ilimitada. Lo mismo ocurre con el sistema de bases militares que el Pentágono mantiene en todo el planeta. Este dispositivo permite una gestión imperial colectiva, que no sigue normas territoriales de adecuaciones y desbordes. El mantenimiento de esa red bélica no es un hecho desafortunado para Estados Unidos. Implica mayores costos y riesgos, pero asegura todos los beneficios de ejercer el comando imperialista.
No subestimar al gendarme
Los teóricos de la declinación norteamericana atribuyen la debilidad militar de la primera potencia al impacto generado por numerosos fracasos políticos. Consideran que durante décadas Estados Unidos contuvo al bloque socialista, domesticó al nacionalismo y manejó el equilibrio nuclear, pero sin gestar proyectos políticos duraderos. Esta limitación se reflejó en la imposibilidad de forjar el estado mundial bajo dirección norteamericano, que concibió Roosevelt e intentó implementar de Truman. (23)
Pero con esta caracterización se reconoce que la intención imperial estadounidense difiere de todos los liderazgos anteriores. Gran Bretaña, Francia, Holanda o Japón sólo ambicionaban ampliar sus territorios y recursos a costa de sus rivales. No aspiraban a forjar ningún tipo de entidad planetaria. Comprender esta peculiaridad es vital para superar los simples contrastes nacionales, entre grados de supremacía y decadencia. Ese contrapunto no puede establecerse en forma tan directa en la actualidad.
En lugar de conquistar el planeta para su usufructo, Estados Unidos ha buscado erigir una forma de gestión imperial a escala mundial. Por eso intenta asociar a otras potencias a este proyecto, mediante mecanismos de imperialismo colectivo. En vez de indagar cómo funciona esa sociedad, la tesis de la decadencia continúa indagando comparaciones entre contendientes.
Es muy dudoso que la elite dirigente norteamericana haya intentado en algún momento la concreción de un gobierno mundial. Semejante administración es difícil de imaginar, sin un estado global. Pero no cabe duda, que auspició incontables modalidades intermedias de gestión globalizada en el plano económico (FMI), militar (ONU) y político (Triada). El énfasis en la decadencia no clarifica la marcha de este objetivo prioritario.
Ese enfoque estudia la regresión imperial, analizando las conductas mafiosas que adopta Estados Unidos para contrapesar sus fracasos militares. Se estima que ese comportamiento le permite extorsionar a sus aliados de la tríada. (24)
Europa y Japón han sostenido las agresiones norteamericanas por su propio interés y no por mera debilidad frente a un chantajista. Necesitan el apoyo de la primera potencia para su propia supervivencia. La geopolítica imperial efectivamente incluye patrones de extorsionador-extorsionado, puesto que ordena las relaciones entre estados. Pero la existencia de chantajes en esos vínculos no clarifica ninguna modalidad imperial específica.
Algunos teóricos de la declinación imaginan escenarios de caos y anarquía. Prevén varias décadas de colapso y un sinnúmero de estallidos, hasta que las potencias sustitutivas de Estados Unidos estabilicen un nuevo sistema mundo. (25)
Pero esa ausencia de equilibrios es un dato intrínseco del desarrollo capitalista y su agravamiento depende del nivel de las resistencias sociales y de las tensiones internas que afronten las clases dominantes. Estos elementos operan en forma inter-relacionada, determinando escenarios más volcánicos o más apacibles. El grado de conmoción que suscitan no depende de la decadencia de una potencia hegemónica.
En las últimas décadas se han sucedido coyunturas explosivas y controlables, en estricta correspondencia con las crisis económicas, la pujanza de la lucha popular y la falta de cohesión por arriba. El capitalismo recrea en forma periódica estos desequilibrios, más allá del destino declinante entrevisto para Estados Unidos.
La teoría del declive genera obsesiones por dilucidar el ritmo de la caída. Pero este tipo de profecías son más familiares a las creencias, que a la reflexión historiográfica. Sintonizan con los pronósticos del “mundo post-estadounidense”, que irrumpen en los momentos de calma y desaparecen en los picos de las crisis.
Los analistas de la decadencia buscan confirmaciones de su tesis en cualquier área de la vida social. Estiman por ejemplo, que la hegemonía cultural estadounidense perdió fuerza en las últimas décadas y consideran que el refinamiento de Nueva York y los patrones de comportamiento de Hollywood tienden a declinar. (26)
Pero esta hipótesis choca con el indiscutible impacto global del americanismo y la continuada gravitación de la ideología y las costumbres que exporta Estados Unidos. Los razonamientos centrados en el declive confunden coyunturas con tendencias. Por eso presentaron el mandato de Bush como un punto culminante caída yanqui. Identificaron la reacción belicista de los neo-conservadores con conductas desesperadas de un tigre acorralado por el shock del 11 de septiembre. (27)
Estas impresiones quedaron rápidamente desactualizadas con la euforia mediática que rodeó al ascenso de Obama. Los mismos periodistas que remarcaban la agonía de Estados Unidos resaltaron los atributos del nuevo presidente para restaurar el sueño americano. En este sube y baja, el fin del imperio y su resurrección continúan alternándose con sorprendente velocidad, demostrando cuán inconveniente es deducir un curso de largo plazo de las circunstancias que rodean a cada presidente.
Para evitar ese vaivén anímico conviene invertir la problemática de la declinación norteamericana y explicar lo contrario: la continuada primacía de una potencia, que ejerce la custodia del capitalismo global. Reconocer esa gravitación es indispensable para encontrar estrategias, que permitan enfrentar y derrotar al principal opresor del planeta. [Fuente: Argenpress.info]
Notas:
1) Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, no. 32, March/April 2005.
2) Johnson Chalmers, “El significado del imperialismo”,
2) Johnson Chalmers, “El significado del imperialismo”,
www.prodavinci.com, 27-1-09.
3) Wallerstein Immanuel, “¿De quién es el siglo XXI?”, Página 12, 26-7-06.
4) Sutcliffe Bob, “Imperialism Old and New”, Historical Materialism, vol 14.4, 2006.
5) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 26)
6) Todd Emmanuel, “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”, La Hoja Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004.
7) Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 5 y 6)
Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33, May/June 2005.
9) Wallerstein Immanuel, “El tigre acorralado”, Página 12, 14-9-06. Arrighi Giovanni, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”, Herramienta n 38, junio 2008.
10) Ver: Panitch Leo, Leys Colin, “Las finanzas y el imperio norteamericano”, El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005
11) Ver: Rude Christopher. “El rol de la disciplina en la estrategia imperial. El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
12) Ver: Pantich Leo, Gindin Sam, “Rethinking crisis”, Monthly Review 54, November 2002.
13) Este tipo de ganancias pasaron del 22% (1999) al 49% del total de los beneficios (2008). Ver: Caputo Orlando, “La crisis actual de la economía mundial: una nueva interpretación teórica e histórica”, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009.
14) Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, no. 32, March/April 2005
15) Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33, May/June 2005.
16) Todd Emmanuel “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”- La Hoja Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004. Todd Emmanuel Después del Imperio, Foca, 2003.
17) Vasapollo Luciano. “Imperialismo y competencia global”. Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005
18) Arrighi, Giovanni, “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, no. 32, March/April 2005. También: Wallerstein Immanuel, “América Latina puede contar más en la nueva geopolítica mundial”, Clarín, 23-9-07.
19) Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 6). Wallerstein Immanuel. “¿De quién es el siglo XXI?”, Página 12, 26-7-06
20) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 6 y 9)
21) Foster John Bellamy, “The new age of imperialism”, Imperialism Now, Monthly Review, vol 55, n 3, July-august 2003. Foster John Bellamy, “The new geopolitics of Empire”, Monthly Review, vol 57, n 8, January 2006.
22) Wallerstein Immanuel. “América Latina puede contar más en la nueva geopolítica mundial”. Clarín, 23-9-07-Johnson Chalmers, “El significado del imperialismo”, www.prodavinci.com, 27-1-09
23) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 6 y 9)
24) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 9).
25) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 28)
26) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 32).
27) Wallerstein Immanuel. “El águila se estrelló al aterrizar” Página 12 17-10-05. Wallerstein Immanuel. “¿De quién es el siglo XXI?”. Página 12 26-7-06. Wallerstein Immanuel. “El tigre acorralado”. Página 12 14-9-06.
Bibliografía:
- Anderson Perry. “Apuntes sobre la coyuntura actual”. New Left Review, n 48, 2008
- Arrighi Giovanni “Linajes imperiales: sobre Imperio de Michel Hardt y Antonio Negri.
- Arrighi Giovanni. El largo siglo XX. Akal, 1999 (Cap 1, 4)
- Borón Atilio. “Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional”, en Una nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004.
- Callinicos Alex, “La teoría marxista y el imperialismo en nuestros días”, Razón y Revolución, n 56, Buenos Aires, 2010
- Dumenil Gerard, Ley Dominique. El imperialismo en la era neoliberal. Revista de Economía crítica n 3.
- Fiori José Luis, O poder global e la nova geopolitica das nacioes, Editorial Boitempo, 2007, Sao Paulo.
- Fiori José Luis. “Crisis y hecatombes”, Valor Económico, Sao Paulom 26-3-08.
- Gindin Sam, Panitch Leo, “Superintending Global Capital,” New Left Review, 35, Sept/Oct 2005
- Halevi Joseph, Varoufakis Yanis. “The global minotaur”, Imperialism Now, Monthly Review, vol 55, n 3, July-August 2003.
- Katz Claudio -“Crisis global: las tendencias de la etapa”, Aquelarre, Revista de Centro de la Universidad de Tolima, Colombia, vol 9, n 18, 2010
- Katz Claudio. -“Desequilibrios y antagonismos de la mundialización”. Realidad Económica n 178, febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.
- Petras James, Veltmeyer. “Construcción imperial y dominación”.Los intelectuales y la globalización, Abya-Yala, Quito, 2004.
- Petras James. “El neo-imperialismo”. El mundo de los trabajadores, n 2, 2004. www.geocities.com/revista
- Petras James. “Estado imperial, imperialismo e imperio”. Pensar a contracorriente. Volumen II, segunda edición, 2005.
- Rojo José Luis, “Cuando se prepara una recaída”, Socialismo o Barbarie, n 23-24, diciembre 2009.
***
(*) Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI.
3) Wallerstein Immanuel, “¿De quién es el siglo XXI?”, Página 12, 26-7-06.
4) Sutcliffe Bob, “Imperialism Old and New”, Historical Materialism, vol 14.4, 2006.
5) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 26)
6) Todd Emmanuel, “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”, La Hoja Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004.
7) Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 5 y 6)
Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33, May/June 2005.
9) Wallerstein Immanuel, “El tigre acorralado”, Página 12, 14-9-06. Arrighi Giovanni, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”, Herramienta n 38, junio 2008.
10) Ver: Panitch Leo, Leys Colin, “Las finanzas y el imperio norteamericano”, El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005
11) Ver: Rude Christopher. “El rol de la disciplina en la estrategia imperial. El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
12) Ver: Pantich Leo, Gindin Sam, “Rethinking crisis”, Monthly Review 54, November 2002.
13) Este tipo de ganancias pasaron del 22% (1999) al 49% del total de los beneficios (2008). Ver: Caputo Orlando, “La crisis actual de la economía mundial: una nueva interpretación teórica e histórica”, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009.
14) Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, no. 32, March/April 2005
15) Arrighi, Giovanni. “Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33, May/June 2005.
16) Todd Emmanuel “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”- La Hoja Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004. Todd Emmanuel Después del Imperio, Foca, 2003.
17) Vasapollo Luciano. “Imperialismo y competencia global”. Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005
18) Arrighi, Giovanni, “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, no. 32, March/April 2005. También: Wallerstein Immanuel, “América Latina puede contar más en la nueva geopolítica mundial”, Clarín, 23-9-07.
19) Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 6). Wallerstein Immanuel. “¿De quién es el siglo XXI?”, Página 12, 26-7-06
20) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 6 y 9)
21) Foster John Bellamy, “The new age of imperialism”, Imperialism Now, Monthly Review, vol 55, n 3, July-august 2003. Foster John Bellamy, “The new geopolitics of Empire”, Monthly Review, vol 57, n 8, January 2006.
22) Wallerstein Immanuel. “América Latina puede contar más en la nueva geopolítica mundial”. Clarín, 23-9-07-Johnson Chalmers, “El significado del imperialismo”, www.prodavinci.com, 27-1-09
23) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 6 y 9)
24) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 9).
25) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 28)
26) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 32).
27) Wallerstein Immanuel. “El águila se estrelló al aterrizar” Página 12 17-10-05. Wallerstein Immanuel. “¿De quién es el siglo XXI?”. Página 12 26-7-06. Wallerstein Immanuel. “El tigre acorralado”. Página 12 14-9-06.
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- Katz Claudio -“Crisis global: las tendencias de la etapa”, Aquelarre, Revista de Centro de la Universidad de Tolima, Colombia, vol 9, n 18, 2010
- Katz Claudio. -“Desequilibrios y antagonismos de la mundialización”. Realidad Económica n 178, febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.
- Petras James, Veltmeyer. “Construcción imperial y dominación”.Los intelectuales y la globalización, Abya-Yala, Quito, 2004.
- Petras James. “El neo-imperialismo”. El mundo de los trabajadores, n 2, 2004. www.geocities.com/revista
- Petras James. “Estado imperial, imperialismo e imperio”. Pensar a contracorriente. Volumen II, segunda edición, 2005.
- Rojo José Luis, “Cuando se prepara una recaída”, Socialismo o Barbarie, n 23-24, diciembre 2009.
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(*) Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI.
Imagen: Argenpress.info
19 de julio de 2011
Algo sobre la discriminación - Por: Alberto Buela
Algo sobre la discriminación
Por: Alberto Buela(*)
A Miguel de Renzis, que se preocupa por el tema
Hoy se utiliza el término discriminación para casi todo, en especial por aquellos que sienten que sus juicios no son tomados en cuenta. Juicios sobre cualquier materia, desde tango a arte culinario; desde política hasta mística; desde economía a montañismo. Hasta los ladrones, probados como ladrones reiterados, se sienten discriminados. La discriminación se ha transformado en un concepto multipropósito, ambivalente y polisémico, y lo grave es que es utilizado por aquellos que la han padecido para discriminar a su vez a aquellos que no comparten su discriminación.
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| Alberto Buela |
En una palabra, el uso político e ideológico de la discriminación produce más discriminación. Como este es el efecto no buscado, cabe hacer un planteo serio y medianamente filosófico sobre el concepto de discriminación.
Comencemos entonces por discriminar, teniendo en cuenta la enseñanza de aquellos viejos filósofos que nos enseñaban a: distinguere ut iungere (distinguir para unir).
El verbo discriminar tiene dos acepciones: 1) Separar o diferenciar una cosa de otra. 2) Dar trato negativo o de inferioridad a una persona o colectividad por ser diferentes.
Estas dos acepciones nos están indicando que existen dos posibilidades de discriminar:
a) una positiva, permitida e informal que es la primera. Por ejemplo, cuando seleccionamos a alguien, mejor preparado que otro, para un cierto trabajo, cuando no prestamos dinero a un insolvente, cuando jerarquizamos nuestra propia tarea o trabajo realizándolo mejor que antes.
b) Mientras que la segunda significación muestra el carácter de negativa, prohibida y formal de la discriminación. Por ejemplo, cuando no seleccionamos a alguien por su color de piel, o porque es gordo, pelado o chueco. Cuando juzgamos peyorativamente por prejuicios: los gitanos son sucios, los negros burros, los vascos brutos y los judíos miserables y amarretes.
Vemos como el concepto de discriminación, como el de realidad, como el del ser de las cosas, es analógico, es decir que significa una cosa pero no completamente, porque también significa otra, pero tampoco completamente. Y es porque se refiere a realidades esencialmente diversas. Los filósofos decían de la analogía: parte idem, parte diversa.
No es un concepto ni equívoco que significa cosas absolutamente diversas (cuando digo can digo perro y mento también a la constelación de ese nombre), ni unívoco como el lenguaje de las ciencias exactas donde cuando dijo línea me refiero a la menor distancia entre dos puntos, acá y en cualquier lugar del mundo.
Y si es un concepto análogo es susceptible de varias interpretaciones. Unas correctas y otras incorrectas. Así por ejemplo en la primera acepción del término, cuando se separan o se diferencian cosas que no deben o no están separadas en la realidad cometemos un error. Y en el segundo cuando tomamos una medida antidiscriminatoria que crea una nueva discriminación cometemos otro error. Por ejemplo, cuando se permite a los gays desfilar desnudos por la calle o practicar el sexo en la vía pública en función de la premisividad progresista y democrática, se discrimina a los niños, a los ancianos, a los religiosos, a los hombres y mujeres de bien para quienes eso es un escándalo.
El tema es muy difícil y los poderes públicos tienen que tener una gran prudencia en su manejo, pues si bien no se debe, bajo ningún aspecto, permitir la discriminación negativa no se puede caer, por exceso, en la utilización ideológica del concepto.
Y este es el aspecto que más resalta nuestra sociedad actual, el manejo ideológico y político del concepto de discriminación, en nuestro país a través del Inadi.
Y es este uso ideológico y político el que repulsa y rechaza el ciudadano de a pié, el ciudadano común. Hoy se acusa de discriminadores por todos los medios masivos de comunicación al piquetero D´Elía por sus declaraciones cuando afirmó que los estafadores de la Madres de Plaza de Mayo eran todos “paisanos” como Schoklender y sus socios (Pablo su hermano, Gotkin, Marcela Zlotogorski, Gustavo Serventich y otros). O porque el cantante Fito Páez afirmó que le da asco la mitad de los habitantes de Buenos Aires porque votaron por Macri.
Ni D`Elía acusó a todos los judíos de estafadores ni Páez discriminó a los porteños. Uno relató un hecho cierto que involucra a unos cuantos argentinos de origen judío y otro manifestó un sentimiento personal.
La discriminación en su sentido negativo o formal se produce cuando en la segunda significación del término, por el mismo trato negativo, se le niega un derecho a una persona o colectividad. Ni D´Elía ni Páez negaron un derecho sino que solo describieron una realidad o un estado de ánimo sin emitir juicios de valor o adjetivaciones peyorativas.
El otro gran problema que plantea el tema de la discriminación, siempre en su segunda acepción, como discriminación negativa o no discriminación, es el fundamento filosófico del concepto.
Hasta ahora se viene insistiendo, en nuestro criterio erróneamente, en que el principio de igualdad, según el cual todos los hombres somos esencialmente iguales y solo nos diferenciamos por los rasgos accidentales, como el fundamento último del concepto de discriminación.
Pero paradójicamente el principio de igualdad de todos los hombres, que funda la ideología del igualitarismo, disuelve las diferencias, que es casualmente lo que viene a defender el concepto de discriminación negativa: no me hagan de lado, no me dejen al costado por ser diferente. Acépteme como soy y respeten la diferencia, grita desde el fondo de la historia el marginado, el excluido.
De modo tal que los reclamos sobre discriminación se realizan sobre el argumento de igualdad y eso es una falacia, que conduce a un error mayúsculo como es la instrumentación político ideológica de un tema tan delicado y de tanto valor implícito.
Nuestra humilde opinión es que hay que buscar el fundamento de la discriminación en la noción de persona. Esto es, el hombre no tomado como individuo, como formando parte de un género sino como un ser “único, singular e irrepetible. Moral y libre ”. Los hombres somos iguales en dignidad y esta dignidad nos está dada por la persona que somos, pues todos somos antes que nada, y sobre todo, personas. Algunos encontrarán el fundamento de la persona en tanto imagen o hijos de Dios padre, otros en la libertad y otros en el obrar moral racional.
No importa esto por ahora, pues esto último es lo discutible, lo importante es que nos percatemos que si el hombre solo es igual en dignidad en tanto que persona, su reclamo de ser discriminado no se va a fundar ya en el argumento de igualdad sino que va a ser un “reclamo fundado en la propia índole de su ser”, con lo que la discriminación dejaría de ser un concepto instrumentado ideológicamente para fundarse en la naturaleza misma de ser humano. La no discriminación se basa en una “inherencia de la persona” y no en el argumento liberal-ilustrado de igualdad. Salute... (*) arkegueta, mejor que filósofo
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14 de julio de 2011
¿Cuántos pobres se necesitan para fabricar un rico? - Por: Alberto Rabilotta
¿Cuántos pobres se necesitan para fabricar un rico?
Por: Alberto Rabilotta
Creo que la pregunta que es el título de esta nota viene de una reflexión que atribuyo, quizás erróneamente, al economista francés Maurice Allais (1), pero que resume bien la razón de ser de todos los sistemas económicos basados en la explotación del trabajo humano y de la guerra de clases que la oligarquía estadounidense está llevando a cabo desde la era de Ronald Reagan para empobrecer masivamente a la mayoría de pueblos del planeta y fabricar esos súper-ricos citados por Forbes (2), y los súper-ricos que no están incluidos en esa lista pero que forman parte de la cúspide de la pirámide social, ese 0,1 por ciento que se apropia de la mayor parte de la riqueza del mundo.
Pauperización global a “pleno vapor”
Y si nos referimos a Allais es porque definió los “intereses que desean que el orden económico actual, cuyo funcionamiento les proporciona ventajas, perdure tal como es. Entre (esos intereses) se encuentran en particular las multinacionales que son las principales beneficiarias, con los medios bursátiles y bancarios, de un mecanismo económico que les enriquece, mientras que empobrece a la mayoría de la población francesa pero también mundial”.
Maurice Allais sitúa el comienzo de este proceso de pauperización, en el caso francés, en lo que denomina como “la ruptura de 1974, y escribe que en el período 1974-1979 la tasa de desempleo, como la define la Oficina Internacional del Trabajo, pasó de 2.84% a 12.45%, o sea un crecimiento de 1 a 4.4, y que al mismo tiempo la tasa de subempleo pasó de 3.39% a 23.6%, o sea un crecimiento de 1 a 7, lo que permite ver que “esta crisis del empleo se produjo por un cambio brutal que intervino en 1974”, cuando la Organización de Bruselas, antecesor de la Unión Europea, procedió a la liberalización de los intercambios comerciales con el exterior.
Para este Nóbel de la economía, que en un principio fue favorable e incluso formuló hipótesis que sirvieron a economistas como Paúl Samuelson para propugnar por la liberalización comercial, “la ideología de lo que llamo ‘el libre comercio mundialista’ produjo ya innumerables víctimas en todo el mundo. Por una razón simple, empíricamente verificada: la mundialización generalizada de los intercambios entre países caracterizados por niveles de salarios muy diferentes, provoca finalmente por todos lados, en países desarrollados como en los subdesarrollados, desempleo, reducción del crecimiento, desigualdades, miserias de todo tipo. Empero, esta mundialización no es inevitable, ni necesaria, ni deseable”.
Lo que en los últimos 15 años escribía Allais, devenido critico de la mundialización o globalización, coincide en el fondo con lo que Karl Marx definía en sus Elementos fundamentales para la critica de la economía política (borrador) de 1857-1858, como las tendencias principales de un capitalismo muy desarrollado que “más bien tiene que empobrecer( al trabajador), ya que la fuerza creadora de su trabajo en cuanto fuerza del capital, se establece frente a él como poder ajeno” porque –continúa más adelante- “todos los adelantos de la civilización, por consiguiente, o en otras palabras todo aumento de las fuerzas productivas sociales, si se quiere de las fuerzas productivas del trabajo mismo - tal como se derivan de la ciencia, los inventos, la división y combinación del trabajo, los medios de comunicación mejorados, creación del mercado mundial, maquinaria, etc. – no enriquecen al obrero sino al capital; una vez más, sólo acrecientan el poder que domina el trabajo; aumentan sólo la fuerza productiva del capital. Como el capital es la antitesis del obrero, aumentan únicamente el poder objetivo sobre el trabajo” (Paginas 248 y 249 del primer tomo de la obra citada, editada por Siglo XXI Editores, 1971).
De la lucha de clases a la guerra de clases
Ahora mismo, a la hora de escribir esta nota, el diario francés Le Figaro se hace eco de la lista de ricos de la revista Challenges (3) y de los más ricos en Francia. La parte interesante es cuando señala que “la fortuna total de los 500 más grandes patrimonios profesionales franceses han aumentado 25 por ciento en un año, pasando de 194 a 241 mil millones de euros”. Un aumento de 47 mil millones de euros en un solo año y con la economía francesa sufriendo por el débil crecimiento, el alto desempleo y una deuda pública que se agranda por las ventajas fiscales otorgadas a los ricos y al sistema financiero en general.
David Cay Johnston, ex reportero de asuntos fiscales en el New York Times, escribe en su portal Internet (4) sobre las estadísticas que muestran esta acumulación de la riqueza en el tope de la pirámide en Estados Unidos, y apunta que no siempre ha sido así, pero que ahora la riqueza está siendo apilada en el tope mientras se escabulle lo poco que quedaba en la base. Añade que durante las décadas de 1950 y 1960 el ingreso del 90 por ciento de la base de la pirámide tenía una tasa de crecimiento que era el doble de la tasa de quienes estaban en el tope. Pero en los últimos 30 años todo el crecimiento del ingreso (98 por ciento para ser precisos) se fue al 10 por ciento del tope, y en particular al 0,1 por ciento.
Los altos ingresos y los bajos impuestos ayudaron a apilar la riqueza en el tope, mientras la base de la pirámide, el 40 por ciento compuesto por 120 millones de estadounidenses, fue empujada hacia abajo en la distribución de la riqueza por el estancamiento o la baja de los salarios. Esos 120 millones de estadounidenses, resalta Johnston, solo poseen una pequeñísima fracción, el 0,3 por ciento, de la riqueza total.
Un sondeo de Norton y Ariely (http://bit.ly//d2WSRg) sobre impuestos y riqueza en Estados Unidos –efectuado a partir de un muestreo de cinco mil 522 personas- muestra una real “desconexión” entre lo que el pueblo estadounidense cree y la realidad. Al ser interrogados sobre la “distribución ideal de la riqueza” una aplastante mayoría de encuestados opino que el 20 por ciento del tope de la pirámide posee entre el 30 y 40 por ciento de la riqueza, o sea como en Suecia, cuando en realidad posee más del 85 por ciento del total. En Estados Unidos el 15 por ciento de la riqueza es compartida por el 80 por ciento restante de la población.
Johnston se pregunta por qué tantos estadounidenses siguen siendo pasivos después de tantos años de estancamiento o bajas de salarios, de beneficios reducidos y de creciente ansiedad sobre si se quedarán sin empleo antes de que puedan retirarse y recibir alguna jubilación. Más aun, se pregunta por qué los que están protestando son los adherentes del Tea Party, personas con ingresos superiores al promedio general, y no los 120 millones de empobrecidos estadounidenses, y cita al profesor Daniel Ariely de Duke University, quien opina que esta pasividad es en realidad el resultado de un “entrenamiento a la impotencia”, un entrenamiento como el que se efectúa con los perros para que sean obedientes, pasivos y repriman su natural agresividad. Una impotencia introducida de manera externa para que uno no pueda relacionar la causa y el efecto, devenga depresivo y acepte la situación.
Impotencia, humillación y temor son términos que un creciente número de observadores sociales utilizan para definir esa apatía y el desencanto político y social que afecta a las masas en muchos países. Pero esto no es producto de una “generación espontánea” sino el resultado de una guerra de clases para controlar a ese 80 por ciento de la población que está siendo sometida a un rápido empobrecimiento para mantener, como se vio en Francia, un sistema que permite a los más ricos multiplicar su riqueza anualmente.
En ese sentido se ha superado la concepción tradicional de “lucha de clases”, que implicaba que los trabajadores tenían las fuerzas, la capacidad y organización para ser parte beligerante en esa lucha por una más igualitaria repartición de la riqueza. En la actual correlación de fuerzas, como se ve a nivel sindical, político y social, las masas de trabajadores no pueden resistir a las políticas gubernamentales para rebajar salarios y jubilaciones en la mayoría de los países capitalistas avanzados, ni impedir que se apliquen los severos e injustificados planes de austeridad. La correlación de fuerzas, por el momento, es totalmente favorable al gran capital, que aprovechando la coyuntura se ha lanzado a una guerra total para someter la población trabajadora a un régimen de servidumbre.
Las armas y los medios de esta guerra
Una guerra de clases que comenzó hace más de tres décadas pero que se amplificó e intensificó desde la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, cuando –como escribe Franklin C. Spinney, ex analista militar del Pentágono- Estados Unidos fue sumido en “la guerra perpetua” y su sistema político quedó esclavo del “temor perpetuo”: “Si duda de esto piense solamente sobre la reciente expansión de los asaltos con ‘drones’ en Libia y Somalia, o en su próxima invasiva (y humillante) baja de pantalones en un aeropuerto, o en la continuación de la costosa Ley Patriot”, que instauró un invasivo sistema de control y vigilancia de la población (5). Y añade que además de los factores ligados al deseo de mantener el imperio, la guerra perpetua es básicamente el resultado de una mutación en la política interior estadounidense por el imperativo de seguir propulsando un esclerótico Complejo Militaro-Industrial-Congresista que es una facción económica y política que perdió su razón de ser cuando terminó la Guerra Fría, y ahora necesita la perpetuación de la amenaza de guerra para a través de ella succionar dineros, para sobrevivir y florecer en sus propios términos y a expensas de los demás.
Lo que sugiere Spinney es totalmente verificable y forma parte de la imposición de controles sociales cada vez más autoritarios y totalitarios, del “entrenamiento” –vía la influencia de los monopolizados medios de comunicación masiva y de la narrativa que vehiculan los think tanks financiados por el mundo empresarial- para que los ciudadanos se sientan impotentes y humillados frente a una situación que los intimida y ante la cual no tienen posibilidad de relacionar la “causa con el efecto”, como indica Ariely.
En una entrevista con el diario The New York Times en el 2006, refiriéndose a la tributación fiscal que favorece a los ricos en detrimento de los trabajadores, el inversionista multimillonario Warren Buffett dijo textualmente lo siguiente: Existe una guerra de clases, bien entendido, pero es mi clase, la clase de los ricos, que está librando esa guerra, y la estamos ganando. Y quienes dirigen esta guerra de clases tienen nuevas armas y muchos más medios a su disposición (6).
Como escribe la analista Linda McQuaig en el diario Toronto Star (4 de julio 2011), en el caso canadiense hay una revolución conservadora que ha obscurecido la guerra de clases que han estado librando silenciosamente, mientras nos mantienen distraídos con aventuras militares en el extranjero, atractivas visitas de personajes reales y de otras celebridades. Y mientras la guerra de clases ha sido llevada a cabo sin descanso, agrega, los ingresos del tope de la pirámide social siguen aumentando y los ingresos de los canadienses ordinarios son sistemáticamente erosionados: “El ingreso real promedio de una familia canadiense no ha aumentado desde finales de los años 70, aun cuando hoy día en una familia típica hay dos ingresos, comparado a un ingreso por familia hace tres décadas. En otras palabras las familias canadienses están trabajando el doble y duro para mantenerse donde estaban en la generación pasada”. Lo mismo puede decirse de Francia, España, Italia, Japón o cualquier otro país del “mundo industrializado”.
¿Cómo se está logrando esta pauperización? Combatiendo y destruyendo los sindicatos, amenazando a los trabajadores con despidos y obligándolos a aceptar salarios más bajos y menos beneficios marginales, y sentando las bases, como puntualiza McQuaig, para que los nuevos empleados que serán contratados reciban salarios más bajos y menores beneficios marginales. Y cita a David Doorey, profesor de relaciones laborales en la Universidad York de Toronto, quien revela que en los últimos 15 años los gobiernos provinciales canadienses han cambiado las legislaciones para dificultar la sindicalización de los trabajadores.
Ahora el gobierno federal conservador canadiense del primer ministro Stephen Harper está atacando el último bastión sindical, el sector público, que está sindicalizado en un 71 por ciento, comparado al 16 por ciento para el sector privado. Y McQuaig recuerda la importancia de las victorias sindicales en el sector público, notando que fue la huelga de 41 días en 1981 en el sector postal federal que permitió ganar la licencia pagada para la maternidad para todo el sector público, algo que fue incorporado en las leyes federales, provinciales y en los contratos colectivos firmados por los sindicatos con las empresas privadas.
Más armas en el arsenal del gran capital
La contrarrevolución que ha permitido al gran capital financiero estadounidense tomar el poder estatal e institucional del país en todo el sentido posible para luego expandir esta contrarrevolución al resto del mundo mediante las políticas neoliberales y los medios políticos y militares del imperio, tiene su origen en el “Powell Manifestó” de 1971, redactado por Lewis Powell y dirigido a la poderosa Cámara de Comercio de Estados Unidos (ver realdemocracy.org). Esta contrarrevolución tiene ya todos los medios institucionales a su disposición, en particular la Corte Suprema de Estados Unidos a la cual Lewis Powell fue nombrado poco después de escribir su “manifiesto”, y desde donde llevó a cabo su misión subversiva hasta 1987.
Y desde hace cuatro décadas, con algunos breves intervalos explicables por cambios en la correlación de fuerzas entre jueces “liberales” y “conservadores”, la Corte Suprema ha seguido con empeño el desmantelamiento de las legislaciones y regulaciones del “Estado benefactor” de la época del New Deal para darle al gran capital nuevas y más poderosas armas legales que le permitan destruir todas las conquistas laborales, sociales y económicas ganadas por los trabajadores, consumidores y el conjunto de los ciudadanos estadounidenses.
Y es bien conocido que por las “exigencias” de mantener idénticos niveles “competitivos” en un “mundo globalizado” –la no aceptación de las asimetrías entre las economías que denuncia Allais-, cada medida que aplasta los intereses de los trabajadores y consumidores en Estados Unidos deviene inmediatamente el rasero que debe ser adoptado por el resto del mundo capitalista. Y la Corte Suprema estadounidense está ahora, bajo la presidencia de Barack Obama, en una fase muy prolífica porque la mayoría de jueces –cinco de nueve- están totalmente del lado del gran capital, lo que explica que en las últimas semanas esta máxima instancia judicial haya dado nuevas y más poderosas armas al gran capital, como explica Dahlia Lithwick en su artículo titulado “Operating Instructions” (7).
Una reciente decisión la Corte Suprema rechazó la demanda colectiva de un millón y medio de mujeres empleadas y discriminadas en términos salariales y de promoción laboral por la cadena comercial Wal-Mart (principal empleador en Estados Unidos), y de paso puso severas limitaciones a cualquier tipo de demanda colectiva (class-action) que será presentada en el futuro contra cualquier empresa. Lithwick resalta que la decisión adoptada por la mayoría conservadora -los cinco jueces- y redactada por el conocido juez conservador Antonin Scalia, expresa que Wal-Mart “no puede ser imputable por discriminaciones salariales y promociones” laborales debido a la falta de “pruebas convincentes de una política de discriminación salarial y de promociones por parte de toda la compañía”, y luego Scalia proporcionó a Wal-Mart y a todas las grandes empresas estadounidenses, según el análisis de Lithwick, una guía virtual de cómo mejor discriminar: Háganlo masivamente y en toda la cadena de comando, desde arriba y hasta abajo, y asegúrense de que lo hacen en todos los niveles posibles.
Mas aun, esta decisión no solo provee a los empleadores con esa “guía virtual” sino que les permite en el futuro inmunizarse de cualquier reclamo legal por discriminación de genero mediante una política empresarial escrita que deje en claro que ‘nosotros no discriminamos’, y un sistema de toma de decisiones que sea descentralizado.
Las decisiones de la Corte Suprema, en Estados Unidos y cualquier otro país, no solo tienen valor legal en los casos específicos sino que constituyen el marco legal en el cual el resto de las empresas deben operar. El propósito de las demandas civiles no es solo reparar las pasadas injusticias sino promover un mejor comportamiento en el futuro, en particular en situaciones en las cuales las partes tienen poderes muy desiguales. Y Lithwick resalta que cuando se eliminan las posibilidades de base de las demandas civiles, por definición se está ayudando a que las grandes empresas aprieten las tuercas sobre los pobres.
En este y otros casos citados por Lithwick –como los rechazos de la Corte Suprema a la demanda colectiva de consumidores contra la empresa telefónica AT&T, y de la demanda por fraude de First Derivative Traders contra la financiera Janus Capital Group- la más alta instancia estadounidense sentó las bases para impedir que los consumidores se defiendan colectivamente: Las grandes empresas están (ahora) en capacidad de decidir por su propia voluntad cuales de los derechos civiles y protecciones a los consumidores quieren respetar, sabiendo de antemano que sus víctimas no tendrán medios efectivos para exigir reparaciones. Peor aun, no solo la mayoría conservadora radical de la Corte Suprema dañó la capacidad de los consumidores o empleados de buscar justicia, sino que efectivamente removió cualquier incentivo para que las grandes empresas se comporten respetando los límites legales. ¿Por qué actuar legalmente si sus victimas carecen de recursos legales?
Dicho en otras palabras, ya están sentadas las bases para que se proclame e imponga un “régimen absolutista del gran capital”, y esta vez a nivel global. [La Vèrdiere, Francia.]
Notas:
1.- Maurice Allais, economista francés y premio Nóbel de Economía de 1988, quien murió en octubre del 2010. Para explorar sus críticas al sistema actual ver http://allais.maurice.free.fr/monde01.htm y http://www.marianne2.fr/Le-testament-de-Maurice-Allais_a198475.html
2.- El mínimo para figurar en la lista de Forbes es una fortuna personal de mil millones de dólares: http://www.forbes.com/lists/2010/10/billionaires-2010_The-Worlds-Billionaires_Rank.html
3.- http://www.lefigaro.fr/conjoncture/2011/07/05/04016-20110705ARTFIG00583-arnault-reste-l-homme-le-plus-riche-de-france.php
4.- Ver United in Our Delusion en Johnston’s Take Tax Notes y los reveladores sondeos de Norton and Ariely Survey sobre la desigualdad de los ingresos y la (falsa) percepción que los estadounidenses tienen de la realidad: http://taxprof.typepad.com/files/129tn0251.pdf ; Sobre las estadísticas de ingresos ver los análisis del profesor de historia Steve Hochstadt en: http://www.myjournalcourier.com/news/rich-33934-richer-relation.html
5.- Franklin C. Spinney es un antiguo analista militar del Pentágono. Ver http://www.counterpunch.org/spinney07052011.html
6.- Warren Buffet dijo lo siguiente: There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning. http://www.nytimes.com/2006/11/26/business/yourmoney/26every.html
7.- Dahlia Lithwick, Operating Instructions, Slate, julio 1, 2011 http://www.slate.com/id/2298330/
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