Sorores et Fratres: Soy defendedor de causas sociales-políticas nobles pundonorosas. Empero, no creo en defensores mefistofélicos que lucran con los anhelos de equidad y buena voluntad universal, de los seres humanos. Porque la justicia demanda ética, discernimiento y valor. Y en lo aparentemente indescifrable es menester descubrir su esencia de verdad. ¡Estoy a favor de la Paz! Abrazo comedido, afectos y los mejores pensamientos, para que Dios y el Universo bendigan a usted, familiares, amigos y ... con su luz y sabiduría, con su amor y misericordia, con su paz y alegría. ¡Dios, ilumina y bendice las buenas obras e ideas! ¡Dios, ilumina mi fe y caridad! ¡Dios guíame para saber que pensar, decir, hacer, evitar y cómo realizar obras de misericordia a través de mis actos, palabra, oración y servicio a los que más necesitan!
¡Misericordia Divina, en ti confío!
¡Jesús, en ti confío!
Amén. 
©Pablo Felipe Pérez Goyry


                       

15 de mayo de 2009

Frases lapidarias



Por Mauricio García Villegas*
El Espectador.com
15.05.09

UNO DE LOS RASGOS CARACTERÍSTIcos de la mentalidad autoritaria es el gusto por las ideas escuetas y las frases lapidarias.

Recuerdo una de Robespierre: “La piedad es la traición”. Para quien ve la realidad en blanco y negro, sin matices, ni complejidades, mientras menos palabras o explicaciones, mejor. Dos de esas ideas aparecieron en estos días en los medios. La primera se encuentra en una columna del inefable José Obdulio Gaviria, en la que defiende el referendo. La segunda fue pronunciada por Óscar Iván Zuluaga, ministro de Hacienda, el martes de esta semana, cuando defendía a los hijos del presidente en el Congreso. La primera idea es esta: La política es la unión del líder con su pueblo. La segunda, la de Zuluaga, dice esto: La ley es la ética.

Ambas ideas —como la de Robespierre— tienen la forma de una identidad (A=B). En la primera, el líder es lo mismo que la democracia y en la segunda, la ley es igual que la ética.

Me parece que ambas expresan bien el pensamiento de quienes nos gobiernan.

José Obdulio no es el primero que sostiene que la democracia es la unión del líder con su pueblo. Más aún, esa es la idea central de la teoría política de Karl Schmitt, quien proponía la sustitución de la democracia representativa liberal por un líder carismático que encarnara la voluntad del pueblo. La teoría de Schmitt es de triste recordación, ya que sirvió de inspiración a, nada más ni nada menos, que el nazismo y, en particular, a la justificación del estado de excepción, que permitía al líder concentrar todos los poderes necesarios para eliminar a los enemigos de la sociedad.

No es un delito estar de acuerdo con Schmitt, pero sí es una inconsistencia creer eso y, al mismo tiempo ser un defensor de la democracia constitucional. A no ser que uno también crea, como José Obdulio, que “la política es el arte de la guerra” —otra de sus frases lapidarias— con lo cual, todos los medios de lucha, entre ellos el jurídico, estarían justificados.

La frase del Ministro de Hacienda, a diferencia de la de José Obdulio, no ha sido defendida por nadie y eso debido a que simplemente no tiene sentido. La ética y la ley, o si se quiere, la moral y el derecho, son dos cosas distintas, no porque lo diga una teoría, sino porque así es; porque son dos conceptos independientes. La moral se refiere a lo bueno (o a lo malo) y el derecho a lo válido (o a inválido). Como son sistemas de normas, muchas veces coinciden, por supuesto; ambos condenan el homicidio, el robo, la violación. Pero a veces no coinciden. Así, por ejemplo, a alguien le puede parecer que la legalización del aborto es una norma reprochable, pero eso no lo lleva a pensar que es inválida. Justamente porque son dos cosas distintas es que existe ese célebre principio del Estado de derecho —que nada tiene de lapidario— según el cual, “La ley se debe obedecer puntualmente, sin que ello impida que se pueda criticar libremente”.

Las ideas de Uribe y Zuluaga poseen algo en común y es el poco aprecio que ambas tienen por el derecho y por la democracia constitucional. En el primer caso, porque el derecho se reduce a un arma política del líder; en el segundo, porque se supone que quienes manipulan la ley sin violarla —cosa frecuente en este gobierno— no pueden ser criticados.

Muy triste, por decir lo menos, es el legado jurídico que nos dejará la política de Seguridad Democrática.






* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

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